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Lo primero que le regresa es el tacto. Siente la piel, erizada y fría. Viva, mortalmente viva.
Luego le llega el olfato, el aroma metálico que se le mete en los pulmones. La sangre de Takemichi le rodea, le empapa el cuerpo y el alma.
Mikey lo escucha jadear, pelear para conseguir oxígeno mientras la vida se le escapa gota a gota por cada herida en su pecho. Cada aliento parece como si fuera el último.
Pero Takemichi sonríe. Sonríe como si no estuviera al borde de la muerte, como si Mikey no le hubiera disparado a quemarropa minutos atrás. Takemichi le sonríe como si aún fueran Takemicchi y Mikey-kun .
El escenario, el olor a sangre, escuchar a Takemichi jadear para mantenerse a flote por unos instantes más, sentir las lágrimas en sus mejillas, todo orilla a Mikey a darse de bruces con la tormenta que ha desatado sobre su vida. No hay vuelta atrás, no hay reloj mágico.
No hay otra oportunidad más.
—¿Por qué? —pregunta, como si la respuesta no hubiera llegado a él de tantas formas, bajo incontables sonrisas.
Takemichi amplía la sonrisa, cierra los ojos tratando de despejar las brumas del más allá. Mikey pone la mano sobre una de las heridas, deja que su piel se manche con la sangre de Takemichi, con la vida que se le escapa del cuerpo.
—Voy a salvarte, Mikey —repite Takemichi, convencido.
Mikey niega con la cabeza. No quiere que le salve, quiere que le deje ir, que le deje pagar por todo. Quiere seguirlo a la muerte.
—No puedes.
Una risa débil y temblorosa emerge de entre los labios ensangrentados de Takemichi. Su risa temeraria, la que desempolvó cuando retó a cada gigante que se cruzó en su camino. Takemichi no es de los que se rinden, sin importar cuántas veces caiga de bruces.
—Lo intentaré las veces que sean necesarias… Voy a rescatarte.
La mano de Takemichi se agita entre los dos, tratando de tocar a Mikey. Por eso la toma, porque su mano está fría y débil, porque busca dónde asirse mientras la vida se le resbala gota a gota. La estrecha como si no lo hubiera herido de muerte, como si quisiera consolarle. Mikey le toma la mano porque, en el fondo, quisiera creerle.
Pero sabe que no puede ser, que Takemichi ha perdido la habilidad de regresar en el tiempo y reparar lo irreparable. Takemichi gastó sus últimos momentos en intentar componer a alguien que no quiere componerse. Mikey reiría de tener energías, gritaría de encontrar consuelo en la rabia, pero tan sólo se queda quieto, sujetando la mano de Takemichi.
Mira y mira apagarse la sonrisa que tanto empeñó en borrar.
Mikey llora, porque Takemichi se muere.
La mañana del 4 de julio de 2017 Takemichi despierta temprano, como cada vez que aquella fecha emerge en su calendario.
Siempre despierta sobresaltado, apretándose el pecho y recordando que ha sobrevivido a mil y un infiernos. Despierta acariciándose el alma inquieta, preguntándose si esta vez, finalmente , lo ha logrado.
El sol no se ha asomado en el alba aún, es demasiado temprano para levantarse de la cama. Por eso se queda entre las cobijas y también porque le pesa la existencia. Es difícil despertar, un día como hoy, y no llenarse de recuerdos y preguntas. Da una vuelta en la cama y estira el brazo hasta alcanzar el celular, perfectamente colocado sobre la mesita de noche. Hace lo de siempre: Buscar noticias en el periódico local, nacional e internacional. Se empapa de noticias turbias, tratando de buscar nombres conocidos, preparándose mentalmente por si tiene que echar a andar, una vez más.
Pero no hay nada salvo noticias que nada tienen que ver, todo lo que encuentra es quietud. Takemichi no está familiarizado con la paz, catorce años después todavía sigue saboreándola como un extraño manjar. Ha vivido tanto tiempo con angustia, que cada vez que sonríe se pregunta si estará haciendo suficiente. La vida no hace más que recordarle que sus tiempos de guerrero han terminado y que es hora de seguir con su vida.
A lo mejor lo que le cuesta entender, es que éste es su verdadero presente.
Sus dedos buscan un nombre, como si lo tuviera tatuado entre los dedos. Aguanta la respiración hasta que finalmente se decide a darle Buscar, porque teme haberse saltado alguna noticia, teme descubrir que el universo conspira en su contra una vez más. Teme haber hecho algo mal. Lo que le recibe es el título de una tienda de motocicletas en Japón, el lugar donde Takemichi empezó su última travesía.
Se detiene en la página principal, en aquella fotografía que muestra a los hermanos que administran la tienda. Los observa a todos, de derecha a izquierda, empezando por aquel que menos conoce: Sano Shinichiro. Tiene una sonrisa, pequeña pero orgullosa. A su lado una chica de cabellos dorados que le caen sobre uno de los hombros y mejillas rosadas, llenas de vida: Sano Emma. Del izquierdo está un chico de pestañas tan rubias que parecen de mentira, sonriendo a la cámara con una expresión que Takemichi nunca le conoció: Kurokawa Izana.
Abajo, entre los hermanos, hay alguien más. Abajo, con las piernas dobladas para sostener el peso de su cuerpo, está el corazón de los hermanos Sano. Allí, con una sonrisa que persigue a Takemichi día y noche, está el motor de sus impulsos: Sano Manjirou, Mikey.
Vivo, con rubor de vida sobre la piel. Los ojos le brillan, le gritan que es feliz, que está donde tiene que estar: Rodeado de sus hermanos. Takemichi acaricia la silueta de Mikey, la toca porque nadie le observa, porque es libre de perderse en su presencia sin tener que dar explicaciones. En este presente, el Mikey que le devuelve la mirada a través de la pantalla, no es nadie en su vida. Mikey es un extraño.
Cuando Takemichi regresó atrás en el tiempo, después que Mikey le hubiera disparado tres veces en el pecho, descubrió que sus anhelos por salvarlo le llevaron catorce años atrás. Sin un compañero que le ate al presente, Takemichi se vio solo y con una única oportunidad de enmendar todo y con ninguna posibilidad de regresar a su presente, salvo caminando sobre este nuevo universo.
Lloró confundido largo rato, sin entender por qué tan atrás, por qué fue llevado a una época donde nadie sabe quién es, donde Mikey y él no son más que un par de extraños que se cruzan en la calle. Y cuando vio a Shinichiro de lejos un día, se dio cuenta de lo que tenía que hacer.
Su extraña habilidad le dejó en mano todas las piezas del rompecabezas, para que cumpliera su deseo de salvar a Mikey y solamente lo conseguiría manteniendo a Shinichiro con vida. Por eso se infiltró una noche en la tienda, detrás de Baji y Kazutora. Por eso se agazapó entre la oscuridad hasta que presintió el peligro, arrojándose sobre Kazutora, llorando y suplicando que se detuviera. No le soltó sin importar que Kazutora intentó apartarlo a golpes, lloró y lloró hasta que Shinichiro les descubrió a ambos a su espalda. Solamente cuando el robo quedó completamente arruinado, es que Takemichi soltó a Kazutora y salió corriendo de allí, con el llanto pegado al cuerpo.
El mundo se pintó de otros colores a partir de esa noche.
Takemichi hizo lo correcto, lo sabe porque Mikey sigue con vida, porque sabe que es feliz junto con sus hermanos, todos sus hermanos. Mikey tiene a su familia, la de sangre y la que escogió. Mikey tiene todo excepto a él, pero es feliz. Es por eso que Takemichi acaricia la fotografía en lugar de correr a presentarse con Mikey, por eso se le llenan los ojos de lágrimas al contemplar su sonrisa. Quisiera devorarla, compartirla, saborearla, pero la felicidad de Mikey es ajena a él. Mikey es ajeno a él.
Éste es el precio a pagar de tantos viajes en el tiempo, de desear salvarlo a costa de su propia vida. Le ha perdido, ha desvinculado su vida de Mikey, de todos a los que conoció en 2005, de los amigos que hizo en el camino.
Y aún con este dolor caprichoso, con ese sentimiento tan egoísta que se le arremolina en el pecho, Takemichi se siente satisfecho. Se lo dijo, con la vida escapándose de entre los labios, Haré todo por ti. Lo hizo, hizo todo, absolutamente todo y valió la pena, porque Mikey es feliz. Aquí está vivo, aquí puede sonreír genuinamente. Aquí nada le falta.
Es eso lo que importa, no que Takemichi lo extrañe tanto que llore al recordar todos esos presentes y pasados que no le pertenecen. No necesita mil universos para volver a perderlo, necesita éste, donde no lo tiene pero lo sabe feliz.
Un héroe llorón.
Así lo describe Baji, entre risas y lágrimas secas en sus mejillas. Kazutora también se ríe, con la nariz roja de tanto llorar. Hace gestos con las manos, imitando al chico que se abalanzó sobre él hace dos noches atrás, para impedir que cometa el peor error de su vida. Mikey los escucha con los ojos muy abiertos, habiendo procesado todo lo demás.
Ya no piensa en Kazutora arrastrando a Baji a la tienda de motos de su hermano mayor, planeando un atraco. No piensa en todo lo que pudo salir mal y también es consciente que se le ha escapado de las manos aquel impulso de querer propinarle un golpe a Kazutora. Se deja infectar por la risa contagiosa de sus dos amigos, riendo también mientras escucha con atención el relato de Kazutora.
—Se sabía mi nombre… Qué miedo, ¿no?
—A mí se me quedó mirando como si hubiera visto un fantasma. Estoy muy seguro que no lo he visto en mi puñetera vida. Habría recordado su cara de llorón, jaja.
Mikey guarda silencio pero mantiene una sonrisa. Su mente viaja a ese momento del que no fue partícipe, imagina al héroe llorón que sus amigos describen. Sus cabellos rubios y desarreglados, su mejilla enrojecida por el golpe de Kazutora y sus ojos llorosos.
No lo conoce, Mikey ni siquiera le ha visto, pero su presencia de pronto se le mete en la piel.
—Algún día tendré que encontrarlo y agradecerle.
Takemichi recibe un mensaje de Takuya cuando empieza a desayunar, quedando con el vaso a medio tomar al leer Adivina quién se casó: Tachibana Hinata, ¿te acuerdas de ella?
La recuerda de tanto en tanto. La recuerda con sus mejillas sonrojadas por la risa, con los labios siempre curvados en una sonrisa radiante y sincera. Recuerda a Hinata diciéndole cosas que nunca mereció escuchar. Hace catorce años se hizo la promesa de no buscarla, de dejarla en libertad. No devolvió sus miradas, ni tampoco correspondió a sus intentos de entablar una amistad cercana.
Takemichi la dejó marchar, porque se dio cuenta que ellos siempre fueron pasado y nunca presente.
Tachibana Hinata encontró a alguien digno de ella, alguien que no puede retroceder en el tiempo y perderse en el camino. Takemichi se alegra genuinamente, le sonríe a la pantalla del celular como si pudiera ver a Hinata a través de los mensajes. Vestida de blanco, con el cabello recogido y la sonrisa a juego, Hinata feliz caminando hacia su destino, de la mano de alguien que la merece más que Takemichi.
A veces se pregunta también qué será de Naoto, si acaso, sin su intervención, habrá seguido los pasos de su padre o se dedicará a otra cosa. A veces también lo extraña, poder hablar de los viajes en el tiempo, de todos esos futuros que le marcaron de por vida. Pero Takemichi también le dejó ir, lo liberó de la carga, de las pesadillas.
Takemichi liberó a todos de él, hasta quedar con las vacías o casi vacías.
—¿Buenas noticias? —la señora que le alquila la habitación se asoma por encima del hombro para dejarle otro plato de comida.
Habla despacio, modulando las palabras, para permitirle a Takemichi entender lo que quiere comunicarle. Takemichi lo agradece porque su filipino no es tan bueno.
—Se casó una amiga —explica, asintiendo con la cabeza—. Hace mucho que no la veo.
Le escribe a Takuya mentiras, hablando como si apenas y tiene recuerdos de Hinata. Es mejor así, sus amigos no tienen que saber que, aunque cuente con ellos, muchas noches se siente más solo que nunca.
Se siente ruin de sentirse así, porque sabe que lo está haciendo por el bien de todos, porque no puede arriesgarse a arruinar lo que tanto trabajo le costó construir. No puede derrumbar a este Takemichi que construyó a punta de todos los futuros y el amargo pasado. Este Takemichi que llora pero sigue andando, de la mano de los recuerdos de quienes le hicieron quien es.
—Las buenas amistades nunca se rompen, no importa cuánto tiempo pase.
La señora se lo dice pensando que él y Hinata son realmente amigos, pero Takemichi se guarda el comentario entre las costillas. Ojalá fuera cierto, que sin importar el tiempo, los mil y un futuros que tuvo que atravesar, aún mantuviera a flote las amistades que tuvo que sacrificar. Ojalá Takemichi pudiera adentrarse en el corazón de Shibuya en búsqueda de Draken, plantarse frente a él y contemplar su tatuaje hasta que los ojos se le llenen de lágrimas. Si tan sólo Takemichi pudiera buscar a Chifuyu para asegurarse que sus manos no estén vacías, que lo tenga a él , a Baji Keisuke, de vuelta en su vida. Takemichi quisiera compartir los logros de Hakkai como modelo, quisiera estar allí para verlo triunfar con sus propios ojos.
Takemichi daría todo por estar junto a Mikey y saberlo feliz, a salvo, por abrazarse con su presencia. Pero Takemichi ya lo dio todo por él, por su bienestar y todo significa sacrificarse.
Takemichi hizo todo por él, hasta morir y regresar en el tiempo hasta salvar a Shinichiro, para devolverle su hermano a Mikey. En el proceso se borró de su vida, se volvió un desconocido en mitad de la calle, porque está bien si tiene que quedarse con las manos vacías y frías. Mejor que sea él quien sufra soledad, mejor que él sea quien tenga que llevarse a la boca recuerdos. Mikey merece ser feliz.
—Disculpe, ¿de casualidad sabe en dónde queda éste lugar?
Todo lo que le queda es el recuerdo fragmentado de esa dirección. Takemichi la escribe en el celular y se la muestra a la señora, quien rápidamente se ajusta las gafas. No está seguro si lo habrá escrito bien o si la señora tendrá alguna idea. Pero está bien, Takemichi no tiene nadie que le espere. Puede tardar el tiempo que sea en llegar, pero necesita ir, así sea para llenarse de recuerdos que ya no existen y que nunca existirán.
—¿Por qué lo dejaste?
Mikey posa un dedo sobre la fotografía que Shinichiro tiene en la pared. Deja que el polvo se le pegue en la piel, como si quisiera absorber aquella época en la que Shinichiro llegaba a casa con el rostro hecho añicos y el alma triunfante.
—La ropa empezó a quedarme pequeña.
Shinichiro responde primero con una broma, siempre. Le baila una sonrisa nostálgica en los labios cuando pasa unos segundos, sacando un cigarro del bolsillo. Éste Shinichiro no llega a casa con el rostro hecho añicos, sino con manchas de motor entre las mejillas. Éste Shinichiro no es un joven delincuente sino un joven adulto, tratando de hacer algo de provecho con su vida.
Últimamente Mikey se pregunta si debería de estar haciendo lo mismo, ahora que sus huesos se han estirado un poco más. Se pregunta si debería de seguir sus pasos, ahora que la ropa comienza a quedarle pequeña.
—Quería ser alguien mejor.
Hay espacios vacíos en esa frase que Mikey rellena con la palabra “padre”. Él, Shinichiro y Emma son niños abandonados, olvidados entre las paredes de una casa. No tuvieron el mejor ejemplo, quizás por eso Shinichiro peleaba en las calles, quizás por eso Mikey siente ira de tanto en tanto y tal vez por eso Emma se mira tanto al espejo, preguntándose si hay algo de malo en ella.
—¿Por eso lo invitaste a vivir aquí? —Mikey no menciona su nombre porque lo sigue sintiendo como un extraño en la punta de su lengua.
Kurokawa Izana es un extraño pero también es su hermano, aunque no tengan la misma sangre. A veces lo observa desde el otro lado de la habitación y se espanta de ver su reflejo en él, cual espejo. Dos torbellinos a punto de chocar.
—Es nuestra familia.
Shinichiro es quien insiste en que algún día será distinto, que llegará el día en el que no se sientan como extraños o rivales, cada uno en su trinchera decidiendo si es hora de arrojar la primera granada. Mikey le cree, porque Shinichiro sabe más que él, porque su hermano es el guía que les indica el camino.
Mikey se siente como un niño cuando está en su presencia, como si de pronto tuviera cinco años y necesitara sentir que nadie va a abandonarlo. A veces es una angustia que le sube de la nada, como un disparo en la cabeza: Pánico de pensar en cómo sería su vida sin Shinichiro.
—Puedes hacer lo que quieras, Manjirou —la mano de Shinichiro se posa sobre su cabeza, revolviendo sus cabellos—, pero conviértete en alguien del que te quieras sentir orgulloso.
Encontrar el camino hacia las ruinas es más fácil de lo que Takemichi pensó. Es el lugar el que le llama, el que guía sus pasos hasta allí, como si estuviera bajo un embrujo. A lo mejor es su memoria que se niega a dejar ir todas las vidas que ha vivido, guardando detalles, cosas sin importancia, como el sonido de las pisadas de Mikey.
Takemichi se detiene frente a las ruinas cuando llega, sin molestarse en limpiarse el sudor del rostro. Se queda ensimismado, dejando que el ambiente le absorba y le apriete lo que queda de su alma. Recuerda perfectamente la sensación de su corazón aquel día que posó sus pies en este camino, su mente nublada por una sola cosa: Ver a Mikey. Había pasado tanto tiempo anhelando encontrarse con él en el futuro, su presente, que todo lo que pudo hacer cuando lo tuvo enfrente fue llorar. Takemichi no se dio cuenta hasta ese día, hasta ese preciso momento, cuánto tiempo llevaba añorando a Mikey.
El lugar, que en otro tiempo parecía lleno de vida, hoy se pinta de gris. Takemichi sabe que no se trata de las nubes caprichosas que ocultan el sol, sino que es porque no hay nadie esperándole entre escombros y trozos de historia. Las ruinas son sólo ruinas, porque no albergan en su interior a Mikey.
Pero avanza de todos modos, porque ha viajado kilómetros y kilómetros para venir aquí.
Es todo lo que le queda a Takemichi, este lugar congelado en el tiempo y el espacio. No tiene su viejo uniforme, remendado para que le calce en el cuerpo. Tampoco tiene la motocicleta que Mikey y Draken armaron para él. Takemichi no tiene ni siquiera el aroma de Mikey bailando en la punta de su nariz. Le queda este lugar que huele a humedad y abandono, le quedan los recuerdos borrosos de Mikey sobre él con una pistola sobre su mejilla, aplastándola con furia. Lo que otros podrían catalogar como masoquismo, él lo llama placebo.
Takemichi se siente bienvenido en las paredes grises y desgastadas, entre los escombros y las grietas. Estas ruinas son como él: Restos de lo que fue alguna vez. Éste Takemichi es lo que quedó después de tantas guerras, de todas las muertes que pasaron por sus ojos y sus manos. Éste es el Takemichi que entregó y entregó, hasta quedar con las manos vacías.
Y aún así, a pesar de la soledad y el vacío, Takemichi sonríe cuando llega a su destino. Observa los escombros que, apilados, parecen formar un trono. No hay ningún rey sentado para contemplar el reino, pero Takemichi puede visualizarlo. La silueta de Mikey sentado entre el desastre y el abandono, con los ojos muy fijos en él y la sonrisa de siempre: La sonrisa que le dice Volviste a mí, Takemicchi.
Como si fuera a su encuentro, Takemichi camina entre los escombros, pisa las plantas que se asoman entre el suelo desgastado hasta tomar asiento en el mismo sitio que ocupó Mikey, alguna vez, en alguna parte.
Acaricia lo que parece ser un trozo de pared, sonriendo con nostalgia. Quisiera palpar el polvo y la frialdad que cubre el lugar y que éste le transporte, que le lleve hacia él. Pero sabe que es imposible, porque ese Mikey no volverá. Ése Mikey era suyo, pero ya no existe.
—Te extraño mucho, ¿sabes? —le habla como si pudiera escucharle, pero se atreve a vocalizar su sentir porque sabe que Mikey ya no puede escucharle—. Te extraño todo el tiempo.
Takemichi echa de menos a todos, a cada una de las almas que se cruzaron en su camino. Extraña sentirse rodeado de gigantes que luchaban con puños desnudos y almas en fuego.
—Pero sé que eres feliz, que finalmente tienes la vida que mereces.
Eso se lo dice a él, se lo dice casi con rabia, como si quisiera convencerse. Mikey es feliz, así sea lejos de él y eso es lo que importa.
—Kenchin.
—¿Huh?
Mikey aprieta los labios y mueve los pies. Medita sobre lo que tiene entre labios, mastica esa sensación que ha traído arrastrando consigo durante años. Es difícil de explicar, pero Mikey lo intenta, mientras repasa con la punta de su dedo las cejas de su sobrina.
—¿No sientes que algo te hace falta?
Mikey siempre anda a manos llenas. Tiene cosas por las cuáles sentirse agradecido, feliz, pleno y sin embargo, batalla día a día, noche tras noche, con la sensación que está olvidando algo. Mira y mira entre sus cosas, entre lo que tiene y se pregunta qué puede ser que le falta.
—¿Quieres una? —Kenchin señala a la bebé, dormida en sus brazos y entonces le sonríe—. Te la presto si Emma no se enfada.
Ríe junto a Kenchin porque es imposible empezar o terminar una conversación entre los dos sin reír. Kenchin es parte de las cosas que le rodean que le hacen feliz, lo que le hace sentirse con las manos llenas. Pero incluso Kenchin no puede tapar el sol con sus dedos y Mikey puede sentirlo.
—¿Como si echaras de menos algo, aunque no sabes qué es? —Kenchin a veces habla como si lo entendiera y Mikey se pregunta si aquello es posible.
Por eso asiente, dejándose enredar en la quietud del momento.
—¿Cómo busco si no sé dónde o qué es?
Se pregunta si tiene una crisis existencial, si acaso tomó la decisión incorrecta al disolver Touman años atrás. Mikey se cuestiona si el vacío que siente es haber dejado atrás esa parte de su vida y madurar, querer hacer algo de provecho con su vida, como Shinichiro. Pero luego se da cuenta que nunca dejó realmente aquella vida atrás. A lo mejor cambió su ropa por otra, tal vez no está buscando a quién retar en la calle, pero sigue siendo el mismo Mikey: El que ríe con amigos, el que se siente invencible por ellos, el que busca y busca la felicidad.
Touman siempre será parte de su vida.
Lo que le deja con el pecho inquieto es algo que sabe a nostalgia, algo con sabor a lágrimas, a palabras que le inquietan. Es como un sueño que le viene de tanto en tanto, que le deja en la cama con ganas de salir corriendo a buscar algo, ese algo que le inquieta.
—A lo mejor eso viene a ti.
—Aún soy un llorón.
Takemichi dice aquello con una sonrisa, mientras los ojos se le llenan de lágrimas. Mikey siempre curvaba sus labios cuando Takemichi se ponía sensible por cosas que parecen tan triviales ahora. Mikey siempre encontraba belleza en su sensibilidad, como si fuera parte de él, una extensión de su alma. Ahora Takemichi no puede verlo sonriendo a su lado, tan sólo le acompaña el fantasma de su sonrisa.
Acaricia y acaricia el concreto frío y abandonado, tan parecido al cuerpo de Mikey que dejó atrás en esas ruinas, hace unos cuántos universos atrás. Ahora Takemichi no tiene entre sus brazos un cuerpo despojado de vida ni tampoco le queda un cuerpo tibio, lleno de rencor y dolor. Takemichi tiene las manos vacías de Mikey, en cualquiera de sus formas.
Quiere contentarse con saberlo libre, con saberlo feliz y a salvo, pero Takemichi, a pesar de haber desafiado lo imposible, es tan sólo un mortal. Es tan sólo un humano que siente envidia de su otro yo que ya no existe, ese que conoció a Mikey, el que le llamó Mikey-kun, el que sacrificó su vida con tal de salvarlo. Ese Takemichi murió en un universo que ya no es este, en un edificio abandonado, en brazos de Mikey.
—Debería aprender a vivir sin ti, pero no sé cómo —confiesa para sí mismo, admitiendo que su carne sigue siendo débil.
Secándose los ojos, Takemichi recuerda que nada de esto empezó por él, jamás se jugó el pellejo para salvarse ni regalarse un final feliz. Arrancó su misión por Hina, por aquellos a quienes conoció y amó en el camino. Esta misión la terminó por Mikey, porque vivir sabiendo que Mikey es infeliz no es vida.
Eso es lo que quiere inyectarse bajo la piel, para dejar de ser un llorón que busca fantasmas en cada esquina.
—¿Qué es lo que crees que vas a encontrar?
Ayudándole a guardar la ropa en la maleta, Shinichiro le observa de reojo. Tiene esa mirada enigmática, la que parece meterse en su cabeza y descubrir cada uno de sus pensamientos.
Mikey tan sólo se alza de hombros, sentándose en el borde de la cama. Tiene un boleto de avión entre los dedos, haciéndolo bailar con cuidado de no estropear los bordes. No tiene una respuesta que darle a Shinichiro, al menos no una satisfactoria. No puede decirle que va a buscar algo sin forma ni nombre, tampoco puede decirle que no sabe cómo explicar que siente a ese algo llamarle desde allí, desde el corazón de Manila.
Tan sólo sabe que debe ir, tiene que ir.
—Lo sabré cuando lo encuentre.
—Dije que haría todo por ti —Takemichi se relame los labios, casi saboreando la sangre entre los dientes—, y no me arrepiento ni por un instante.
Ahora sufre porque es humano, porque le han quedado las manos vacías, pero Takemichi sabe que ha hecho lo correcto. Si el precio a pagar es saberlo lejos, transformado en un desconocido, si todo lo que le queda es venir a lugares abandonados para recordarlo, Takemichi puede conformarse.
Alza su cabeza hacia el rayo de luz que se asoma entre las grietas, inundando el recinto de vida. Le entra calor al cuerpo, se le mete entre las costillas hasta sacarle todo el frío que guarda dentro, ese que le hace sentir solo y abandonado. Takemichi se deja acariciar por el sol como Mikey, esa mañana. Se deja abrazar por el mismo sol que alguna vez fue el de ambos.
Las ruinas son silenciosas, huelen a humedad y abandono. Lo que otros podrían mirar con ojos recelosos, para Mikey es un mapa del tesoro. Siente que le llama, que cada pared agrietada tiene su nombre, como si le guiara hasta su destino.
Una mano le toma y le arrastra hacia el interior, le señala escaleras y pasadizos. Mikey se deja llevar, sube y baja, trepa y salta. Su corazón se agita a cada paso, con cada pasillo que atraviesa.
Sigue y sigue sin parar, hasta encontrar lo que busca.
Takemichi cree escuchar algo, un ave tal vez, atrapada entre el enorme laberinto de las ruinas. Se siente expuesto, como si lo vigilaran ojos caprichosos desde algún hueco. A lo mejor es su llamada para marcharse, a lo mejor es hora de despedirse de este cementerio de sueños perdidos.
Apoya las manos sobre el concreto polvoriento para ponerse en pie. Mira a su alrededor, para no pisar vidrio o caer en algún hueco.
Mira como si buscara un cadáver olvidado en alguna parte y entonces, lo descubre.
Mikey camina y camina, siguiendo el cantar de su corazón. Camina hasta que, lo que busca lo encuentra.
Lo primero que le devuelve la consciencia a Mikey es el tacto, las partículas de polvo que se le pegan a los dedos.
Luego le entra el olor a humedad, se le aloja en los pulmones, le revoluciona la cabeza, como si fuera un viejo conocido que toca la puerta.
Mikey escucha el rumor del viento entrando y saliendo por entre las grietas y los pasillos, el sonido de la vida que se agita fuera de las ruinas, buscando la forma de hacerse espacio en el interior.
Y luego, sólo entonces, es consciente de él, el muchacho que está de pie bajo el halo de luz.
No se mueve, no parece siquiera respirar. Está de pie cual estatua, congelado en el espacio y el tiempo. Lo único que delata que está vivo es el rubor de sus mejillas, la forma en la que sus ojos se hacen grandes. El muchacho parece una aparición, un ser mitológico que ha nacido de las entrañas de las ruinas.
Hasta que llora, hasta que de sus ojos comienzan a brotar lágrimas. No dice nada, no exclama ni cuestiona, tan sólo llora.
Mikey no es consciente que sus mejillas también se empapan, que sus ojos también se nublan hasta que se derraman lágrimas entre las pestañas, hasta que su corazón comienza a latir con furia. Hay algo en esas paredes agrietadas y polvorientas, olvidadas por el tiempo, que arrullan a Mikey, que le susurran Es aquí.
Hay algo en el muchacho, ese que llora incontrolablemente, ese al que le tiemblan los hombros como si un peso hubiera caído de ellos, que le grita Llegaste a casa, Mikey.
Es absurdo, porque nadie tiene el poder de hacerle sentir que ha llegado a su destino, con tan sólo verlo, pero Mikey se ríe.
—¿Quién eres, extraño? ¿Me has embrujado? —pregunta, sin molestarse en secar sus lágrimas.
El muchacho se ríe también, desdibujando las lágrimas de sus mejillas con el dorso de la mano. Mikey ni siquiera está seguro si puede entender lo que le dice.
—También estoy llorando.
Hay algo en su voz, en la forma en la que acaricia los tímpanos de Mikey, que le hace temblar. Es una voz desconocida, con un timbre que no ha escuchado nunca antes y sin embargo, se le hace familiar, como un murmullo a través de sus sueños.
—¿Cómo te llamas?
Quiere darle un nombre, quiere ponerle un nombre a este sentimiento desconocido.
—Hanagaki. Hanagaki Takemichi.
Hanagaki Takemichi.
El nombre no forma parte de su vocabulario y sin embargo, Mikey se agita al escucharlo, como si hubiera caído entre sus dedos la pieza de un rompecabezas.
Asiente, guardándose el nombre entre las costillas, junto a su corazón. La guarda allí, tatuándola al compás de la sonrisa que le regala el muchacho. Le sonríe como si hubiera estado esperando mil y un universos para hacerlo.
Mikey también le sonríe, como si hubiera esperado mil y un universos para conocerle.
—Me gusta, Takemicchi…
