Work Text:
La primera vez que se había fijado en él, la luz del atardecer se filtraba por las copas de los árboles e iluminaba de un dorado las baldosas de mármol de aquel templo en la cima del Monte Latmos. Tenía un brazo bajo la cabeza y su cuerpo descansaba en el suelo aún caliente por la exposición solar. Observó fascinado las facciones cuadradas y a la vez de alguna manera suaves del joven, su piel era de un cobrizo brillante producto del bronceado de largas horas de trabajo al aire libre, al igual que sus manos fuertes y callosas.
Hipnos, anonadado, dudo de su mismo estatus de dios y pensó que lo que estaba viendo era una ilusión, un espejismo provocado por alguna deidad menor intentando hacerle una broma. Frente a él estaba el mortal más hermoso que alguna vez hubiera visto.
Sintió una fuerte presión en el pecho, ¿El? ¿Un dios? ¿Enamorándose de un mortal? Quiso acabar con la vida de aquel muchacho, bastaba con un chasquido para que su hermano, Tanatos, reclamara el alma de aquel humano. O quizá transformarlo en algún animal o planta hermosa, pero no tan bella como lo era en ese instante, con la luz de Febo tiñendo sus facciones de dorado, para que ningún dios o diosa se pueda jactar de haber visto con sus propios ojos al ser más hermoso jamás creado por Zeus.
En su lugar se acercó hacia el templo y se sentó a un par de escalones de distancia. Extendió una pálida mano y arrancó los sueños del chico de un suave tirón, para eso estaba ahí en primer lugar.
Valles, montañas, lagos y riachuelos se expandieron en su campo de visión. Un rebaño de ovejas pastaban tranquilamente y un anciano encorvado las guiaba con un cayado de roble, a su lado caminaba una niña pequeña agarrada de la mano de un chico un poco más grande, en el pecho de este descansaba un bebe sujetado por una gruesa tela, el pequeño gorjeaba levemente. La imagen se esfumó repentinamente, como niebla empujada por el viento.
Hipnos levantó la vista y se encontró con dos grandes ojos oscuros mirándolo curiosos.
- ¿Quién eres? - Preguntó el mortal.
-Un simple viajero- Respondió el dios.
Endimión, pues así era como se llamaba y no necesitaba preguntarlo para saberlo, se desperezó tranquilamente a su lado, ignorando cualquier peligro que pueda representar que un extraño aparezca de la nada y lo observe mientras duerme. El joven se levantó y tomó un palo de madera que había estado apoyado en una columna, el mismo cayado de madera de su sueño.
-Bueno, viajero, espero llegues a tu destino- Endimión le dedicó una sonrisa antes de darse vuelta y bajar lentamente los escalones del templo, hasta desaparecer por las copas de los árboles.
Hipnos sintió un vacío en su pecho al ver partir al mortal, ¿Volvería a verlo? ¿Debía raptarlo y llevarlo a su palacio en las profundidades del hades? Podría simplemente darle un sorbo del agua de Río Lete y olvidaría todo lo relacionado a su vida pasada.
En su lugar, Hipnos espero sentado en aquel templo semiderruido. El tiempo para un dios era un concepto ambiguo, para alguien como la personificación del sueño, hijo de la noche y hermano de la muerte, las horas, días y meses podían pasarse en tan solo unos segundos o hacerse eternamente largas. Existía y no existía en aquel lapso de inconsciencia y consciencia.
-Ahora yo te encuentro descansando.
Hipnos abrió los ojos. Endimión se encontraba sentado a su lado, en el mismo lugar que la última vez. Su túnica estaba manchada de polvo y lo miraba con una media sonrisa en el rostro, el cayado descansaba en su regazo.
-Ha pasado un tiempo, Endimión- Porque así había sido, el joven había perdido la suavidad de la adolescencia y en su rostro se habían trazado los surcos de la adultez.
-Hacía años que no subía hasta el templo, los dioses no deben estar contentos conmigo- Endimión se llevó una mano a la parte posterior de la cabeza y rió levemente.
Iluso. Los dioses ignoramos hasta a los más devotos.
-No hace falta un templo para rezar, los dioses están en todas partes.
Endimión lo miró sorprendido y luego le dedicó una sonrisa.
-Supongo que sí.
Luego de unos segundos de silencio, Endimión volvió a hablar.
-Sigues igual que la última vez que te vi, ¿Has encontrado tu destino? – Había genuina curiosidad en su tono.
-Si- Mintió Hipnos- pero mi hogar ya no es el de antes, por lo que volví a irme.
Endimión lo miró como si estuviera diciendo una locura.
-Yo jamás podría dejar mi hogar, mi familia, el lugar donde vivo- Hipnos noto el amor que había en sus ojos mientras el hombre hablaba.
-Háblame sobre ellos, tu familia.
Y así hizo Endimión, le habló sobre sus hermanos, demasiado pequeños para vivir sin él, sobre su padre que hacía meses que no se levantaba de la cama, sobre su difunta madre que había muerto luego de dar a luz al más pequeño de sus hijos. Pero también le conto sobre su rebaño de ovejas, que les daban ropa y comida cuando la necesitaban, le hablo sobre una joven, de espeso cabello negro, que vivía en su aldea y que algún día esperaba casarse con ella.
Hipnos escuchó atentamente y absorbió cada sentimiento transmitido por el pastor, su felicidad era su dicha a la vez que su tristeza y remordimientos. Cuando ya no había nada más que contar, la luna había salido e iluminaba a Endimión con una luz plateada, transformando cobre en plata.
-No me había percatado de lo blanca que es tu piel- Dijo el mortal, tomando con curiosidad la mano del dios, enviándole descargas de fuego más calientes que los campos de castigo del infierno hacia el resto de su cuerpo- y tu cabello también, ¿De dónde eres?
-De muy lejos- Respondió a media voz.
Endimión lo miró con esos grandes ojos suyos
-Debe de ser duro estar lejos de tu hogar, yo no lo soportaría. Todo lo que quiero y necesito está acá.
-No es duro mientras no estés solo- Dijo Hipnos dedicándole una levísima sonrisa.
-Pensé que no podías sonreír - El hombre estaba genuinamente complacido- Me alegra saber que soy buena compañía.
Hipnos no pudo más que disfrutar de la ternura que emanaba aquel mortal, se sentía extraño, sentimientos así no se removían en un ser eterno como él. Pensó, con seguridad, que haría lo necesario para garantizar la felicidad de Endimión, con tal de ver su sonrisa.
-Ya es hora de que me vaya.
-Ve, tu familia te debe estar esperando- De nuevo sintió aquella voz en su consciencia que le decía que no le debía dejar ir, que debía llevárselo a su palacio gris.
-Espero verte pronto, viajero.
-Ojalá así sea, Endimión.
Y así fue, solo que esta vez el mortal no venía solo.
Una mujer, acompañada por dos sabuesos blancos, caminaba a su lado. No habían visto a Hipnos pues se había escondido rápidamente detrás de un árbol al verlos en la distancia. La mujer llevaba su cabello dorado atado con una fina cinta bañada en oro, su vestido era casi transparente allí donde tocaba el suelo y su piel era del blanco de la luna, pues eso era. Selene, la luna, se encontraba frente a él. Y reía. Y Endimión reía con ella.
Todo en Hipnos se tensó y destruyó. Se sintió traicionado, el mortal parecía disfrutar más la presencia de la diosa que la de él. Quiso correr frente a ellos y estrangularlos, acabar con lo que los hacía tan felices y hacerlos rogar por haberlo ofendido.
En su lugar, se quitó la vieja ropa de viaje que había estado utilizando todo ese tiempo y desplegó sus alas con toda su envergadura. No tardó en tomar vuelo hacia el cielo donde la noche, su madre, lo rodeó con los brazos y le permitió descargar su pena. Ningún mortal tuvo sueños esa noche.
---
Fueron los gritos y el reconocimiento de una voz lo que hicieron que Hipnos acudiera al llamado. Eran pocas las veces que los dioses escuchaban plegarias de los mortales y acudían a brindar ayuda, y era aún menos frecuente que esas plegarias fueran dirigidas a la personificación de los sueños.
El viejo templo en la cima de la montaña apareció ante él. Era de noche y la única luz provenía del cuerpo físico de Selene, proyectado en el cielo. Dentro de la estructura se hallaba Endimión, de rodillas, con las manos en el suelo y la cabeza gacha. Rezaba frenéticamente.
- Por favor, me está persiguiendo, necesito tu ayuda, sabe dónde estoy, no quise seguirla y me está castigando…Por favor.
El corazón de Hipnos se estremeció de ira y pena al verlo en ese estado, temblando, con la túnica sucia y rasgada y una herida en el brazo que no paraba de emanar sangre.
-Es de mal gusto pedirle ayuda a los dioses cuando no crees en ellos- Dijo mientras salía de las sombras y se posicionaba frente al mortal.
Endimión levantó la cabeza, anonadado, la realización dibujada en su rostro solo lo hacía parecer más joven de lo que era. En ese momento, Hipnos entendió que el hombre no le estaba rezando a una deidad en particular. Sus plegarias eran palabras dirigidas a nadie en concreto mientras pensaba en el viajero que había conocido.
- ¿Como…
Su pregunta fue cortada a la mitad por el ladrido de un perro, se escuchaba cerca. Endimión empezó a hablar frenéticamente.
-Me dijo que me vaya con ella, yo me negué y ella insistió en sacarme de este lugar. Al final se terminó enfureciendo y ordenó a sus perros para que me cacen. Me va a matar, ella no lo entiende, no lo entiende como tú, cuánto amo este lugar.
El hombre empezó a sollozar. Hipnos pensó en lo que podría pasar si lo sacaba de ese lugar. La luna era una diosa persistente, tentó la idea de combatir con ella, pero su presencia era más fuerte en ese momento. Tampoco podía proponerle escapar juntos, Endimión jamás dejaría su hogar por voluntad propia.
-Puedo salvarte la vida, amigo mío, pero debes confiar en mí.
El pastor asintió.
-Levántate Endimión- Dijo Hipnos extendiendo una mano.
Endimión hizo lo pedido y se acercó al dios. Los envolvió a ambos con sus alas, que eran del mismo color azabache del cielo nocturno. Hipnos podía sentir el aliento caliente del hombre, tan efímero, tan vivo. A continuación, le susurro en el oído;
-Confía en mí.
El otro asintió.
Hipnos posó sus labios en los de Endimión, y una parte de él, de su existencia, de su inmortalidad, de su amor, se introdujo en el mortal. El hombre sintió como el dios le daba un segundo beso, esta vez en la frente, antes de cerrar sus ojos para siempre.
Cuando Selene apareció, Hipnos yacía en el suelo con el cuerpo de su amigo en brazos.
-Está muerto- Le escupió, poniendo su ira en cada sílaba.
La diosa lo miró con desprecio y cuando habló, lo hizo con desdén.
-Que desperdicio, habría sido un buen consorte- Dio media vuelta y se retiró, con sus sabuesos siguiéndola detrás de ella.
Hipnos no respondió, estaba ocupado acariciando el pelo sucio de Endimión. Su rostro estaba sereno, igual a la primera vez que lo había visto, ajeno a todo lo que estuviera pasando a su alrededor, su respiración era pausada. Seguía siendo igual de hermoso.
Por primera vez en muchos eones, Hipnos lloro.
