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Chocolate blanco & Flores de cerezo

Summary:

Angela Ziegler, una doctora de renombre, recibe una inesperada y extraña petición de una importante familia japonesa. La doctora acepta sin conocer los entresijos ilegales que oculta esa familia conocida como clan Shimada. Una oportunidad sugerente que le puede llegar a costar incluso la vida.

Notes:

Llevaba meses pensando... ¿Qué pasaría si Genji y Angela se hubiesen conocido en otra situación? Eso me ha animado a escribir este fic. No sé cuántos capítulos tendrá, pero quiero escribirlo sin prisa y de manera fluida, sin que haya nada forzado. Espero que realmente os guste, es la primera vez que me animo a publicar un AU para que la gente lo lea.

Este fanfic va dedicado a una persona muy especial, por aguantarme y escucharme hablar durante horas y horas de mis ideas sobre Genji y Angela (y sobre el Gency en general) <3. Y porque siempre me ayuda con la traducción y la corrección al inglés para que pueda llegar a más personas.

Disclaimer: Overwatch y todos sus personajes pertenecen a Blizzard.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: La Llegada

Chapter Text

Era la primera vez en muchos años que no realizaba un viaje tan largo. Quizá, de hecho, fuese incluso la primera. Por su profesión, la renombrada doctora Angela Ziegler se había visto obligada a viajar por toda Europa cuando precisaban de su experiencia en algún hospital. Pero nunca se había desplazado miles de kilómetros para un periodo de tiempo que sin duda sería largo. Pero una cuantiosa suma de dinero en su cuenta corriente había sido ingresada como adelanto de su trabajo, y tras haber consultado con sus compañeros habían llegado todos a la conclusión de que jamás se le presentaría una mejor oportunidad así en la vida. Creía haber vivido todo tipo de experiencias a pesar de su edad, pero vivir en un país completamente desconocido para ella y del cual no conocía apenas su idioma era algo totalmente novedoso. Y es que a pesar de eso, aquellos que la habían contratado le habían insistido encarecidamente de que el idioma no sería una barrera. Conocían el inglés y lo hablaban de forma fluida, por lo que no habría problema alguno. O eso quería creer.

A pesar de todo eso y de tener por el momento una buena impresión, aun desconocía muchos detalles de lo que sería su trabajo a realizar en el país del sol naciente. Mentiría de decir que no desconfiaba un poco, puesto que era raro que desde tan lejos le hubiesen contactado de forma tan repentina. Pero sus compañeros del equipo con el que trabajaba en uno de los hospitales más importantes de Suiza le habían dicho que era completamente normal. Era reconocida en todo el mundo y tarde o temprano ese tipo de peticiones podían llegarle.

Aquí estamos.”

Maleta en mano, la rubia salió caminando por la zona de llegadas de uno de los aeropuertos de Tokyo. Sus ojos azulados paseaban maravillada de un lado a otro, sintiéndose completamente en otro mundo. Carteles digitales por todos los lados, decenas de personas yendo de un lado a otro de forma ordenada, mensajes por megafonía en un idioma que desconocía en casi su totalidad. Le fascinaba la diversidad que podía haber con tan solo una diferencia de kilómetros. Sacó el teléfono móvil y revisó uno de los tantos correos electrónicos que se había estado intercambiando con la familia a la que parecía que iba a asistir durante su estancia allí. Le habían dicho que facilitarían su llegada a la residencia, y que en el momento de la llegada podría encontrar a alguien que estaría esperándola. Se apartó las gafas de sol de los ojos y se dirigió a la que parecía la salida. Allí, pronto vislumbró a un hombre completamente trajeado. Su ropa estaba impecable, y él si llevaba los ojos ocultos tras unos cristales oscuros. Su pelo, igual de perfecto que su ropa, era corto. En sus manos mantenía una tablet donde en un fondo blanco destacaba su nombre escrito. Se dirigió hacia él con una sonrisa en los labios que no sería correspondida. La expresión del hombre no cambió en absoluto cuando se detuvo frente a él.

Buenas tardes, soy Angela. Encantada de conocerle. —La rubia se presentó en japonés. Se había tomado las molestias de aprender los saludos y las presentaciones como signo de educación.

— Sígame, si es tan amable. —Por el contrario, el hombre respondió en inglés sin sentirse en absoluto impresionado por las palabras de ella. Recogió la tablet en un maletín que llevaba y sin añadir se giró para comenzar a andar.

Angela frunció ligeramente el ceño al no ver reacción alguna por parte del contrario. Suspiró y sin añadir más siguió al contrario en silencio. Con la presentación había quedado más que claro que era un hombre de pocas palabras y no podría obtener respuesta a todas las preguntas que tenía rondando en su cabeza. Pero si algo destacaba en una mujer como ella era la paciencia, así que esperaría a llegar al lugar al que se dirigían para así poder hablar cara a cara con aquel que le había hecho ir hasta allí.

El viaje, como esperaba, estuvo totalmente ausente de palabras. El coche en el que había ido a buscarle era uno totalmente negro, con los cristales tintados. Parecía nuevo, y desde luego no era uno que cualquier ciudadano de a pie pudiese permitirse. Por un momento se sintió como esos famosos que precisaban de guardaespaldas en todo momento, y sonrió para sí misma divertida, imaginando a qué clase de lugar se dirigían. Pero desde luego, no estaba preparada para lo que se alzó frente a sus ojos cuando ni siquiera aun habían llegado.

Las calles le habían llamado la atención durante todo el trayecto. Se sucedían tanto barrios sencillos de casas pequeñas como otras avenidas pobladas de rascacielos que se erigían hacia este como si tratasen de alcanzarlo. Estaba totalmente maravillada, a pesar de esa pequeña inseguridad que le hacía sentir el tener conocimiento que el inglés allí no era un idioma tan hablado como en otro lugar de occidente. El conductor ni siquiera había puesto la radio, por lo que el único sonido era el del tráfico y cualquier voz que se escuchase en el exterior.

Pronto llegaron a una zona donde un cartel situado a un lado de la carretera lo presentaba como “Kanezaka”. La gente caminaba de forma despreocupada por la calle pero eso era algo de lo que la doctora no se percató. Puesto que la zona parecía estar a los pies de lo que parecía un castillo. O de una antigua edificación japonesa a su parecer. Pudo ver como una muralla protegía la fortaleza, la cual parecía reírse de las pequeñas casas que había a sus pies. Ahí debía vivir gente con una riqueza incalculable, pensó, aunque lo más seguro es que fuese una zona de interés turístico. Sin duda alguna, le gustaba como la tradición y la actualidad se fusionaban con esa naturalidad en aquel país.

— Estamos llegando —indicó el conductor, hablando después de más de media hora sin hacerlo—. Por favor, prepárese, doctora Ziegler.

Angela no dijo nada, asintiendo con levedad a sabiendas de que el contrario tenía puesta la vista en ella a través del retrovisor. Su curiosidad cada vez era mayor al ver que lejos de alejarse de aquella norme edificación cada vez estaban más cerca. Y se quedó completamente helada al ver que se detenían ante unas enormes puertas protegidas por el enorme muro de piedra que hacía de aquel lugar uno inaccesible.

“Esto es una broma” pensó, parpadeando ligeramente descolocada. El hombre introdujo lo que parecía un código de seguridad en un panel y tras lo que pareció un examen de retina las puertas se abrieron ante ellos, dándoles paso. Si desde fuera le había parecido un lugar hermoso, ahora que atravesaban con el coche un camino de tierra delimitado por árboles de cerezo en flor no podía evitar pensar que se había quedado corta. En algún momento del pasado había leído que la primavera era una de las épocas más bonitas de Japón y ahora comprobaba con sus propios ojos que era más que cierto. La velocidad del coche fue disminuyendo hasta que finalmente se detuvo. El conductor salió del vehículo y abrió la puerta trasera para así dejar salir a la rubia. La temperatura era agradable, al igual que olor que había en el ambiente. El hombre trajeado le facilitó su equipaje y pronto tres hombres, igual de impecables que este, se acercaron a ella. Angela les observó en silencio, empezando a ser consciente de lo realmente poca cosa que se sentía allí. El más mayor se acercó a ella, y con algo más de amabilidad que la que había recibido en todo el trayecto se dirigió a ella en educado inglés.

— Bienvenida a Japón, doctora Ziegler. Seguramente tenga muchas preguntas. Pronto el señor de la casa le explicará todo lo que le preocupa.

— Muchas gracias. Ha sido un viaje largo.

— No lo dudo. Por favor, si es tan amable de seguirnos.

Le indicaron con un gesto que podía dejar allí su maleta, y en silencio comenzaron a caminar hacia el interior de la enorme residencia. Aquí y allá podía ver a trabajadores moverse con soltura. Tanto hombres como mujeres vestían kimonos, por lo que le quedó claro que allí se abrazaba bien la tradición. Por otra parte, también había hombres trajeados que cada vez le inspiraban más como guardaespaldas o guardias de seguridad. Tras sus gafas parecía que podían observar todo lo que ocurría a su alrededor. ¿Tan importante era aquel lugar como para que hubiese desplegada tal seguridad? Cada vez estaba más convencida de que aceptar el trabajo sin saber todos y cada uno de los detalles no había sido tan buena idea. Se lo recordaría a todos aquellos que le impulsaron a hacerlo cuando estuviese de regreso a su vida normal.

— El castillo Shimada pertenece a una familia que lleva teniendo una importante influencia en el país —comenzó a explicar el hombre que iba en cabeza. Cuando más supiese la joven antes de estar frente al cabeza de la familia, mejor—. Hace unos años murió uno de los hombres que más fuerza le dio a la familia, Shimada Sojiro-sama. Ahora es su hijo mayor quién lleva las riendas.

Avanzaron por el edificio que hacía casi de pasarela y salieron a otro patio interior. En este, Angela pudo reconocer lo que en Japón eran conocidos como jardines de piedra. El blanco destacaba sobre las rocas, formando figuras que sin duda se le antojaban hermosas. Ella, que era simpatizante con los lugares tranquilos y la práctica de métodos de relajación, pensó que tener la oportunidad de descansar allí era algo de lo que quería disfrutar al menos una vez en la vida. Continuaron caminando hasta que la entrada al edificio más alto se presentó ante ellos. Los ojos azulados de la rubia se elevaron, de nuevo silenciada por la belleza. Se sentía, de nuevo, transportada a otro mundo.

— Con él nos vamos a reunir a continuación. Aquí en Japón es de mala educación dirigirse a los demás por su nombre. Pero dado que usted es extranjera, seguramente el señor haga una excepción. Espero que su estancia aquí sea de su agrado, doctora Ziegler. Sería un honor para todos que una eminencia en la medicina como es usted nos acompañe durante un tiempo.

— Me dirigiré a él como me indique —comentó ella, no muy convencida. Todo lo que le decía le habría parecido más normal de tratarse de años atrás. No obstante, no juzgaría ninguna costumbre y trataría de no meter la pata—. Por favor, Angela está bien. No me acostumbro a que me hablen con tanto respeto.

El hombre tan solo sonrió con levedad, asintiendo con la cabeza. Minutos más tarde, parecía que habían llegado a su destino. Los tres hombres se detuvieron y le indicaron con la mano que podía acceder al interior de la sala. Tras despedirse de ellos con un gesto de mano, la doctora finalmente entró.

La sala era de madera. Antes de acercarse, le indicaron que se retirase el calzado y lo dejase en la zona exterior. Hizo lo que le decían, recordando también que era algo típico en aquel país y continuó caminando por el tatami. Caminar sobre él era agradable, y avanzó entre columnas de madera hasta el hombre que permanecía sentado en el final de la sala. Grandes pergaminos con kanjis japoneses adornaban la habitación, hechos con una caligrafía tan perfecta y estilosa que parecía hecha a mano. Se preguntó si habría pinceles lo suficientemente grandes para realizar tal obra. El techo era muy alto, como jamás habría llegado a imaginar, y había acceso a una planta superior que daba a balcones vallados de madera. Quizá allí se llevasen a cabo de vez en cuando reuniones o algo semejante. Parecía el espacio ideal para ello.

Se situó frente al hombre, el cual permanecía sentado. Sus facciones eran duras y conforme se acercaba se puso en pie. Su cabello, algo largo, estaba sujeto en una coleta. Al contrario que la mayoría de las personas (o trabajadores) que había visto en la residencia, él no vestía de forma tradicional, sino que llevaba un traje oscuro con tonos azulados. Incluso unos guantes oscuros de cuero resguardaban sus manos. Bajo la chaqueta, podía vislumbrar un chaleco de rayas blancas a juego con su pantalón, y una corbata azul. Su barba estaba perfectamente recortada. “Que guapo es” pensó, intentando no parecer demasiado descarada al observarle. Sin duda no cumplía el estereotípico de hombre japonés que siempre había visto en las películas. Angela se detuvo frente a él, dudando en si realizar algún tipo de inclinación con la cabeza en forma de saludo o no. Pero como si pudiese estarle leyendo la mente, el hombre frente a ella fue el primero en hacer un movimiento.

 

— Bienvenida a Japón, doctora Ziegler.