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Orianna era incapaz de sentir frio o calor por sí misma, solo podía saber qué clase de temperatura había si:
A) Había signos meteorológicos visibles del tipo de clima y temperatura en la que se encontraba, como la nieve o la lluvia.
B) Lo detectaba su medidor de temperatura externa.
Y en este caso, se presentaban ambas condiciones.
Orianna también sabía, debido a la información programada en su memoria, que cuando la temperatura bajaba y la nieve caía significaba que había llegado el invierno y los humanos celebraban lo que llamaban el «Día nevado».
Por razones que ella conocía pero no comprendía del todo, esa celebración hacía que las personas entraran en un estado de júbilo que incluso para ella, un ser que había perdido todo rastro de su humanidad, era palpable.
Los niños corrían alegres por las calles y jugaban con la nieve, la gente se reunía en la plaza central de Piltover a cantar villancicos, las familias se reunían para cenar y por último, pero no menos interesante para ella, las personas se daban regalos entre sí.
Era una época tan alegre que incluso las tristes y sucias calles de lo más profundo de Zaun se veían menos terribles, es como si por este corto periodo de tiempo olvidaran todos sus problemas.
O al menos así lo percibía Orianna, cosas que de hacía sentir humana de nuevo o más humana que sus pésimos intentos de imitar el comportamiento de estos. Como cuando durante su primer Día Nevado en soledad empezó a temblar, porque sabía que cuando los humanos sentían frío su cuerpo temblaba para mantener el calor, pero aquello solo hizo que todas sus partes mecánicas resonaran e hicieran un escándalo por las calles.
Orianna soltó una suave risa mecánica ante lo que sentía como una muy borrosa anécdota.
Avanzó junto a su inseparable esfera por las calles de Zaun que estaban a un nivel donde aún alcanzaban a ver la luz del sol y donde la miseria no estaba a cada paso que dabas. Los copos de nieve caían con suavidad sobre su piel de acero inoxidable y aquello le era agradable, pero no porque sintiera directamente el frío, es que evitaba que todo su mecanismo se calentara.
Conocía perfectamente el camino que estaba tomando, ya que este llevaba al teatro al que vino tantas veces con su padre cuando era solo una niña, otro de tantos recuerdos que apenas podía conciliar en lo que quedaba de lo que alguna vez fue su memoria humana.
Al detenerse frente a la fachada del sitio se dio cuenta de que esteba estaba en mal estado y no solamente por el hecho de que hace años había sido abandonada, también había oído que en tiempos recientes Camille, la líder del clan Ferros, había tenido un enfrentamiento contra un criminal.
Según a la persona que había oído contar el suceso, la mujer llegó a emboscarlo junto a un grupo de personas a su mando. Pero resultó que los emboscados fueron ellos, al parecer el hombre había preparado trampas dentro del sitio y mientras estos avanzaban intentando esquivarlas —sin mucho éxito—, la mujer de acero tuvo un enfrentamiento cara a cara con el criminal.
Lo último que se supo es que Camille sobrevivió de milagro, quizás el ser también más máquina que persona tuvo mucho que ver.
Orianna le dio una mirada a su esfera, en una silenciosa pregunta sobre si debería adentrarse al sitio y esta respondió con un movimiento que la autómata interpretó como positivo.
Era un poco chistoso porque, al final, su esfera no era otra cosa más que una extensión de sí misma donde reposaba su corazón Hextech. Así que, de cierta manera, hablar con su esfera era como hablar con sí misma.
Y en contextos humanos, hablar consigo mismo era un rasgo que podía denotar locura.
Terminó de hacerse caso y entró al derruido lugar, oscuro, húmedo y lleno de polvo. Por suerte, sus ojos artificiales podían ver perfectamente en la oscuridad por lo que a medida que avanzaba podía detallar los vestigios de lo que alguna vez fue un bello lugar lleno de vida.
Se dio el tiempo de recorrer el vestíbulo, pasando de forma delicada sus mecánicos dedos por los muebles gastados y las cortinas desgarradas, tratando de esa manera evocar los recuerdos perdidos en su mente de una manera más cercana.
Por supuesto no pudo evitar pensar en su padre y estaba segura de que si pudiera llorar habrían rodado un par de lágrimas por sus frías mejillas. Muchas veces había maquinado en una posible visita, sobre todo en estas fechas donde la reunión de las familias tenía un tan importante significado.
Pero siempre terminaba descartando la idea a dos cuadras de la que alguna vez fue su casa, era cómo si algún comando dentro de ella le impidiera continuar. Así que luego de no pasar aquella línea invisible, procedía a ocultarse en algún sitio donde aún pudiera ver su casa y esperaba pacientemente a que su padre hiciera acto de presencia para una vez más registrar su imagen y el sonido de su propio corazón latiendo dentro de él, asegurándose de que estuviera bien al menos físicamente, porque sabía bien que su partida le dolía tanto como a ella misma.
¿Cuántas veces había hecho a lo largo de los años? Oriana sabía el número exacto de veces que lo había hecho y sabía perfectamente que seguiría sucediendo, pero simplemente no podía volver, ella ya no pertenecía a ese sitio.
Terminó adentrándose en el auditorio donde aún se podía apreciar rastros del enfrentamiento pasado y que probablemente permanezcan ahí durante un buen tiempo, hasta que alguien decida recuperar el sitio o demolerlo por completo.
Avanzó hacia el escenario, en el cual colgaba maquinaria que hacía parte de la escenografía y la ambientación al momento de las presentaciones. También colgaban tuberías y varios cables sueltos, lo que le daba más señales de pelea en el sitio.
Aunque lo más curioso fue encontrar clavadas en la paredes una especie de armas punzantes.
Se tomó unos segundos analizándolas y se dio cuenta de que eran armas de origen jonio, lo cual ahora le hacía preguntarse cómo estas llegaron aquí y, si sus suposiciones eran correctas, qué hacían personas jonias armadas en este sitio.
Probablemente nunca sabría las respuestas a sus interrogantes.
Dejando de lado la cuestión de las misteriosas armas jonias, la autómata caminó hasta el centro del escenario y recorrió con la mirada el panorama del destruido auditorio, imaginando por unos instantes que este estaba abarrotado de personas en espera de alguna presentación de ballet correspondiente a la época del año.
Cerró los ojos.
Después de exactamente un minuto, Orianna se sorprendió de lo bien que aún funcionaba su imaginación porque podía afirmar que incluso oía el Grand pas Deux, su número favorito del «Cascanueces», como si estuviera sonando de verdad.
Terminó abriendo los ojos y, al voltear hacia un lado, se dio cuenta que la música venía de su querida esfera.
Orianna hace mucho tiempo no sabía lo que es sentir genuina felicidad, pero estaba segura de que la sensación que tenía actualmente se asimilaba a ella, una calidez que invadía lo más profundo de su mecanismo y traspasaba todo el acero que la conformaba.
Era eso o se estaba recalentando por alguna razón.
Le hizo una pequeña seña a su esfera para que, aún mientras sonaba la melodía, flotara por encima de ella y la iluminara como si fuera un reflector. De esa manera, la autómata que asimilaba la estética de una bailarina en una caja musical, empezó a danzar aquella coreografía que —por razones que ella misma tampoco entendía— se mantenía como una huella fresca en su memoria.
Nuevamente cerró los ojos y se dejó llevar por su imaginación artificial programada, llenando una vez más los asientos del lugar e incluso situando a su padre viéndola en primera fila.
Sus extremidades se movían de la manera más suave y orgánica que su mecanismo podría permitirle, siguiendo el ritmo de la dulce canción que llenaba de eco el sitio. Pasos perfectamente calculados y algunos improvisados cuando debía remplazar las partes donde necesitaba estrictamente una pareja, pero que no rompían la armonía de sus movimientos.
Por primera vez, desde que era completamente una máquina, Orianna perdió la noción del tiempo y el espacio.
Solo existían el escenario, la música y ella.
Tal fue su abstracción de la realidad que solo cuando la música acabó y se oyeron unos aplausos fue consciente de la presencia que al parecer la había estado observando desde la puerta del auditorio, y que ahora expresaba júbilo por haber presenciado su improvisto espectáculo.
—¡Bravo! —expresaba la persona desde su posición.
Por un momento su mecanismo emuló timidez y sorpresa, y se preocupó por si su radar interno estuviera defectuoso. Pero rápidamente comprobó que seguía funcionando, ya que podía detectar a las ratas y otros animales ocultos en el edificio.
Si hubiera podido sonrojarse esta habría sido una ocasión adecuada para ello.
El chico paró sus aplausos y Orianna vio como este empezaba a caminar con tranquilidad por el pasillo entre los asientos, en dirección hacia el escenario.
—No deberías estar aquí —su voz tenía un tono amable—, Algunos bandidos utilizan este sitio como escondite y no creo que sea muy grato si te encuentras con ellos.
Finalmente el chico llegó hasta las escaleras frente al escenario y entonces ella se dio cuenta como abría los ojos y alzaba las cejas, gesto que detectó como uno de sorpresa. Ya estaba acostumbrada a esa expresión cuando alguien veía a una autómata como ella, sabía que los humanos eran fáciles de impresionar.
Su repentino espectador compuso una vez más su expresión y le dio una sonrisa amable.
—No pienso hacerte daño, si eso te preocupa —ella relajó un poco sus extremidades, ya que no encontró señales de engaño en las facciones del chico—. Ven, salgamos de aquí.
Pasaron unos segundos antes de que Orianna tomara la decisión de hacerle caso al chico y se acercó a la escalera para bajar del escenario, sorprendiéndose cuando este le estiró la mano al momento que puso un pie en el primer escalón.
Sabiendo que aquél era un gesto de amabilidad, Orianna la aceptó, tomándola con la cuya fría y metálica pero el chico no pareció perturbado por ello. Una vez llegó al suelo él soltó su mano y nuevamente le sonrió.
—¿Cuál es tu nombre?
De todas las posibilidades que computaba su sistema, solo el 0,5% correspondía a que le preguntara su nombre.
La esfera flotaba junto a ella.
—Orianna.
Fue lo único que expresó su voz mecánica.
—El mío es Louis.
Luego de aquellas simples presentaciones ambos salieron del recinto, siendo recibidos por las escasas luces del atardecer. La nevada parecía haberse vuelto más fuerte en el tiempo que ella estuvo dentro ya que había pequeños montones de nieve acumulada por las calles.
Aquella era una señal de que necesitaría pronto buscar un refugio.
—¿Vas a subir?
Orianna le dedicó una mirada y solamente asintió.
—Bien, entonces solo sigue las indicaciones de los carteles, el ascensor no está muy lejos —vio como el chico se subía la capucha de su gabardina, cubriéndose el cabello rubio de la nieve— Ah, y feliz Día Nevado.
Nuevamente sus posibilidades computadas fueron tomadas por sorpresa con aquella frase.
—Feliz Día Nevado —repitió ella.
El chico entonces le sonrió y se despidió moviendo su mano, luego se dio la vuelta para caminar en dirección contraria a la que debía irse Orianna.
Lo observó alejarse por un momento antes de ella misma emprender su marcha, con su sistema emulando de nuevo aquél sentimiento que se asimilaba a la felicidad.
