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La historia de Hierophant Green, el Doctor y el Relojero

Summary:

Jotaro Joestar era el hijo del famoso relojero Joseph Joestar.
Noriaki Zeppeli era el hijo adoptivo del doctor del pueblo, Caesar. Mientras el mundo avanzaba y superaba la época del vapor y las máquinas, Noriaki estaba fascinado por los libros y por el hijo del relojero.

Notes:

Kakyoin es mi personaje favorito, por dios.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

1

La primera vez que lo vio, tenía cinco años, su padre Caesar había ido al relojero del pueblo para que arreglara su reloj de mano favorito, al parecer se había roto el vidrio y su padre no quería perder una pieza que era muy antigua dentro de la familia. 

Había notado a otro niño, en una esquina de la tienda jugando con algunos engranajes y siguiendo los consejos que el Señor Joestar le daba. Era muy lindo, había pensado. El cabello del color de las plumas de un cuervo y unas facciones bastante atractivas para ser solo un infante ¿tenían la misma edad? Se veía un poco más grande que Noriaki.

Jotaro era su nombre, su padre se lo dijo y lo confirmó cuando el señor Joestar se acercó a ellos y comenzó una pequeña charla con su padre, se distrajo tanto con las pequeñas acciones que el otro niño hacía, que ni siquiera notó el ligero sonrojo que se instaló en las mejillas de Caesar cuando tenía tan cerca al Señor Joestar. 

 

Al salir de la tienda, escuchó el pesado suspiro que brotó de los labios de su padre, sus ojos se veían tristes y pensó que abrazarle sería bueno para reconfortarlo.

 

—¿No te puede arreglar el reloj del abuelo el Señor Joestar? — Preguntó, no quería que Caesar estuviera triste, era demasiado bueno para merecer un sentimiento como ese. 

 

Caesar lo había levantado del suelo mientras soltaba una risa y le acurrucaba contra su pecho, era invierno por lo que el calor extra y el cariño de su padre era reconfortante. 

 

—Lo arreglará, calabaza. Los Joestar son hombres de honor, recuerda eso siempre—. 

 

Y lo había recordado durante los siguientes años, observando en secreto las ocasiones en las que podía ver al Señor Joestar caminar con su hijo por las calles cercanas al consultorio de su padre o cuando ya eran adolescentes, a Jotaro deambulando, no era un gran conversador, había notado, pero tampoco era ajeno a la interacción de las personas que le hablaban, era muy intimidante y a veces se metía en peleas. 

 

Pero él era tan tímido y Jotaro había crecido tanto, que incluso era más alto, podría proporcionarle sombra. Tenía miedo de decir algo incorrecto y que Jotaro lo despreciara. Se tenía que guardar esos sentimientos que tuvo desde los cinco años. Además, Jotaro siempre andaba rodeado de señoritas, era un sueño imposible que se quedaría en lo más profundo de su mente. 

 

—.—

 

Noriaki fue adoptado cuando su madre murió en el parto, la mujer había soportado sola todo lo que pudo, abandonada por su familia y el padre de la criatura, su alma no aguantó más. El Doctor Zeppeli se encariñó tan pronto tuvo al pequeño entre sus brazos y le acogió en su casa y en su corazón, dándole su apellido y todo su cariño.

 

Pero Noriaki no era muy sociable, eso su padre Caesar lo había notado cuando comenzó a interesarse más por los libros que estaban en una gran estantería que por querer salir a jugar a la nieve, si era invierno; o al río del otro lado de la ciudad, si era verano.

 

Pero su padre nunca se molestó por ello, de hecho, alimentó su curiosidad y le enseñó conceptos básicos, lo convirtió en su pequeño asistente cuando atendía personas. Algunas veces dejaba medicamentos en las casas de los pacientes o recogía plantas para crear medicina natural, un conocimiento que le era mucho más interesante.

 

Una de esas mañanas en la que buscaba alguna planta extraña para su padre, se terminó adentrando tanto en el bosque que encontró un claro en medio de tantos árboles, mismos que proporcionaban la sombra justa y dejaban pasar tenues rayos de sol, se respiraba paz. Y el sonido del pequeño riachuelo que corría cercano, propiciaba la frescura idónea para el ambiente caluroso de la época. Recordó las historias celtas que Caesar le leyó, la conexión del alma y la naturaleza que se describía, pensó que sería algo similar a lo que experimentó, porque nunca antes su corazón se había sentido en sintonía con su alrededor.

 

El crujido de una rama y una risa, le sacó de su ensoñación, y temiendo que fuera algún animal o cazador, salió corriendo, sosteniendo fuertemente la cesta con las hierbas porque el regaño de su padre sería peor que una mordida de oso si no cumplía con sus tareas.

 

El cambio del bosque a la ciudad, le aturdió un momento, aunque para esas horas las personas poco a poco instalaban sus puestos comerciales, se escuchaba la voz de los vendedores y de los niños revoloteando de un lugar a otro mientras corrían y se llenaban los pies de tierra. Se apresuró en su caminar, porque ya había divagado lo suficiente, pasó por el restaurante de comida francesa, donde el dueño Jean Pierre Polnareff a veces le saludaba porque en el consultorio habían cuidado de su vieja lesión de guerra que tenía en una de sus piernas. 

 

El aroma de los postres se sentía hasta la vereda, y su estómago rugió por algo de desayuno, definitivamente tendría que comer antes de merodear por allí. 

 

—¡Estoy de regreso! — Fue lo que dijo cuando abrió la puerta de casa, pero Caesar no apareció, avanzó por los pasillos y se encontró una nota pegada a la puerta que conectaba su hogar con el consultorio. La arrancó suavemente e identificó la letra de inmediato.

 

“Olvidé que debía llevarle su medicamento a la abuela de Avdol, regreso en unos minutos”

 

Suspiró y colocó la cesta con las plantas sobre una silla y avanzó hacia el consultorio porque allí estaba el estante de libros. Su padre era tan descuidado a veces, quizá tendría tiempo de volver al restaurante de Polnareff y comerse algún bollo luego de elegir alguna lectura interesante para el resto del día.

 

Nunca se esperó, que, sentado sobre la camilla, se encontraría con el único hijo del señor Joestar, su vista no daba crédito a lo que estaba contemplando y recorrió rápidamente el cuerpo del otro joven, donde se percató de inmediato del rastro de sangre sobre la mano derecha. El hábito de doctor que le enseñó su padre, se activó en ese momento, pero antes de actuar como si no tuviera ningún tipo de modales, logró que su mente y su corazón acelerado se calmaran un poco.

 

—Buenos días, Joven Joestar — Saludó con cordialidad y el de cabellos negros solo devolvió una palabra que casi fue como un gruñido. Se acercó con cautela, como si Jotaro fuera un lobo, tomó con cuidado la mano herida y la inspeccionó, no parecía grave, sanaría dentro de algunos días si se lavaba bien y se aplicaba algún ungüento. Lo que le pareció extraño, porque había escuchado de las peleas en las que se envolvía el menor de los Joestar y de las heridas peores que sufrió y sanó sin tener que recurrir a los servicios de su padre Caesar. Tomó un pañuelo y lo sumergió en agua, luego procedió a limpiar la sangre seca, donde pudo observar finalmente que el corte era tan pequeño, de forma vertical sobre el nudillo del dedo anular. Y su confusión creció.

 

—¿Te hiciste este corte arreglando algún reloj? —Preguntó para cortar el silencio, estaba tan cerca de Jotaro como nunca lo había estado y el sonrojo en sus mejillas subió como espuma de mar. Podía escuchar la respiración apaciguada del otro y percibir un ligero aroma a cigarro.

 

—Haciendo el desayuno, pero el anciano exageró y me dijo que viniera aquí… ¿eres el enfermero del Doctor Zeppeli? — y esta vez fue inevitable no reírse, negó un par de veces, mientras aplicaba un medicamente sobre la herida, aunque no era tan necesario, luego rodeo el corte con una bandita.

 

—Soy el hijo del doctor Caesar. Noriaki Zeppeli… Ahg, pensé que era más popular — Casi murmuró la última oración, y su corazón dolió un poco al saber que Jotaro ni siquiera lo conocía. El silencio volvió a reinar en el consultorio y cada vez estaba más cerca de aventarse por la ventana.

 

—Gracias, Noriaki — Su nombre había sonado demasiado bien entre los labios del otro, conmocionado, no se percató del momento en que Jotaro se fue y mucho menos cuando su padre entró al consultorio y agitó una de sus manos frente a su cara.

 

—¿Qué pasa contigo, calabaza? ¿viste un fantasma? — Su vista cayó sobre su padre y se percató de que le faltaba la cinta de colores que siempre llevaba atada alrededor de la frente, su ceño se frunció y señaló hacia los cabellos rubios del mayor.

 

—¿Dónde está tu cinta? —

 

—¡Niño insolente! Es de tontos responder con otra pregunta — Pero su padre se hizo el desentendido y comenzó a simular que buscaba algunas cosas en los estantes. Quizá la había perdido. No le tomó importancia y continuó su camino original hacia la estantería, su estómago cosquilleaba todavía, se sentía como una de esas mujeres de los libros románticos. Sus dedos se pasearon por la madera vieja del mueble y cosquillearon cuando tocó un libro específico de color verde, no dudó en sacarlo y leer el título.

 

«La magia del bosque viejo»

 

Nunca lo vio en sus búsquedas anteriores, lo abrió en una hoja al azar y se encontró con una serie de símbolos que no entendía. Por suerte, el que adquiría y compraba todos los libros estaba justo frente a él.

 

—Padre, este libro no estaba aquí antes — Caesar se acercó, en su mirada había un brillo de curiosidad y al ver el libro del que hablaba, sonrió tan ampliamente, esa sonrisa que parecía el sol cálido de una mañana y le abrazó tan fuerte que casi le quitaba la respiración. Miles de preguntas se comenzaron a acumular en su mente.

 

—Mi padre, tu abuelo. Tenía un poder extraño que luego fue heredado a mí, algo relacionado con la respiración y la curación, nunca explicó si era hereditario o no, pero me di cuenta que no cuando te cargué entre mis brazos y sentí esa misma energía correr por tus venas. Todos los Zeppeli hemos sido doctores, pero mi padre me habló sobre una profecía, sobre el hijo que uno de nosotros recibiría, con el talento para ser uno con el espíritu del bosque, Hierophant Green. Dijo que el elegido encontraría este libro cuando su alma encontrara su camino y que también sería la reencarnación de la historia incompleta del espíritu, para que fuera feliz, pero jamás pensé que se tratara de ti. —

 

Bien, eso era demasiado para procesar, pero no estaba molesto, de hecho, estaba bastante feliz, quizá tener a Caesar como su padre fue una obra del destino, pero ahora sentía más curiosidad que antes sobre ese claro que se encontró temprano en la mañana.

 

 

2

 

Pasó toda la noche leyendo el primer capítulo del libro, las páginas estaban repletas de historias sorprendentes sobre los escasos avistamientos de una criatura que tenía la piel como un melón de Japón y que su verdor contrastaba con los árboles, la rapidez con la que se movía había hecho imposible que más personas lo pudieran ver.
Una página en particular le llamó la atención, narraba una leyenda después de una inmensa guerra, sobre un antiguo caballero que se perdió entre tantos árboles y terminó encontrándose con Hierophant Green en su camino, el espíritu le ayudó a conseguir refugio, agua y alimento porque se había enamorado de aquel caballero que tenía un apodo extraño «Star Platinum» y le había guiado por el camino correcto para que pudiera regresar a su hogar. El dibujo al final de la leyenda se asemejaba al claro, pensó que era una coincidencia muy extraña, además, entendió entonces la historia a la que se refería su padre, pero no comprendió como se suponía que lograría obtener un final feliz para aquel Hierophant Green.

 

Antes de que el sol saliera, Caesar le despertó tan animado como siempre, aunque esa mañana estaba más alegre de lo usual, preparando el desayuno y tarareando alguna canción antigua. Incluso había colocado muchas cerezas a sus panqueques. Era bueno poder ver feliz a su padre, o quizá solo había bebido mucho café.

 

La misión de hoy era conseguir hilos para suturar y agujas nuevas, tendría que caminar hacia los comercios un poco más alejados del consultorio, y Caesar quería que fuera lo más temprano posible ya que por la tarde tenían algunos pacientes y requería de su ayuda.

 

Se colocó una bufanda, porque la brisa estaba muy fría para su gusto y partió cuando los pequeños rayos de sol comenzaban a salir por el horizonte. Cuando volvió a casa, ya eran pasadas las nueve de la mañana, lo comprobó en el reloj que su padre le había regalado, el mismo que el Señor Joestar reparó años atrás. Pero ese no era el asunto, sino que fue sospechoso observar a su padre fuera del consultorio, observando en dirección del camino por donde se había ido. Sus miradas se topan y Caesar corre en su encuentro, parecía consternado, esperaba que no fueran malas noticias.

 

—¡Calabaza! Qué bueno que regresas, el hijo de Joseph llegó hace media hora para un cambio de vendas de una herida y no quiere que lo haga yo, dijo que esperaría a que llegaras — ¿Desde cuándo Caesar le decía Joseph al Señor Joestar? Y ¿cambio de vendas? Recordaba haber puesto solo una bandita. No sabía que pasaba en su vida últimamente, pero entregó el encargo de agujas e hilos a su padre y de inmediato se dirigió al consultorio. Cuando abrió la puerta, pudo ver las facciones duras de Jotaro, las cuales se relajaron y captó un breve brillo en sus ojos.

 

Noriaki— Oh, había olvidado lo grave y suave como la miel que era la voz del hijo del relojero.

 

—Buenos días, Joven Joestar. Mi padre me dijo que…—

 

—Jotaro, dime Jotaro ¿tenemos la misma edad? No hay necesidad de ninguna formalidad— Le interrumpió y era la primera vez que lo escuchaba hablar en su presencia, desde lo lejos siempre le pareció atractivo, pero tenerle a pocos metros, era un milagro que no se hubiera desmayado.

 

—Muy bien, Jotaro. Voy a cambiar tu bandita— Sonrió debido al giro de los acontecimientos y aquello al parecer provocó alguna reacción en Jotaro porque la mirada profunda le siguió mientras buscaba en el estante de las vendas y tomaba una caja que utilizaban para colocarle a los niños, una de banditas, tomó una de ellas y se acercó a Jotaro, cuando quitó la que había puesto ayer, se encontró con que la herida casi ya no estaba, era solo una línea blanca.

 

—No creo que la necesites...— Pero Jotaro le había mirado con unos ojos de cachorro, que no pudo resistirse a colocarle una nueva bandita. —Ya no hay herida, estará sana pronto— Comentó cuando volvió a levantar la mirada y se topó nuevamente con esos ojos tan intensos y azules como el cielo de primavera. Era más bajito de lo que pensaba a comparación de Jotaro, y estaban tan cerca y la cálida respiración adversa la podía sentir en la mejilla.

 

—¿Ya terminaste, calabaza? Espero que no sea tan grave esa herida, Jotaro. — Su padre entró abruptamente al consultorio y la repentina voz los hizo separarse de manera rápida, captó una ligera sombra carmesí sobre las mejillas ajenas, pero aquello no se comparaba con lo caliente que había quedado parte de su cuello y su cara junto a las mariposas jugando a las carreras dentro de su estómago.

 

—T-todo está bien, no es más que un pequeño corte— Se maldijo internamente por titubear, mordiéndose la punta de la lengua.

 

—Mi Noriaki me quita a mis pacientes ahora, ¿será que me estoy haciendo viejo ya? Te acompaño a la puerta, Jotaro. Los visitaré pronto, necesito un reloj nuevo — Caesar era tan amigable con todo el mundo, solo el cielo sabría qué hubiera pasado allí si su padre no intervenía.

 

 

3

 

Muy temprano en la mañana, escuchó a su padre levantarse y comenzar a mover cosas en la cocina y en el consultorio. Al parecer no tenía ninguna asignación para él esta vez, se dejó llevar por la manta tibia y el frío de se colaba por la ventana que había olvidado cerrar anoche. En algún punto se volvió a quedar dormido, hasta que comenzó a escuchar a lo lejos su nombre, se despertó agitado y se levantó rápidamente, corriendo por el pasillo al pensar que su padre podría estar en peligro. Pero no.

 

—¡Noriaki, olvidé abrir la puerta! Alguien está tocando el timbre— “No tengo pacientes tan temprano hoy, que extraño” logró escuchar lo que su padre murmuraba, mientras caminaba sobre la madera fría y se acercaba a la puerta. Cuando abrió la misma, no pudo haber estado más avergonzado, porque había olvidado que solo tenía puesta su pijama a rayas con colores morados.

 

—¡Jotaro! ¿vienes a visitar a mi padre? — El joven hombre negó y alzó su mano, captó de inmediato la bandita maltratada por el agua o porque quizá Jotaro no se la había quitado desde ayer.

 

—Pero Jotaro, te dije que no necesitabas de otra, estoy seguro que la herida ya sanó — Y el más pequeño del linaje Joestar se quedó en silencio, mirando hacia sus pies, casi como un enorme muro mudo. Suspiró y mordisqueó un tanto su labio inferior al no saber que decir o hacer, si desde siempre pensó que acercarse a su amor platónico era imposible, Jotaro lo estaba haciendo mucho más complicado ahora.

 

Solo quería verte — Aquello le dejó fuera de base por un tiempo, el corazón comenzó a bombear más rápido y otra vez las mariposas volvieron a hacer de las suyas. ¿Qué significa eso? Quizá podrían ser amigos y admiraría a Jotaro desde el silencio, pero más cerca que antes. Estiró una de sus manos, fue un segundo de locura porque el Noriaki de hace una semana atrás hubiera tenido miedo de hacerlo, y entrelazó los dedos de ambos, sintiendo el plástico de la bandita contra su piel. El alivio le bañó cuando parecía que Jotaro volvía a tener ese brillo en sus ojos, como si ambos hubieran estado esperando que pasara lo peor.

 

—Ven, te mostraré un libro que encontré hace unos días. Tiene una leyenda y creo que es el mismo bosque del pueblo ¿puedes creerlo? — Se lo llevó a la cocina, dónde le brindó una taza de té y las famosas galletas de avellanas de su padre. Hablar sobre aquel espíritu del bosque era muy emocionante y no dudó en mostrarle algunos dibujos y escritos que eran de su más genuino interés. Resultó que Jotaro no era tan hablador como lo parecía, pero al menos le prestaba mucha atención. Haciendo pequeñas preguntas aquí y allá, pero muy certeras, que lograban generar un pequeño debate entre las leyendas escritas en el libro y la lógica del mundo.

 

Caesar no apareció hasta casi el mediodía, cuando se acercaba la hora de almuerzo y él todavía estaba en pijamas, encima se habían logrado comer todas las galletas.

 

—¡Jotaro! Sigues aquí. No puedo creer que mi calabaza haya hecho un amigo. Iré a comprar ingredientes al mercado, quizá me hagan algunos descuentos ¿te quedas a comer? — Jotaro negó y comenzó a levantarse de la silla donde había estado sentado toda la mañana, tenía un reloj de bolsillo, incluso apostaba a que armado por él mismo. Verificó la hora y se excusó con su padre.

 

—Muchas gracias por la invitación, Doctor Zeppeli, pero es mejor que regrese pronto, no le dije a mi padre donde estaría, es probable que esté preocupado —

 

—Tendrás que probar mi Espagueti en algún momento— Su padre dijo, como si fuera una decisión inevitable, se despidió y salió por la puerta poco después de haber dejado una caricia sobre su cabeza que le despeinó los cabellos.

 

—¿Qué tal si vamos al bosque mañana? Podríamos encontrar algo— Propuso cuando la casa quedó en silencio, y Jotaro le sonrió, nada en la vida le preparó para ser el receptor de ese gesto, si antes tenía un amor platónico, definitivamente ahora estaba perdido.

 

—Nos vemos mañana entonces, Noriaki— y Jotaro estiró una de sus manos, arreglando el mechón de su cabello con cautela, como si fuera a romperse si se movía bruscamente y colocándolo detrás de su oreja, esa vez estaba seguro que toda su cara era del color de las fresas que su padre compraba en el mercado.

 

—.—

 

Jotaro y él caminaban por los senderos del bosque, no recordaba muy bien la ruta que había tomado para toparse con aquel claro, al mismo tiempo iban comparando algunos lugares con los dibujos que estaban en el libro. Continuaron recorriendo el bosque por unos minutos más, hasta que escucharon pequeños murmullos y luego una suave risa, aquello le trajo un recuerdo similar, pero esta vez sentía que conocía esa risa. Miró a Jotaro quién ya se estaba acercando poco a poco al lugar donde provenía el ruido, le jaló cuidadosamente a su lado e hizo que ambos se ocultaron detrás de un gran árbol. Observó con detenimiento y se dio cuenta que estaban en el claro, no supo como llegaron después de haberse esforzado por encontrarlo, como si solo hubiera aparecido en medio de todos los árboles. Una nueva risa volvió a romper el aura mágica del sitio, y tanto Jotaro como él se concentraron en dos individuos que salían del otro lado del claro, donde los arbustos de moras eran más abundantes. Identificó de inmediato la cabellera rubia seguido de la castaña, ambos hombres se sentaron cerca de un tronco caído y comenzaron a comer de las moras que probablemente habían tomado antes. No se le pasó por desapercibido la cinta de colores alrededor que adornaba la frente del Señor Joestar porque la había visto antes, pero la frente de su padre Caesar, con razón no le había querido explicar días antes.

 

Los dos se miraban con una complicidad, como si salieran chispas cada vez que sus extremidades se rozaban. El señor Joestar se acercaba demasiado a Caesar, invadiendo su espacio personal y a su padre no parecía importarle, solo se reía tontamente y le apartaba, como si fuera un juego de niños. «Viejo Zorro» escuchó a Jotaro susurrar, y quizá era mejor darles un poco de privacidad, pero cuando estaba a punto de sugerirle a Jotaro que mejor se fueran, El Señor Joestar tomó el rostro de Caesar entre sus manos y se preguntó si alguna vez alguien le miraría con esa misma pasión, la misma que se reflejó cuando los dos se besaron y fue demasiado traumático para él tener que ver a su padre en esa situación. Gritó ante la sorpresa, pero antes de que algún ruido hiciera eco, la mano de Jotaro le había cubierto los labios. En Silencio decidieron irse, su curiosidad fue tan grande que tuvo que dar una última mirada en esa dirección, ahora entendía el porqué de las desapariciones repentinas de su padre ¿desde cuando estaba pasando eso? Pero toda duda quedó sembrada en otra parte de su cerebro, porque en medio del claro había una ligera niebla verde, los tórtolos no parecían notarlo, estaban demasiado ocupados revisando la garganta del otro. Pero la niebla comenzó a tomar forma poco a poco hasta materializarle en una criatura que conocía muy bien.

 

—¡Hierophant Green! — Había gritado al ver aquel espíritu del bosque.

—¡Calabaza! — Gritó indignado Caesar cuando lo escuchó y lo vio desde el otro lado.

—¡JoJo! — Gritó Joseph cuando Caesar se había percatado de la presencia suya y de Jotaro. Al parecer, nadie más que él podía divisar la forma verde que flotaba en medio del claro, su piel brillaba y el viento se volvió más intenso, Hierophant Green le observó antes de desaparecer de su vista.

 

—¡Oh no! Este arbusto de mora está muriendo — Expresó el señor Joestar, como si quisiera desviar el tema, pero tenían mucho que hablar ahora.

 

Cuando todos estaban en la tienda de relojes de los Joestar, ninguno de los mayores emitió una sola palabra, ambos parecían niños que fueron descubiertos haciendo alguna travesura. No sabía que decir, si su padre estaba feliz, no podía reclamarle algo así, supuso que solo estaba conmocionado por lo bien que habían ocultado su romance todo este tiempo. Su padre nunca tuvo una pareja y sabía que la esposa del Señor Joestar se había ido incluso antes de que Jotaro cumpliera los cuatro años, eran solteros y casi parecía inevitable que no se terminaran enamorando.

 

—Los perdonaremos si el Doctor Zeppeli me deja cortejar a Noriaki— La voz de Jotaro había sonado tan tranquila, como si lo que dijo no le hubiera movido la existencia, su padre ni siquiera dudo en dar una respuesta.

 

—Solo si mi calabaza quiere— No le gustó como tres miradas se posaron sobre él, pero por suerte, su yo de cinco años ya había decidido por él.

 

4

 

Los días de verano comenzaron a pasar rápidamente, su rutina volvía a ser casi la misma, se despertaba, ayudaba a su padre en el consultorio y en algún momento del día, el descarado se desaparecía para ir hacia la relojería y besuquearse con el Señor Joestar, ahora eran menos discretos, incluso llegaba un poco tarde a casa a veces, pero le alegraba mucho verle sonreír más y que Caesar hablara sobre lo maravilloso que era estar enamorado, además sus comidas quedaban mucho más deliciosas.

 

Por otro lado, todos los días tenía una visita de Jotaro, al principio el más joven de los Joestar era un poco brusco cuando le entregaba alguna flor que personalmente había ido a buscar al bosque, luego comenzaron los pequeños halagos, Jotaro le diría que sus ojos eran de un púrpura más lindo que las flores geranio y posteriormente le respondería que los ojos de Jotaro eran como sumergirse en el mar, solo que en lugar de ahogarse tocaba el cielo. Después Jotaro le acariciaría el cabello y se abrazarían en su cama mientras le leía algún libro al joven Joestar durante el tiempo que su padre Caesar se desaparecía, sincronizando sus horarios para poder disfrutar de esos pequeños momentos junto a la persona que querían.

 

Con la llegada del otoño, Jotaro y él habían aprendido de los mejores y se perdían algunas horas en el bosque para poder hablar o leer sin el ruido o sin personas merodeando alrededor, al principio fue con una intención meramente inocente, pero Jotaro se acercaba cada vez más, le acariciaba sutilmente el cuello o comenzaba a dejar besos tan ligeros sobre su mandíbula. El deseo era tan normal a esa edad, que nunca se cuestionó de sus acciones esa vez que ambos estaban recostados sobre el pasto, en medio del claro, las hojas de color naranja y marrón típicas de otoño se acumulaban a su alrededor pegándose a sus ropas. Un impulso le llevó a moverse hasta sentarse sobre el regazo de Jotaro y sus manos se deslizaron sobre el pecho del mismo, el pelinegro se sorprendió, lo notó en su gesto, pero se relajó cuando sus manos tibias levantaron su prenda y sus dedos se rozaron contra el duro abdomen, el contacto con la piel expuesta, despertó un pequeño fuego que había estado creciendo lentamente.
Jotaro le tomó de la cintura, con una determinante firmeza, le gustaba como ambos parecían encajar en todo aspecto, parecía que las manos del joven Joestar estaban hechas para posarse en cualquiera parte de su anatomía.

 

Cuando sus labios por fin se tocaron, iniciando un beso torpe, su piel se estremeció y cosquilleó, no tardaron mucho en seguir el ritmo del otro, y a medida que los segundos pasaban, se encontró cerrando los ojos y dejándose llevar únicamente por las sensaciones, los esponjosos labios ajenos, su cálido aliento y el sabor adictivo. El choque de ambas lenguas terminó por arrebatarle un gemido y fue justo cuando estaba inmerso en las caricias que se habían movido hacia otras zonas de su cuerpo y la conexión que les dejaba poco a poco sin aliento, que tuvo un tipo de visión que duró pocos segundos, o era parte de su imaginación. El Hierophant Green alimentando a otro espíritu del bosque con cerezas y moras, pero la otra entidad poseía colores morados y una cabellera tan larga que se movía al ritmo del viento, Hierophant Green se frotaba contra el pecho del otro espíritu como si fuera un gato y una voz en su cabeza le indicó que aquello era el rencuentro con el caballero llamado Star Platinum.

 

Sus ojos volvieron a abrirse y se separó cuando necesitó aire, su pecho subía y bajaba agitado. Solo se recostó contra el amplio pecho de Jotaro y segundos después, sintió las caricias sobre su cabello.

 

—¿Por qué el Doctor Zeppeli te dice calabaza? — Jotaro preguntó luego de un silencio, uno que se había vuelto bastante confortante y cómodo cuando solo querían existir uno al lado del otro.

 

—Creo que una vez mi padre encontró una calabaza del color de mi cabello y se fascino con la idea. No preguntaré por qué el Señor Joestar te dice Jojo, eso es bastante obvio— Una ráfaga de viento levantó las hojas del suelo, y ambos se rieron al verse envueltos en medio de un remolino que los dejó más sucios. Tuvo que estirar sus manos para quitar algunos trozos de hojas de los cabellos de Jotaro, hasta algunos pétalos de flor terminó apartando de las hebras tan negras como la noche.

 

—¿Puedo besarte un poco más? — Jotaro volvió a preguntar y esta vez, pudo sentir el peso de las situaciones, su padre era feliz, vivían tranquilamente, y la persona de la que había estado enamorado casi toda su vida, estaba justo debajo de él. Sintió que podría acostumbrarse a esto, que no habría nada en el universo que deseara más que este momento.

 

—Toda la vida, si así lo deseas, Jotaro — Respondió.

 

—Entonces deberíamos casarnos, Noriaki —.

 

 

Extra

 

La primera vez que lo vio, Jotaro tenía 17 años. Un pequeño accidente en la cocina y el anciano lo había enviado al consultorio del Doctor Zeppeli, no entendía la preocupación, había tenido heridas peores. Era tan sospechoso, como si el anciano hubiera querido deshacerse de él y lo comprobó cuando se quedó en una esquina de la calle decidiendo si valía la pena o no caminar para que seguramente el doctor se riera de él por venir por semejante estupidez. El viejo zorro miraba en todas las direcciones y luego se adentró en los caminos que llevaban hacia el bosque, quizá eran cosas que pasaban en la mediana edad.

 

Para no molestar más al anciano, si llegó hasta el consultorio, pero la puerta estaba abierta y no había nadie. Se adentró para asegurarse de que nada malo había sucedido, pero no había rastro del doctor Zeppeli ni mucho menos de alguna pelea, todo estaba ordenado. Quizá había salido, aunque sabía que el Doctor tenía un hijo adoptivo, nunca se topó con él en ninguna ocasión, pero no había rastros de otra persona tampoco.

 

Se sentó en la camilla y contempló la sangre que surgió de aquel corte, parecía un accidente laboral pero solo era su cuerpo exagerando con unas gotas de sangre de más.

 

Escuchó una voz, procedente del pasillo, luego algunos pasos sobre el piso de madera, después alguien que abría la puerta y sus ojos captaron brevemente a la criatura más bonita que pudo existir, la piel como la porcelana y los cabellos rojos, o quizá rosados, era difícil de adivinar, pero sus dedos picaron por querer tocarlo. Aquel joven le conocía, sabía que era un Joestar, pero supuso que, con su reputación, era difícil no saber quién era.

 

Quizá era algún asistente contratado por el doctor, se atrevió a preguntar. Pero la respuesta le sorprendió muchísimo más. Noriaki, sonaba como el nombre de algún ángel.
Su corazón latió con entusiasmo ante la idea de poder verle todos los días, no entendía como antes no lo había visto, Noriaki estuvo a tan solo unos metros de su hogar, existiendo y siendo lo más hermoso de la tierra, con unos ojos cautivadores. Una pieza que faltaba en su vida, le impresionó como su voz y su dulce risa podían ser el más tierno arrullo.

 

No se arrepentía de haber pisado el consultorio, de hecho, tendría que hacer lo imposible para ver a Noriaki otra vez.

 

Cuando llegó a la relojería, el anciano había vuelto, pero tenía una extraña cinta de colores alrededor del cabello, aquella prenda le recordó a alguien, pero estaba muy distraído pensando en Noriaki como para recordarlo.

Notes:

No soy un profesional de la escritura, pero esto realmente me ayuda en mi estado depresivo(?)