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Sus ojos se abrieron con lentitud. Lo primero que captaron fue al hombre de pie frente a él, su expresión acechante y satisfecha.
Zhao Jing.
Vestigios de inconsciencia aún nublaban la mente de Wen Kexing cuando su cuerpo reaccionó ante la mirada del otro, solo entonces percatándose de que sus brazos se encontraban rígidamente extendidos e inmovilizados hacia sus costados; pesados grilletes mantenían sus muñecas bien sujetas y ligeramente elevadas, mientras sus piernas entumecidas muy apenas sentían la solidez del suelo.
De inmediato lo invadió una sensación de agudos pinchazos recorriéndolo de pies a cabeza, lo que finalmente acabó por aterrizarlo en sus cinco sentidos, su respiración acompañada de tenues bufidos.
—Disculpará mis modales, Wen-xiongdi, pero después de la demostración con la que nos deleitó allá afuera no me atrevería a subestimar una vez más la habilidad del poderoso Jefe del Valle Fantasma. Estoy seguro de que lo entiende.
Una rabia desbordante se instaló en el pecho de Wen Kexing cual fuego sofocante, pronto propagándose por cada fibra de su ser.
—Bastardo miserable, ¡te voy a matar! —bramó furioso. Las cadenas que lo retenían tintinearon por el brusco aunque limitado movimiento que siguió al filo de sus palabras; su voz áspera reverberó en las gruesas paredes.
Por supuesto, dejarse arrasar por tal voracidad no era algo nuevo para él. Después de todo, era lo que lo había mantenido con vida durante todos esos años infernales en el Valle Fantasma, incluso antes de comenzar a maquinar su ascenso hacia la cima y poder entregarse a la llamarada libremente. Incluso cuando tuvo que soportar el ardor en silencio, escondiéndolo bajo la superficie, solo hallando respiro en la compañía de la entonces diminuta, dulce y bravía A-Xiang. A su lado, entre las sombras que nunca partían, era donde las inagotables flamas que lo envolvían se reducían a algo más calmo y controlable, algo cálido y reconfortante.
¿Cómo podría haber imaginado el joven Wen Kexing que el futuro le regalaría más de esa calidez, que podría ser alcanzado por una luz tan clara y cegadora, completamente indolora, cuando ahí no había lugar para la imaginación y el deseo que no se alimentaran de muerte, tormento y destrucción?
Pero el Wen Kexing de ahora lo sabía. Sabía que podía habitar algo más entre las grietas de sus muros maltrechos, algo intenso y duradero; no como las corrosivas llamas que tan bien conocía, sino como el sublime y certero calor que lo embargaba al derrumbarse en un abrazo.
Y atado a ese saber, un nombre. Zhou Zishu, A-Xu. Su amado, su luz, su zhiji.
En aquel instante, sin embargo, la familiaridad de la sangre hirviendo implacable por sus venas y de un estruendo explosivo e incesante incrustado en el pecho fue lo que encontró reconfortante. A pesar de su desventajosa situación, en aquel momento bien podría decirse que encarnaba la visión con la que solía venir acompañada la sola mención del Maestro del Valle Fantasma: la de una fiera impredecible y salvaje, la de un ser demoniaco que se regocijaba con el temor que infundía en sus víctimas antes de devorarlas.
Llevar a cabo su venganza por una vía diferente. Se había convencido a sí mismo de que podía hacerlo, había enfocado todos sus esfuerzos en ello. Por él mismo, por A-Xu, por la vida que anhelaba al lado de este. Lo había intentado.
Tomándolo erróneamente como el camino recto, súbitamente caí en las espinas más profundas¹.
¿Podía ser que esto no fuera más que el destino advirtiéndole que, contrario a lo que se atrevió a creer, en realidad no existía otro modo para él?
De nada servía lamentar que su plan hubiese fracasado. Menos aún cuando en su mente solo quedaba espacio para un único pensamiento, enraizado en el ferviente deseo de poner sus manos sobre el cuello de su captor y no detenerse hasta que no quedara más que rescoldo y ceniza. Convertirse en el causante y testigo de su último aliento, eso era lo que lo empujaba a mantenerse impávido y entero.
—Ah, no me queda duda de que lo ansías —siguió mofándose Zhao Jing—. Sin embargo, hermano Wen, ¿no es momento de que dejes de comportarte como una bestia insolente? ¿O es que no has notado que justo ahora no eres más que mi presa? Dime, ¿deberíamos hacer algo al respecto? —. Al ver que la amenaza no surtía efecto alguno en su prisionero y sin apartar la vista de este, se dirigió a los dos hombres que se mantenían rectos al fondo del reducido espacio en el que se desarrollaba la hostil escena:—Azótenlo.
Con látigos en mano, éstos procedieron a cumplir la orden. Tras recibir cuantiosos golpes, la sangre corrió por la boca de Wen Kexing, hilos rojos abriéndose paso por la comisura de sus labios secos, deslizándose por su barbilla hasta caer y fundirse con la tela azulada que cubría su cuerpo. Los resonantes latigazos tampoco se contuvieron contra su rostro, tras su paso dejando relucientes estelas escarlatas sobre sus pálidas mejillas.
Pero resuelto a no conceder a su enemigo el placer de escuchar su dolencia, se obligó a soportarlo en silencio, de la misma manera en la que tuvo que acostumbrarse a hacerlo en el pasado. Era difícil creer que habían transcurrido más de ocho años desde la última vez que había tenido que soportar algo como aquello, cuando la sensación se le presentaba tan cercana, tan arraigada en la piel y carne lacerada.
—¿Suficiente? ¿Deberíamos dejarlo lo suficientemente presentable para mañana? —volvió a hablar Zhao Jing una vez que ordenó a los hombres detenerse; luego, con voz animada, añadió:— ¡Mañana será el día, Jefe Wen! Durante la Conferencia de Héroes será cuando al fin Jianghu cobre tu muerte, pues son los cielos y no un simple mortal como yo quien osa reclamarla.
Aun tan debilitado como se hallaba, Wen Kexing no pudo evitar que una fría carcajada saliera de su rasposa garganta al escuchar la última parte.
—¿Los cielos? —dijo empleando un tono burlesco— Ah, por favor, dígame, Zhao-daxia, ¿fueron también los cielos los que reclamaron la muerte de sus queridos hermanos jurados? —. Al notar cómo el semblante del otro se alteraba visiblemente, volvió a reír, la simple acción valiéndole más ráfagas de dolor por todo su cuerpo—. ¡Qué sabio es el honorable héroe Zhao! ¡Realmente sabio! —concluyó envolviendo las palabras en una sonrisa socarrona.
—Ciertamente —comenzó Zhao Jing una vez que hubo recobrado la compostura —, Zhen Ru Yu y Gu Miao Miao sufrieron una muerte terrible. Pero Zhen Yan no debe preocuparse más, ya que pronto podrá seguirlos.
Escuchar los nombres de sus padres siendo pronunciados por aquel ser despreciable no hizo más que avivar la ya descontrolada hoguera que abrasaba el crepitante corazón de Wen Kexing.
—Perro infeliz —soltó falto de aliento— ¿Cómo te atreves a nombrarlos con tu lengua repulsiva? ¡No eres digno ni de pensar en ellos!
En respuesta, Zhao Jing, quien hasta entonces había permanecido en el mismo sitio, a pocos pasos de su presa, caminó hacia él hasta cerrar la distancia entre los dos.
—Ah, sí —musitó a la vez que posaba su mano sobre el descolorido rostro de Wen Kexing, en su mejilla dejando el trazo de una delicada caricia para luego sujetarlo bruscamente por la mandíbula, la sangre espesa regándose entre sus dedos. Complacido ante el fugaz e inútil intento de rehuir a su tacto, endureció su agarre durante unos segundos más antes de soltar con violencia—. Nuestro Zhen Yan en verdad se parece a su madre.
Tras ello, Wen Kexing luchó en vano por mantenerse firme en el exterior mientras sentía cómo toda su fuerza interna restante lo abandonaba con rapidez. Lo siguiente fue un familiar dolor en su cabeza que comenzó a engullirlo todo.
Y entonces, sabiendo que pronto sería arrastrado hacia la insondable negrura, con mirada desafiante y un renuente último aliento susurró:
—Desearás haber muerto por su mano una vez que termine contigo.
Lo último que cruzó por su mente antes de retornar a la nada fueron los reacios ojos de su madre y la gentil sonrisa de su padre, ambos acogiéndolo en la oscuridad.
