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Ese momento me tomó desprevenida. Mil fuegos artificiales, destellantes, impetuosos, detonaban dentro de mí, importunando a mi corazón. Me sentía feliz. Era feliz. Sus palabras aliviaban mi ser. Era adictivo escuchar su voz, era adictivo tenerlo al lado, era adictivo sentirlo. Él me embelesaba, él era dueño de cada uno de mis sentidos. Él era una red y yo una mariposa.
—¿Qué opinas?
—Me parece perfecto. —Me sonrió y yo solo atiné a esconder mi rostro tras ese gesto. Un mísero gesto que sacudía mi mundo, lo hacía temblar y me causaba inestabilidad. Ola abrasante que consumía todo a su paso, todo lo desconocido por mí.
Después de mucho tiempo a su lado, se puede decir que tendríamos nuestra primera cita oficial. Sí, oficial. Era irreal, debía estar fantaseando como otras veces, ¿lo creerías?
Parecía una boba. Muchas personas comentaban que mantenía esa extraña mueca en la cara parecida a dos medias lunas radiantes, ¡una sonrisa! Sí, así es como le llaman a ese extraño gesto: una sonrisa, la mueca de la felicidad.
Sí que lo era.
Pero, ¿no sé si alguna vez escuchaste que la vida trae sorpresas? La primera vez que escuché aquello no entendía a qué se refería. Me imaginé a un ser que traía una bolsa llena de regalos y que te los iba a dejando de vez en cuando a lo largo de la vida; una versión más trabajadora y compleja al de Santa Claus. A medida que pasaba los días con él, fui entendiendo mejor a qué se refería: un mundo gris se ve envuelto en colores. Algunos días este mundo se pintará de rojo; otros de azul. Puede estar en algún momento de morado, pero manchas de seguro se nos escaparán en el proceso; hasta quién sabe, tal vez haya alguna zona sin pintar.
Esa fue mi primera interpretación a aquel dicho, una definición basada en las emociones que experimentaba a su lado, lejos de mi anticuada monotonía. Quién iba a imaginar que pronto conocería la otra interpretación: la tormenta que viene en un día soleado.
Nunca creí en fantasmas, ¿sabes? Pero aprendí que existen diferentes tipos de fantasmas… ella era su fantasma, la única y la primera mujer a la que amó. La mujer que se fue de su vida sin explicación, como un barco que desaparece en la niebla. Después de tantos años cualquiera piensa que ya se olvidó de ella, pero yo sabía que todavía lo atormentaba, como el clima turbio que ella es. Ella volvió a su vida, inesperadamente; volvió como una estruendosa lluvia en medio de un día caluroso. ¿Quién era ella?
Mi mano se detuvo en el lienzo y pude ver en cámara lenta cómo aquella expresión en su rostro se dibujaba lentamente, cómo su cuerpo se impulsaba como un imán hacia esa figura, cómo ella tenía la misma respuesta. Jamás había visto esa mirada, ojos que anhelan, ojos que extrañan, ojos que aman. Pronunció su nombre con incredulidad y con un tono ligero, como si su voz fuera a quebrarla, fuera a decirle que todo es una ilusión y que su amiga de la infancia no estaba frente a él.
Decido que es suficiente tormenta para mí y alisto mis cosas. Quería irme de ahí, decido huir. No había pasado nada, era solo un reencuentro entre viejos amigos que se habían separado hace tiempo. Pero yo lo conocía. Entendía cada gesto, cada acción y cada palabra de ese hombre. Yo ya no existía en ese mundo.
Mi barco se había perdido en esa tormenta.
Sin rumbo.
Sin luz.
Sin tripulación.
Me quedé flotando a la deriva sin encontrar una dirección.
¿Amanda? Creo que ese era el nombre de aquella mujer. Su fantasma. Empezó a asistir a nuestras mismas clases. Se integró de forma excepcional a las clases, a nuestro grupo y, sobre todo, a su vida. Si en algún momento llegamos a caminar en la misma dirección, sincronizados, todo cambió. Sus minutos, sus horas y sus días pasaron a ser de ella; andaban en perfecta sincronía.
Yo no me movía.
Dejé de hacerlo.
Nuestras conversaciones se hicieron más cortas, más distantes y poco a poco, se convirtieron en un eco que se extinguía. No quise aceptar ese final, lo negué. Decidí callar para no escucharlo. No me malinterpretes, hasta parezco un poco egoísta, ¿verdad? Yo lo comprendo, ella era su fantasma y ahora que la tenía cerca quería ponerse al día en su vida, pero… ¿acaso yo tenía que desaparecer para hacerlo?
Por un momento recuperé la visibilidad, por un momento recuperé la voz, por un momento corríamos en perfecta sincronía. Me sentí animada, un faro alumbraba el camino de nuevo. Volvimos a crear memorias después de clases, solo él y yo. Todos mis miedos eran absurdos, lo fueron. Me sentí mal por dudar de él y me hice creer que todo este tiempo fue producto de mi inseguridad. Lo creí.
Poco a poco la neblina se fue haciendo más espesa, tan espesa que la única luz del faro no lograba pasar. Mi barco deambulaba en mares de tormenta. Me sentí confiada y lo solté, dejé que el barco siguiera el rumbo, descarriado, con ímpetu, en algún momento llegaría al puerto.
Qué iba a saber que acabaría contra las rocas tan pronto.
Ese era un día especial, un acontecimiento que mi corazón anhelaba muchísimo estaba por ocurrir. Era nuestra primera cita. Me había comprado un vestido para esta ocasión, uno azul. Toda mi ropa variaba entre grises y negros, pero quería un poco de color para esta oportunidad, un azul cielo, un azul sin tormenta.
Llegué al punto de encuentro. Era una plaza muy bonita si me preguntas, ahora sabía por qué a él le gustaba caminar por ahí. En el centro había una majestuosa pileta que se alzaba y destacaba entre los distintos bancos y arreglos florales. Mi corazón estaba inquieto, mis manos anhelaban su tacto y mis piernas no reaccionaban. Me senté al borde y esperé.
Y esperé.
Y seguí esperando.
Una gran tormenta vino y se llevó mi barco. Lo chocó contra las rocas y lo hundió. Sentí una lágrima del cielo que chocaba con mi rostro, ¿o era la mía? Empapada, bajo la tormenta, me hundí.
