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T o n t a.
La palabra de su madre hacía eco en su cabeza. Ha pasado diez años desde esa noticia y aquí estaba: no se había equivocado.
Ella había dejado todo.
Un intento banal, fugaz del momento la consumió. Ahora se arrepentía de las consecuencias por no escuchar a su madre.
Él era un fumador. Lo había conocido en un bar. A sus dieciséis se coló por la entrada de atrás y, cuando lo vio, empezó a frecuentar ese lugar para seguir viéndolo. La pasión afloró en ambos al primer contacto. Ella quería el corazón; él, el cuerpo. La llama avivó y, en un pestañeo, se volvió un incendio.
Celos.
Golpes.
Cigarros.
Fiestas.
Drogas.
Sexo.
No le dijo nada. No le puso un alto. El abrasador siniestro se extinguió. La calma reinó por una temporada. El otoño. Le gustaba mucho esa temporada. La pedida de mano fue por esa fecha. Usaba un overol y ya tenía dos meses de embarazo. Él usaba su típica chaqueta de cuero, prenda que la capturó desde el primer momento, su favorita. Dijo “sí” y el magenta impregnó su vida.
Lástima.
Magenta con amarillo dio rojo.
Vivía en el infierno y ni Satán se asemejaba a la bestia que tenía como esposo. Estaba alerta 24/7. Ya no era un hogar: era una prisión. Los celos eran asfixiantes, no podía permitirse respirar en paz ni por un segundo. Perdió al hijo y todo se volvió negro. Perdió su humanidad, la única luz que quedaba.
Ambos no sentían.
Él vivía en la indiferencia, ajeno al dolor de los demás.
Ella vivía en la indiferencia, ajena a su propio dolor.
La palabra de su madre nunca la abandonó cuando cayó moribunda contra el piso tras ese último golpe.
T o n t a.
