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Español
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2021-06-01
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11,054
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1/1
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133

Encendiendo una llama

Summary:

Ha pasado un tiempo desde que los Promare dejaron este mundo y cada uno de los involucrados prosigue su vida de la mejor manera posible. Sin embargo, Lio ha estado con una inquietud que lo desvela y que le hace cuestionar la cercanía de su compañero, Galo.

Notes:

Un pequeño fanfic.
Puede haber cliché, malos chistes, escenas convenientes para la trama... vamos, lo de siempre. Pero está hecha con amor.
Espero que lo disfruten.

Work Text:

1

 

 

 

Lio se sentó con lentitud sobre la desordenada cama, apenas sintió los primeros rayos del sol sobre su mejilla. Tardó unos segundos en percatarse de la hora. En estas últimas noches no había podido conciliar muy bien el sueño a causa de un estrés que se venía acumulando desde hace días, y que, por supuesto, le estaba pasando la cuenta.

Claramente.

Desde aquel incidente, se unió –junto a sus compañeros– a la ayuda de la reconstrucción de la ciudad y la planificación del refugio para sus pares. Y aunque quedaban temas pendientes con el antiguo Gobernador, decidió enfocar su atención en todos los aspectos solidarios de los cuales podría participar de manera directa y sin percances.

Durante esos largos y tediosos días, estuvo pasando la noche entre los diversos refugios, acomodados en una parte de la ciudad preparada para ello. Era una tarea agotadora, porque se movía de un lado a otro, ayudando, organizando y protegiendo. Sus amigos lo ayudaban con la carga, pero a veces sentía que el peso seguía sobre sus hombros. Después de todo, no era tan sencillo quitarse el título de líder de la noche a la mañana.

Por supuesto, habría continuado con ese ritmo vertiginoso, acarreando víveres y frazadas, siendo el apoyo moral de su gente, sino fuera por la insistencia de Galo, aquel bombero bullicioso que aparecía de vez en cuando a echarle una mano con sus compañeros, en pertenecer al Equipo de Rescate. Ignis también estuvo de acuerdo con la propuesta y no tardó en ofrecerle un puesto formal dentro de su brigada.

No supo como negarse. Aquel hombre, a quién ya trataba como amigo, se encontraba demasiado entusiasmado con la idea, y a los demás no les molestaba la llegada de un nuevo miembro. Ellos habían sido amables con él y un fuerte apoyo en todo el proceso de reubicación. Sentía que, si declinaba, podrían considerarlo como un desaire. Además, si lo pensaba de manera más fría, sería una buena oportunidad para aprender cosas nuevas y que los suyos pudieran aprovechar a futuro.

En los días posteriores, el trabajo con el equipo fue más gratificante de lo que pudo llegar a creer en un principio. Compartían las jornadas y se ordenaban sin ningún problema. Más pronto que tarde, ya era conocido en los lugares habituales que recorría el escuadrón y tenía su lugar reservado en la pizzería favorita, luego de la reinauguración. Y fue en este lugar donde escuchó la pregunta de manera fuerte y clara, por primera vez:

—¿Y por qué no te quedas conmigo en la habitación residencial del Departamento? Es más cómodo que estar viniendo de un lado a otro para dormir.

Todo los presentes se le quedaron mirando, sorprendidos. Lio estaba tratando de asimilar dos cosas: la propuesta y el lugar.

—Galo… ¿Qué acabas de decir?

—¡Que te vengas conmigo!

—Eso ya lo oí… A lo que me refiero, ¿duermes en la estación?

—¡Por supuesto! —respondió sin titubeo—. ¡Un buen bombero siempre debe estar preparado para una emergencia!

Giró su mirada hacia el resto del equipo, en busca de alguna confirmación. Aina fue la primera en romper ese extraño silencio que comenzaba a formarse entre ellos.

—Así es. Hay pequeñas habitaciones residenciales a un costado de la Estación, a causa de los turnos de noche… pero Galo decidió quedarse. Ignis lo aprobó luego de una evaluación y la verdad no nos molesta.

—Y fue una decisión de emergencia, porque Galo en un inicio dormía dentro de los carros de bomberos. Entonces, nuestro jefe decidió habilitar uno de los cuartos para que él viviera allí, como un ser humano normal —agregó, Lucía, después de un sorbo de gaseosa—. A pesar de que algunos de nosotros podemos ocupar estos cuartos cuando corresponde, él es el único que tiene un espacio formal.

El joven dirigió, esta vez, su atención hacia Galo, quien debatía con Varys por el último trozo de pizza que quedaba sobre la mesa.

—No tienes que aceptar si no quieres —comentó Remi, viendo la disyuntiva en su rostro.

Varys soltó una maldición. Había perdido aquel trozo de masa con exuberante queso, y su contrincante terminaba de engullir aquel trofeo, con un pie sobre la mesa y el otro en la silla, dejando una pequeña mancha de salsa sobre el mantel. Cuando volvió a su asiento, giró su rostro hacia su amigo, sonriente:

—¿Y bien, Lio? ¿Qué dices?

Y ahora se encontraba sentado en la cama de Galo, escuchando como el agua de la ducha corría detrás de la puerta lateral.

¿Cómo fue que todo había escalado de esa manera?

Aina no pasó por alto su cara de desvelo, a primera hora de la mañana.

—Últimamente, no te ves con buen semblante, Lio —comentó, acercándole una taza de té.

Éste se encontraba tirado sobre el sofá. De todos los días malos, ese era el peor.

—No he dormido bien.

—¿Y a qué se debe? ¿Galo es muy ruidoso?

—Créeme que después de tanto tiempo, sus ronquidos son inaudibles.

—Entonces… ¿Te encuentras cansado o preocupado por algo?

El delgado muchacho se acomodó sobre el asiento y recibió de buena gana aquella taza caliente. El vapor emanado por el líquido lo distrajo unos segundos antes de responder.

—Creo que… tengo algunas cosas en la cabeza que no me están dejando conciliar el sueño.

—¿Cosas? ¿Sobre el trabajo, los refugios…?

—En parte. Pero es otro asunto el que me tiene en desvelo. Tal vez, yo estoy sobredimensionando el tema.

La alarma de la estación resonó por todo el recinto, dejando a la muchacha con la intención en los labios. A pesar de que su tarea no era tan ardua como antes, las emergencias seguían presentes, y ese día no sería la excepción. Ignis apareció por la entrada del fondo, dando los detalles. Al parecer, se había producido un accidente en una de las rutas principales y uno de los vehículos llevaba material inflamable.

—Lleven el equipo especial y díganle a Galo que hoy no tendrá tiempo para sus jueguitos —comentó, antes de abandonar el lugar.

Lio se había puesto de pie, dejando la taza sobre la mesa, pero Aina lo detuvo con un sutil gesto.

—Necesitas descansar. No es necesario que nos acompañes.

—En verdad estoy bien. Puedo rendir perfectamente.

—No digo que no puedas; digo que no debes. No es malo tomar conciencia de uno mismo, ¿sabes? No es algo grande. Aprovecha que Galo no estará merodeando por algunas horas y duerme.

—¿Qué sucede? —se oyó la voz del susodicho, apareciendo por la entrada—. ¡No se queden parados!

Aina adelantó el paso.

—Lio no irá esta vez —agregó, empujando a su compañero hacia el otro lado del ingreso.

—¿Eh? ¿Por qué? —Y se movió para pasar por alto a su compañera y dirigir sus pasos hacia el otro—. ¿Es cierto eso, Lio?

—No… no me siento bien —confesó. Estaba considerando la propuesta de la señorita.

Galo se acercó para observarlo de cerca y éste corrió el rostro. Lo menos que quería en ese momento, era tenerlo tan cerca.

—¡Es verdad! ¡Luces más pálido de lo habitual! —Se sacó uno de sus guantes y acercó su mano hacia la mejilla ajena. Lio sintió el tacto demasiado cálido—. Tú temperatura se siente normal. ¿Estás comiendo bien? ¿Durmiendo bien?

—¡Hey! —interrumpió, Aina—. ¿Es tu compañero de cuarto y no sabes cómo se encuentra de salud?

Galo titubeó.

—¡Vamos! —La voz de Lucia resonó desde el fondo—. ¡Si no se apuran, los dejaremos aquí!

—¡Galo! —apuró Aina, antes de marcharse.

Lio no tardó en sacarlo a rastras para que acudiera a su deber.

—¿De verdad estás bien?

—¡Que sí! Solamente estoy cansado. ¡Ahora ve!

—Pero…

—¡Apúrate! —concluyó con un fuerte empujón desde la entrada hacia el pasillo—. ¿No eres el bombero número uno? ¿O solo son palabrerías?

—¡Voy, voy! —Y antes de marcharse, le dio un rápido beso sobre la cabeza—. ¡Descansa!

El muchacho se quedó de una pieza. Se había repetido otra vez. ¿Desde cuándo aquel gesto se hizo costumbre?

De una cosa estaba seguro: aquello lo estresaba aún más.

Sin pensarlo mucho, trepó hacia una de las plataformas. El carro de emergencia desapareció por una de las esquinas y solo la sirena era audible desde su posición. Cuando el silencio reinó otra vez en el lugar, encaminó sus pasos hacia la pequeña habitación. En verdad, necesitaba dormir.

Cayó de boca sobre la cama, cansado. En un principio, compartir un cuarto tan estrecho no era un problema. De hecho, la convivencia se dio de manera bastante natural. Era algo que venía notando desde que coincidieron en su aventura. Ambos eran lo suficientemente similares para fraternizar y lo bastante diferentes para complementarse entre sí. No era un secreto que había una conexión innata.

Entonces, ¿cuál era el problema?

Aún recordaba como comenzó todo, unas semanas antes de vivir en el mismo espacio. Fue en la mañana, a hora temprana, cuando el gélido aire se colaba por toda la estación. Por alguna razón, su cuerpo ya no se mantenía cálido como antes, a pesar de llevar la gruesa chaqueta del uniforme encima. Desde el día en que los Promare dejaron de existir, un continuo vacío fue creciendo en su pecho, junto al descenso del calor, provocando que el ambiente que le rodeaba fuera menos tolerable, sobre todo el frío. Y aquel día, esa inusual falta de temperatura corporal, estaba más presente que en otras ocasiones.

—¿Qué sucede? —había preguntado Galo, quien se encontraba a su lado en el casillero—. Estás temblando.

—Solo tengo un poco de frío —respondió con sinceridad.

—Sí, últimamente hace más frío de lo usual. Quizás tendremos un invierno duro este año.

Lio asintió, llevándose las manos a la altura de boca para calentarlas con su aliento. Sus extremidades estaban tan congeladas, que no podía sentir sus pies; y eso le preocupaba. Todo este repentino síntoma le preocupaba.

Galo lo observó de reojo, poniendo atención en su postura y el leve temblor de sus hombros. Lucía más pequeño y delgado de lo que era. Notó que se había encogido sobre sí mismo, en un gesto inconsciente para mantener el calor. Sin pensarlo demasiado, se acercó y rodeó el rostro ajeno con sus manos.

—¡Estás hecho un cubo de hielo! Puedo sentir el frío a través de mis guantes. Esto no es normal.

Lio alzó sus ojos para verlo de frente, sin saber qué decir. A pesar de los guantes, podía sentir la tibieza del contacto atravesar la tela y pellizcar sus mejillas. Era una sensación tan agradable que algo se movió en su interior, provocándole un leve escalofrío. Incómodo por esto, tomó las manos ajenas y las bajó con calma. Galo se percató de que sus manos estaban tan heladas como su rostro.

—¿Desde cuándo que estás así, Lio?

—Desde hace un tiempo. Ha ido incrementándose paulatinamente. Puedo lidiar con esto.

—¿Estás seguro? —La preocupación en su voz era sincera.

El muchacho asintió, volteando hacia la salida.

—Voy a buscar algo caliente para beber y estaré bien.

No alcanzó a dar dos pasos, cuando sintió la pesada prenda sobre sus pequeños hombros. Le pareció enorme, como si le hubiera lanzado una manta gigante. Miró hacia atrás y allí estaba su amigo con el rostro iluminado, las manos sobre su cintura, y una sonrisa tan amplia como su satisfacción. Lio tardó un segundo en percatarse de lo que había hecho.

—Esta tibia, ¿verdad?

—No podré andar con tu chaqueta encima todo el día. Es una carpa de circo.

—Eso significa que sí está tibia, ¿no? —Se respondió a sí mismo—. Sabía que, si la ocupaba hoy en la mañana, sería para algo bueno.

 —¿Y tú? ¿Acaso no te da frío quedarte solo con la camiseta?

—Yo jamás tengo frío —alardeó con un orgullo casi infantil—. Mi alma ardiente me mantiene caliente.

—Si es así, ¿por qué la tenías puesta?

—Siempre la ocupo en las primeras horas de la mañana, sobre todo en invierno. Luego, entro en calor y la dejó en el casillero.

Lio lo analizó por breves segundos, antes de menear la cabeza y soltar una pequeña risa.

—¿Y por esa razón la mayor parte del tiempo estás semidesnudo?

Claramente había sido una broma, pero Galo se tomaba ciertas cosas muy en serio.

—¡Soy un bombero con un corazón ardiente!

—Eres un idiota. No puedo creer que digas esas cosas de forma tan ligera y que te sientas orgulloso de eso.

—Ya me conoces —agregó, dándole un pequeño golpe de puño en su antebrazo—. No necesito agregar nada más.

Después de la extraña plática en los casilleros, Lio se quedó con la chaqueta encima una buena parte del día.

 

 

Aquello pudo pasar como un hecho aislado, una anécdota entre tantas, pero era algo que se repetiría en más de una ocasión. Sobre todo cuando decidió aceptar la propuesta hecha por su amigo, días después.

Galo se lo hizo notar la primera noche. Estaban distribuyendo las áreas que Lio ocuparía en el cuarto.

—¿Qué fue lo que dijiste? —Al estar ordenando sus pertenencias, no había prestado mucha atención.

—Si será seguro que duermas en ese pequeño futón, tan cerca del suelo.

—No es que me vayan a comer las arañas —Y siguió en lo suyo.

—Sabes que no me refiero a eso. Podemos compartir lecho. Así no te congelarás.

—¿Compartir cama? —respondió, algo contrariado—. No creo que sea una buena idea. Además, no podremos dormir los dos en un espacio tan pequeño.

—¡Pero si tú eres menudo!

—¡No lo digo por mí, sino por ti! (camión de tres cuerpos). De todas formas, no tengo ningún problema de dormir en el suelo. Si me cubro bien, puede que no pase frío.

Su compañero no se encontraba muy convencido.

—Está bien. Pero si cambias de opinión mi colcha estará abierta.

Lio agarró una de sus toallas y se la aventó a la cara con fuerza, golpeándolo de lleno.

—En verdad eres de los que hablan sin percatarse de lo que dicen, ¿cierto?

Galo soltó una risa divertida y, agarrando con fuerza la tela, la lanzó de vuelta. Su amigo la detuvo en el aire, antes de que se estrellara en su cabeza.

—¿Quieres ordenar una pizza?

—Definitivamente, eres un cabeza hueca que solo sirve para comer.

Tomó sus cosas y se dirigió a la ducha. Al salir, unos minutos después, lo descubrió sentado sobre el futón, con los brazos y las piernas cruzadas. Tenía una postura recta y decidida.

—¿Vas a seguir insistiendo con el tema, Galo?

—No es normal que la temperatura corporal de una persona baje de esa manera. Y ahora, sentado aquí, he comprobado que no es un lugar muy cálido para dormir.

—¿Y qué diferencia habría?

—El cuerpo humano es la mejor opción para mantener a otro en buena temperatura y evitar una hipotermia. Es regla en los rescates.

Caminó hacia él con calma, para sentarse justo al frente.

—Galo… no moriré de hipotermia.

—Dame tu mano.

—¿Qué?

—Que me des tu mano.

Algo desconcertado, acercó su mano derecha y él la sostuvo con la izquierda. Puedo sentir como el calor traspasaba su piel y llegaba hasta sus huesos. A pesar de haber salido de la ducha tan solo unos minutos atrás, su cuerpo ya se encontraba gélido. Cuando alzó la mirada hacia su compañero, éste tenía un semblante serio.

—Por mucho que intentes disimularlo, esto no es algo simple. No sé si esto tenga que ver con los Promare, pero es algo que ha ido en aumento estos meses, ¿cierto? Tú mismo me lo dijiste. —Puso su otra mano sobre la ajena y la cubrió por completo—. Déjame ayudarte.

—Suena como si de verdad lo comprendieras.

—¡Por supuesto! ¡Somos compañeros!

Lio le regaló una amplia y sincera sonrisa. Sacó su mano de la prisión ajena y se levantó para dirigir sus pasos hacia la cama.

—Está bien. Ganas por hoy. Pero solo por hoy. No soy un niño para dormir acompañado todos los días.

Y tuvo que comerse sus propias palabras, unas semanas más tarde.

No solo compartían la cama, sino que comenzaron a tener una rutina en conjunto, como despertar al otro si se quedaba dormido, prepararse el desayuno mutuamente y hasta tomar un baño de tina juntos, si ese día estuvo pesado. En ocasiones, Galo aparecía de sorpresa y lo abrazaba por la espalda, ya sea cuando estaba preparando el desayuno –en donde Lio le acercaba una fruta o algún alimento a la boca–, o en el Departamento de Bomberos, donde el pequeño quedaba sentado en medio de sus piernas. También solía darle un beso en la mejilla o en la frente, sobre todo antes de irse a dormir.

En un principio, no le incomodaba estas repentinas muestras de cariño y lo atribuía, en parte, a la personalidad espontánea de Galo y a la conexión natural que ambos poseían. Por alguna razón, no le había dado mayor importancia… hasta que Lucia se lo hizo notar una tarde, charlando dentro de su unidad de trabajo.

Fue una pregunta prudente, pero directa. Al escucharla, quedó absorto por breves segundos. Para su fortuna, Remi y Aina se encontraban en la parte exterior, limpiando los carros de emergencia, ignorantes de la charla que adentro acontecía y de la mirada pesquisa de la menuda mujer.

—¿A qué te refieres con eso? ¿Con qué si Galo y yo tenemos algo?

—Vamos, Lio. He visto que ustedes se han vuelto mucho más cercanos. Además, no hemos pasado por alto los tratos cariñosos y esas cosas. Aunque, a decir verdad, nunca imaginé ver a Galo en esa postura —concluyó, con tono divertido, balanceándose en su silla, mientras Vinny jugueteaba cerca del respaldo.

Lio siguió con la mirada al pequeño roedor, quien saltó de la silla hacia el panel central, tomando un pequeño trozo de galleta que se encontraba en la superficie. Hizo una breve pausa antes de responder. Claramente, esa observación lo había pillado desprevenido.

—¿De verdad damos esa impresión? Galo y yo solo somos amigos. Pensé que ser afectivo era parte de su personalidad.

—En realidad, Galo es de los tipos abiertos, sinceros y demasiado extrovertido. Por supuesto, que esto hace que sea más cercano a su círculo personal, y por eso mismo no tiene reparos en decir o demostrar lo que piensa o siente. Yo creo que su único problema es su ego… aunque eso lo hace divertido.

Él coincidió, sin reparo.

—Por eso —prosiguió ella, sacando una paleta dulce de su bolsillo para llevársela a la boca—, pensé que ya habían roto esa línea. Pero al parecer, estoy equivocada. ¿En verdad siguen siendo amigos?

—No tendría por qué mentirte.

Lucia dio un par de vueltas en su asiento, sin quitarle la vista de encima, tratando de descubrir algún rastro de engaño. Sin embargo, este tipo era un libro abierto al igual que Galo, y la sinceridad era un rasgo que mantenían en común.

—Dime, Lio… ¿qué piensas al respecto? ¿No lo habías notado?

¿Notarlo? Por supuesto que lo había notado. No era estúpido. Solo le había bajado el perfil. No quería llegar a malinterpretaciones, y creyó, con toda la inocencia del mundo, que ese trato era por la confianza y la cercanía que venían construyendo desde hacía tanto tiempo, ¿no?

¿No?

Pero ahora se encontraba al frente de esta pequeña y pícara mujer, que le hizo cuestionarse su actual situación, tan solo con una simple y directa pregunta.

—A decir verdad, Lucia… No quise verlo de esa forma.

—¿No quisiste…?

No pudo proseguir. Ignis había ingresado al vehículo, acompañado de Varys y Galo, que se quedaron esperando en la entrada, con un trapero y un balde. Le entregó uno a Lucia y el otro a Lio. Varys lanzó una diminuta escoba a Vinny.

—Hoy toca limpieza general, así que en marcha. Aina y Remi ya terminaron con los carros.

—¿Qué? ¿Es hoy? —refunfuñó Lucia, mordisqueando el dulce que traía en su boca.

Lio salió de la unidad y pasó por entremedio de todos con la intención de adelantar sus tareas. Galo lo observó por sobre el hombro, notando que se perdía por uno de los pasillos que conducían al interior del recinto. Y aunque lo llamó un par de veces, éste no respondió.

Desde ese día, comenzó a ser más precavido dentro del Departamento. Procuraba no quedarse a solas con él, y evitaba a toda costa algún contacto físico en las horas de trabajo. Sin embargo, se le hacía difícil mantener esa distancia, con un insistente compañero que, de una u otra forma, terminaba pegado a su costado. Y no podía negar que, de cierta manera, extrañaba esas atenciones.

¿Qué más podría hacer? Había estado ocultando con recelo lo que iba creciendo en su interior. La calidez, nueva y ardiente, que se incrustó en su pecho, nada tenía que ver con su falta de calor inicial y lo que sentía al tener a sus amigos cerca.

¡Claro que no! Era totalmente distinto. Él lo sabía. Y comprendía muy bien lo que estaba sucediendo dentro de su corazón. A pesar de esto, había tomado la decisión de no pensar demasiado en ello y restarle importancia por una simple razón.

Ignoraba lo que sentía Galo.

¿Qué era él? ¿Un amigo? ¿Un hermano?

Esta ambigüedad, pasada por alto a propósito desde que inició todo este asunto, se transformó en una confusión que lo aturdía y que estaba consumiendo, sin piedad, sus horas de descanso.

Ahora se encontraba debatiendo su propia decisión. Él mismo había tomado ese camino; que aquello era mejor que nada, pero no podía seguir engañándose a sí mismo. Sabía que tendría que pensar rápido y aclarar sus ideas, porque pronto llegaría la noche, Galo lo abrazaría mientras duermen y a la mañana siguiente le daría los buenos días con un suave beso en la frente o en la mejilla. Y la pregunta se le incrustaría en la cabeza, como un dardo llameante.

«¿Qué soy yo para él?»

 

 

 

 

 

2

 

 

 

Cuando despertó, se encontró con su amigo, sentado en la orilla de la cama, observándolo en silencio. Con calma, se removió sobre la colcha y levantó la mirada hacia el reloj que estaba incrustado en la pared: una insignia de bombero con números amarillos. Marcaba las 17:45.

¿Tanto había dormido?

—¿Por qué no me despertaste, Galo? —protestó con voz adormilada, mientras se acomodaba sobre sí mismo. Ahora podía verlo de frente.

—No te sentías bien en la mañana. Creí que lo mejor era dejarte dormir.

—Ni siquiera me di cuenta en qué momento caí dormido.

—¿Y cómo te sientes ahora?

—Mejor… supongo.

Así era... o al menos, así lo sentía. Esas horas de sueño le sentaron de maravilla y podía sentir su cuerpo más relajado y liviano, en comparación de hace unas horas atrás.

Galo se acercó y apoyó su frente sobre la ajena, comprobando con el contacto que no poseía fiebre y que su temperatura corporal era normal.

—Al parecer, no hay nada de qué preocuparse —concluyó con una inmensa sonrisa.

El leve roce hizo que la poca tranquilidad que tenía en su interior colapsara, como un trozo de vidrio impactado, y cuya bala se transformó en un calor punzante que reemplazó sus latidos.

—Te dije que me encontraba bien —añadió, alejándolo con suavidad. Corrió las mantas y se levantó de la cama, rumbo al baño.

—¿Tienes hambre? ¡Puedo pedir una pizza!

—Comes demasiadas pizzas, Galo Thymos.

—¿Quieres otra cosa?

—No tengo hambre —respondió, cerrando la puerta detrás de sí.

Galo se levantó de la cama y camino hacia la entrada del baño, un poco preocupado. Era despistado en algunas cosas por naturaleza, pero no pasaba por alto los detalles importantes. Sabía que algo no andaba bien con su amigo y la intuición le oprimía el pecho.

—Lio… ¿En verdad estás bien? —preguntó desde el otro lado de la puerta.

Lio, que se encontraba apoyado sobre el lavamanos y con el rostro empapado, tomó una gran bocanada de aire antes de responder.

—Sí, lo estoy. Si me disculpas, voy a tomar una ducha.

Desde adentro se oyó correr el agua y el joven bombero supo que no podía insistir más. Mantuvo su posición por algunos segundos, intrigado, y al final decidió volver al cuartel. Al verlo llegar, los miembros del equipo se acercaron para preguntar por su compañero.

—Él dice que está bien… Pero… —Y al pronunciar esas palabras, rascó su nuca un tanto nervioso—. Sus palabras no me convencen.

—¿Por qué habría de mentirte? —preguntó, Aina—. Yo digo que estaba cansado.

—Tal vez, Galo es demasiado ruidoso hasta para dormir y el pobre de Lio no ha podido pegar un ojo en meses —comentó Remi, encendiendo la cafetera.

—¿Eh? —saltó Galo de su sitio—. ¡No lo digas como si yo fuera el responsable de algo!

—Yo apoyo la idea —agregó Varys, apoyado en la pared.

—Y yo —prosiguió Lucia, recostada sobre el sofá, con Vinny sentado en su vientre.

—¡Vinny!

—¡Hey! ¿Ustedes también?

—No debe ser fácil convivir con un tipo como tú —sentenció Aina, cruzándose de brazos.

—¡Chicos! ¡Ustedes no entienden! ¡Hablo en serio!

—Nosotros, también.

El joven gruñó para sí mismo y se sentó de golpe en el suelo, con las piernas cruzadas, apoyando el codo sobre una rodilla y la cabeza en la mano.

—No crean que no he notado que Lio no se encuentra bien. Hace un tiempo hasta ahora, él ha estado perdiendo calor corporal de forma drástica. No es normal que una persona no pueda mantener su propio calor, y no sé si eso sea una secuela de su desvinculo con los Promare. De momento, se ha mantenido estable… pero ignoro hasta qué punto esto puede perjudicarlo.

Aina, preocupada, se acercó a él y se arrodilló de manera que podía ver su rostro por completo.

—¿Qué tan complicado es lo que nos cuentas?

—Debe estar, constantemente, bebiendo cosas calientes y en la noche dormimos juntos para mantener el calor.

Al oír aquello, Lucia saltó del sofá de un chillido, haciendo que el pobre Vinny volara por los aires. Por supuesto, ella tenía muy presente la conversación que había tenido con Lio.

—¿Cómo que duermen juntos?

—¡Es para mantener su calor! —respondió con el cuerpo rígido, aún sentado sobre el suelo—. ¡Es una técnica de rescate!

—¿Y no era mejor comprar una estufa, en vez de ocupar una técnica obsoleta? —apuntó Remi, apoyado en la mesa, sosteniendo una taza de café.

Galo no supo que responder. No había pensado en ello, y ahora que caía en la cuenta de lo raro que había sonado aquella afirmación, comenzó a sentirse nervioso y avergonzado.

—Claramente, Galo no pensó en ello —agregó, Varys.

—No, es obvio que no —reafirmó, Lucia.

 —No me extraña viniendo de él —comentó, otra vez, Remi.

Aina soltó un suspiro de paciencia y se levantó hacia el sofá, apoyándose en uno de los brazos. Lucia asomó su cabeza por un costado.

—Debiste informarnos de esto, Galo.

—Pensé que sería pasajero y como esto no limitó sus actividades y fue recuperándose, creí que ya no sería necesario comentarlo.

—Entonces, ¿ahora está bien?

Asintió, aunque su semblante seguía serio.

—En este último tiempo ha podido mantener su propio calor, aunque a veces lo noto más pálido de lo usual. De tomar ocho tazas de bebidas calientes, ahora solo toma tres.

—Si se ha ido recuperando, ¿qué es lo que te preocupa, entonces?

—Por un momento, llegue a pensar que podría recaer otra vez. ¡Ustedes no lo sintieron! —prosiguió, haciendo gestos con sus manos—. Su cuerpo frío sobrepasaba mis guantes. ¡Era como tocar un trozo de hielo! ¡Eso no es normal para un ser humano!

El grupo intercambió miradas entre ellos, pensativos. Por un instante, temieron agregar algo que pudiera preocuparlo aún más. Si bien solía ser exagerado, ahora parecía que era un asunto serio.

—Tal vez… —prosiguió Remi, rompiendo el silencio— al estar tanto tiempo con esta condición y al ser despojado de esta, puede que haya acarreado un síntoma secundario. Pero si dices que ha ido mejorando, no hay nada de qué preocuparse. No es que vaya a desaparecer por eso.

La imagen de Lio, tirado sobre el suelo, convirtiéndose en cenizas, regresó a su mente, acompañado de una gélida punzada en el pecho.

 —Apoyo lo que dice Remi —se escuchó a sus espaldas—. No voy a desaparecer.

Galo se levantó del piso de un salto.

—¡Lio! ¿Desde hace cuánto llevas ahí?

—Solo unos instantes —respondió, acercándose a él.

Aina caminó hacia ellos con calma, quedando entre ambos. Lucia solo prestaba atención.

—¿Cómo te encuentras, Lio?

El joven la miró, sonriente. El semblante lucía mucho mejor que en la mañana.

—Mejor. Tenías razón, Aina, solo me faltaba dormir un poco más.

—Es bueno oír que solo era cansancio —comentó, Remi—. Eso nos da paso a la primera teoría.

—¿Qué teoría?

—Que Galo es tan molesto, que tu convivencia con él te cansa y no puedes dormir —remató, Lucia, con los codos apoyados en el respaldo del sofá.

—¿Van a seguir con eso? —reclamó, Galo.

Lio solo se rio, y no agregó nada que pudiera confirmar aquello.

—Por cierto, Aina… ¿Podría pedirte un favor?

—Sí. Dime, Lio.

—¿Podrías prestarme tu motocicleta?

Ante esa petición, Galo fijó toda su atención en su compañero.

—No tengo problemas. ¿Vas a algún lado?

Confirmó con un movimiento de cabeza, evitando la mirada de su amigo.

—Voy a visitar a Meis y Gueira. Ha pasado un tiempo y quiero saber cómo van las cosas con el refugio. Podría ir a pie, como en otras ocasiones, pero eso toma algo de tiempo.

La muchacha sonrió y sacó de sus bolsillos la llave del vehículo.

—Te lo entregaré mañana a primera hora.

—¿Mañana? —exclamó Galo, apareciendo por la espalda de su amiga—. Pero…

—Estaré bien. No necesitas ser tan sobreprotector.

Ante esas precisas (y casi cortantes) palabras, nadie de los presentes quiso agregar algo más. Lo vieron alejarse por la salida que llevaba al estacionamiento, en silencio. Y cuando estuvieron seguros de que él ya no estaba cerca, las miradas se dirigieron hacia Galo, cuyo rostro reflejaba una mezcla de confusión e inquietud.

—¡Vinny!

—Exacto. Al parecer, sí es culpa de Galo —sentenció Lucia, tomando al ratoncito y colocándolo sobre su hombro.

—Definitivamente, ese pobre muchacho necesita tomar aire. Convivir con Galo debe ser agobiante.

Y todos estuvieron de acuerdo, asintiendo al unísono.

—¿Aún insisten con eso? ¡Ya les dije que no tengo nada que ver!

Luego, aquella noche, sería Galo quien no podría conciliar el sueño, pensando en todo lo ocurrido esa tarde. Echó un último vistazo a su móvil, y lo dejó sobre la mesita de noche. El mensaje recibido, no le ayudó a relajarse.

“Mantendré el móvil apagado. No me escribas”.

 

 

 

 

 

3

 

 

 

Meis y Gueira lo recibieron con mucha efusividad, a penas lo vieron llegar sobre la motocicleta. Lio no tardó en saludarlos y preguntar por las obras y los detalles. No solo sus antiguos compañeros estaban felices por verlo de nuevo, sino que también los refugiados, sobre todo los niños. Ese hogar temporal había sido un respiro para todos ellos.

Y al ver que las cosas estaban funcionando mejor de lo esperado, se sintió tranquilo y esperanzado.

—Lo siento por no venir antes —mencionó, sentado alrededor de una fogata, junto a sus dos camaradas—. Han pasado algunas cosas en la Estación.

Gueira hizo un gesto simple y desenfadado, mientras Meis ponía unos trozos de madera en medio de la llama.

—Siempre te comunicas, de alguna u otra forma, para saber cómo están las cosas. No es tu culpa que el refugio haya quedado tan lejos de la central —agregó, Meis.

—¿Desde cuándo prenden esta fogata tan lejos del refugio?

—Desde hace algún tiempo —sonrió divertido, Gueira—. Es bueno mirar el cielo con una fogata.

—En otras palabras, a Gueira le da nostalgia nuestras noches bajo las estrellas.

—¡Meis!

El joven esbozó una cálida sonrisa. Al parecer, nada había cambiado entre ellos.

—Bueno, a decir verdad, Gueira no es el único que extraña ciertas cosas. La nostalgia será nuestra compañera, hasta que ya no pisemos esta tierra.

El dúo dirigió la mirada hacia su antiguo líder.

—¿Tú también lo sentiste, Jefe? —se atrevió a preguntar, Gueira.

El silencio, y la mirada fija a través de las llamas, fue su respuesta.

—Parece ser que no fuimos los únicos —comentó, Meis.

—Estábamos preocupados por eso. No todos los Burnish tuvieron ese síntoma.

—Quizás fue porque teníamos más poder —agregó, Lio—. Nosotros poseíamos un lazo más fuerte. Éramos quienes los oíamos con mayor claridad.

Se formó un nostálgico y ceremonial silencio entre ellos. Un carbón crujió entre las llamas, provocando diminutas chispas ardientes. Ante ese pequeño evento, los tres acercaron sus manos hacia la fogata, pero sin tocar el fuego directamente.

—Pero estaremos bien. Ya no necesitamos de las llamas.

—Jefe…

Lio se levantó de su sitio, con calma y alzó sus ojos hacia las estrellas. El aire fresco nocturno, mezclado con el calor del fuego, despejaron su mente y aclararon sus dudas. Había tomado una decisión.

—Meis, Gueira… quiero pedirles un favor.

—¡Lo que quieras, Jefe! —exclamó, Gueira.

—Necesito un lugar momentáneo donde quedarme. Dejaré el Equipo de Rescate.

Ambos brincaron de la impresión, acortando la distancia entre ellos.

—¿Sucedió algo, Jefe?

—¿Esos idiotas hicieron algo, Jefe?

El exlíder meneó la cabeza, sin mirarlos.

—No ha pasado nada. Al contrario, ellos me han acogido y enseñado muchas cosas. Cuando decidí dejarlos a cargo, fue porque quería aprender de ellos, para luego ayudarlos a todos ustedes. Creo que ya es momento de volver a mis raíces.

—¡Por supuesto! —sonrió, Gueira—. ¡Será un honor tenerte de vuelta con nosotros!

Pero Meis no lucía tan entusiasmado como su compañero. Algo en la expresión de su antiguo jefe, junto a la tristeza en su voz, lo puso en alerta.

—Gueira… —habló de pronto, acomodando algunas ramas que rodeaban la fogata—. ¿Puedes traer algo de cerveza? Hay que rememorar viejos tiempos.

El hombre no dudó en responder a la petición y guio sus pasos colina abajo, donde se encontraba el campamento de víveres de los refugiados. Desde esa zona, era visible las luces de la ciudad y la zona que aún faltaba por reconstruir.

—Jefe… ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

Lio volteó hacia él, y se sentó a un costado de la fogata, ayudándole a acomodar los trozos de ramas secas, en silencio.

—Cuando decidiste trabajar entre el refugio y la Estación de Bomberos, fue porque ese idiota te lo propuso, ¿no? Hasta ese momento, no lo habías considerado, pero aceptaste porque dijiste que sería una buena experiencia.

—Así fue.

—Luego, quisiste participar de manera más activa y nosotros te apoyamos. Aunque querías que estuviéramos contigo, la mejor decisión era seguir trabajando en equipo, a pesar de la distancia. Incluso, aceptaste vivir en el Departamento de Bomberos.

—Al grano, Meis.

—No es necesario abandonarlos para seguir con nuestros planes. ¿Qué sucedió? ¿Qué te hizo cambiar de opinión? No es que no queramos tenerte de vuela, ¡al contrario! Pero…

—¿Pero?

—Tus ojos, Jefe. No tienen el brillo de antes.

Lio se acomodó en el suelo, abrazando con suavidad sus propias piernas. En esa postura, a la luz de la fogata, parecía un pequeño adolescente. Al no encontrar palabras ante esa observación, se concentró en el núcleo de las llamas, pensativo. Sentía que el calor abandonaba su cuerpo, otra vez, y el vacío de su pecho regresaba. Un agujero enorme, que se extendía desde el centro hasta sus costillas. Extendió la mano hacia las chispas que saltaban por el aire, y una leve calidez traspasó sus guantes.

—¿Cuál es la verdadera razón?

El silencio se mantenía. Su mano seguía sobre las llamas.

—¡Jefe!

Frunció el ceño y apretó el puño con fuerza. A decir verdad, no encontraba la manera correcta para responder. En su cabeza tenía un revoltijo de dudas y sentimientos, luchando entre sí. Y aunque quisiera ser preciso, el solo hecho de pensarlo y buscar una explicación lo estresaba.

¿Cómo podría explicarles aquello que él mismo ha querido mantener al margen?

Cerró los ojos y respiró hondo. El olor del carbón impregnó sus sentidos. Necesitaba poner en orden sus emociones, si deseaba dar una respuesta.

—Meis… —respondió al fin, levantando la cabeza hacia el cielo—. Necesito estar lejos de ellos para ordenar algunas cosas en mi cabeza. Lejos de Galo.

La confesión llegó a los oídos de Gueira, quien traía unas cajas de cerveza sobre su hombro. Eso fue suficiente para que dejara las bebidas en el suelo y se acercara de manera enérgica hacia él:

—¡Sabía que ese idiota había hecho algo!

—¡Gueira!

—Galo no ha hecho nada. De hecho, es todo lo contrario. Él ha hecho demasiado por mí.

Meis meneó la cabeza, cuando notó que su compañero iba a contestar con algo más. Éste chasqueó la lengua, y se fue en busca de algunas botellas. Lanzó por el aire una a Meis y otra a Lio, quien la atajó en pleno vuelo.

—Entonces, Jefe… ¿Por qué quieres estar lejos de él?

—Porque no sé qué piensa de mí.

Y mientras, Gueira intentaba entender lo que su menudo jefe había dicho, Meis lo comprendió en silencio. Se acercó con calma y pasó un brazo por sobre sus hombros. Por un momento, le pareció más delgado.

—Bebamos una cerveza, Jefe. Por los viejos tiempos.

Lio sonrió, asintiendo.

—Un brindis por los buenos tiempos.

 

 

 

4

 

 

 

Galo despertó de golpe, pasada de las seis de la mañana. Extendió su mano hacia el lado derecho de su cama y la encontró vacía; fría. No se había percatado de la falta que podría hacerle su compañero hasta ahora. Si lo pensaba detenidamente, ya estaba muy acostumbrado a su presencia, su silueta, su voz.

Su aroma. Su leve calor.

Giró sobre sí mismo y se sentó de golpe, despeinándose de manera brusca, como si aquello lo ayudara a ordenar las ideas que rondaban en su cabeza.

¿Desde cuándo todo se había volcado hasta ese punto?

¿Por qué se sentía tan solo?

Volvió a prestar atención al reloj de su pared, con sus manillas y números amarillos y fluorescentes. Sentía que apenas había dormido. Despertó reiteradas veces durante la madrugada y la última vez que echó un vistazo a la hora, esta anunciaba las cinco de la mañana. No le sucedía esto desde que era pequeño; cuando despertaba a mitad de la noche a causa de sus pesadillas.

Y muy a su pesar, pronto sería la hora de ingreso al turno.

—Es mejor que me levante, ya. En media hora no voy a recuperar el sueño perdido.

Se detuvo a la orilla de la cama, mirando hacia el suelo. Una extraña sombra había llamado su atención. Con la escasa iluminación que entraba por la pequeña ventana, comprobó que había un bulto acurrucado sobre el futón que estaba en el piso. Con cautela, salió de la cama y se acercó.

—¿Lio?

Cubierto hasta la cabeza, solo era visible un trozo de su cabellera. Su respiración era pausada, lo que indicaba que estaba profundamente dormido. Un alivio lo embargó por completo al saber que su amigo había regresado; sin embargo, una extraña sensación de pesar se apoderó de él.

«¿Por qué no decidiste dormir en la cama?»

Suavemente, se acercó hacia él e introdujo su mano cerca de la almohada, donde estaría su nuca, y pudo comprobar que su cuerpo emanaba calor. Eso era una buena señal. Estaba mejorando.

Con sigilo, retomó su postura, cogió sus útiles de aseo desde el pequeño armario y se encaminó hacia la ducha. Ignis y los demás no tardarían en llegar.

En cuanto se oyó el sonido constante del agua, Lio se asomó a través de las mantas, pegando la mirada hacia la puerta del baño.

 

 

Aina fue la primera en divisar a Galo, desde la cocina. Remi también se encontraba allí. Lucia estaba ya en el garaje, revisando unas piezas nuevas que Varys le había ayudado a cargar. Ignis, en tanto, se encontraba en su oficina, revisando unos papeles.

—¡Mira tu cara! —apuntó ella, apoyada en uno de los muebles—. ¿Ahora eres tú quien no pudo dormir?

—Algo así —respondió, mientras se dirigía a servirse un café.

—No es usual en ti verte con tan poca energía —agregó Remi, desde el otro lado de la sala, bebiendo un té.

El joven dio un gran sorbo al café recién servido y giró sobre sí mismo, sonriente, dándose un fuerte golpe en la mitad del pecho.

—¿Y quién dijo que no tengo energía? Que haya dormido poco, no significa que mi espíritu de combate esté decaído. ¡Un buen desayuno, el aire matutino y un buen trozo de pizza en nuestra hora libre, será suficiente! ¡Nada puede derribar mi alma de bombero!

Remi se sintió, notoriamente, decepcionado.

—Ya decía yo que éste sujeto no puede mantenerse en silencio.

Aina fue directo hacia Galo, y se apoyó en el mesón, muy cerca de la cafetera.

—Lio volvió, ¿no? Mi motocicleta esta aparcada al lado de los carros de rescate.

—Cuando desperté en la mañana, estaba durmiendo en el suelo, sobre el futón. Ignoro a qué hora habrá llegado. No lo oí.

—¿En el suelo? ¿No dijiste que estaban durmiendo juntos?

De haber seguido bebiendo el café, el pobre se habría atragantado.

—Ya lo dije —respondió, algo incómodo—. ¡Fue una estrategia para conservar su calor! Ahora que está mejor, no es necesario.

La joven mujer se quedó escudriñando su rostro, escéptica. Su compañero comenzaba a ponerse un poco inquieto.

—¿Qué sucede, Aina?

—Nada—. Y se alejó a paso lento.

Galo se quedó mirándola, desconcertado.

«¿Y a qué vino eso?»; pensó.

Ignis apareció con la lista de tareas del día. Reasignó algunos turnos de la semana y entregó el informe semanal, que cada uno debía rellenar. Remi ayudó a entregar las hojas, y le alcanzó las suyas a Galo, quien aún estaba parado cerca de la cafetera. Al leer las primeras páginas, se tragó un respingo cuando notó que en la lista no se encontraba Lio.

Todos, al percatarse, dirigieron su atención hacia su jefe, sorprendidos.

—¡Jefe! ¿Por qué Lio no está en la lista!

—¿No lo sabes, Galo? Hoy presentó la renuncia. Anoche me llamó, explicándome sus razones. Hace poco salió de la oficina y…

El bombero no terminó de escuchar las palabras de su superior, apresurando sus pasos hacia la habitación residencial. Sentía los músculos apretados y su corazón bombeando a mil. Al llegar, lo encontró empacando, dentro de una pequeña mochila, sus pocas pertenencias. Lio alzó la vista cuando lo sintió aparecer.

—Galo…

—¿Es verdad? —exclamó, jadeante, desde la puerta. Desde ese ángulo parecía más grande y robusto—. ¿Es verdad que renunciaste el equipo?

—Así es —respondió con calma; sincero.

—¿Por qué? ¿Qué sucedió?

Cerró la mochila, sin apuro y se la cargó sobre su hombro izquierdo.

—No, Galo. No ha pasado nada.

—Entonces… ¿Cuál es el motivo?

—No hay alguno en especial. Siento que mi ciclo aquí ha llegado a su fin. He aprendido mucho y es momento de volver con los míos.

—¿Qué? ¡Creí que te quedarías con nosotros!

—Nunca dije que sería para siempre, ¿o sí?

Esa declaración le llegó como un golpe al rostro.

—Además, todos tenemos que seguir nuestro propio camino en nuestra vida —añadió, caminando hacia la puerta—. No es nada personal, Galo Thymos —concluyó, pasando por su lado.

Continuó su paso, sin mirar hacia atrás, con calma, hasta que sintió el fuerte apretón en su muñeca. De nuevo, el tacto de su amigo le parecía demasiado tibio.

—¡No me mientas, Lio Fotia! —exclamó algo enfadado, a pesar de la preocupación que llevaba encima. Algo en su interior le advertía que ese no era el motivo y debía averiguar la razón—. De haber sido desde el inicio esas intenciones, me lo habrías dicho. Te conozco bien. Siempre has sido claro y directo con tus decisiones, ¿por qué este repentino cambio?

—¿Quieres saber la verdad? —respondió, sin dirigirle la mirada.

—¡Por supuesto!

Lio se soltó del agarre de un tirón, pero seguía dándole la espalda.

—Necesito mi espacio. Ya no puedo seguir compartiendo el mismo lugar contigo, Thymos.

De inmediato, los dichos que sus compañeros de equipo mencionaron hace algunos días atrás, regresaban a su memoria de forma drástica.

¿Entonces, sí tenían razón?

—¿Por qué? —insistió, afirmando a su amigo de los hombros y girarlo de golpe, para verlo a la cara—. ¿Hice o dije algo malo?

—No, nada de eso. Solo creo que es mejor tomar algo de distancia.

Sus ojos, con ese peculiar color que les recordaba a las flamas que él solía ocupar, demostraban la firmeza de su decisión. Aun así, no podía dejarle ir sin saber la verdad.

—¡Debe haber alguna razón! ¿Es porque ronco mucho o porque la otra vez te pateé fuera de la cama?

—¡Si fuera por eso, ya me habría ido hace mucho tiempo! —concluyó, soltándose de sus manos—. ¡Solo necesito mi espacio! ¡No insistas!

Y se apresuró para abandonar la zona. Si su compañero seguía insistiendo, no sabía que podría salir de su boca. Necesitaba alejarse de él, pero claramente el otro no entendía de límites.

Claro estaba.

Galo logró adelantar el paso, cuando salieron del área habitacional, y se interpuso entre él y la salida hacia el garaje. El menor ya estaba perdiendo la paciencia.

—¡Por favor, Galo! ¡No hay nada más que decir!

—¡Claro que sí! ¡No voy a quedarme tranquilo, luego de lo que mencionaste! ¡Necesito saber que he hecho!

—¡Si no eres capaz de darte cuenta por ti mismo, con mayor razón deberíamos guardar distancia!

Ante el notorio volumen de las voces, Lucia se asomó desde su guarida. Allí los vio discutiendo, muy cerca de los vehículos. Varys que estaba con ella, no tardó en acercarse a observar.

—¿Qué rayos sucede? —preguntó por lo bajo a la diminuta mujer.

—No lo sé, pero creo que es algo serio.

Lio intentó apresurar el paso, pero Galo seguía interceptando su camino.

—¡Galo!

—Solo necesito saber la verdad!

—¡La verdad es que no eres capaz de ser sincero o directo con algunas cosas que suceden!

—¿Y qué se supone que deba saber?

—¡Tus acciones! ¿Cómo no vas a saber sobre tus propias acciones? De las cosas que haces o expresas… ¡Cómo no eres capaz de comprender eso!

—¡Y qué voy a entender si no sé de qué hablas!

Vio como su compañero tomaba aire, cerrando los ojos. Estaba al borde de la paciencia y su estabilidad emocional. Los días de insomnio le habían pasado la cuenta, y su propio carácter estaba al borde del control a causa de ello.

—En verdad… eres un idiota. ¡Hablo de lo que sientes y como lo expresas! ¡De las cosas que han venido pasando hasta ahora! No creo que seas tan ciego para no darte cuenta. ¡Por último, podrías ser más claro y sincero, y decirme que no hay nada que corresponder!

Las palabras le llegaron tan de golpe, que no pudo comprenderlas al instante. Por esa razón, respondió de manera torpe y descuidada:

—¿Y qué voy a corresponder si no sé a qué te refieres?

Eso había sido suficiente. Agarró la mochila que llevaba al hombro y la lanzó con tanta fuerza, que le llegó de lleno a su amigo en pleno rostro. El golpe lo pilló tan desprevenido, que terminó de espaldas contra el suelo, con el rostro ardiente de dolor. Lio tomó la motocicleta de su compañero, la cual siempre tenía las llaves puestas, y atravesó el garaje, saliendo por la entrada lateral, perdiéndose por la avenida principal.

 Galo, a duras penas logró reincorporarse y entender lo que había pasado. Sintió la voz de Aina llamándole, a sus espaldas. Había llegado hace solo unos instantes y no comprendía lo que acababa de suceder. Lucia la interceptó, explicándole lo sucedido, pero sin entrar en detalles. Varys guardó silencio. Ni él pudo comprender la incómoda escena de la que fue testigo.

—¡Aina! —se oyó a Galo, levantándose del piso y corriendo hacia ella, con la mochila agarrada de una mano. Aún tenía su rostro enrojecido por el golpe—. ¡Necesito que me prestes tu moto!

—¿Ah?

—¡Necesito ir a buscarlo!

—No creo que sea una buena idea —interrumpió, Lucia, luego de chupetear su paleta—. Lo mejor es que ambos refresquen su cabeza. Si se ven ahora, terminaran en otra disputa. Deja que se enfríen los ánimos.

—Pero…

—Creo que Lucia tiene razón, Galo. Mejor intenta hablar con él cuando los ánimos se calmen. No va a ir muy lejos. Él volverá por sus cosas —concluyó la muchacha, apuntando hacia el bolso.

Sin embargo, el bombero no era una persona reconocida por su paciencia.

—¡Maldición! ¿Por qué siempre tengo que dejar las llaves puestas! —se regañó a sí mismo, despeinándose con ambas manos. Un gesto casi infantil que suele aparecer cada vez que se desespera.

—¿De verdad hay que responderte eso? —agregó con sarcasmo, Lucia.

La alarma comenzó a resonar por toda la estación, sacando a Galo de su postura. Ignis apareció por la plataforma superior, entregando los detalles.

—Hay una fuga de energía en uno de los edificios, en el centro de la ciudad. Debemos ir y ayudar, antes de que se forme un incendio. ¡A sus puestos!

El equipo se movió con rapidez hacia el carro de emergencia. Aina, por su parte, pudo notar a su compañero desconcertado, aún con la mochila agarrada y sus ojos pegados al piso. No tuvo que decirle nada. Él mismo logró espabilarse y salir corriendo hacia el vehículo.

Había una emergencia y no podía distraerse ahora.

 

 

Al regresar, Galo comprobó que su compañero todavía no había vuelto. Saltó del camión y caminó hacia los casilleros. Una vez allí, guardó la mochila de Lio en su respectivo espacio y cerró la puertecilla metálica. Con el apremio de la emergencia, se la había llevado sin pensar. Por lo menos, el resto de las pertenencias de su amigo seguían adentro de la casilla.

Aina apareció desde un costado, apoyándose sobre el metal.

—Galo… ¿Qué fue lo que inició la pelea?

—No lo tengo muy claro.

—Es eso, o eres un idiota irremediable e insensible—. La voz de Lucia sonó fuerte y clara, mientras abría su propio casillero. Comprobó su provisión de dulces y sacó una paleta que no tardó en llevarse a la boca.

—Sé que soy un idiota a veces, pero tampoco me pueden culpar si él no es claro conmigo, tampoco.

—¿Y tú? —agregó de pronto, Aina—. ¿Has sido claro con él?

Tanto él como la pequeña muchacha, la miraron sorprendidos, y ésta última no sabía si ella sospechaba algo o su pregunta había sido una mera coincidencia.

—Por lo que pude oír de su disputa, él te reprochaba que no eras sincero. ¿Quizá hiciste o mencionaste algo que le afectara y tú no te diste cuenta? ¿Algo que él desee oír, como una disculpa, tal vez?

Y como si una chispa despertara su cerebro, cayó en cuenta de su propio comportamiento; de los gestos y las atenciones.

«¿Así que era eso?»

—¡Aina! —exclamó tan de pronto que la muchacha dio un brinco—. ¡Préstame tu motocicleta! ¡No puedo esperar hasta que aparezca! ¡Creo saber en dónde está!

Aina le respondió con una sonrisa. Lucia dio un chillido de victoria.

—¡Hasta que despertaste! ¡Anda ya!

Salió corriendo, agarrando en el aire las llaves que le lanzara su compañera. Pasó por entremedio de Remi y Varys, hasta llegar al garaje, tomar el vehículo y volar por la salida, para desaparecer por el asfalto.

Remi vio como se alejaba, confundido.

—¿Y ahora a dónde va?

—A resolver unos asuntos importantes —respondió Lucia, antes de llevarse el dulce a la boca.

Galo condujo directo hacia el área asignada para los refugios. Un lugar que, a pesar de no ser céntrica, tampoco se encontraba tan alejada de la ciudad. Manejó a través de los recovecos de las campañas de emergencia y las residencias prefabricadas. A lo lejos, en una zona lejana del sector, sobre una reseca colina, divisó lo que parecía una fogata. No tardó en subir allí.

Meis fue el primero en percatarse de que un vehículo se acercaba a gran velocidad.

—¿Es el jefe? —dijo Gueira, poniéndose de pie.

—No. Es el idiota.

Los encontró al lado de la fogata, pero estaban solos. Frenó cerca de las llamas, sin bajarse de la moto, mientras la pareja se acercaba.

—¿Qué haces por estos lados? —preguntó Meis, con un marcado tono defensivo.

—Lio… —contestó, observando el sitio con detenimiento—. ¿Ha venido hacia acá?

—¿Y qué si ha venido? —gruñó Gueira, optando una pose ofensiva.

—¡Por favor, chicos! ¡Necesito saber en dónde está!

—No creo que nuestro jefe desee hablar contigo.

—¡Pero necesito hablar con él! ¡Tengo que encontrarlo!

Gueira se acercó desafiante y colocó uno de sus pies sobre la rueda delantera de la motocicleta, fijando sus ojos sobre el rostro ajeno, con gesto poco amigable.

—¿Sabes qué significan nuestros tatuajes? —dijo de pronto, mientras Meis se paraba a su lado con los brazos cruzados.

Galo estaba confundido.

—¿Tatuajes? ¿De qué están hablan…?

—¡Estos tatuajes! —interrumpió Meis, mostrando el gran Kanji que lucía en la parte superior de su brazo izquierdo.

El otro seguía sin comprender.

—¡Significa que somos guerreros, guardaespaldas, protectores! —enfatizó, Gueira.

—¿Y eso que tiene que ver?

—¡Que somos y siempre seremos los protectores de nuestro jefe! ¡Y no dejaremos que ni tú y ningún idiota venga o se atreva a lastimarlo!

—¿Lastimarlo? ¡De qué rayos están hablando! ¡Somos amigos!

—Si es así, ¿por qué dejó el Equipo de Rescate? ¡Algo debiste hacer!

Y ahí venía otra vez una acusación. ¿Acaso todos se habían puesto de acuerdo? Suficiente tenía con sentirse culpable por su falta de tacto y tino.

—Él… ¿él dijo algo?

—No, a decir verdad —contestó Meis, haciendo un gesto a su compañero para que bajara su pie de la rueda—. Pasó la noche aquí. No entró en detalles. Solo mencionó que no podía compartir el mismo espacio contigo. Aunque estemos contentos de que quiera volver con nosotros, eso no significa que no nos preocupemos del trasfondo. Nuestro jefe es una persona centrada y con mucha fuerza. Nunca lo hemos visto claudicar o bajar la mirada. Esa mirada que siempre tiene una llama encendida. Pero hoy, llegó en silencio. Apagado; molesto. No dijo nada. Solo pidió bencina para la motocicleta y se fue.

—¡Así que asumimos que algo tuviste que ver! —acusó, Gueira.

Galo agachó la cabeza, enfadado consigo mismo. No tenía mucho que decir al respecto. Él era consciente de su propio error y del pesar que llevaba adentro. Por primera vez en su vida, se sentía culpable por alguna acción de su parte. Siempre se mantenía fuerte y positivo frente a cualquier hecho de su vida, pero ahora… ahora, tenía que hacer algo más que lamentarse.

—En realidad, fue un malentendido entre nosotros —aclaró cabizbajo, apretando los puños sobre sus muslos—. Por eso debo encontrarlo —alzó el rostro hacia ellos, decidido—. ¡Necesito hablar con él y aclarar esto! Así que si ustedes saben en dónde se encuentra, díganme. ¡Por favor!

Y al finalizar sus palabras, hizo una reverencia, apoyando sus manos sobre las piernas y bajar la cabeza frente a ellos. Gueira iba comentar algo, pero Meis levantó una mano en señal de silencio.

—¡Por favor! —insistió.

—Lo siento, pero no sabemos en donde está. Como te mencioné, él vino por bencina, sabiendo que tenemos de resguardo, y se fue rumbo al bosque, hacia el este. Puede que aún merodee ese lugar; puede que no.

Levantó la cabeza con energía y asintió con una gran sonrisa. Rugió el motor y condujo colina abajo, a toda velocidad. Gueira hizo un chasquido con la lengua.

—¿Por qué le dijiste? Nuestro jefe fue claro.

—Gueira… cuando uno está herido, podemos decir cosas que no deseamos.

Su compañero lo miró, sinceramente, confundido.

—Volvamos al refugio. Ya es tarde y aún nos queda cosas por hacer.

—De acuerdo.

Y mientras Meis se encaminaba hacia la fogata para apagarla, él se quedó mirando, por sobre la colina, el último rastro de polvo que dejó la motocicleta.

 

 

 

 

5

 

 

 

El tiempo avanzaba y Galo ya no sabía por dónde buscar. Condujo al bosque, hacia el lago, llegó hasta la costa, sin ningún resultado. Abatido, volvió a la Estación, donde le esperaban todos, a la expectativa.

—¿Pudiste encontrarlo? —preguntó Aina, apenas lo vio entrar.

Meneó la cabeza de manera negativa. Ya no sabía qué hacer.

—No es por preocuparte, pero… por muy enojado que esté, no se lo puede tragar la tierra —agregó, Remi—. Tal vez se quedó sin bencina.

—No. Fue a buscar bencina con sus antiguos camaradas. Al menos, es lo que me dijeron.

—Entonces, no hay mucho que podamos hacer si él no quiere ser encontrado.

—¡Remi! —La muchacha había lanzado una mirada de reproche a su compañero.

Éste se encogió de hombros. Lucia intercambió miradas entre él y Aina. Luego sonrió de lleno.

—Bueno, parados aquí no ayuda de mucho. ¡Vamos a echar un último vistazo! —chilló, moviéndose hacia una de las camionetas—. No hay problema, ¿verdad? —Y miró hacia arriba de la plataforma, donde se encontraba Ignis, apoyado en la baranda.

—No lo hay. Pero vayan con cuidado. Pronto debemos cerrar la estación. Alguien debe quedarse esta noche.

Varys levantó su mano.

—¡Gracias, jefe! —exclamó Galo, subiéndose a la camioneta—. ¿Vamos, Aina?

—Yo iré en la motocicleta. Si nos separamos podríamos tener más oportunidad.

Su compañero le sonrió y dio un leve golpecito a Lucia, quien se encontraba en el asiento del copiloto. Vinny también iba con ellos.

—Gracias —agregó de pronto, Galo, luego de encender el motor.

—Idiota… Lio también es nuestro compañero. Yo también estoy preocupada por él.

Se separaron en el centro de la ciudad. Aina por el norte y la camioneta por el oeste. Necesitaban volver a repasar el área, por si se les había pasado por alto algún punto, pero las calles se encontraban demasiado silenciosas.

—¿Dónde pudo esconderse? —susurró la muchacha, girando con su motocicleta.

De pronto, tuvo la impresión de ver un rastro de la motocicleta de Galo, en sentido contrario. Volteó rápidamente para comprobarlo, pero el vehículo ya se había alejado. ¿Se habría equivocado?

Tal vez, el cansancio la estaba haciendo una jugarreta y no se lo mencionó a sus compañeros, cuando se reunieron cerca de la pizzería.

—Ya es muy tarde —bostezó Lucia, recostada sobre el panel del automóvil—. Creo que lo mejor es ir a descansar.

—Quizás vuelva mañana. Sus cosas siguen en su casillero, Galo.

Resignado, aceptó abandonar la búsqueda por esa noche y regresaron a la Estación. Al estacionarse, Aina se percató de la motocicleta de Galo, aparcada en un rincón. Éste, al darse cuenta, saltó del vehículo y se dirigió al casillero de Lio. Sin embargo, se encontraba vacío.

—¡Varys, Varys! —gruñó el muchacho, zamarreando al grandote, que se había quedado dormido sobre el sofá de la sala—. ¿Lio estuvo aquí?

El hombre, aún adormilado, meneó la cabeza.

—Cuando Ignis y Remi se marcharon, Lio no había aparecido —respondió, reincorporándose—. Tampoco me di cuenta en qué momento me quedé dormido.

Él había estado allí, tomado sus cosas y marchado. Nunca tuvo la sensación de derrota hasta ahora, y eso se estaba transformando en un peso bastante doloroso. El sentimiento que llevaba por dentro se vio reflejado en su rostro y ninguno de sus compañeros lo pasó por alto.

—Ve a dormir —susurró Aina, dándole una leve palmado en el brazo—. Al menos ya sabes que está bien.

Lucia estiró los brazos por sobre su cabeza, con gesto perezoso. Vinny estaba cabeceando sobre su hombro.

—Aina tiene razón. Es pasada de la media noche. Hoy ha sido un día largo.

—Tienen razón —concluyó Galo—. Es mejor ir a descansar—. Y dando un leve golpe a Varys en la cabeza, agregó: —Ve a dormir.

Apagaron las luces y cada uno se retiró a sus aposentos. Varys se quedó a dormir en una de la sala de descanso. Galo terminó de cerrar las dependencias y se encaminó hacia su pequeño cuarto.

Con el cansancio marcado en su rostro y la pena a cuestas, abrió la puerta y encendió la luz. Al fondo, próximo a la ventana, se encontraba Lio, con los brazos cruzados. Lucía pálido y fatigado, pero resaltaba el color de sus ojos. No sabía si era por el contraste de la luz y el fondo de la ventana, pero este detalle hizo que se diera cuenta de que en verdad él estaba allí.

—¿Lio?

—Ya me estaba preocupando. Es demasiado tarde, ¿dónde está…?

No pudo terminar la pregunta. Galo se había abalanzado hacia él para abrazarlo con fuerza. Lio notó la diferencia física con mayor notoriedad y se sintió diminuto. Tuvo que poner sus manos sobre el pecho ajeno para tratar de tomar aire.

—Galo, no me aprietes tan fuerte. Me estás asfixiando.

Aligeró la fuerza, más no el agarre. Su cabeza apoyada sobre el delgado hombro ajeno y los brazos rodeando su estrecha silueta, era un reflejo de la pesadez y la preocupación que abandonaba su cuerpo, como un velo de seda cayendo hacia el suelo.

—Galo…

—Recorrí toda la ciudad, fui al refugio… miré por todos lados y no podía hallarte. ¡Me tenías preocupado!

—¿Me… estabas buscando?

Galo lo afirmó de los hombros y lo alejó de golpe para mirarlo directamente a los ojos.

—¡Por supuesto que te estaba buscando! Después de lo que pasó hoy, necesitaba hablar contigo. ¡Necesito aclarar las cosas!

Lio cogió las manos de su amigo y las alejó.

—Sé que perdí la compostura en la tarde. No me encontraba bien. Esa rabieta fue innecesaria. Luego de meditarlo hoy… decidí que lo mejor era dar por cerrado esto. Para bien o para mal, no es bueno que queden cosas pendientes.

—¿Para bien o para mal?

—Tengo claro mis pensamientos hacia ti y eso podría afectar nuestro trabajo en equipo. Y al no percatarte de lo que está sucediendo, lo mejor era mantener la distancia. No has hecho nada malo, Galo. Quiero que tengas eso en claro. Al contrario, has sido un gran apoyo.

—Pero… es cierto que suelo ser despistado en algunas cosas, pero no soy tonto. En verdad estaba preocupado de no saber el motivo de tu enojo. Así que, para no llenarme la cabeza de ideas erróneas, por favor, sé directo conmigo.

Lio soltó un suspiro largo, mientras se alejaba para sentarse en los pies de la cama. Con aire agobiado, apoyó sus brazos sobre las piernas.

—La ambigüedad… —respondió al fin, sintiendo como el pesar que llevaba en su cuerpo desaparecía lentamente, tan solo con soltar aquellas primeras palabras.

—¿Ambigüedad?

Él asintió.

—La ambigüedad entre nosotros me incomodaba. Siempre has sido una persona abierta, clara y directa con tus pensamientos y deseos. Sin embargo, siento que no es así con la relación que hemos venido creando este último tiempo. Y esa ambigüedad es la que no me deja en claro que significo yo para ti. Tus atenciones, las repentinas muestras de cariño, no son comunes entre compañeros. Entonces… —levantó la mirada hacia él, con semblante serio, perdiéndose en aquellos expresivos ojos azules—. ¿Qué soy para ti?

 Galo tuvo que tragar saliva, pensando en una respuesta apropiada. Nada, ni nadie lo había preparado para enfrentar una situación como esta. Ni su ardiente corazón de bombero podría ayudarle si volvía a equivocarse.

—Bueno… —trató de responder, rascándose la parte trasera del cuello, nervioso—. Significas mucho para mí y… bueno… Por algo estaba preocupado, y…

El joven se levantó de la cama y quedó enfrente de él, con semblante desafiante y la postura seria.

—Me gustas, Galo Thymos.

Fuerte y claro.

—¡A mí también me gustas! —se apresuró a responder, con la energía que lo caracteriza—. ¡Por eso me gusta estar contigo! ¡Por eso te pedí que compartiéramos espacio! Somos compañeros y…

—¡No me refiero a eso! A mí no me gustas en el sentido que estás pensando.

—Lo sé.

La respuesta fue tan directa que lo tomó desprevenido. Dejando sus nervios y la vergüenza de lado, el semblante serio y sereno de Galo lo dejó sin aliento por breves segundos.

—Sé que tardé en darme cuenta a lo que te referías, pero no fuiste muy claro conmigo, tampoco. Yo también tengo claro mis pensamientos. A decir verdad… no sabía que decir al respecto —prosiguió, desviando la mirada hacia un costado, y apoyando su mano sobre su propia nuca, con gesto avergonzado—. Temía malinterpretar las cosas. Estaba confundido y no sabía cómo abordar este asunto. Si bien, invitarte aquí no fue con ninguna intención escondida, verte seguido me ayudó a ordenar lo que estaba sintiendo y darle nombre. Tenía miedo de decírtelo y que terminaras alejándote. Desde un principio, tuvimos una buena conexión, pese a todo lo que sucedió. Prefería callarme, antes de romper ese lazo.

Lio bajó la guardia y caminó hacia la ventana. Se apoyó en una esquina del marco, mirando hacia afuera.

Necesitaba algo de aire.

—En verdad… somos un par de idiotas.

Su postura lucía calmada, relajada, y Galo lo notó por la posición de los hombros.

Entonces, ¿por qué temblaba?

—Lio…

—¿Sabes por qué no podía dormir? No era por la falta de calor o la preocupación por los míos. Estaba estresado por este asunto —soltó una pequeña risa—. ¡Y yo que pensaba que eras ajeno a este sentimiento! De haberlo sabido, nos habríamos ahorrado el ridículo de la tarde, ¿no crees?

Galo se acercó con calma, y sin ninguna duda, lo abrazó por la espalda, apoyando su mentón sobre la cabellera verde limón.

—¿Podrías perdonarme?

El joven asintió, sin moverse.

—Ya no te irás, ¿verdad?

Giró entre los brazos ajenos y lo agarró de la ropa, para atraerle con fuerza y robarle un beso. El bombero apenas pudo corresponder.

  —¿Eso responde a tu pregunta?

El rostro se le iluminó de inmediato, y con una gran sonrisa lo levantó en brazos, gracias a un apretado abrazo de oso. Y por esta vez, a Lio no le importó que fuera tan grande y fuerte. Se colgó de su cuello y así se quedó.

El vacío del pecho había desaparecido. Un nuevo calor envolvía su alma.

 

 

 

 

 

 

 

Extra

 

 

Al día siguiente, Ignis anunciaba la reincorporación de Lio, a primera hora de la mañana, junto a un Galo radiante de energía, y un muchacho peliverde con mejor semblante y humor.

Lucia y Aina tenían el desvelo remarcado en el rostro, a causa de todo lo que había pasado la noche anterior. Ninguna pudo conciliar bien el sueño.

—Creo que Galo tendrá que compensarnos esto —bostezó la pequeña, tirada sobre su silla y con Vinny durmiendo en su cabeza.

—Definitivamente.

 

 

 

 

FIN