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Fandom:
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Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2021-06-06
Words:
1,225
Chapters:
1/1
Comments:
3
Kudos:
12
Hits:
85

Mejillas coloradas

Summary:

Rafael Barba y Sonny Carisi tienen una hija adolescente.

Notes:

holaaaa amigas esta es mi redención por el último fanfic tan dramático que escribí. espero que os guste y escribid x favor fanfics de ley y orden en castellano k yo me los leeré todos

Work Text:

—Nunca pensé que llegaría este momento, Rafael.

—Ya.

—Nunca.

—Los niños crecen.

—¡Tiene diecisiete años!

—Edad perfecta para el primer novio, ¿qué pasa? ¿En la iglesia católica os lo prohíben?

—¿Qué?

—¿Os imponían un celibato adolescente o algo así?

—No hace gracia.

Sonny daba vueltas alrededor del sofá. Estaba nervioso. Rafael no recordaba haberle visto así jamás, ni si quiera en su primera cita, ni si quiera en los casos judiciales más extremos, ni si quiera…

—Rafael.

—Dime.

—Tú pareces muy tranquilo.

Sonrió.

—Siéntate.

Rafael se hizo a un lado y dejó que Sonny se desparramara sobre el sofá. Se había echado dos litros de gomina y emanaba un fuerte aroma a plástico y menta. Parecía un balón de playa, absorbido por un calor abrasador que salía de su propio cuerpo. Era una buena descripción de Sonny, en realidad. Su destrucción empezaba y acababa en sí mismo. Rafael le trajo un vaso de agua fresca y le dio un beso en la coronilla empalagosa.

—Tú estás demasiado nervioso. Es un chico de diecisiete años. Él está más asustado que tú.

Sonny chasqueó la lengua.

—¿Tú crees?

—No todas las chicas tienen padres como nosotros. A mí me parece bastante amenazador.

El italiano bajó el mentón y se observó a sí mismo, evaluando hasta qué punto él podría resultar intimidante. Llevaba un polo azul cielo que en realidad no conjuntaba con su piel pálida: podía oír la voz de su madre recriminándole la mala elección. Y la gomina. Y las palmas de las manos, sudadas.

—¿Y si no le gusto?

—Sonny, te estás olvidando de que eres tú quien debe dar el visto bueno al novio de nuestra hija, y no al revés.

Un bufido más y vació el vaso de un trago.

—¿Y si no me gusta a mí? ¿Y si él la trata mal? ¿Qué hacemos entonces?

Rafael guardó silencio y miró a Sonny directamente a los ojos. Estaban agitados, no era un mar en calma. Lo entendía. Tanto él como Sonny habían dado la vida por su hija, Lillian —que era rubia como un pétalo y ya se echaba sombra de ojos—, pero a ambos les corroía la misma culpa: quizá no habían sido suficientes.

Demasiado absorbidos por el trabajo, habían optado incontables veces por contratar niñeras de todo tipo, desde jóvenes apenas salidas del instituto hasta señoras apunto de jubilarse. Pero nunca ellos. ¿Y si habían sido demasiado descuidados? ¿Y si su ausencia en la infancia traía consecuencias en la adolescencia de Lillian? La búsqueda de figuras paternas en hombres arrogantes, sexo descuidado —ya habían mantenido con ella charlas sobre sexualidad, pero ¿las tendría en cuenta?— una libertad que su hija, su pequeña, siempre su retoño, no sabría gestionar con propiedad…

—En ese caso… —Rafael carraspeó. Contestó con más seguridad de la que sentía—. En ese caso la ayudaremos y estaremos allí para ella. Como siempre.

Quizá no habían permanecido a su lado cada segundo, pero siempre en los momentos importantes: los partidos de baloncesto —Lillian era terriblemente mala, pero jugaba con una ilusión arrolladora—, cada obra teatral que su instituto organizaba —había abarcado un gran abanico de personajes: desde un erizo de mar hasta una versión modernizada de Ofelia— y todas las noches en las que lloraba hasta quedarse seca por discusiones con amigas. Tal vez la adolescencia había creado esa barrera infranqueable que desliga a los padres de sus hijos: tal vez Lillian besaba a muchos chicos y ellos no lo sabían o bebía alcohol barato en algún parque de Brooklyn, pero Rafael tenía fe en la sólida confianza sobre la que la familia estaba construida.

Los nervios de Sonny parecieron disiparse un poco cuando percibió el debate interno de Rafael: habían compartido esa inquietud muchas veces, por la noche, con la luna reflejada en las sábanas y en la nariz. Sus únicos momentos de paz, bañados en oscuridad. Sonny se inclinó hacia él y le besó en los labios.

—Voy a sacar la lasaña.

—Te ayudo.

Pusieron música para crear un clima apropiado: querían que Lillian se sintiera cómoda presentándoles a su novio. Mientras Rafael ponía la mesa, pudo ver el tembleque de los dedos de Sonny al sacar del horno la comida italiana. Antes de que empezara a servir cazó su mano y le besó los nudillos. Aunque se había cambiado de ropa hacía poco, el polo azul claro empezaba a llenársele de sudor. Rafael sonrió para sus adentros.

A las siete de la tarde sonó el timbre. Sonny y Rafael intercambiaron una mirada llena de significado antes de abrir la puerta. Sonny no fue capaz de distinguir el rostro del chico, pues Lillian se había tirado a su cuello.

—¡Hola, papá!

Después abrazó a Rafael, pero ambos le miraban a él.

—Este es Donald.

—Señor Barba, señor Carisi…

—¡Oh! Sonny, por favor. Pasad, pasad.

Resultó que Donald sí parecía intimidado. Llevaba una camisa blanca adaptada a sus hombros caídos, y su nariz apuntaba al plato vergonzosamente. Durante la primera hora apenas quitó la vista de la lasaña excepto para mirar a la alegre Lillian, que como siempre hablaba por los codos, muy alto, risueña, con esa expresividad dramática que tanto la caracterizaba. Sonny y Rafael vieron la adoración implícita en los ojos negros del joven y suspiraron tranquilos.

—¿Y cómo os conocisteis? —preguntó el fiscal.

Lo sabía a la perfección, pero quería oír la versión del chico. Él tomo aire, quizá para ventilar sus mejillas constantemente coloradas. Era la primera pregunta larga que le hacían.

—Hace dos años, en la función de Hamlet.

Le tembló la voz.

—¿A quién interpretabas tú? —quiso saber Sonny.

—A nadie. Sólo fui a ver. Me gustó la obra cuando la leímos en clase. Después me acerqué a felicitar a Lily…

—¡Estaba rojo como un tomate! ¡Más que ahora!

Lillian les narró su primera cita, pero la segunda y la tercera las contaron los dos juntos. Rafael y Sonny se reían porque ambos parecían igual de despistados, de propensos a vivir en mundos ajenos. Obviamente, los jóvenes omitieron las partes que implicaban contacto físico. Donald se mostró extremadamente educado y formal y eso les complació, pero, una vez más, era la forma en la que se miraban lo que les hizo nadar en un pozo de paz. Hacia el final de la noche, el chico ya tomaba parte activa en la conversación, aunque como siempre fue Lillian la que llevó la voz cantante. Su hija, eufórica mientras les explicaba la nueva obra teatral que preparaba, se manchó del tomate de la lasaña la comisura de los labios.

—Te has manchado —dijo Donald.

—¿Dónde?

—Aquí.

—¿Ya está?

—No. Espera.

Donald se acercó a Lillian y le limpió la comisura con su servilleta. Se sonrieron. Rafael y Sonny intercambiaron una mirada. Después de cenar jugaron al scrabble.

Por la noche, se metieron en la cama agotados. Estuvieron varios minutos en silencio, aunque ambos se sabían despiertos. Rafael agarró la mano de Sonny por debajo de las mantas.

—Me siento estúpido —dijo el italiano.

—¿Por qué?

—Es un chico normal. No sé qué esperaba.

Silencio.

—No es tu culpa, Sonny. —Le dio un apretón—. Trabajas en crímenes sexuales. Has detenido a gente de su edad.

La oscuridad bañaba sus cuerpos. No dijeron nada más. Se abrazaron durante un rato antes de dormir, muchas dudas disipadas. Lillian, al otro lado de la casa, también durmió plácidamente.