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Parte I
Los días grises se habían vuelto cosa de todos los días en la vida de Jean Kirschtein. No era culpa del clima, aunque ciertamente aquella semana la ciudad había estado cubierta por un permanente cielo encapotado. Era la neutralidad de la zona urbana, los edificios altos que se tragaban los rayos de sol, los ladrillos antiguos cubiertos de manchas de humedad en su exterior. La gente apagada. Los charcos de barro y mugre, consecuencia de una lluvia que había cesado poco rato antes.
Jean salía de la cafetería que solía frecuentar. Estaba guardando las libretas de la universidad dentro de la mochila, a la vez que empujaba la puerta con su cuerpo. Al salir y estar seguro de que había dejado todo en su sitio, levantó la mirada hacia la calle, y encontró el panorama de siempre:
Una ciudad gris.
Jean estaba amoldado a ella. Debía ser la capacidad de adaptación humana, quizás, el sobrevivir al sopor de la vida urbana. Era difícil mantenerse con motivaciones en un mundo así, atestado de gente, de malhumores. Humo, cenizas. Piedras, nubes. Vidrieras cubiertas de diarios, un pavimento destrozado.
Pero su oído captó algo fuera de lo normal dentro de todo aquel panorama. Gritos, música. Jean se alarmó. No era una batalla campal, al menos, porque los gritos no eran de angustia. Eran cantos. Una voz compuesta por miles de almas que vibraban en sus gargantas. Risas.
Luego vino el color.
Jean se preguntó, mientras la multitud se acercaba y avanzaba de pronto frente a sus ojos, cómo era posible que tantas personas estuvieran llenando de arcoíris un mundo que estaba muriendo.
Las banderas flamearon. La piel descubierta estaba cubierta de brillo, pintura. Era curioso ver cómo ninguna figura parecía repetirse: cuerpos de todos los géneros, todas las edades, todas las pieles y tamaños. Orígenes diferentes. Pero marchaban como uno solo, cargando con ellos un objeto invisible, común.
De pronto parecía tener sentido la denominación “Marcha del Orgullo”.
Jean se percató de que se había quedado mirándolos por largo rato. Él no tenía nada que hacer allí. Debía ir a su aburrido trabajo, y seguir con su rutinaria vida: Seguirles la corriente a sus compañeros, decir que “sí” a cada cosa que su jefe le pedía. Podía sonar sencillo, pero, a decir verdad, era extremadamente agobiante.
La multitud avanzó no solo por el centro de la calle, sino también por ambos cordones. Jean caminó contra ellos, dirigiéndose a la oficina donde trabajaba. Su cabeza gacha evitaba mirar hacia el grupo que lo rodeaba. Había algo que lo hacía sentirse… extraño. Presenciar tanta gente expresándose con tal libertad debía ser algo hermoso para los ojos ajenos. Pero a Jean le causaba una sensación de inferioridad que prefería reprimir. Ignorar.
Caminó ignorando las sonrisas, el abrazo grupal. Fue en dirección contraria a ellos, de vez en cuando rozando con un par de cuerpos que caminaban cerca suyo.
Quizás ir en la dirección opuesta no había sido la mejor de las decisiones después de todo, porque cuando alzó sus ojos, notó que la multitud no hacía más que aumentar. No había manera de atravesar esa marea sin que lo arrastraran con él.
Pensó en que, de no llevar una vida tan absorta del resto del mundo, hubiera podido prevenir algo así.
El chico se quedó de pie. Suspiró.
Había algo increíblemente irónico en aquella situación.
Cuando estuvo a punto de continuar su invisible lucha contra la aquella aglomeración, un cuerpo por poco chocó contra el suyo. Ambos se detuvieron a breves centímetros de distancia, y Jean se sintió sobrecogido. Echó los hombros hacia atrás, tratando de ocultar su propia inseguridad, a la vez que miraba directo a los ojos del sujeto que se había detenido frente a él.
Ojos color café, con un leve tono avellana, como pintitas. Una piel más oscura que la suya, bronceada. Y una explosión de pecas en todo el cuerpo. Era como si al tipo lo hubieran salpicado de café por todas partes.
Jean solía evitar al género masculino. Complejos de inferioridad. Y este sujeto no solo lo estaba haciendo sentir inferior, sino que de pronto lo acobardaba. Por su deslumbrante apariencia, porque Jean nunca había visto ni encontrado a un chico… a alguien tan…
Jean carraspeó, mirando incómodo hacia los costados. No había mucho espacio para caminar, y era claro que ambos estaban interrumpiendo el paso a otros, pero nadie decía algo al respecto. Los rodeaba un mundo preocupado únicamente por —al menos en aquel día— un cántico unánime, una fiesta a plena luz del día.
—Lo siento —dijo con educación, aunque evitando por completo la mirada del chico sobre él.
Debían tener la misma edad. Hasta casi tenían la misma altura, pero el muchacho frente a él parecía… mayor. Físicamente.
—Descuida —le respondió el desconocido. La amabilidad en su voz y el tono levemente jocoso le indicaron que estaba sonriéndole.
Jean se removió incómodo en su lugar.
—Bueno —dijo, mirando sobre el hombro del chico.
Debía comenzar a moverse, o aquello no tendría ningún tipo de fin.
—¿Vas en la otra dirección? —preguntó el chico de pecas. Jean asintió en respuesta, dedicándole una breve mirada—. Ya veo. —Su sonrisa se debilitó brevemente—. Es una lástima.
Aquel comentario provocó una reacción inesperada en Jean. Comenzó en su pecho, una especia de aflicción al sentir que su pecho se contraía. Se extendió por su cuello, cerrando su garganta, y dejó sus mejillas coloradas acompañado de la boca seca.
¿Qué…?
—Bueno —dijo el chico, imitando su forma de haber dicho aquella misma palabra—. Suerte con eso. Ten lindo día.
El chico se corrió hacia un lado, decidiendo dejar atrás a Jean. Al pasar por su lado, Jean sintió sus hombros rozarse por un breve segundo, que dejó una pesadez en su brazo al ampliarse la distancia.
Sin pensarlo mucho —porque tenía la cabeza abombada—, Jean retomó su camino contra la marcha que lo envolvía.
Quiso mirar atrás pero sabía que, aunque lo intentara, no llegaría a ver al muchacho. Ya estaría demasiado lejos, habiendo avanzado mucho más rápido que él.
Jean tomó su celular y miró la hora. No estaba apurado para llegar al trabajo. Podría sencillamente llegar a la esquina más próxima, tomar la calle perpendicular y caminar por la calle paralela para evadir la multitud.
Le quedaban veinte metros para llegar a la esquina.
Mierda.
Jean dejó de caminar en dirección opuesta a la multitud. Adelantó a un gran número de personas, más rápido de lo que había creído posible para sus pies agarrotados. En cuestión de segundos fue capaz de vislumbrar una nuca bañada en pecas.
—¡Hey!
No había forma en que lo oyera. La música sonaba alta, estaban aún a metros de distancia, y había gritos más altos que él suyo resonando a su alrededor. Pero por alguna cuestión milagrosa, el chico giró la cabeza lo suficiente para devolverle la mirada. En el primer instante pareció sorprendido; al siguiente, satisfecho.
Jean dejó que la marea lo arrastrara hacia él.
Esperaba que la corriente lo estuviera llevando al sitio correcto.
Parte II
—No entiendo qué tienes en contra de que me pinte el rostro —reprochó Marco mientras sostenía un bote con brillos de distintos colores—. Pensé que te gustaba la idea de venir a aquí.
“Aquí” era una librería de lo más mundana. Mientras la mayoría de los clientes rebuscaban entre las góndolas material para usar en sus empleos o vidas de estudiantes, Jean y Marco cargaban un canasto con pinturas, lentejuelas con diferentes formas, pinceles y cartulinas. Marco había insistido en que aquel año quería ir menos casual, más “abrillantado”.
Jean apenas estaba cayendo en cuenta de que estaría yendo a su primera marcha del orgullo. No sabía cómo sentirse al respecto. Su reacción natural a básicamente cualquier cosa era sentir ansiedad, por lo que… sí, era lo que sentía con la proximidad de aquella fecha.
Aquel último año había sido una montaña rusa para Jean. Partiendo desde el día en el cual conoció a Marco, el muchacho de pecas.
A decir verdad, aquel primer encuentro no había sido la situación mágica de la cual alguien estaría orgulloso de contar. Jean, tras la más corta crisis existencial de su vida, se había dado cuenta de que aquel chico de pecas le había parecido lindo. Y no de una manera objetiva: Sino que de la forma gay.
Pero cuando volvió a tenerlo frente a él, se dio cuenta de todo lo que aquello significaba. Por supuesto, nadie podría juzgarlo en una marcha LGBT. Pero, mierda, una vez fuera de allí, no había pensado en qué haría consigo mismo.
Quizás todo aquel pánico se vio reflejado en su cara, porque de pronto Marco le había sonreído de manera comprensiva, le había pedido el celular, y había guardado su número en él.
—Escribe cuando quieras.
Jean le había escrito esa misma noche, y al siguiente fin de semana, habían ido a comer al lugar favorito de Marco: un restaurante de comida mexicana.
Marco había salido del closet a los diecisiete, dos años después de haber comprendido que le gustaban los hombres. Tenía veinticuatro (veinticinco en la actualidad —unos meses mayor que Jean—), y estudiaba asistencia social a la vez que trabajaba de niñero.
Marco era un ángel. No había otra forma en que Jean pudiera describirlo. La segunda vez que se vieron, no pudo evitar besarlo. Y de ahí en más, fue cuestión de tiempo para que su relación se tornara algo serio.
En aquel año, Jean había procesado bastantes cosas de sí mismo, pero aún así, sentía que aún le faltaba comprender varias más. De momento, la bastaba definiéndose a sí mismo como bisexual. Los pormenores los estaba aún trabajando internamente.
Había sido difícil, pero haber tenido la compañía de Marco en todo momento, el haber contado con su paciencia, su comprensión, había sido un gran apoyo para él.
Jean nunca se había sentido tan cuidado, tan bien mimado. Y lo amaba.
Jean Kirschtein amaba a Marco Bodt, cada parte de parte de su ser.
Contempló a su novio sosteniendo los potes de pintura y brillos. Sonrió.
—No me gusta la idea de que ocultes tus pecas.
—Tienes 365 días al año para apreciar mis pecas, Jean —replicó el mayor, con un leve rubor marcándose en su rostro.
La sonrisa de Jean se extendió.
—No me basta.
Marco abrió la boca para responder, sin embargo, volvió a cerrarla sin soltar sonido. Observó por largos segundos los materiales que aún sostenía, y tras soltar una risita, las arrojó al canasto que cargaba Jean.
—Lo que sea, igual los usaré. Además, le prometí a Ymir prestarle un poco.
Ymir. Básicamente la amiga de Marco de toda la vida. Tenían planeado ir junto a ella y su novia, por lo que aquello que comentaba tenía sentido.
Jean no tenía la más ligera intensión de discutir con Ymir. Era el tipo de persona que podía patearle el trasero a quien sea si así le apetecía. Su novia, Historia, tampoco se quedaba atrás.
—No me dejas cumplir el papel de novio manipulador. A este paso Ymir creerá que te convengo.
Marco no había podido evitar soltar una carcajada al oír aquello. Era su pequeña broma interna: Ymir no confiaba en Jean, y aunque Marco había querido mantener a su pareja ignorante de aquel hecho, las expresiones de la chica lo habían dejado más que claro.
Jean estaba acostumbrado. Su carácter introvertido sumado a su cara de pocos amigos daba la impresión de un ser patán. Y en parte, sí lo era. O al menos él tenía esa concepción de sí mismo. Claro que cuando lo expresaba en voz alta, enseguida lo callaba el reclamo de su novio, quien no dejaba de decirle que era una persona excelente.
Jean no tenía idea de si era un buen sujeto o no. Solo sabía que quería intentar serlo, para al menos merecerse el afecto de Marco.
Mientras seguían caminando por las góndolas, Jean no podía dejar de ver la lluvia de pecas en la nuca y los hombros descubiertos de Marco. Las camisetas sin manga eran una cosa maravillosa. También lo era su piel tostada que lo había atrapado desde el primer día, al igual que el detalle de sus hombros anchos, o los dos centímetros que proclamaban a Marco como el más alto.
Aquello se había mantenido vivo desde el primer día. Sin embargo, Jean había comenzado a descubrir cosas nuevas únicamente gracias al pasar del tiempo. Al día a día junto a él. Como la calidez que emanaba, o la sensación de confort que tenía Jean al estar junto a él. El sentirse pequeño a su lado, pero que no fuera algo molesto, sino lo contrario. Su gentileza abrumadora. La seguridad en cada beso, cada abrazo.
Cada vez que Marco miraba hacia Jean, parecía como si tuviera frente a él algo demasiado preciado. Jean se preguntaba si acaso aquel no era el reflejo de sus propios ojos.
Jean acercó su mano a la de Marco, y de forma automática, brindada por la costumbre que habían aprendido a desarrollar, el mayor le devolvió el apretón inmediatamente. Sus dedos se entrelazaron, y mientras Marco sumaba material útil para sus clases de la universidad al canasto de compras, Jean solo se deleitó por la caricia constante del pulgar de Marco contra su propia piel.
Y al día siguiente, mientras Marco repetía aquel gesto en medio de una multitud que marchaba al unísono, a Jean se le había ocurrido que, todo aquel año, había creído que había marchado a contracorriente toda su vida, creyendo que era heterosexual, sin haber descubierto algo tan esencial de sí mismo.
Pero no había forma en aquella hubiera sido la dirección errónea. Después de todo, lo había llevado a toparse cara a cara con Marco Bodt.
