Chapter Text
—Repíteme una vez más por qué no puedo ir.
—¿Otra vez?
—Si te atreves. —Los ojos de Loki chispearon—. Repítelo si te atreves.
Mobius ni si quiera alzó la mirada: la pila de documentación le tenía muy ocupado. Se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz, húmedo después de —¿cuántas horas llevaba sentado en esa mesa? ¿Diez? ¿Quince?— tanto tiempo trabajando.
—No puedes soportar el Departamento de las Pesadillas, Loki. Te lo he dicho mil veces, ¿vamos a tener la misma discusión?
El asgardiano golpeó la mesa. Había apretado la mandíbula y tras los ojos se adivinaba el problema: su divino ego dañado. Mobius lo sabía. Y gracias al escándalo, el resto de sus compañeros también. Mobius ignoró a Loki y pidió al resto de agentes perdón con los labios, pero el ego del dios era difícil de manejar: parecía una bola de cristal, frágil y fácil de quebrar.
Mobius no intuyó que en ese momento había algo más que ego dañado.
Loki se inclinó hacia el agente, intentando rescatar una postura amenazante que, en realidad, no servía para nada cuando se trataba de Mobius. Pero algo se retorcía en su interior cuando un hombre le subestimaba. Aunque los humanos eran perfectamente inútiles, había una sola cosa que a veces usaban con agudeza: su lengua. El don de la palabra —ese erizo lleno de púas— destruía la ilusión de poder que Loki deseaba crear. Destruían el miedo. El miedo hacia él. Le comparaban con el Dios del Trueno o con cualquier vengador y le hacían insignificante, una hormiga, el Dios del Polvo. Solo hacía falta una frase como esa: no puedes soportarlo.
Hasta que llegó a la AVT Loki había vivido en el miedo de los demás, y si eso se tambaleaba no sabía dónde existir. No tenía más casa que el terror de los otros. O eso creía. Aunque estaba aprendiendo, aún quedaban en él muchos retazos de las ambiciones pasadas, como la sangre seca de todos sus crímenes.
—Puedo soportarlo, ¡soy un Dios!
—Sé que eres un Dios. —Sonrió irónicamente. Estaba muy cansado—. Me lo recuerdas a diario.
—Para ser tan listo, se te olvida continuamente. —Silencio. Loki cambió el peso de pierna y repitió—: Soy un Dios y puedo soportarlo.
—No es suficiente.
El asgardiano dio un paso hacia atrás. Los humanos le subestimaban porque no conocían las torturas que había sufrido... Pero Mobius sí. Mobius sabía su dolor. Mobius había analizado su vida, Mobius conocía todo de él, cada detalle, cada… y aun así…
—Te demostraré que te equivocas.
Mobius se cansó de tanta palabrería. Se quitó las gafas en un gesto casi teatral, las tiró sobre la mesa y se levantó de la silla. Estaba tenso, pero sus hombros todavía mantenían esa postura de larva retorcida, postura de secretario, burocrático, agente temporal de informes y tinta en los dedos.
—Loki, ¡lo digo por tu bien!
—Insolente. —Le resopló en la cara—. Me voy.
Loki caminó hacia la puerta, enfadado. Mobius se desparramó sobre su silla. Era difícil lidiar con Loki día y noche o lo que fuera que había en esa zona atemporal del universo.
—¡Pues vete, como siempre! ¡No voy a seguirte! —Eso es lo que quería el dios. Atención. Pues no. Que vea que sigo aquí, con mis papeles, con mi café, con mis cosas, con mi…—. ¡No me estoy moviendo! Mira, ¡sigo en mi silla más cómodo que nunca! —Pero Loki seguía caminando con fuerza. Sus compañeros empezaban a gruñir como lobos sobre sus mesas. Mobius sonrió nerviosamente. Empezaba a preocuparse—. ¡Haz lo que quieras! —Y Loki caminó y caminó. No se detenía y la no-atención no parecía perturbarle. Mobius tembló, ¿no era un farol?— ¡Si te mueres buscaré una variante nueva! —Y Loki, sin más, desapareció por la puerta—. Mierda.
Mobius se levantó de la silla escandalosamente. Se tropezó con sus propias piernas y se cayó sobre una compañera de rostro de piedra. Tenía gafas de luna y un entrecejo que estremeció al agente temporal.
—Controla a tu variante.
—Perdón, perdón. Es complicado. No se ha ganado el título de Dios del Caos en una tómbola, ¿sabes? —Soltó una risita y le dio un codazo amistoso.
Ella no se movió.
—Controla a tu variante.
Y se fue. Mobius se recolocó la corbata y salió corriendo en la misma dirección que su variante, según todos. Pero era demasiado tarde. Más allá de los despachos, el pasillo estaba vacío.
