Work Text:
—¿Vas a esperarme, Keiji?
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Pequeñas flores —rosadas y rojas— flotan sobre el agua tranquila. Cae una nueva con el pasar de los minutos, gracias a la brisa fresca que sacude las ramas de los cerezos y los obliga a dejarlas caer.
La noche es silenciosa, interrumpida de a momentos por el sonido del motor de los carros al pasar o por el cantar de los grillos. La luna brilla majestuosa en el firmamento, invitando a apreciar su belleza, y el ambiente es sereno; como si todas las personas al rededor hubieran caído en un sueño profundo o como si el reloj hubiese detenido sus agujas.
La pequeña fuente, donde reposan las flores de cerezo, esta escondida de la vista de las personas que visitan aquel parque y no saben de su existencia. Dejándose ver, en un rincón rodeado de maleza, a sólo aquellos que conocen el camino hasta ella.
Así como Koutarou.
Bokuto, deseando sentir la calma de la noche; reside sentado sobre la grama y la tierra y mientras recuesta la espalda en la blanca fuente, puede sentir a su corazón latir con fuerza —un, dos, tres latidos por segundo—, martillando su pecho con prisa y sin pena. El sudor en la palma de sus manos y el frío en su nuca delatan a los nervios que nacen desde sus entrañas.
Vestido en un elegante traje azúl oscuro, Koutarou mantiene su vista fija en sus zapatos formales de color café. La imagen es borrosa, quizás por la oscuridad que lo envuelve o por el alcohol en su sistema.
Él había encontrado la fuente hace muchas primaveras atrás, cuando su vida apenas comenzaba y aún era un niño de nueve años.
Fue una mañana, mientras jugaba a las escondidas con sus hermanas mayores —con tierra en las mejillas, el cabello revuelto y banditas en sus rodillas—,sus pasos apresurados por encontrar un sitio donde esconderse lo llevaron hasta ese lugar y el arrullo del agua le dio la tranquilidad que a esa edad no tenía. Había quedado maravillado por el correr del agua cristalina, sin saber de donde venía y porqué no se resvalsaba.
Ese día se escondió en otro lugar. No les dijo a sus hermanas sobre la fuente pero eventualmente regresó a ella, una y otra y otra vez, haciendo suyo ese pequeño rincón.
Ahora; con veinticinco años y un largo trecho de vida recorrido, ya no juega a las escondidas con sus hermanas mayores, porque ya ni siquiera comparte techo con ellas. Ya no tiene la cara manchada de tierra ni el pelo revuelto y las banditas ya no sirven para cubrir las cicatrices de su cuerpo. Pero lo peor de esto es que ese lugar ya no es suyo ni le da la serenidad que antes le traía.
Ya no es suyo porque ahora también es de Keiji y ya no le trae serenidad porque la fuente está rota y el agua ha dejado de fluir.
La fuente esta rota y Koutarou también porque Keiji no está ahí con él.
¿Qué había pasado con la fuente? ¿Hace cuánto tiempo no servía? ¿No le habían dado el mantenimiento que requería?
Bokuto no lo sabe y tampoco le importa, está demasiado perdido en sus propios pensamientos, en sus recuerdos y memorias. Su cerebro lo ha transportado a otra época, a cuando su interior no era un caos y el temblor en su cuerpo no se debía a la soledad que lo asecha.
Tenía dieciséis, aún usaba su peinado en pico y estaba vestido con el uniforme de su preparatoria; con la camisa fuera del pantalón y la corbata mal anudada. Las nubes en el cielo estaban pintadas de naranja y rojo, la noche estaba próxima a aparecer y enfrente de él estaba Akaashi.
Estaban los dos, uno frente al otro con las piernas cruzadas, a la par de la fuente de agua. Comían, Keiji una manzana y Bokuto una barra de chocolate, mientras charlaban sobre todo y nada, sin temor a que las estrellas los atraparan.
No era la primera vez de Akaashi en ese lugar. Les sabía a costumbre ir ahí todos los viernes, porque los viernes no tenían diversión extra, —como le gustaba llamar a Koutarou al hecho de obligar a Keiji a quedarse con él durante una hora y media practicando remates—, y debían irse temprano a casa, pero las ganas de robarle segundos al tiempo siempre nos hace inventarnos una excusa, e ir a ese lugar era la suya.
Pequeñas gotas de agua caían sobre su rostro pero a Bokuto no le importaba, su atención estaba únicamente en el chico de ojos azul verdoso adormilado delante suya y en la forma en la que cubría su boca para acallar las risas que se escapaban de su garganta.
Le encantaba.
A Koutarou le encantaba pensar que era él el único capaz de hacer reír a Keiji de esa manera, con sus malos juegos de palabras sobre búhos y las experiencias más ridículas que había vivido; su pecho se hinchaba de orgullo cuando la cara de Akaashi se contraía en expresiones divertidas y las risotadas empezaban a surgir desde su pecho, mientras negaba con la cabeza y despeinaba más su cabello.
¿Alguien más lo había visto de esa manera, guardando su expresión estoica y dejando a sus rasgos demostrar todas las emociones que muchos decían que no tenía? Koutarou no lo sabía, pero sí sabía que quería seguir siendo la razón de ello.
Los últimos rayos del sol se filtraban por las hojas de los árboles que los rodeaban, eran suaves y caían de forma adecuada sobre Akaashi, dándole un aspecto dulce. El viento le revolvía los mechones negros y el estómago de Koutarou se contrajo mientras se preguntaba si así se sentía estar enamorado.
Cuando era pequeño, los padres de Koutarou siempre le habían dicho que de grande debía enamorarse de una chica bonita, educada e inteligente.
Recordaba muy bien el día en que su padre lo llevó a ver un partido de vóleibol, tenía doce, estaba a un paso de entrar a la secundaria y su padre quiso hablar con él de hombre a hombre. Le había dicho que cuando encontrara a la mujer ideal debería cortejarla, regalarle flores y ser un caballero con ella; abrirle la puerta, escribirle poemas y darle su chaqueta cuando hacía frío. Le contó cómo había conocido a su madre, a dónde la llevó en sus citas y todas las canciones que le dedicó para conquistarla.
Ese mismo día, después del partido, su madre le habló de cómo le gustaban los chicos a las chicas; fuertes, respetuosos, honestos y románticos. Le dijo que le enseñaría a bailar porque a ellas les encantaba y también a cocinar porque eso lo haría ser un mejor partido.
Ahora, en ese momento, la voz de sus padres había sido empujada hasta el fondo de su mente, mientras Bokuto asimilaba cómo un hombre podía tener la belleza que Akaashi tenía; con sus gestos elegantes, sus expresiones sutiles y sus largas pestañas. Koutarou quería contarlas y pasar uno de sus dedos por sus cejas pobladas y desordenadas. ¿Estaba mal por querer hacer todo eso con Keiji y no con una chica? Él no lo creía.
Akaashi siempre le hablaba con paciencia, le explicaba lo que no entendía y lo ayudaba a estudiar aún estando un año atrás de él; se negaba a dejar de usar los honoríficos en su nombre porque eso no sería respetuoso, Bokuto-san, era amable y le compartía de su almuerzo en los días que no tenía tiempo de hacer el suyo propio.
El día en que Akaashi se presentó en la primera práctica del año escolar, su nombre retumbó en la mente de Bokuto, prometiendole que serían buenos amigos.
Y así fue.
En pocas semanas se encontraron regresando juntos a sus casas, almorzando en compañía bajo el viejo árbol detrás de las clases de segundo año y diciendo chistes que nadie más entendía.
Bokuto no sabía en qué momento había traspasado la línea de la amistad, pero ahora era demasiado difusa y ser llamado su mejor amigo ya no le era suficiente. Las palabras de su padre tomaron sentido cuando se encontró a sí mismo queriendo regalarle flores, escribirle poemas y darle su chaqueta aún en los días en que no hacía frío sólo para ver como se veía en ella. ¿Estaba mal por querer hacer todo eso con Keiji y no con una chica? No se sentía mal en absoluto.
Al contrario, pensar en Keiji de aquella manera hacía que una calidez agradable lo envolviera, sentía un cosquilleo en el pecho y la adrenalina corría por sus venas, quemando debajo de su piel. Se sentía igual de bien que un saque as, que un helado en un día caluroso y una buena nota en el examen de matemáticas.
¿Qué importaba si era con Keiji o con una chica? Koutarou decidió que no estaba mal querer hacerlo.
Sin pensarselo mucho y, dejando salir las palabras que llevaban guardadas durante meses en lo más profundo de su alma, abrió el bahúl que decía prohibido y dijo, con la voz empapada en honestidad, el corazón en la mano y su mirada amarilla puesta en la contraria.
—Te quiero, Akaashi.
El peso que no sabia que tenía en la espalda lo abandonó de a poco y en su lengua quedó el sabor de haber dicho lo correcto. El silencio tomó la palabra por unos segundos mientras Bokuto veía como la cara de Keiji se coloreaba de un lindo tono carmín.
Bokuto quería besarlo.
Akaashi abrió la boca y volvió a cerrarla repetidas veces, dudando de sus próximas palabras, pero sus ojos nunca dejaron los de Bokuto. Tenían un brillo especial, algo así como sorpresa mezclada con emoción y emoción mezclada con algo más.
Una suave curva de formó en los labios de Keiji, sus hombros se elevaron en signo de timidez y Koutarou sintió que se derretía cuando finalmente habló.
—Te quiero también, Bokuto-san.
Ese día ambos llegaron tarde a casa.
Bokuto caminó las pocas cuadras hasta la puerta de su hogar como quien camina dos centímetros por encima del azfalto. Se sentía levitando con una sonrisa radiante, balanceando la cabeza mientras tarareaba la canción más feliz conocía.
Porque ese día, en su pequeño lugar y en presencia de la fuente de agua, él había compartido sus primeros besos con Akaashi. Besos con sabor a manzana con chocolate, inocentemente malos y sin experiencia pero que les dieron inicio a su historia de amor.
Su respuesta había sido obvia, pensó Bokuto en la penumbre de la noche. Algo tan especial como lo que había sentido cuando era un adolescente no podía no ser recíproco, un sentimiento tan puro debía ser mutuo y así había sido.
La vista de Koutarou seguía fija en sus zapatos formales de color café. La imagen era borrosa, quizás por la oscuridad que lo envolvía, quizás por el alcohol en su sistema o tal vez por las lágrimas que empañaban sus ojos dorados.
Un suspiro sale de sus labios, de esos que sirven para controlar el llanto inminente. Siente picazón en la garganta y un vacío en el estómago. Mentía, lo que había sentido de adolescente aún vivía en él; con la misma intensidad, con las mismas ganas, con el mismo anhelo y ya no era recíproco, ni mutuo ni correspondido.
Un zumbido proviniente del bolsillo derecho de su pantalón de vestir llama su atención, es su celular avisándole que tiene un nuevo mensaje. Lo saca con lentitud, lo desbloquea y lee las palabras en la pantalla:
De: Tetsurou
¿Dónde estás, Bo? No me di cuenta cuando te fuiste. ¿Estas bien? Dime donde estás y estaré ahí lo más rápido posible.
[ Recibido, 11:23 p. m. ]
Un nuevo texto aparece un segundo después.
De: Tetsurou
Respondeme, Koutarou. Mandame la ubicación e iré a hacerte compañía, no tienes que afrontar esto solo. Yo estoy aquí para ti.
[ Recibido, 11:24 p. m. ]
Bokuto siente que no puede respirar, el aire se le escapa de los pulmones y le pide perdón en silencio mientras guarda su celular en el bolsillo. No está bien y no quiere su compañía. No está bien y no quiere decir dónde está porque ese pequeño rincón y esa pequeña fuente blanca han sido testigos de momentos que no está dispuesto a compartir con nadie más.
Momentos junto a Keiji que quedarán entre esos árboles a través del tiempo. Si se concentra lo suficiente aún puede escuchar el eco de sus risas despreocupadas, aún puede oír las palabras tímidaz que alguna vez dijeron con los rostros pintados de rosa, aún puede sentir el calor rodearle y la familiaridad de un te quiero le hace sentir que tiene dieciséis otra vez.
Las lágrimas le nublan la vista de nuevo, el maldito teléfono zumba sin parar y las ganas de gritar se hacen presentes. Su mente vuela, en un intento desesperado de encontrar paz, y lo lleva a unos años en el pasado; una noche tranquila de junio, cuando se preguntaba si amar era tan fácil como parecía.
Se encontraba acostado en su cama, siendo la luz de la luna, entrando por la ventana, lo único que iluminaba la habitación. Se sentía cansado, los ojos le pesaban y estaba listo para caer en los brazos de Morfeo, pero una voz baja y aterciopelada lo mantenía despierto.
Era Keiji.
—¿Qué es el amor para ti, Kou?
Akaashi estaba acostado a la par de él. Piel con piel, con la cabeza en su pecho, usando sus latidos como una canción de cuna que conocía muy bien. Su rostro relajado y una suave sonrisa en su boca, a la espera de la respuesta de su amante.
Bokuto no sabía que hora era, pero estaba seguro de que se había hecho tan tarde que se volvió temprano; el sol no tardaría mucho en aparecer pero eso estaba bien, siempre le había gustado como se veía Akaashi iluminado con los débiles rayos del sol mañanero.
—Tú, Keiji— Respondió sin duda, sonando ronco y grave porque llevaban un largo rato sin hablar.
Porque a veces hacían eso, se quedaban en silencio disfrutando de la compañía del otro sin la necesidad de decir las palabras que ya se sabían de memoria; palabras grabadas en cada pequeña acción, en cada roce, cada beso y cada mirada discreta, pero lo más importante es que eran palabras sentidas en el interior de sus costillas, apretando lo suficiente para acelerar sus corazones pero dejando el espacio suficiente para dejar a sus pulmones respirar.
Podían decir que así era su amor: abrasador, intenso y fuerte, pero también era tranquilo, seguro y estable; como si fuese una mezcla de los dos y tal vez lo era porque ambos lo habían cosechado a lo largo de los doce meses que tenía su noviazgo. Lo habían hecho con dedicación, paciencia y perseverancia, cuidándolo con la delicadeza que requería lo más preciado que tenían.
—El amor tiene tu nombre y apellido, cariño— Agregó Bokuto después de unos segundos y la ligera risa de Akaashi no se hizo esperar.
Bokuto lo sabía, le gustaba ser así de muy cursi y eso, de alguna forma que no comprendía, hacía reír a Keiji todo el tiempo.
Entonces Koutarou entonó, en un tono falso de indignación, «¿De qué te ríes, eh? No dije nada gracioso.» sólo para escuchar a Keiji reír un poco más. Él rió también.
—Eres demasiado empalagoso, Kou.— Akaashi se excusó, trazando pequeños círculos con sus largos y finos dedos en el torso desnudo de Koutarou.
Bokuto lo sabía y también sabía que a Keiji le encantaba. Podía notarlo en cómo sus rasgos se empapaban de vergüenza cuando decía cosas como esa —o cuando lo llamaba por apodos cariñosos—, en cómo respondía en un volumen parecido al de los susurros y en como se sonrojaban sus lindas orejas.
Koutarou pensaba que era entrañable.
Después de un pequeño debate sobre si la respuesta de Koutarou debería ser o no válida, junto con un par de besos, un par de caricias y unos cuantos eres tan hermoso y te amo demasiado. Bokuto terminó dándole a Akaashi la respuesta que quería, como si alguna vez él hubiera podido negarle cualquier cosa.
—Para mí hablar de amor es como hablar de aceptación, comprensión y compromiso.
Ahora estaban recostados en la cama de tal forma que podían verse a los ojos, el dorado conectado al azul verdoso y Bokuto no podía ignorar lo bien que se sentía estar ahí en ese momento. La sensación de hogar siempre la encontraba cuando Keiji lo veía de esa manera, con la ternura bailando en sus pupilas y el amor en el lugar donde el azul y el verde se mezclaban.
Koutarou estaba seguro que Akaashi podría encontrar en sus ojos dorados la adoración que sentía por él, las ganas de amarlo y la disposición de estar a su lado hasta que la vida se lo permitiera.
¿Amar era tan sencillo?
Con Akaashi todo siempre le resultó sencillo, desde ser hasta estar y eso ya le resultaba irreal; como alguien tachado de desagrable y demasiado ruidoso para el bien de los demás, era imposible no pensar que había una trampa en todo aquello. ¿Amar era tan sencillo, realmente? Debería serlo.
—Te amo porque te acepto tal cual eres, Keiji.— Hablando lento, Bokuto prosiguió. —Te comprendo porque me he tomado el tiempo de conocerte, conozco tus miedos, conozco tus sueños y déjame decirte que quiero estar aquí para verte vencerlos y cumplirlos, porque estoy seguro de que lo harás— dijo, acariciando con dulzura el borde de la cara de Akaashi. —Y tengo un compromiso contigo y nuestra relación, de cuidarte y cuidar lo nuestro.
Bokuto supo que había dicho algo bien cuando vio la tierna sonrisa en Keiji, pero él no había terminado.
—Es por eso que acepto todas tus rarezas, Keiji, como cuando le pones un cubito de hielo al café, ¿quién demonios hace eso?
Akaashi movió su mano del torso de Bokuto hasta su brazo, para darle un suave pellizco y ambos rieron luego de un sonoro «¡auch!» de parte de Koutarou, a él no le molestaba ni le dolía aquello, pero nunca dejaba pasar la oportunidad para exagerar un poco.
—¡Ya hablamos de las agresiones, Keiji! ¡Si quieres mostrarme tu amor, basta con que me digas que me amas!
Y sin esperarlo, Bokuto sintió a Keiji posar sus labios contra los suyos, fue apenas un suave toque pero Koutarou no perdió tiempo y comenzó a mover su boca con lentitud, besando a Akaashi como sabía que le gustaba; con parsimonia y delicadeza, disfrutando de cada parte de sus labios como si su vida se le fuese en ello.
Koutarou deslizó una de sus manos para agarrar la nuca de Akaashi y acercarlo más; sentía que nunca tendría suficiente, los besos de Keiji siempre lograban dejarlo mareado, con la cabeza ligera y sintiéndose completo. Sus labios sabían a miel, ternura y a una vida por delante.
Keiji fue el primero en alejarse, sólo lo suficiente para que sus miradas se encontraran, sus respiraciones se entremezclaban y la atmósfera era cálida a pesar de que el invierno se acercaba.
Bokuto cerró los ojos y frotó su nariz con la de Akaashi, un gesto amoroso que ambos disfrutaban.
El silencio establecido se vio interrumpido cuando Keiji habló una vez más.
—Te amo, Koutarou.
Y así; en la intimidad que les regalaba la noche, besos de esquimal y declaraciones de amor, Bokuto se dio cuenta que sí, amar era así de sencillo.
Una risa sin gracia sale de los labios de Bokuto. Puede sentir como el clima se hace más frío después de cada respiración, helandole los huesos y la sangre. La espalda empieza a dolerle por la incómoda posición en la que ha estado sentado en los últimos 45 minutos. Piensa que podría haberlo sabido mejor, amar no es fácil, amar no es un paseo por el parque.
Había sido tonto, iluso, demasiado joven. Su visión infantil del mundo lo había cegado, haciéndole pensar que podría enamorarse sin ninguna condición y sin ningún pero. Por supuesto que amar no es fácil, amar no es un paseo por el parque, no cuando existen personas a las que no les gusta ver a otros amando ni siendo amados.
No cuando se trata de dos hombres, no cuando son dos mujeres y no cuando los que se quieren son más de dos personas.
De repente se siente cansado, exhausto. Otra risa brota de su garganta, ésta vez más amarga, Bokuto ve al cielo negro y pregunta a las estrellas «¿Por qué?» Ellas no responden, brillando orgullosas mientras se burlan de él al estar tan hermosas como aquella vez en la que le prometió a Keiji estar juntos hasta que ellas ya no aparecieran.
¿Qué había pasado con ellos? ¿Por qué ya no estaban juntos? ¿No habían cuidado su relación?
Koutarou lo sabía pero le encantaría culpar al mundo, a la sociedad, a la religión, a los malditos prejuicios o quizás a sus padres o quizás todo eso junto, pero una parte de él le dice que todo lo que pasó fue culpa suya.
Fue tonto, iluso, demasiado joven y demasiado cobarde. Tuvo la solución al alcance de la mano pero se negó a tomarla, hizo promesas que jamás cumplió y se siente estúpido mientras las gruesas lágrimas se le escapan de los ojos y bañan su rostro. Son pesadas, saladas y saben a lo siento tanto.
No sabe exactamente a quién le pide perdón, tal vez a Keiji, tal vez a sus padres fallecidos o más seguramente a su yo de hace casi una década.
Siente la boca seca por la ausencia de las palabras que nunca se atrevió a decir y el cuerpo entumecido por las decisiones que nunca se atrevió a tomar.
Han pasado siete años y el recuerdo del día en que sus padres se enteraron de su relación con Keiji sigue fresco en su memoria, la última conversación que tuvo con él como su amante vino sólo un poco después.
Rápido.
Sus piernas lo conducían de forma automática por las calles que lo conocían muy bien; habían sido testigo de la forma en la que se escabullia de casa y caminaba por ahí a la una de la mañana para encontrarse con Keiji en la vereda de su casa.
Ahora también se había escabullido y eran la una de la madrugada, corría mientras sentía el golpe seco de su corazón en sus oídos, la respiración entrecortada y las manos del miedo estrujandole el pecho.
Cruzando una esquina, divisó a lo lejos la casa de su pareja y una figura borrosa sentada en las gradas de afuera, era Akaashi, con cara de dormido y su pijama de búhos.
Le dolió demasiado la forma en la que la expresión de Keiji cambió de enfurruñada por haberlo despertado a la preocupación cuando lo vio tan agitado. Akaashi se paró y se acercó a él, encontrandolo en el camino.
—¿Qué pasó, Kou?
La voz de Akaashi sonaba tan plana como siempre, pero Koutarou pudo distinguir el sutil temblor en ella.
Bokuto se tomó unos segundos para tomar aire con los ojos fijos en el azfalto debajo de ellos, incapaz de ver a los azules verdoso que lo veían.
—Mis padres se enteraron, Keiji... No sé, no sé cómo lo hicieron o quien les dijo pero ahora lo saben— dijo Bokuto, buscando a tientas las manos de Keiji para apretarlas con las suyas. Era cierto, en sus dos años de relación siempre habían sido cuidadosos, guardandose las muestras de afecto para cuando estaban completamente solos.
Koutarou sabía que seguramente sus padres no tomarían bien la noticia de que su hijo tenía novio, pero tampoco planeaba esconderse por siempre; su plan era hablar con ellos con calma, explicarles lo que sentía por Keiji y asegurarles de que era feliz.
Pero todo aquello se vio interrumpido cuando llegó a su casa esa tarde, había sido recibido con los gritos de su padre y las lágrimas de su madre. Pudo ver la decepción en sus ojos, sus palabras se clavaron como cuchillos en su espalda y lo hicieron sentir enfermo.
Una de las manos de Keiji se apartó de su agarre y se elevó hasta la cara de Koutarou, obligándolo a verlo a los ojos.
—Oh, Kou... ¿Fue muy malo?
En realidad, una parte de Bokuto no quería responder la pregunta.
—Ellos dijeron muchas cosas que me lastimaron.— Un sollozo interrumpió sus palabras, sentía que no podía respirar. — Dijeron que soy asqueroso, Keiji, y que si no termino con esto, entonces tendré que irme a otro lugar.
Las palabras que decía lo hacían sentir débil y el tono despectivo en la voz de su padre resoba en su cabeza, nada parecido al amoroso con el que siempre le hablaba.
—Dios, Koutarou... Lo siento tanto.— Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Bokuto cuando Akaashi lo atrajo hacía él para abrazarlo. —Puedes quedarte aquí, ¿lo sabes, verdad? Mis padres te aman y saben de nosotros. Si les explicamos la situación estoy seguro de que aceptarán.
El delgado cuerpo de Keiji temblaba contra el suyo, sus manos se sentían frías en su espalda y su camisa empezó a sentirse húmeda. Bokuto deslizó sus brazos por la cintura de Akaashi, sintiendo una vez más como aquella pequeña acción se sentía correcta, como la primera vez que lo hizo.
Por la posición en la que estaban, podía oler el olor al shampú de Keiji, refrescante y familiar. Las lágrimas no tardaron en aparecer.
¿Cómo podría decirle que no podía aceptar su oferta, aunque todo dentro de él le pedía que lo hiciera? Porque todo dentro de él también le pedía que no dejara que sus padres lo despreciaran.
Inhaló aire con fuerza, apretó a Keiji más cerca y dijo en voz baja:
—No lo entiendes Keiji. Yo no puedo irme... Yo no puedo decepcionarlos.
Pudo sentir como cada músculo de Akaashi se tensó ante sus palabras y lentamente echó su cuerpo hacia atrás hasta quedar frente a frente. La oscuridad de la noche les hacía difícil la tarea de distinguir con facilidad los rasgos del otro, pero Bokuto pudo ver la confusión en la cara de Keiji.
Por un momento no pudo evitar sentir que el tren estaba dejándolo, como si estuviera perdiendo lo que nunca debía permitirse perder, pero el miedo a defraudar a los que lo vieron crecer era más grande y aterrador.
Hubo un largo silencio, ensordecedor, y con el paso de los segundos la comprensión parecía caer sobre Akaashi.
—Ellos van a entenderlo, Keiji. Haré que lo hagan.— Sus dedos se clavaron en la suave piel de Akaashi, sentiendo que el amor se le escapaba de las manos, como algo demasiado grande para él.
Akaashi seguía viéndolo, con los labios entreabiertos y con un ligero movimiento de cabeza de lado a lado. «no»
—Voy a convencerlos de que no hay nada malo con nosotros, lo prometo. — La lengua de Bokuto se tropezaba consigo misma por la rapidez con la que hablaba, desesperado por mostrar sinceridad ante una promesa que no estaba seguro de poder cumplir. —Entonces regresaré, Keiji. ¿Vas a esperarme?
Las manos de Akaashi cayeron a sus lados, dando un par de pasos hacia atrás, lejos de Bokuto. Giró la cabeza hacia un lado, su vista fija en un punto detrás de Koutarou.
Se lamió los labios y dijo:
—Se hace tarde, Kou.
Bokuto estaba preparado para esas palabras, lo sabía, desde que sus padres empezaron a gritarle unas horas atrás se imaginó las mil respuestas que Akaashi podría darle. Estaba preparado para esas palabras, pero el dolor que lo invadió lo amenazó con hacer a sus rodillas flaquear.
Sabía que lo que pedía era egoísta, que Keiji merecía que lo amaran sin importar nada y sin tener dudas, pero Bokuto estaba entre la espalda y la pared; siendo obligado a elegir entre su familia y su novio, ¿no era egoísta eso también?
Koutarou se acercó a Akaashi, cauteloso, y lo intentó de nuevo.
—¿Vas a esperarme, Keiji?
La fría brisa de enero revolvió los negros mechones de Akaashi. Bokuto recordó por un instante aquel día cuando estaban a la par de la fuente de agua. ¿Así se sentía estar enamorado?
—Regresa a casa, Koutarou.
No.
Esa noche Bokuto caminó las pocas cuadras hasta la puerta de su hogar con un agujero en el pecho, con lágrimas en sus mejillas y los labios temblorosos.
Sus padres nunca lo entendieron. Bokuto no regresó y ellos no volvieron a hablar.
Las flores de cerezo seguían cayendo sobre el agua tranquila, Koutarou las vio y recordó porqué está vestido con ese elegante traje azul oscuro y zapatos formales color café.
Después de la ruptura los padres de Bokuto no estuvieron dispuestos a volver a hablar del tema, como si aquellas crueles palabras nunca hubieran salido de sus labios, ignorando por completo el dolor que le habían causado a su único hijo varón. Bokuto continuó haciendo lo que normalmente hacía; asistió a sus clases en la universidad y practicó con el equipo universitario, regresó a casa todos los días y fue un buen hijo.
Eventualmente los días se hicieron semanas, las semanas se hicieron meses y los meses se hicieron años.
Cuando tenía veintitrés se graduó en la carrera de Ciencias del Deporte, fue reclutado por MSBY y se volvió un jugador profesional de vóleibol. Fue bueno, en verdad, sus compañeros de equipo fueron agradables y reencontrarse con viejas caras conocidas le ayudó a adaptarse con facilidad.
Disfrutó de su sueño hecho realidad, disfrutó de los gritos del público llenando el recinto segundos después del ruido seco de la pelota contra el suelo debido a un poderoso remate o un saque as, disfrutó de la ilusión en los ojos de los niños cuando después de los partidos se acercaban a él para pedir que les firmara la camiseta.
Disfrutó cada segundo en la cancha y brilló en ella como el que hace lo que realmente lo apasiona, sintiendo que nació para estar ahí.
Los amores fueron y vinieron, nada realmente serio y nada realmente bueno, sin evitarlo, una parte de él siempre volvía a Keiji; como cuando veía a una persona tomando café y se preguntaba si ella también le ponía un cubito de hielo para enfriarlo, cuando se despertaba a la una de la madrugada y sentía que debería estar en otro lugar o cuando iba a su pequeño rincón, tal vez dos veces al mes, y debía comer en soledad.
Se acordaba de él cuando alguien mencionaba su color favorito, el amarillo porque me recuerda a tus ojos, Kou, se acordaba de él cuando oía la canción que solían bailar en la habitación de Keiji cuando estaban la solas y se acordaba de él cuando se juntaba con sus viejos amigos y su espacio en la mesa resultaba vacío.
Sabía, por amigos en común, que Akaashi era editor de manga. A veces lo veía en las fotos que posteaba Kenma en instagram, muchas veces su pulgar se detuvo a milímetros de la pantalla antes de enviarle un mensaje porque la cobardía no es algo que se vaya con los años.
Un día, sin embargo, la vida volvió a mover los hilos y los hizo coincidir una vez más.
Sin previo aviso, en el supermercado, Koutarou tenía puestos unos pantalones de chandal gris, una camiseta blanca y unos tenis del mismo color mientras caminaba por el pasillo de los cereales cuando su cuerpo chocó contra uno más pequeño.
Sus ojos se posaron en la otra persona, quien tenía las manos en la espalda, y reconoció al instante los ojos adormilados que le devolvieron la mirada, esta vez tras el cristal de las gafas que Bokuto decidió que le sentaban hermosas. Su peinado era diferente, más largo en el flequillo, pero se veía igual de suave al tacto.
Cuando Akaashi lo llamó Bokuto-san otra vez, una mezcla de sentimientos contradictorios se apoderó de Bokuto; el amargo recordatorio de que él ya no era Koutarou para Keiji fue desolador, pero el recuerdo de que así había sido cuando se conocieron le dio la esperanza a una segunda oportunidad, un nuevo comienzo.
Ese día charlaron mientras hacían las compras de la semana, intercambiaron números telefónicos y Koutarou no ignoró que el brillo en los ojos de Akaashi parecía intentar gritarle algo, pero él no supo entenderlo.
Se mantuvieron en contacto, su pequeña amistad se basaba en mensajes de texto a las diez de la noche y una salida a la cafetería una vez al mes. No hablaron del pasado, cuando Bokuto intentó explicarse Akaashi se limitó a asentir y decir está bien, Bokuto-san, llegando al acuerdo tácito de que hablar de aquello era innecesario.
Después de todo ya habían pasado más de seis años.
Bokuto nunca lo admitiría en voz alta, pero la idea de empezar de nuevo se aferró a cada pedazo de él.
Ese fue su mayor error.
Cuatro meses después de volver a encontrarse, Koutarou llegaba a su departamento con el bolso deportivo en el hombro izquierdo y una botella de agua en la mano derecha. Al cruzar el umbral un sobre en el suelo llamó su atención, seguramente alguien lo había empujado por debajo de la puerta, lo tomó entre sus manos y rasgó el papel sin cuidado.
Adentro del sobre se encontraba una especie de cuadernillo tamaño mediano, con detalles celestes y con una textura rugosa, se dio cuenta que era una invitación.
Era la invitación de una boda y Bokuto pudo sentir como su sangre se heló.
En letras preciosas, cursivas y elegantes estaba escrito en grande, en medio del papel:
Osamu Miya y Akaashi Keiji.
La cabeza de Bokuto pareció empezar a dar vueltas, se sintió mareado y creyó que vomitaría en cualquier momento. Su garganta se cerró con fuerza y por su mente pasó la idea de llamar a Keiji y pedirle una explicación. Demonios, él ni siquiera había mencionado que tenía pareja.
Ese día no lo llamó, decidiendo que esa idea no tenía ni pies ni cabeza. Después de recuperar la compostura, aguantarse las lágrimas y lavarse la cara, Koutarou hizo su rutina con normalidad. Cenó lo que cenaba todos los jueves, vio la serie televisiva de las ocho y se fue a la cama una hora después. Pero el vacío en su interior no lo dejó —ni siquiera cuando finalmente se quedó dormido a las tres de la madrugada— y al día siguiente, bajo su peor juicio, devolvió la invitación con un asistiendo.
Bokuto, un mes después, no sabe exactamente porqué decidió asistir a la celebración, quizás para asegurarse de que no era una broma o porque sabía que necesitaba algo como esto para dejar ir a Keiji de una vez por todas.
Piensa que hubiera preferido que el destino utilizara una forma más amable para hacerle saber que Akaashi ya no es de él. ¿Alguna vez lo fue? No. Keiji siempre fue libre, pero saber que sus brazos ya no son casa de su cintura lo consume de a poco.
Todo parece consumirlo de a poco; saber que desperdició su oportunidad de estar a su lado, que lo dejó el tren, que el amor se le escapó de las manos y que perdió lo que nunca debió permitirse perder.
Culpa al mundo, a la sociedad, a la religión, a los malditos prejuicios, a sus padres, a todo eso junto y vuelve a llorar.
Llora como ha llorado todos estos años, como un niño que perdió a su mejor amigo, a su compañero y con quien quería pasar la vida entera.
Pero sobre todo llora porque siente, en lo profundo de si mismo, que se lo merece.
Ve su reloj de muñeca, es casi media noche, casi doce horas desde que rentó este traje azul oscuro, porque fue el primero que vio y casi doce horas desde que se puso estos zapatos formales de color café, porque son los únicos en su armario.
Este día fue uno caluroso de verano. El sol relució en el cielo despejado y junto a los pájaros cantando dio la ilusión de que ese sería el mejor día de su vida.
Bokuto ni siquiera se dio cuenta.
No se dio cuenta de eso ni de la mayoría de cosas que sucedieron después. Su memoria está borrosa desde que llegó a la ceremonia hasta que puso un pie en el parque.
El molesto zumbido proviene de su bolsillo una vez más le recuerda haberse topado con Kuroo en la entrada del salón, cuando sus pies estaban a punto de dirigirlo en dirección contraria. Ve la fuente detrás de él y recuerda la manera en la que no se perdió ni un solo segundo de la belleza de Akaashi en su traje blanco. Ve las flores de cerezo y recuerda el tono y el movimiento de los labios de Keiji mientras decía sus votos matrimoniales. Por último ve al cielo, a la luna, y recuerda el brillo en los ojos de Akaashi, parecían gritarle algo de nuevo pero él no supo entenderlo.
Recuerda haberse ido cuando se les dio a los novios el tiempo y espacio para que bailaran solos. Había reconocido la canción en los primeros acordes y se sintió débil, sus ojos se aguaron y no pudo más.
sparks, coldplay.
Realmente lo había intentado, había puesto su mejor sonrisa, fue amable con los invitados que se acercaron a él y felicitó a los novios con una palmada amistosa en el hombro.
Pero entonces fue incapaz de ignorar que ellos también habían bailado esa canción, se sintió increíblemente incapaz de ignorar que esas notas preciosas él las había tocado primero, que las palabras entonadas habían salido de su boca antes y que era él el que debía estar bailando con Keiji en ese momento.
Había salido del salón con prisa, con la fresca brisa —y la cruel realidad— golpeandole la cara y dejó a sus piernas llevarlo hasta el único lugar donde podría encontrar un poco de consuelo.
Es así como ha estado sentado durante una hora a la par de la pequeña fuente de agua que lo ha acompañado desde que tiene nueve.
Piensa en la pequeña caja de zapatos en el fondo de su armario, a veces olvidada durante semanas pero siempre recordada, es ahí donde residen las polaroids que se tomaron el uno al otro mientras estaban distraídos, las pequeñas notas de colores con no olvides que te amo y te veías muy guapo hoy. Es ahí donde residen los tickets de las películas que alguna vez vieron juntos y las cartas que Keiji le daba el doce de cada mes. Es ahí donde residen sus recuerdos intactos, su trama completa y siente que está mal tenerla cuando probablemente alguien más lo tiene entre sus brazos.
Y maldice a la pequeña gran parte dentro de él que desea que Keiji aparezca una vez más para poder escuchar de su dulce boca cada una de las promesas que una vez hizo y él no dejó que las cumpliera. Para poder decirle que se equivocó, que nunca debió escuchar a sus padres porque él nunca se enamoró de una chica bonita.
La imagen de Akaashi y el hermano de su compañero de equipo bailando regresa a su mente y decide que lo único que puede hacer ahora es tomar los futuros imaginados, los sentimientos de su yo adolescente que también son los de su yo actual, enterrarlos en la tierra sobre la que está sentado, regarlos con sus lágrimas y esperar a que algo bueno florezca de ello.
Porque hablar de amor es hablar de aceptación, comprensión y compromiso.
Y hoy debe aceptar que Keiji no regresará a su pequeño rincón, debe comprender que su tiempo terminó el día que decidió no ser valiente y debe tener el compromiso consigo mismo de seguir adelante; de levantarse, despedirse de la pequeña fuente de agua y esperar a que otros amantes la reparen, mientras hacen suyo ese lugar.
¿Había amado a Akaashi realmente? Él cree que sí, pero también había amado a su familia y ellos se aprovecharon de eso, arrebatandole al chico bonito del que se enamoró.
¿Su familia lo había amado a él? Ni siquiera tiene las fuerzas para pensar en eso.
Bokuto se levanta de donde ha estado sentado, su cabeza da vueltas y el sudor frío en la espalda no lo ha abandonado, le da una última vista a la fuente de agua y se obliga a caminar hacia la salida de aquel parque.
El viento sopla fuerte, más flores de cerezo caen en el agua tranquila y el arrullo de las ramas de los árboles le susurran un te quiero por última vez.
