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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-06-23
Updated:
2021-11-20
Words:
33,474
Chapters:
7/10
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6
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20
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495

Ecos de eterno verano

Summary:

Kenma Kozume se despierta un día más de junio para ir a clase. No a una cualquiera, claro: la prestigiosa escuela Nekoma de Tokio es una de las mejores y más conocidas de la ciudad. Se despereza y, camino de la escuela, encuentra a su mejor amigo. Todo parece igual que siempre, salvo por un pequeño detalle que no espera. Un detalle que, desde el primer momento, cambiará el curso de su vida.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Al otro lado de las ventanas, el sol despuntaba ya con fuerza. Era otro día espléndido de mitad de semana.

Suspiró. Qué pereza le daba levantarse.

Se preparó los cereales con los ojos aún velados. ¿Serían las legañas? Después de frotarse los ojos de miel supo que no. Era el sueño, que seguía batallando por el control de su mente. Ya le habría gustado a él darle ese gusto. No había cosa más cómoda que su almohada. Además, las sábanas eran nuevas y fresquitas. Olían a vainilla. Que el mundo le obligase a salir de su ovillo de comodidad y dulzura era casi un delito.

Bajó del bus bostezando mientras su amigo se acercaba hasta él. Le vio venir desde lejos. Tampoco era muy difícil: los cabellos negros en punta y la altura del muchacho destacaban en mitad del gentío que se saludaba con entusiasmo, entrando por la gran puerta del instituto.

—¿No has pasado la noche en casa? —preguntó entre susurros una vez el chico se colocó a su lado.
—¿Dónde crees que he estado? —contestó su amigo con una de sus sonrisas pícaras.
—No quiero detalles.
—Pero a ver, que no es nada…
—Calla.
—¡Pero…!
—No.

La voz sonó tajante a pesar del murmullo en el que seguía sumido. Aún le hacían falta unas horas para acabar de espabilarse.

—Pues tú mismo. Es una historia de lo más emocionante.

Se encogió de hombros con la mirada inexpresiva. Seguramente había estado jugando hasta tarde en casa de Taketora, pero le gustaba más presumir sobre meras suposiciones de su interlocutore —también conocide como víctima— del momento.

—¿No vas a insistir ni un poquito?
—No, porque es lo que quieres.
—Qué malo eres.

No era malo. Solo tenía sueño.

* * *

Otra ventana. Otra vía de escape imposible. Tras los cristales desfilaba una cabalgata de nubes preciosas. Era un intenso día de junio y las chicharras lo sabían. Le llamaban desde lejos. Desde el patio donde, en unas horas, podría descansar y relajarse mirando el móvil un rato, seguramente mientras Kuroo volvía a fardar.

—No te distraigas otra vez —susurró la voz grave a su lado.
—Que no.

Por mucho que su amigo insistiera en lo contrario, él se enteraba de todo. Simplemente, no le apetecía escribir. Eran datos de poca relevancia. Las nubes eran más interesantes. En especial, aquella del fondo. La que tenía forma de caniche. Ah, no. Era un dragón. Un dragón perdido a la deriva, en busca de su madre. Un dragón que, sobrevolando su mundo, se había despistado y perdido. Toda su familia debía estar ya surcando los cielos de otro universo. Pobrecito. Se había convertido en nube por no estar atento. A él no le pasaría eso. Más que nada porque nunca pasaba nada interesante en esa dimensión. Ni siquiera le habría molestado tanto convertirse en nube o dragón si con ello podía cambiar un poco su rutina.

El rechinar de la puerta de clase era horrible. Sonó un par de veces mientras su vista seguía oteando los copitos de algodón que flotaban en el espacio celeste.

—A ver si arreglan ya eso, qué horror.

Los cabellos teñidos de oro se movieron un par de veces al asentir frente a Kuroo. Al alzar la vista, vio la razón de la irrupción en mitad de clase. Entrecerró los ojos al intentar identificar ese rostro. Imposible. Era nuevo. Nunca le había visto antes.

—¿Ese quién es? —preguntó Lev Haiba, cerca de ambos chicos. Ambos se encogieron de hombros.
—Será nuevo. Aunque vaya horas para entrar en mitad de curso —murmuró Kuroo.
—Tampoco es tan tarde —musitó, más intrigado por el nuevo rostro que atento a la conversación de sus compañeros.

Los murmullos indiscretos no tardaron en oírse por toda la clase. Qué gente tan chismosa. Habría querido silenciarles a todes, en especial al ver el rostro del chico. Éste, menudo, encogía todo su cuerpo con un mohín avergonzado. Las voces solo contribuían a incomodarle más. Se sintió mal por él. El chaval no tenía ni idea de lo que le esperaba si tenía que compartir aula con todes elles a partir de ese momento.

El muchacho se colocó tras el profesor, que lo tapaba casi al completo. Era bastante bajito. Tanto que hasta parecía fuera de lugar. Pero no. Era de preparatoria, como ellos. La mirada caía en un mohín inquieto. Era una mirada cobriza y enorme. Seguro que, de brillar, deslumbraba. Pero la esencia que le envolvía parecía ahogarse en la timidez. Debía ser de otro pueblo. Seguramente no conocía Tokio todavía. Pobrecillo.

—Clase, quiero que deis la bienvenida a vuestro nuevo compañero. Él es Hinata Shouyou. Se ha mudado desde Miyagi y hoy es su primer día aquí. Ayudadle en todo lo posible para que logre integrarse bien.

La clase al completo se levantó. Incluso él, como impulsado por un resorte, se levantó de la silla de pronto.

—Hola —el chico se tambaleó un par de veces sobre los pies, adelantándose unos centímetros sobre el estrado—. Soy Hinata. Encantado.
—¡Bienvenido! —exclamó el coro de voces con un estruendo respetuoso.

El cabello naranja destacaba sobre todas las cosas que caracterizaban al muchacho. No podía apartar la vista de éste. Debía ser esponjoso. Bastante.

—¡Kozume!

La voz autoritaria quebró su calma curiosa de súbito. El profesor le observaba fijamente.

—¿S-sí? —balbuceó. Las miradas apuntaron de lleno hacia él mientras un leve sudor frío poblaba su frente. Qué horror.
—Haz sitio en tu pupitre. Ahora mismo no tenemos mesas suficientes. Hasta que Yaku no nos traiga la de su clase, Hinata tendrá que compartir mesa contigo.

La risita ahogada a su lado hizo que su rostro anonadado cambiara en un suspiro al ceño fruncido que enviaba, en forma de rayos asesinos, a Kuroo Tetsurou.

—Anda, Kuroo, que esto no es gracioso. Sabes que le molesta —musitó Lev con la mirada celeste cubierta de preocupación. Lanzó un vistazo agradecido al muchacho de cabellos plateados. Al menos alguien le tenía en cuenta en esa clase de…
—Hola.

No le había ni visto llegar. Una vez cerca, enmudeció. Saludó con una cabezada mientras movía sus cosas al extremo de la mesa.

No podían elegir a otra persona. No, tenía que ser él el que moviera todo sobre el pupitre. ¿A quién se le había ocurrido la maravillosa idea de traer a un compañero nuevo a una clase en al que cabían a cuentagotas?

—No te molestes. No tengo casi nada aún. No he ido a por los libros.
—¿Ah, no? —irrumpió Kuroo, asomándose mientras el chico pelirrojo se sentaba a su lado—. ¿Y eso?
—Es que mi hermana todavía tenía que comprar los suyos y fueron antes… Y se han olvidado de los míos.
—Pues vaya —comentó Lev, que llevaba un rato sin prestar atención a nada que no fuera la escenita que se había montado de pronto.

Él, por su parte, no pronunciaba una sola palabra. Tanto Kuroo como Lev se presentaron con entusiasmo al nuevo chico. Pero eso a él no se le daba bien. A pesar de eso, sabía que tenerle a centímetros le obligaría, en un momento u otro, a socializar con él. Qué palo.

—¿Te llamas Kozume, verdad?

Tragó saliva, alzando la vista del libro que había colocado en medio para compartirlo.

—Me llamo Kenma.
—Oh, ¡claro! Cómo va a llamarte el profesor por el nombre de pila. ¡Yo soy Hinata, por cierto!
—¿Hinata qué más?

Kuroo y Lev se observaban con asombro. Aunque no les mirara directamente, lo sabía. Debían haberse quedado de una pieza al verle hablar con un desconocido como si nada. Pero, ¿acaso no era lo que tanto le pedían a diario?

—Hinata Shouyou.

Lo sabía. El profesor lo había dicho unos instantes antes. Pero quería volver a escucharlo de sus propios labios. Era un nombre bonito. Además, así se cercioraría de no olvidarlo. Habría sido difícil, de todos modos. Sobre todo por el juego de palabras. Todo eran referencias al sol. Aplaudió en su interior a los padres del chico por unas ocurrencias tan graciosas. De pronto, el día se había cubierto sutilmente, casi en la clandestinidad, de una capa de nubes grisáceas.

Esa clase de segundo de preparatoria de la escuela Nekoma acababa de robarle el sol al cielo.

—¿Te puedo llamar Shouyou? No me gustan las formalidades.
—¡Claro! ¿Y yo a ti Kenma? Si te parece bien, claro.
—Perfecto.
—¡Eh! —exclamó Kuroo, apurado— ¿Qué haces con la cara, Kenma?

Lev se tapó la risa floja por unos segundos antes de darle una colleja a Kuroo.

—Gracias —espetó Kenma por lo bajo—. Se la merece.

Uno no podía ni sonreír cordialmente sin que se metieran con él. Ni siquiera su mejor amigo. O peor, precisamente por serlo se tomaba esas confianzas.

—¡Qué sonrisa tan bonita tienes, Kenma!

Aquello no solo pilló de improviso a Lev y Kuroo, que alzaron las cejas a la par. Juntó las manos, encogiéndose en un mohín azorado mientras las orejas subían de temperatura con peligrosa agilidad.

—G-gracias. —balbuceó con ojos como platos. Ya no podría sonreír más. ¿Pero a qué venía soltar algo así? Ese chico era raro.

Raro, sí. Pero también asombroso. ¿Quién decía algo así a alguien que acababa de conocer? Al reír por lo bajo, se relajó. Kuroo y Lev seguían la conversación silenciosa con extrema curiosidad.

—¡Eh! —el grito resonó por toda la clase, retumbando en las paredes— ¡Que seguimos en clase!

Los cuatro chicos, sobresaltados, pegaron un respingo en el asiento mientras el profesor les echaba la bronca. Se mordió el labio con una sonrisa divertida cuando éste hizo salir a Kuroo, que frunció los labios en una mueca disgustada.

Al echar un rápido vistazo a través de las ventanas, se percató de la sutil indiferencia que le producían de golpe las nubes. Un montón de capas extendidas de algodón grisáceo que amenazaban con regar el mundo. Nada más que eso. La mirada viró lentamente hasta el rabillo del ojo, llevando toda su atención al reflejo anaranjado y concentrado que, a su lado, se esforzaba en comprender el texto del libro abierto.

Aquel paisaje resultaba bastante más interesante.

—¿Queda mucho para el descanso? —susurró entonces el muchacho sin mirarle.
—Ah, pues… —meditabundo, se rascó la cabeza mientras pensaba en cómo él también lo esperaba con ganas— un ratito aún. ¿Por qué?
—Es que tengo hambre.

Kenma casi tuvo que llevarse la mano a la boca, intentando ahogar la risa.

—Todavía queda una hora. ¿No has desayunado?
—Sí. Pero solo una vez.

Kenma recordó aquella película sobre gente muy pequeñita que desayunaba varias veces a lo largo de la mañana. Ese muchacho tenía pinta de ser el mismo tipo de persona.

—Si no te pillan, puedes picar algo mientras —murmuró en un hilo de voz.
—¿En serio?

La exclamación sonó más alta de lo que el chico habría querido, a juzgar por el súbito rubor en sus mejillas. Kenma suspiró de alivio al comprobar que el profesor no les escuchaba. Tras eso, asintió con una leve sonrisa.

—Espera.

Con un gesto disimulado, llevó la mano hasta su mochila. Bien, estaban donde siempre. Las llevaba guardando para el almuerzo un par de días. También para después de clase. No solía quedarse, pero a veces compartía un par de horas a las afueras del colegio mientras Kuroo, Lev, Taketora o Morisuke le ayudaban con algún jefe final. Todos querían probar siempre su Switch, así que aprovechaba el momento para recibir algo de apoyo en sus incursiones virtuales.

Sacó un montoncito generoso de almendras de la bolsa, llevándolas hasta el chico bajo la mesa.

—¿En serio? —exclamó Hinata Shouyou. Los ojos, abiertos de par en par, relucían de asombro. Kenma, incapaz de aguantarle la mirada, asintió mientras fijaba su atención a los frutos secos que se acurrucaban en la palma de su mano encogida.

El chaval parecía un pajarito tímido que picaba de su mano hasta hacerse con algo de comida. Se las ofreció todas. Él no tenía hambre, y aún quedaban bastantes para después. El roce de su mano era bastante agradable. Muy cálido y suave.

—¿Qué hacéis?

Lev Haiba había vuelto a girarse. Kenma comenzó a preocuparse por si les pillaban. Para colmo, la atención de Kuroo también se había vuelto a volcar sobre ellos.

—Vaya un rebelde eres, Kenma —espetó Lev tras ver como el muchacho pelirrojo se llevaba un par de almendras a la boca.
—Calla —susurró Kenma.
—Dame un poco a mí también —pidió entonces Kuroo con una sonrisa encantadora.
—No quiero.

Hinata contemplaba la escena con las cejas alzadas mientras masticaba lentamente. Al echarle un ligero vistazo, el chico también le observó a él. Las miradas se cruzaron directamente por primera vez. Tragó saliva al momento de volver a bajar la vista de miel.

—¿Por qué no? —insistió Kuroo—. Yo también tengo hambre.
—Con lo ruidoso que eres para comer, nos pillan en dos segundos. Ya te doy luego.

Kuroo chasqueó la lengua mientras suspiraba. En el fondo, sabía que llevaba razón.

—Luego me debes unas cuántas.
—No te debo nada.

Lev reía por lo bajo mientras Hinata dejaba de comer, encogiéndose levemente.

—¿No quieres más? —preguntó Kenma, algo alarmado.
—No quiero meterte en problemas.

El muchacho de cabellos teñidos alzó las cejas con desconcierto.

—Eso no va a pasar. Anda, coge unas pocas más.
—¿Seguro?

El chico parecía preocupado de veras. Kenma le alentó removiendo la mano.

—Son para ti. No temas.
—Hm… Bueno —a pesar de la inquietud, el joven cogió un par más de frutos—. Gracias, Kenma.
—De nada.

Verle comer con tanto apremio era gracioso. El chico hinchaba sus carrillos, disimulando cada vez que giraba el profesor. Tras acabar todas las almendras, Hinata Shouyou le dedicó una sonrisa agradable, que Kenma devolvió sin apenas mirarle.

Al salir al patio, respiró con algo más de calma. Los chicos de la clase de al lado se acercaron hasta ellos como cada día. Morisuke Yaku y Taketora Yamamoto destacaban por varias cosas. Una de ellas era la diferencia de estatura. La otra, los cabellos. Mientras Yaku llevaba un discreto corte naranja pálido, Taketora se había hecho una cresta. Encima se la había teñido de rubio, justo como él. Vaya un copión.

Creía que habría ido al baño o algo. Pero, después de comprobarlo, vio que el muchacho había salido junto a ellos. Sin embargo, no les había seguido como había creído. A la sombra de un árbol, Hinata Shouyou desenvolvía el papel de su bocadillo del almuerzo.

—¿Qué haces aquí solo? —preguntó al aproximarse hasta él después de buscarle durante un rato.
—Ah… —murmuró el chico, mirándole con una mueca cohibida—. No sé.
—Ven, va.

Kenma no solía ofrecer su mano a nadie. El contacto físico era algo que, si podía evitar, mejor. Pero el chico estaba incómodo. No quería verle así. Al acogerse a su mano, casi temió caer frente a la fuerza del chico. Hinata se irguió con una sonrisa resplandeciente. Kenma se estremeció, bajando de nuevo la vista.

—Gracias otra vez, Kenma.

Kenma ya se había girado, guiándole hasta el pequeño grupo de chicos que se reunían en uno de tantos rincones del colegio. Asintió educadamente mientras ambos se llevaban toda la atención de los muchachos que ya les esperaban desde hacía un rato.

—¡Ah! Mirad chicos —indicó Lev Haiba con entusiasmo—, ¡ese es el nuevo del que os hablaba!
—Parece haber hecho buenas migas con Kenma —exclamó el chico bajito con ojos como platos.
—Qué raro.
—Tú a callar, Taketora —espetó entonces Kenma con un mohín irritado que, al contrario de lo esperado, hizo reír al chico con cresta.
—¿Cómo te llamas? —inquirió de nuevo el chico de cabellos zanahoria.
—Yo… —el muchacho nuevo se tambaleó de nuevo— soy Hinata. Hinata Shouyou.
—¡Qué nombre tan genial! —acertó a comentar Morisuke.

Yaku tenía toda la razón, pensó Kenma. Se le escapó una sonrisa por lo bajo mientras el chico se presentaba al resto, que lo acogieron con calidez. Menos mal.

—¿De dónde dices que venías, Hinata? —preguntó Yaku con interés.

Hinata explicó que venía de un pueblecito de Miyagi. Había pasado tan solo un mes en la escuela Karasuno, pero había tenido que cambiar de repente cuando a su madre le salió un trabajo mejor que el anterior.

—¿Karasuno? No me suena.
—Claro que te suena, Morisuke. Competimos contra ellos hace tiempo —comentó Taketora.
—¿De verdad? —murmuró Kenma, tan sorprendido como el resto.
—¿Competisteis?

Todas las miradas se giraron hacia Hianta, que bajó la mirada, azorado.

—Sí. Hace varios años, esa escuela y la nuestra… —contestó Kuroo—. Parece que tenían una buena relación deportiva.
—¿Ah, sí? —Hinata ladeó la cabeza con curiosidad— ¿De qué deporte?
—De volley. Es una de las especialidades de nuestra escuela. Por cierto —la mirada oscura se dirigió de pronto a él—, ¿te quedan almendras, Kenma?

El muchacho de cabellos de oro y carbón resopló con fastidio mientras Kuroo Tetsurou reía en confidencia. Pese a todo, sacó unas cuántas, ofreciéndoselas al alto chico.

—Qué bonico eres.

Kenma chasqueó la lengua sin mirarle.

—Así me dejas en paz.

El coro de risas los envolvió. No eran de sorna. Más bien, parecían relajadas y gráciles. Entre ellas, la de Hinata Shouyou destacó un poco más que el resto. Como la cima de una montaña tocada por el sol. Pero no era la nieve lo que caracterizaba al chico. Era casi como un granizado de naranja. Sí, una montaña de kakigori con sirope de naranja por encima. Tal vez con una cerecita brillante por encima…

Aunque el timbre les descolocó a todos, en él hacía especial mella cada vez que retumbaba. Vaya un ruido infernal. Ese día, para colmo, el recreo le supo especialmente corto. Se dirigió con pasos pesados hasta el aula pero, al notar como el muchacho pelirrojo caminaba a su lado, algo en él se tranquilizó. Incluso pudo notar como sus pasos se aligeraban.

Intercambió un par de palabras más con sus compañeros y el chico nuevo entre clase y clase. Así supo que, como él, Hinata debía coger un autobús para llegar e irse del Nekoma. Por eso, y para poder ayudarle mejor, se sentó con él a esperar el bus correspondiente una vez acabaron las clases. Ambos pasaban por la misma línea. Qué casualidad tan amable.

—Entonces… —murmuró en un hilo de voz una vez se sentaron en la parada— ¿Te gusta el volley?
—¡Ah! —exclamó Hinata con las cejas anaranjadas en alto— ¿Por qué lo preguntas?

La mirada cobriza del muchacho había brillado con una chispa especial cuando, un rato atrás, Kuroo había mencionado aquel deporte. Se encogió de hombros.

—Por saber.

Shouyou rio por lo bajo con un brillo melancólico en los grandes ojos de ámbar.

—Me gusta mucho, la verdad. Quisiera aprender más sobre el tema.

Para ser bajito, lo veía bastante motivado a probar con algo como el volleyball, que parecía un deporte destinado a gente alta. Pero él tampoco podía decir nada: aunque ese año no se habían puesto demasiado las pilas, el anterior fue bastante interesante. Le gustaba especialmente colocar el balón. Controlar la situación del equipo e idear estrategias no estaba nada mal, a pesar del cansancio que le generaba y tanto odiaba.

—Tengo alguna noción. Sí quieres podemos practicar un día.
—¿De verdad? —exclamó el muchacho, gratamente sorprendido— ¡Eso sería genial!

Podría haberle deslumbrado, pero no lo hizo. Enfrentó la sonrisa de sol con un ánimo casi inusual en él. Era un gesto refrescante y lumínico. Amplio y sincero, caló hasta el fondo de todo él. Su sonrisa, más tímida y azorada, no podía llegar a su intensa luz pero, como mínimo, procuró devolver la chispa que el chico le regalaba con sorprendente facilidad.

Su bus llegó demasiado pronto, más de lo normal. Más de lo que habría querido. Se levantó pesarosamente mientras el chico bajito de su lado se impulsaba a la vez. Una vez las puertas se abrieron, se giró hasta el muchacho.

—¿Sabes llegar, verdad?
—¡Sí! No te preocupes.

Más tranquilo subió, sin muchas ganas, al bus que le correspondía para llegar hasta casa.

—¡Adiós, Kenma! ¡Hasta mañana!

La voz enérgica le hizo pegar un respingo, pero no le molestó en absoluto. Rio por lo bajo mientras se volvía parar despedir al chico con un ligero gesto.

—Hasta luego, Shouyou.

Tras cerrar las puertas, el bus se puso en marcha como si nunca hubiera tenido más prisa. Justo al contrario que él. Resignado, eligió el asiento de siempre. El del fondo, que lo protegía de miradas curiosas o personas que se sentasen demasiado cerca.

El ruido distorsionado del indie japonés que resonaba a través de los auriculares lo atrapó en un mundo más propio. Más íntimo y acogedor. El ruido mundanal se evadía, dando paso a un hogar cercano. La música que él elegía pintaba con un color más propio todo el resto de sentidos que lo rodeaban. El calor del verano que todo lo ocupaba —y que se intensificaba en un autobús cerrado—, los edificios grisáceos de las cercanías de la gran ciudad… Todo podía volverse bello o terrible según el ánimo que llevase con él. Esa tarde le sorprendió descubrir la diferencia que se abría paso en su camino. Sin haberse percatado apenas, un ramo de mullidos cojines se había instalado en su pecho a lo largo del día. Blanditos, se habían convertido en una pura comodidad que aún lo acompañaba. Allí, en su soledad y paz.

Ese día, Kuroo tampoco había subido con él al bus. No tenía ni idea de qué estaba haciendo su mejor amigo y vecino de al lado, pero tampoco le importaba demasiado. Ya se enteraría, como siempre.

Además, algo nuevo le había despertado una sutil pero intensa curiosidad. La sonrisa, esculpida entre algodones, no se iba de su rostro. Había sido casi como poder rozar el sol por unos instantes. Un sol cálido y agradable. No quemaba, no dejaba rastro molesto alguno en los iris. Tan solo… brillaba, dejando un rastro nacarado y vivaz que burbujeaba en su interior.

Y él, Kenma Kozume, tan solo un estudiante de la preparatoria Nekoma, seguía el ritmo de la música tranquila mientras lo recordaba una vez tras otra hasta llegar a una conclusión.

Quería acercarse hasta ese sol. Una estrella de girasoles y sonrisas que había aparecido tan de pronto en mitad de un verano incipiente, esparciendo toda curiosidad posible sobre él. Incluso aunque se acabase quemando. Incluso aunque los rayos despuntasen con tanta fuerza… Quería saber qué se sentía al sentirlos directamente sobre la piel.

Cerró la mirada felina, convirtiendo el mundo en una súbita noche sin estrellas pero con esencia a naranja. Sonriente, esperó que el bus llegase hasta su parada mientras las melodías vibraban al compás de una agradable tarde de junio, una como no recordaba haber vivido nunca antes. Casi tenía ganas de que llegase el día siguiente. Volver a subir al bus que le llevase hasta su escuela.

No podía esperar a volver a clase.