Actions

Work Header

My destiny, my punishment

Summary:

Almas gemelas, destinadas a estar juntas sin importar que

Una promesa no puede cambiar lo que ya esta escrito

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Almas gemelas, supongo que alguna vez has escuchado de esto. Almas que han estado atadas desde el inicio del tiempo, almas que una vez mueren reencarnan para volver a encontrarse en su siguiente vida, almas destinadas a estar untas por siempre; según el folclor japonés, estas almas están unidas por un hilo rojo atado a sus meñiques, no importa que tanto se enrede o que tan largo sea, este hilo siempre encontrara su otro extremo.

Rubén podía ver estos hilos, veía a cada persona con un filamento carmesí atado a sus meñiques, había parejas que parecían felices pero no estaban destinadas, en algún momento se separaría, estaba seguro.

También estaban los que aún no encontraban a su otra mitad, aquellos que seguían en su camino, disfrutando de su soledad mientras esperaban el momento correcto.

También podía ver a otros que se habían encontrado, sus extremos ahora se habían juntado para nunca separarse. Estaba feliz por esas personas, sabía que al ser complementos no tendría que pasar por las dificultades que otros enfrentaban.

También los envidiaba.

Porque Rubén no tenía un hilo rojo.

Había sido castigado en alguna de sus vidas pasadas, su destino era poder ver la felicidad de otros sabiendo que él nunca podría tenerla.

Ahora tenía veinte años, no sabía cuánto tiempo sería capaz de continuar así, anhelando algo imposible.

Trabajaba en un café, también estudiaba diseño gráfico y jugaba videojuegos en sus tiempos libres, era su escape de la realidad, lo hacían olvidar que tenía un deseo inalcanzable.

Solía trabajar preparando las ordenes, pero ese día su compañero se había enfermado y no podía hablar correctamente por un largo tiempo, así que le tocaba estar en la caja.

Escuchó la campanilla de la entrada, levanto la vista para poder atender al cliente, era un chico pelinegro con ojos de un peculiar color: morado.

-Un americano por favor- hablo antes de que pudiera decir nada.

-Enseguida- paso la orden a su compañero mientras cobraba el café – ¿desea agregar algo más? – cuestiono.

-A ti de ser posible – Rubén soltó una pequeña risita – perdón fue una pésima frase – esta vez rio un poco más fuerte.

-Bastante diría yo –

-Pero te reíste, funcionó para algo – el chico frente a él no parecía tener malas intenciones, de hecho estaba sonrojado mientras hablaba, parecía que le costaba mantener la seguridad en sus palabras.

- ¿Intentas ligar conmigo? – el pelinegro sonrió de lado.

-Quizá, un poco, eres muy lindo – volvió a reír debido al nerviosismo, no mucha gente lo alababa así, era extraño recibir esos comentarios, pero se sentían bien.

-Rub ayúdame con esto – hablo Borja que estaba terminando de preparar el café. Le dio una pequeña mirada de disculpa al desconocido antes de ir junto a su compañero.

- ¿Qué sucede?

-En realidad nada- alzo una ceja, cuestionándolo. Continúo hablando con su voz ligeramente rasposa – ese chico, viene al menos dos veces a la semana, siempre pide lo mismo, pero me di cuenta de que te mira hace mucho, el hecho de que trabajaras hoy en la caja pudo ser lo que le diera el valor de hablarte.

-No me había dado cuenta de eso – era muy despistado – quizá le de mi número – el chico de ojos azules sonrió.

Borja sabía que Rubén no creía poder tener una relación, lo había intentado y siempre había fracasado, él pensaba que esto era una esperanza para su amigo. No lo culpaba, después de todo el mayor había encontrado a su complemento, era normal que quisiera la misma felicidad para él.

Le dio su número.

Empezaron con saludos, pequeñas conversaciones, todo escalo hasta hablar en la madrugada, ver películas en línea, jugar videojuegos, conocer sobre la vida del otro, sus gustos y cosas que detestaban, pequeñas salidas que se volvieron citas.

Rubén se había enamorado, se había enamorado como nunca antes.

Y se lamentaba, porque cada que todo parecía perfecto veía el meñique de Samuel, un hilo atado.

-Rubén me gustas, por favor sal conmigo – esas palabras impactaron contra su mente y corazón, de verdad quería aceptar, lo anhelaba, porque alguien lo amaba, por primera vez alguien lo amaba.

Pero no podía, sabia como terminaría esta historia, y el único lastimado seria él.

-También te quiero – las gotas comenzaron a acumularse – pero no puedo, discúlpame Samuel pero no puedo – el agua salada comenzó a formar caminos por sus mejillas.

-Pero ¿por qué? ¿puedo saberlo? – negó – te quiero, te quiero como no he querido a nadie, así que por favor dímelo – volvió a negar – por favor, podemos buscar una solución.

-No lo entenderías, no hay forma en que lo entiendas, tampoco hay forma de solucionarlo – Samuel tomo sus manos entre las suyas.

-Yo entenderé, te creeré, pero por favor dímelo – y Rubén necesitaba sacar eso, necesitaba decirle a alguien lo que había cargado desde siempre.

Se lo conto, le dijo lo que veía y como tenía un destinado mientras él quedaría solo.

-No te abandonare, Rubén te amo, no amare a nadie más, por favor créeme, nadie podrá borrar lo que siento por ti – esas fueron sus palabras, le creyó, le había dado lo que anhelaba y cayo ciegamente a pesar de saber que era imposible.

Las citas ahora eran frecuentes, las llamadas en la madrugada habían terminado para pasar a ser noches en la casa del otro donde se acurrucaban y dormían solo disfrutando el contacto.

Pasaron dos años, probablemente los mejores años de su vida, donde todo fue feliz, había dejado de trabajar en el café y estaba a nada de graduarse, ahora Samuel trabajaba como enfermero.

Vivian juntos, le encantaban los desayunos a pesar de que era muy difícil para él levantarse a una hora decente.

Pero poco a poco se empezaron a alejar, las cenas juntos empezaron a ser cada vez más escazas, ya no dormían como antes, a veces Samuel se alejaba de su lado, otras veces no llegaba a casa.

Se convencía de que era culpa del trabajo, era algo muy demandante y lo sabía.

Cuando vio marcas que no había hecho fue que lo comprendió.

Había pasado lo que estaba escrito desde un inicio: Samuel encontró a su alma gemela, no era él, nunca lo fue.

Lo busco hasta encontrarlo, se llamaba Guillermo.

Vio desde lejos el amor que se profesaban, cualquiera que los viera pensarían que eran pareja desde hacía años cuando llevaban meses de conocerse.

No podía hacer nada, desde un inicio había aceptado que esto sucedería.

Solo tomo sus cosas, se fue dejando el anillo sobre la cama que compartían.

Acepto su destino y su eterna soledad.

Notes:

Espero que les haya gusado, si quieren pueden seguirme en mi Twitter @MikaWri donde tengo este y más Aus