Work Text:
Al abrir los ojos, sigo en ese lugar. Los fríos muros de piedra. La escalofriante luz morada que se proyecta en cada esquina con conjuros del abismo, impidiendo que aquella escena se suma en la más absoluta oscuridad. La Estatua de los Siete profanada y corrompida a un lado, puesta del revés.
Y tú.
Aquí sigues, en medio de aquel siniestro paisaje, un sol en un mar de tinieblas. Tu imagen no encaja aquí, junto a la magia oscura y la fría armadura del Emisario del Abismo.
No, tú no perteneces a esto. Aether es un ser de luz, dulce y risueño, y pertenece a un mundo alegre, lleno de vida y color, ayudando y cuidando a todos a su alrededor con la más cálida sonrisa. Pertenece a un mundo en el que con su risa y un chiste malo me saca de un enfado tras haberle regalado parte de su comida a algún animalillo hambriento.
No pertenece a esta historia de oscuridad y guerras.
Todavía recuerdo todas esas noches bajo las estrellas de algún exótico universo, cuando podía dormir tranquila porque él hacía guardia, o todas las veces que jugábamos a recorrer mundos enteros y quien llegase el último tenía que pagar la comida de ese día. Cuando me prestabas tu bufanda por haber cogido un resfriado y me regañabas por no abrigarme mientras el aroma a hogar me adormecía. Nada malo en el universo podía pasarme porque tú estabas ahí para protegerme. Para cuidarme.
Pero ya no.
Desde que te fuiste, ningún lugar se siente como hogar. Todos los sitios son fríos y desconocidos, como aquellas ruinas de piedra. Siempre debo estar alerta, nunca puedo confiar plenamente en esta gente. No como confiaba en ti. Ahora solo me tengo a mí misma y debo resignarme a ir de sitio en sitio, de ciudad en ciudad, en un lugar al que no pertenezco, sin poder bajar la guardia cuando me paro a descansar, porque tú ya no estás ahí para cuidarme las espaldas.
Y, a veces, incluso cuando trato de mantenerme fuerte y hacer frente a los problemas, hasta las cosas más pequeñas me recuerdan que estoy sola. Que soy débil, indefensa, una mota de polvo en comparación con los gigantescos peligros de este mundo.
Que siempre habíamos sido nosotros dos, contra todo los demás.
Y ya no.
Ya no, y cada vez que debo combatir contra algún semidiós que amenaza contra la vida de este mundo, no sé si saldré viva. Si por mí misma soy tan fácil de eliminar como un insecto. Si alguien de este mundo siquiera me recordaría, o si mi nombre se desvanecería de la faz del planeta para siempre.
—Lumine...
Desde que te fuiste, estaba sola en el mundo.
Hacía tanto tiempo que nadie pronunciaba mi verdadero nombre...
Aether, te he estado buscando por tanto tiempo, con tanta desesperación, que a veces hubiera sido más fácil dejarme matar por cualquier criatura.
La angustia me carcome por dentro ahora más que nunca. ¿Por qué me miras con ojos tan fríos? ¿Por qué parece que no quieres volver a mi lado, después de todo este tiempo?
No puedo seguir yo sola...
—¡Ven conmigo, Aether! Regresemos a casa, por favor.
Es lo único que puedo decir, tu mirada fría como la roca me ahoga los pulmones.
—Nuestro hogar... —tu voz sonaba afligida, melancólica—. Claro, nuestro hogar es dondequiera que estemos juntos.
Pero...
Me preparo emocionalmente, porque aquel momento es cuando, a pesar de la inmensa tristeza que albergan tus ojos, a pesar de que sientes lo mismo que yo, de que nuestras almas son una sola... es imposible que estemos juntos, como antes, para siempre. El aire de aquella caverna, húmedo, huele a tragedia y, de nuevo, yo me vuelvo pequeña, minúscula... no soy más que una mota de polvo en este gran esquema.
Mientras que tú eres grande, gigantesco, y verte ahí de pie, impasible, me ahoga más y más, y cierro los ojos y aprieto los párpados con fuerza porque no quiero ver cómo te alejas.
Excepto que de pronto tus brazos rodean mi espalda. Tu aroma a verano me inunda y tu gran sol ilumina mi pequeña luna.
Tiemblo.
¿Es esto real?, me pregunto, y luego no me importa porque estas aquí y hundo mi cara en tu trenza brillante y me empujo contra tus hombros como si en cualquier momento te fueras a desvanecer para siempre otra vez.
—Perdón por hacerte esperar, Lumine —dices junto a mi oreja, suave, como un secreto, y ya no hay nadie más, ya no existe nada más—. Por fin te he encontrado. Ya no te voy a dejar ir.
Me entierro más profundo en tu hombro si cabe, mi corazón por fin sintiéndose en casa, en el lugar correcto, y lloro, y lloro más y más porque no tengo que seguir estando sola. Mi hermano me acaricia el cabello y mi cuerpo se relaja por primera vez en meses, en años.
—Dejaré la Orden del Abismo y me iré contigo. Podemos vivir en Mondstadt, o en Liyue si quieres. Podemos conseguir una casa y salir de aventuras otra vez, como antes. Como siempre —levanto la mirada hacia ti, para cerciorarme de que no hay nada tras tus palabras, que de verdad esto es genuino—. Después de todo, este mundo no es tan malo, ¿no?
Pero cuando te veo de cerca, tu rostro es de piedra.
Estoy clavada en el sitio, con los ojos desorbitados, con el corazón en la garganta, y les ruego a todos los dichosos arcontes que me dejen permanecer en tus brazos solo un segundo más. Intento aferrarme a ti con las uñas, pero una punzada de dolor en las palmas de las manos me devuelve a la realidad, en la que mis brazos están vacíos y mis manos están sangrando.
Despierto en algún lugar de este maldito mundo y grito, grito con todas mis fuerzas porque no me quedan lágrimas hasta que brotan de nuevo, pero grito y no me oyes y no me oye nadie.
