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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-07-11
Words:
4,417
Chapters:
1/1
Kudos:
7
Hits:
80

Talking to the Moon

Summary:

En ocasiones el destino tiene preparado un camino diferente para los enamorados, sin embargo, quizás existe alguna forma de burlarse de los infortunados designios de la vida. ¿Quién puede darle esa respuesta? Sólo «ella».

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

El agua fresca cayendo sobre su cuerpo era el desenlace perfecto para ese inolvidable día; desde que el sol asomó por la mañana Kuroo se encargó de hacer que cada minuto fuera memorable para ambos. El cumpleaños de Tsukishima era importante y, a partir de lo acontecido en ese día, el valor de esa fecha sería aún más especial.

Cada minuto valió la pena, definitivamente, no obstante, su corazón rebosaba de júbilo al saber que les esperaban más días dichosos. Kuroo Tetsuro era el hombre más afortunado en ese instante, hecho que corroboró cuando, al salir del baño, se encontró con el rubio recostado sobre la cama que compartían, yacía boca arriba y con la zurda extendida frente a su rostro. Esos ojos de luna contemplaban embelesados el precioso anillo de compromiso que con orgullo portaba en el anular.

—¿Te gusta? —interrumpió Kuroo.

Tsukishima respingó y enseguida fijó su mirada en él, dedicándole una sonrisilla nerviosa que evidenciaba que realmente estaba concentrado minutos atrás.

—¿Tú qué crees? —preguntó de vuelta.

Kuroo sonrió con complicidad y no demoró en reclamar su espacio en la cama, rodeando la cintura del rubio con cierta posesividad.

—Yo diría que te encanta. Tus ojos y tu sonrisa me lo dicen todo. —respondió con aires de superioridad. El rubio estalló en risas.

¿Cómo podía resistirse a ese trino casi divino que era la risa de Kei? El rubio aseguraba que su risa no era para nada atractiva, incluso trató de disimularla durante sus primeras citas. ¡Oh! Cómo olvidar el tímpano de hielo salado que era Tsukishima cuando recién comenzaron a salir. Ahora podía estar 100 % seguro de que ese pedazo de hielo que fue el rubio quedó atrás. Tsukishima Kei era precioso, cada aspecto en él lo era, incluso esos que aún se molestaba en esconder por temor a ser juzgado.

Era su chico, ahora su prometido y, aunque siguiera siendo tan salado como en sus años escolares, no había día en el que no quisiera adorarlo hasta el fin de todos los tiempos.

—Entonces… Nos casaremos. —el rubio titubeó, su voz reflejaba que aún no creía lo que ocurrió aquel día.

Ese tono de voz Kuroo lo conocía bien, era ese susurro inseguro con el que Kei hablaba cuando sentía que no era merecedor de algo. Esbozó una sonrisa y asintió un par de veces.

—Por supuesto. Tú y yo en una boda, nuestra boda. ¿O acaso no quieres?

—¡Claro que quiero! —interrumpió Kei, a lo que Kuroo rio.

—¿Entonces por qué lo dudas?

—No estoy dudando. —aclaró. —Sólo… No esperé que quisieras hacer esto conmigo.

—¿Y por qué no querría? —enfatizó Tetsuro, llevando ambas manos a tomar al rubio por las mejillas. Clavó su mirada en la ajena, buscando transmitir cada fragmento de su sentir con todos sus sentidos. —Por favor, Kei. Te amo, eres el amor de mi vida. ¿Por qué no querría compartir todos y cada uno de mis días contigo, eh?

—Lo sé… —otro susurro.

El rubio se movió para abrazarle, gesto que fue correspondido de inmediato. Kuroo le estrechó con ternura entre sus brazos y besó varias veces el nido de cabellos color trigo que rozaba su mentón. Kei, por su parte, ocultaba la cabeza contra el pecho de su prometido. Amaba escuchar el latir de su corazón, así como amaba que Kuroo le dijera cuánto le amaba así no lo admitiera en en voz alta. Creía que cada rincón del cuerpo de Kuroo profesaba un amor incondicional hacia él y, sin dudarlo, también le correspondía de principio a fin.

—¿Hasta que la muerte nos separe? —murmuró Tetsuro contra sus cabellos, a lo que Tsukishima negó.

—Odio eso. Hay parejas que se separan por cosas insignificantes a comparación de la muerte. —confesó, no necesitó dar más detalles para que ambos entendieran el motivo tras esas palabras. Ambos se miraron antes de juntar sus frentes.

—Y, así como hay esos casos, también hay amores que simplemente no pueden ser separados por nada ni por nadie, ni por la muerte o el infierno mismo —completó Kuroo, dando un poco de luz al pesimismo de la frase dicha por el rubio. —Te puedo jurar que así será nuestra historia.

—No jures cosas que no están bajo nuestro poder.

—Kei, ni siquiera la muerte podrá lograr que deje de amarte ni por un segundo. Y eso es algo que, definitivamente, está bajo mi poder, ¿no crees? —objetó y a Kei le supo respuesta infantil, algo muy común en Kuroo.

—No quiero hablar de la muerte. —añadió con seriedad, después emitió un suspiro. — No quiero ningún tema de ese tipo por ahora… No cuando soy el chico más feliz del mundo.

—Mentiroso. —se burló. —El chico más feliz del mundo soy yo. —se señaló Tetsuro y la sonrisa del rubio le iluminó más que la luna que brillaba en el cielo aquella noche. —Entonces te aseguro que no existirá un “hasta” en nuestra historia, sólo quiero amarte por toda la eternidad y sé que puedo encargarme de ello.

El ceño de Kei se frunció ligeramente mientras observaba la radiante sonrisa felina de su prometido. No podía comprender cómo Kuroo lograba sacarle de ese mar de dudas en el que constantemente se pasaba a ahogar; él era la mano que le sostenía e impedía se hundiera por completo. Las palabras de Tetsuro, a pesar de ser demasiado cursi a veces, siempre las sentía como una verdad absoluta; así le dijera que le bajaría la luna, él le creería ciegamente porque sabía podía confiar en él. Le debía tanto desde el día que lo conoció, le cambió la perspectiva del voleibol y después le cambió la perspectiva de la vida. Sus días no serían los mismos sin él y, definitivamente, no había nada que le emocionara más que la idea de enlazar sus almas bajo la ley del matrimonio.

Tsukishima quería decir tanto en ese momento. Quería profesar y gritar a los cuatro vientos el inmenso amor que su corazón albergaba, quería ser capaz de decir las palabras más bellas tal como Tetsuro lo había hecho infinidad de veces. Anhelaba con todo su ser confirmar lo que escuchó: que ni la muerte misma podría marchitar su amor, que se tendrían el uno al otro por toda la eternidad.  Los labios le temblaron cuando un tímido e inaudible sonido se dejó escuchar, la voz se le rompió justo antes de siquiera pensar en formular el inicio de la oración.

—… Te amo. —fue lo único que pudo decir y, aún buscando transmitir todo lo que guardaba dentro de su pecho, unió sus ansiosos labios a los de su ahora prometido, comenzando un cálido beso cargado de esos sentimientos que nunca podía poner en palabras.

Hoy dormiría con su prometido, con su futuro esposo. Hoy era el inicio de los días más felices de su vida…


«Hasta que la muerte no separe». Si Kuroo hubiera sabido el peso que esas palabras tendrían en el futuro, jamás las hubiera pronunciado. Pareciera que esa oración fue un mal presagio que comenzó su cuenta regresiva aquella inolvidable noche.

La mente de Kuroo era un caos en ese momento, apenas podía digerir la ironía de la vida y cómo las cosas podían cambiar en un abrir y cerrar de ojos. La noche anterior había abrazado el cuerpo cálido de Kei al dormir y, ahora, éste se reducía a una pequeña urna blanca. En esa fría caja se suponía estaba quien alguna vez fue Tsukishima Kei, una criatura tan preciosa y perfecta que ahora se resumía a un puñado de cenizas.

Pasó saliva y apretó más la urna contra su pecho, rogando con todo su ser que aquello fuera una pesadilla nada más, un mal sueño, una jodida broma de la cual se libraría el día de mañana, porque eso no podía estar pasando… ¡Tsukishima no podía estar muerto! No obstante, mientras más se negaba a la realidad, más fuerte era el llanto de la madre del rubio, un afligido lamento que le impedía sumergirse en el engañoso sendero de los recuerdos.

—Esto no debió ser así… Tú no debiste estar ahí. —murmuró con el nudo en la garganta asfixiándole, dirigiéndose a la urna entre sus brazos. —Mira a tu madre, mira a Akiteru, mírame a mí… Dios, Kei. Tú no… Tú… —un sollozo le quebró la voz y le hizo estallar en lágrimas, sin embargo, logró calmarse tragándose toda la hiel de su corazón. Debía ser fuerte, no podía romperse en ese lugar, no cuando debía ser el pilar de la madre de Kei.

—Tetsuro… —le habló la señora, él le miró de inmediato y trató de disimular el ardor en sus ojos. Asintió lentamente en señal de que le escuchaba. —Fuiste la persona más importante para Kei, sí lo sabes, ¿verdad? Cuando él me contó que le habías pedido matrimonio el rostro le brillaba como hace mucho no veía, fue como rememorar su emoción de niño al descubrir el mundo, pero ahora descubría lo hermoso que podía ser el mundo cuando lo compartes con la persona indicada.

Kuroo se mordió el labio inferior. Cada palabra era un alfiler clavándose en lo que quedaba de su alma; justo ahora cada momento feliz se convertía en una daga lastimándole sin piedad. La sonrisa de su chico… Imaginarla fue un amargo recordatorio de que jamás volvería a verle sonreír ni a escuchar el trino divino de su risa, sus ojillos entrecerrándose cada que se quitaba los lentes, su cabello revuelto por las mañanas y el tono lechoso de su piel. El sabor de sus besos, la melodía de su voz cuando pronunciaba su nombre con vehemencia, el sonrojo en sus mejillas cada que lograba hacerle avergonzar, la acidez de sus bromas, su ceño fruncido, sus lunares, su competitividad para nunca dejarse vencer en su cotidiano juego de provocaciones… Cada pequeño fragmento de Kei caía sobre él como lluvia fría, empapando su miserable existencia.

—No tengo dudas de que ambos se amaron con intensidad, tu presencia en la vida de mi hijo marcó un antes y un después, puedo estar completamente segura que fue el más feliz durante cada día que compartió contigo, por eso… Quiero y confío en que tú lo conserves. —señaló, posando sus manos sobre la urna. La acarició como si se tratara del rostro de Kei, segundos después se inclinó a depositar un beso a la misma, uno donde soltaba parte de su dolor. —Sé que eso es lo que él hubiera querido.

Kuroo afirmó y la madre del rubio se dio la vuelta. No hicieron falta más palabras, nadie tenía nada por decir, ahora sólo restaba tratar de sobrellevar la vida con esa enorme herida a cuestas. Akiteru recibió a su madre y juntos partieron fuera del hogar que tanto Tetsuro como Kei compartieron.

El silencio reinó en la habitación. Kuroo se dirigió con pasos débiles hasta una mesita y ahí depositó la urna con las cenizas de Kei, la miró por un largo rato y después fue por la foto, misma que colocó atrás de la caja. Volvió a mirarlo y creyó marearse al sentirlo todo tan irreal. Jamás imaginó ver el rostro de Kei enmarcado en un retrato funerario, esa cara que besó tantas veces jamás tendría que haber sido adornada con listones negros. La respiración se le agitó en un santiamén, incluso pensó perdería el aliento ahí mismo. Apretó los ojos y dejó que las lágrimas salieran sin control, los sollozos rompieron el silencio cuando las rodillas de Kuroo tocaron el suelo bruscamente.

Un desgarrador grito inundó la habitación. Se había quedado completamente solo.


Los días pasaron y junto con ellos las semanas. La casa que con dedicación prepararon para una vida de pareja ahora lucía lejana a ser eso; Kuroo había acondicionado una de las habitaciones para armar un altar digno para Kei. Todas las mañanas oraba frente a él, encendía incienso y dejaba frutas o algún postre, acto que repetía también durante el almuerzo y la cena. Había creado una patética rutina sin proponérselo, una donde resultaba imposible soltar el recuerdo de los días que compartió con su chico. Y, conforme hacía cada actividad pensando en él, más se lamentaba porque esa no era la rutina que ambos tenían en mente para el futuro. La vida de Kuroo había dado un giro de 180°, los planes que con ilusión imaginaron ahora eran cosa del pasado.

¿A dónde van las personas cuando mueren? ¿Existe el cielo realmente? ¿Por qué las personas mueren? ¿Acaso hicieron algo malo como para merecer un castigo así de cruel? ¿La vida les odiaba? Eran algunas de las tantas preguntas que azotaban la cabeza de Kuroo día tras día, acoplándose sobre su espalda como una pesada carga. Conforme el tiempo transcurría más se perdía en sus propios pensamientos de lo que alguna vez pudo ser. Había noches donde sus manos buscaban el cuerpo de Kei para aferrarse, despertando abruptamente cuando recordaba que él no estaba ahí. En ocasiones se sorprendió preparando una mesa para dos, para al final llevar el platillo al altar del rubio.

El panorama era sombrío y, para Kuroo, no existía ni un atisbo de salvación. La luz de su vida era Kei y ahora esa luz estaba apagada.

—¿Ya comiste? —preguntó Kenma al teléfono.

Desde que se enteró del incidente había estado sobre Kuroo como madre protectora, procurándolo y aconsejándolo, buscando hacerle compañía para que la soledad no le consumiera. El teñido recibió un quejido como respuesta.

—Espero estés comiendo adecuadamente. —agregó, después hubo un breve silencio. —¿Estás seguro de que es correcto seguir viviendo en el apartamento? —cuestionó, Tetsuro reaccionó.

—¿Qué insinúas? —su voz sonó reacia.

—Hablé con tu madre, me dijo que no le respondes las llamadas. Está preocupada, teme que no sea adecuado para ti vivir en… Ya sabes, el departamento que compartías con Kei.

—Este es mi hogar, Kenma. Y justo por eso no he respondido a ninguna llamada de mi madre, sé que ella quiere que yo me vaya de aquí, pero eso nunca ocurrirá. Este es nuestro hogar, mío y de Kei. Eso no ha cambiado.

—P-Pero… Ya pasó un mes, Kuro. Todos estamos preocupados por ti, no has aceptado ninguna visita ni sabemos cómo estás realmente. Tienes que reintegrarte a tu vida, buscar un trabajo, continuar-

—¡No quiero esa jodida plática sobre superación! —vociferó con violencia. —Con mucho pesar he aceptado que me envíes despensa y agradezco estés al pendiente de mí, pero si vas a cuestionar mis decisiones, lo mejor será que me dejes en paz. ¿Entendido? Ustedes… ¡Maldita sea! Ustedes están lejanos a entender siquiera un ápice de cómo me siento en estos momentos.

Escuchó un suspiro tras la línea.

—Disculpa. —dijo Kenma y pasados unos segundos colgó. Kuroo bufó enfadado, de antemano sabía que no era intención de su amigo el involucrarse en ese tema, sin embargo, tocaban fibra sensible cada vez que insinuaban que debía irse del departamento. Quizá se disculparía al día siguiente, tal vez no… A esas alturas, todo comenzaba a darle igual.

El día terminó con la misma tortuosa lentitud de siempre. El matiz en cada rincón de la casa era jodidamente lúgubre que Kuroo bien podía ser consumido por esa oscuridad y no opondría resistencia. El paso de las semanas hizo lo suyo muy a pesar de que Tetsuro se esforzaba por mantener la casa en orden, el lío en su cabeza fue enredándose más hasta que, sin darse cuenta, comenzó a abandonar ciertos deberes.

La ropa empezó a acumularse en el cesto al igual que los platos sucios en el lavabo, el bote de basura estaba a rebosar y el correo se estancaba frente a su puerta. El tiempo transcurría, sin embargo, Kuroo trataba de aferrarse a la idea de que no era así. Todo era un mal sueño, un escenario ficticio totalmente alejado de la realidad. Las cuatro paredes de lo que alguna vez fue un cálido hogar le mantenían suspendido en un sitio seguro donde podía quebrarse sin sentir que el paso del tiempo.

En aquella ocasión pasó todo el día en la habitación donde estaba el altar de Tsukishima, el cual observaba ensimismado e ignorando todo a su alrededor. Mirando la foto del rubio se dio cuenta de algo que le aterró: estaba olvidando a Tsukishima. Cada preciado escenario y cada valioso momento estaba siendo arrastrado hacia el lago del olvido y él no podía hacer nada para evitarlo, no podía enfrentarse a las consecuencias del andar de los días.

Observó sus manos, movió sus dedos y cerró los ojos al tratar de rememorar el tacto de Kei. Intentó recordar cuando entrelazaban sus dedos o cuando le agarraba por las mejillas, sin embargo, las imágenes confusas en su cabeza no eran lo suficientemente nítidas como para que sus manos volvieran a cosquillear emocionadas. Mordió su labio inferior y las lágrimas comenzaron a fluir silenciosamente, deseaba con locura golpearse la cabeza contra la pared hasta que pudiera volver a sentir la piel de Kei, la suavidad de sus cabellos al enredar sus dedos en ellos; anhelaba excavar hasta el rincón más oculto de su alma para desentrañar la última risa del rubio, su último “Te amo”, la última vez que pronunció su nombre…

Pero no fue suficiente.

—¿Por qué? —preguntó con la voz entrecortada y sorbió la nariz. Nuevamente fijó sus ojos en la fotografía de Kei. —¿Por qué tuviste que irte así, eh? ¿No se supone que lo nuestro sería para toda la eternidad? ¡Esto está lejano a ser eso! —apretó los ojos y tragó saliva con fuerza.

Tambaleándose se reincorporó y tomó sin cuidado el retrato del rubio, estrechándolo con fuerza sobre su pecho mientras los sollozos seguían tomando intensidad hasta convertirse en gritos cargados de dolor.

—¿Cómo puedo encontrarte, uh? Dime cómo puedo saber dónde estás… Por favor, yo… No quiero olvidarte.  —imploró y una tenue luz se coló por la ventana.

Era noche de luna llena.

¿Hace cuánto no miraba el cielo nocturno? Desde la muerte de Kei no lo había hecho, incluso mantuvo las ventanas cerradas y las cortinas corridas. ¿Entonces cómo…?

Se aceró al umbral de la ventana y jaló las cortinas para descubrir el paisaje. La luna brillaba sobre un cielo perfectamente despejado; las estrellas titilaban, pero ninguna podía igualar el resplandor de la luna.

«Kei…» Pensó y, junto con ese adorado nombre, una falsa esperanza destelló, una a la cual se aferraría con las fuerzas que le quedaban.


Moonshine: Sé que estás en algún lugar ahí afuera… Probablemente algún lugar muy, muy lejano que no conozco. Te quiero de vuelta en mi vida, porque tú tendrías que estar aquí. Kei, tú sabes que eres todo lo que tengo. Eres el amor de mi vida, mi alma gemela y todo por lo que vivo… ¿Acaso tú no sientes lo mismo por mí? ¿Entonces por qué no estás aquí, entre mis brazos? Tengo que encontrarte, haré todo por ir a ese lugar donde estás tú.”

Aquel fue el primer discurso dirigido a la luna. El corazón de Kuroo pudo sentir al fin una pizca de paz y, con ello, más confirmó que realmente necesitaba la presencia de Tsukishima en su vida. Esa noche sonrió mientras aprisionaba la imagen borrosa del rubio en su memoria.

La vida continuó y los días trazaron su camino sin dar tregua, tanto Kenma como otros conocidos y familiares de Kuroo siguieron intentando tener alguna clase de comunicación con él, pero el teléfono sonaba y sonaba mientras Kuroo intentaba aferrarse a la poca cordura que le quedaba. Antes de que su celular se apagara alcanzó a atender una o dos llamadas, mismas que terminaron en gritos, pleitos y lágrimas, Tetsuro pregonaba hasta el cansancio que nadie era capaz de entender ni una mínima parte de lo que él estaba sintiendo.

Había perdido a su otra mitad, al motor de su vida. ¿Con qué derecho opinaban al respecto? Para ellos Kei sólo había sido un chico más, un conocido o un compañero, pero para él lo había sido todo.

Las pláticas nocturnas se volvieron parte de la rutina, aunque las palabras de Kuroo se resumían en lamentos y súplicas que rogaban por una respuesta que le devolviera la calma; mientras que las mañanas transcurrían con singular dolor y pesadez. La luz del sol se convirtió en un obstáculo más interponiéndose entre él y Kei, tratando de evitar que pudiera acceder a esa preciada respuesta que buscaba. No quería días soleados, no quería una luz que no fuera la de la luna, la de su moonshine.

“Mi corazón se agita al pensar que estás ahí, Kei. Debes estar esperándome, ¿verdad? Me estás respondiendo, ¿cierto? ¿Tú también le hablas a la luna mientras piensas en mí? Dime que no soñando solo, dime que no estoy siendo un tonto que solo está hablándole a la luna… Dime que seguimos siendo cómplices en esto.

El día que te conocí fue el día más feliz de mi vida. Por supuesto que tengo más días felices y todos han sido a tu lado, pero… El inicio de nuestra historia siempre será mi recuerdo favorito. Conocerte y descubrir cada parte de ti fue mi mejor aventura, estoy satisfecho por cada cosa que hice para demostrarte lo mucho que significas para mí. Sé que soy un tonto, sé que hice muchas estupideces en el pasado y también sé que alguna vez te herí, pero yo pensaba que el destino nos daría el tiempo suficiente para cambiar todas las lágrimas que derramaste por sonrisas.

Amo tu cabello, tocarlo, sentirlo, besarlo y llenarme del aroma tan dulce que desprende. Amo tu piel y la forma en la que tus mejillas se sonrojan cuando, según tus palabras, soy demasiado cursi. Me declaro culpable de cada cosa ridículamente empalagosa que dije, sin embargo, no me arrepiento. Podré decir haber dicho palabras un poco ingenuas, pero todas han sido sinceras y jamás mentí cuando te dije que quiero compartir cada día de mi vida contigo.

Tus manos y tus brazos fueron ese lugar al que siempre quise ir, tus labios fueron aquellos de los que quise beber una y otra vez. Te convertiste en el centro de mi adoración y entraste con tanta facilidad en mi corazón que, cuando te fuiste, fue imposible no sentirme incompleto.

Fuiste la luna que este gato tonto quiso mirar todas las noches de su vida…

Pero lo único que vi fue cómo tu luz poco a poco se apagó sin que yo pudiera hacer algo. Si pudiera pedir un deseo, quisiera haber tomado tu lugar ese día en el autobús, para ser yo el que muriera en ese accidente, sin embargo, soy tan egoísta, que ni con eso hubiera estado satisfecho. Dejarte nunca hubiera sido una opción, Kei, porque estoy firmemente seguro que tú estás al otro lado del hilo rojo del destino que está atado a mi meñique…

Por eso te lo suplico una vez más. ¡Dime que estás ahí! ¡Dime que me estás oyendo! ¡Dime que no soy sólo un jodido loco hablándole a la luna para escapar de esta maldita realidad! Dime dónde estás, porque realmente tengo que llegar hasta ti, tengo que encontrarte, tengo que recuperarte. ¿Recuerdas que estamos comprometidos? ¿Recuerdas que yo soy tuyo? ¡¿Entonces por qué no me llevaste contigo cuando decidiste irte de esa forma?!

Te amo, Kei. Quiero cumplir aquello que te dije la noche de nuestro compromiso. Esa ridiculez de «Hasta que la muerte nos separe» no será nuestro fin ni destino. Te dije que sólo quería amarte para toda la eternidad, que nada ni nadie nos podría separar, ni la muerte ni el infierno mismo. Vacilé mucho en estos dos meses, pero ha llegado el momento de demostrarte que yo tengo el control de esto, que puedo hacerlo. Puedo llegar a ti, porque no quiero fallarte ni una sola vez. Sólo te pido que me esperes, porque te alcanzaré hasta ese lugar en el que estás. Extiende tu mano y dame la bienvenida, por favor, que lo primero que haré será devolverte lo que te pertenece, podrás mirar nuevamente aquel anillo adornando tu dedo anular. Te reclamaré como mío, llenaré tu rostro de todos esos besos que no he podido darte en todo este tiempo… Te haré olvidar estos angustiosos meses.

Sólo dime dónde estás, cuéntame el secreto para que mis pasos me guíen hacia ti. No quiero ser sólo un tonto hablándole a la luna, así que… Permíteme amarte otra vez y demostrarte que esto realmente será eterno.”

Los rumores tomaron auge conforme menos se fue sabiendo de Tetsuro. Los vecinos estaban preocupados por el excesivo silencio que reinaba en aquel lugar, unos pensaban que había huido y que el departamento estaba abandonado, otros aseguraban que había enloquecido y necesitaba ayuda urgente.

La familia y amigos de Kuroo decidieron responder al llamado y tomar cartas en el asunto. La situación estaba saliéndose de control hasta el punto en que nadie había tenido comunicación con él desde hace una semana, nadie sabía si tenía comida o cómo la estaba pasando. Así que irrumpirían a la fuerza y harían, lo que tuvieran que hacer, para sacar a Tetsuro de ese hoyo.

Sin embargo, ya era demasiado tarde.

Al ingresar a ese abandonado hogar lo único que encontraron fue el cuerpo de vida de Kuroo, yacía cerca de la ventana, expuesto ante la luz del sol. Sobre el suelo se extendían varios frascos de medicamentos, los objetos y ropa que pertenecieron a Tsukishima en vida, también había fotografías viejas que retrataban los momentos de felicidad que la pareja disfrutó antes del accidente. Sus brazos continuaban aferrándose a la urna con las cenizas de Kei y, en la mano derecha, descansaba impasible el anillo plateado de compromiso.

Nadie pudo saber cuánto tiempo pasó o qué fue lo que llevó a Kuroo a la muerte, si él decidió atentar contra su vida o fueron sus mismos descuidos los que se la arrebataron. Nadie fue consciente de la travesía que Kuroo tuvo que recorrer solo hasta encontrar esa ansiada solución que calmaría el dolor que había estado sufriendo ante la partida de Kei. Realmente nadie era capaz de imaginar la inmensa agonía en la que estuvo ahogándose durante dos meses… Cualquiera podía cuestionar o lamentarse por su decisión, sin embargo, ¿realmente alguien habría sido capaz de darle la solución para ponerle fin a su tormento? ¿Alguien hubiera podido devolverle el consuelo que la muerte le arrancó de los brazos? No, nadie hubiera podido cambiar el curso del destino.

Kuroo sólo necesitó una respuesta y esa fue la que la luna le dio.

Notes:

¡Era justo y necesario escribir algo inspirado en esta preciosa canción de Bruno Mars! Es que yo leo "luna" y enseguida mi mente viaja a este par, ah.
Desconozco si ya exista algún fic, one-shot o songfic de «Talking to the Moon», pero si no había... Pues ya hay. (?)

ADVERTENCIA DE QUE ESTO TENDRÁ CONTINUACIÓN, porque obviamente necesito sacar la versión de Kei.
Pista: la historia desde la perspectiva de Kei estará patrocinada por una canción de Malice Mizer.

Chau y gracias por leer. ♥