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Como Romeo y Julieta

Summary:

«La unión de dos almas sinceras no admite impedimentos. No es amor el amor que se transforma con el cambio, o se aleja con la distancia. ¡Oh, no! Es un faro siempre firme, que desafía a las tempestades sin estremecerse. Es la estrella para el navío a la deriva, de valor incalculable, aunque se mida su altura. No es amor bufón del tiempo, aunque los rosados labios y mejillas caigan bajo el golpe de su guadaña. El amor no se altera con sus breves horas y semanas, sino que se afianza incluso hasta en el borde del abismo». {William Shakespeare}

→Una serie de 7 one-shots sherliam
→#sherliamweek2021

Chapter 1: «As true friends do»

Notes:

Disclaimer: Moriarty the Patriot pertenece a Ryosuke Takeuchi y a Hikaru Miyoshi.

Día 1: Last night

Chapter Text

Cuando sus pies tocaron el suelo de la estación de Grand Central, soltó un suspiro aliviado. Después de haber pasado un mes entero en Pennsylvania por un mandato del conocido como Billy the Kid, en el cual estuvo cerca de ser asesinado, se alegraba demasiado de estar de vuelta en New York. Hacía ya casi un año en que la ciudad americana se había convertido en su hogar y, aunque echaba de menos todo lo que había dejado atrás, podía decir que le gustaba la vida que llevaba ahora.

Acarició su cabello, recogido en una coleta baja, y se dirigió hacia la salida de la estación, dispuesto a regresar a su casa. Mientras caminaba, sacó de su gabardina un cigarro y se lo llevó a la boca. Lo encendió con una cerilla y le dio una lenta calada, disfrutando de la manera en la que el humo entraba por su garganta. Finalmente dejó escapar el aire en un suspiro y sonrió, contemplando el paisaje neoyorkino que tanto había extrañado durante su viaje.

–De nuevo en casa.

–Disculpe señor.

Su mirada se desvió hacia un joven que se había acercado a él. Era un hombre veinteañero que vestía un traje color azul oscuro, aunque era más como un uniforme de trabajo. Llevaba también una gorra del mismo color y por la bicicleta y la gran bolsa que traía con él pudo adivinar que era un cartero. Lo miró extrañado. ¿Acababa de llegar y Billy ya lo estaba reclamando otra vez? Suspiró tras darle una calada a su cigarro y le hizo un gesto para que hablara.

–¿Es usted Sherlock Holmes?

–El mismo en persona.

–Tengo una carta urgente para usted —le dijo mientras buscaba en su bolsa de trabajo.

–Si es de Billy the Kid no la quiero. Si quiere algo que venga personalmente a hablar conmigo. Es una molestia...

–No señor —Sherlock lo miró con una ceja levantada, ahora curioso—, el remitente es William.

Al escuchar ese nombre, sus ojos brillaron de la emoción y una amplia sonrisa se formó en su rostro. Tener una carta de parte de su Liam era la mejor bienvenida que podría tener, aunque le habría gustado más poder verlo en persona. Como si fuera un niño pequeño a punto de recibir un regalo, empezó a meterle prisa al cartero para que le entregara la carta que le había dedicado su amado rubio. Una vez la tuvo en sus manos, dedicó unos pocos segundos a admirar la hermosa caligrafía que tenía su amante. Tras agradecerle al trabajador abrió la carta, impaciente, y la leyó entusiasmado.

Querido Sherly:

Billy me comentó que tu misión en Pennsylvania parecía ir bien, a pesar de las pequeñas complicaciones, y que no tardarías en estar de vuelta. Me gustaría poder ir a la estación a esperarte para luego volver a casa juntos pero no sé si voy a estar disponible para ello, por eso te escribo esta carta. Además, como sé que esta carta estará en tus manos en cuanto regreses, he pensado que sería una buena idea celebrar tu regreso con un pequeño juego.

Mi querido detective, si eres capaz de encontrarme, me aseguraré de darte una merecida recompensa. No te preocupes, sé que te gustan los misterios y me he encargado de que sea de tu agrado. Sin embargo, tal como hice en el pasado, te iré dejando pistas y te guiaré hacia mí. El resto es trabajo tuyo, Sherlock Holmes.

Atte. William M.

PD: Saluda a Henry de mi parte.

«Este es mi Liam» pensaba Sherlock mientras la emoción e ilusión del misterio invadía todo su ser. Observó todo a su alrededor, haciendo uso de su prodigiosa observación, en busca de alguna pista que hubiera puesto su criminal favorito. Sin embargo, para su sorpresa, todo le parecía normal y como siempre. ¿Dónde habría escondido la primera huella del crimen? Como si una bombilla se hubiera encendido sobre su cabeza, creyó dar con la clave del misterio. Desvió su mirada hacia el cartero, que estaba revisando la próxima dirección a la que tenía que ir, y se acercó a él.

–¿Cómo te llamas?

–¿Yo? —Sherlock asintió— Me llamo Jacob Johnson, señor Holmes.

Sherlock chasqueó la lengua, molesto. «Habría sido demasiado fácil. Liam no es así». No obstante sabía que la clave se encontraba en el cartero, el lugar ya era otra cosa. Si su nombre no era, probablemente fuera algo que llevara consigo. «Una carta o un paquete dedicado a Henry». Siguió atentamente con la mirada cada uno de los gestos de Jacob y, cuando lo vio revisar un paquete, se acercó más a él para poder leer con claridad a quién iba destinado. Una sonrisa de satisfacción se mostró en su rostro al encontrar el resultado del primer acertijo.

–Con permiso yo me encargaré de entregar esto —dijo Sherlock quitándole el paquete de las manos al cartero.

–¡Disculpe, señor Holmes, no puede hacer eso! ¡Es mi trabajo!

–¡Esto es un juego, Jacob! ¡Nueva York está ahora bajo el poder de Liam!

El de cabellos oscuros salió corriendo en busca de la calle en la que debía entregar el paquete mientras Jacob le gritaba suplicándole que se lo devolviera. Por supuesto, Sherlock hizo caso omiso a sus súplicas y fue por las calles de New York en busca del 330 de Madison Avenue. Aunque su fuerte no eran las matemáticas, más o menos calculó mentalmente cuánto tardaría en llegar a su destino. Una vez estuvo frente al edificio que buscaba, se dejó caer sobre sus piernas mientras recuperaba la respiración.

–¿Hotel Manhattan? Realmente te gusta molestarme, Liam.

Cuando se recuperó, entró dentro del hotel. Tanto él como William conocían perfectamente ese lugar, puesto que hacía tiempo habían necesitado alquilar una habitación para un trabajo de Billy. Para su sorpresa, este les había preparado un único aposento y un único lecho, haciendo que se dieran cuenta de que su relación ya no era un secreto para el americano. No se quejaron, al contrario: le dieron un buen uso a la cama matrimonial.

–Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar? —dijo la persona encargada de la recepción de clientes.

–Traigo un paquete para Henry Williams.

Sherlock le mostró la caja que tenía en sus manos y el hombre, tras evaluarlo con la mirada, sacó de su bolsillo una carta y se la entregó. El "detective" lo miró extrañado y el recepcionista le dedicó una sonrisa.

–Le estaba esperando, señor Holmes. Me alegra ver que va por buen camino en el juego del señor William.

–Le encanta molestarme así. Es parte de su encanto, y por eso lo amo tanto —una sonrisa se formó en el rostro de Sherlock mientras se disponía a abrir la carta.

–Por cierto, el paquete puede quedárselo. Es un regalo.

–¿Para mí?

–Así es. Siéntase libre de abrirlo cuando guste.

Sin poder pelear en contra de su curiosidad, no dudó ni un segundo en abrir aquel paquete que había robado de las manos del cartero. Sinceramente esperaba encontrar algún regalo de su amante, tal vez algo que le gustara o incluso un obsequio de joyería como premio por haber resuelto su primer acertijo. Sin embargo, para su sorpresa, en el paquete había un libro: Romeo y Julieta, de William Shakespeare. Sherlock lo miró extrañado. ¿Qué se supone que debía hacer con eso? Abrió la carta que había recibido de recepcionista, esperando encontrar respuestas.

Querido Sherly:

Si estás leyendo esto es porque has conseguido resolver mi primer acertijo. Solo puedo decir felicidades, aunque todavía te falta un poco para reencontrarte conmigo. ¿Qué te ha parecido el primer lugar al que has tenido que ir? Espero que al menos te hayas reído al resolverlo.

Recuerdo perfectamente ese día. Me divertí bastante y... realmente me haces sentir tan bien que puedo decir que eres mi razón de vivir. Junto a los libros que tanto me gustan leer eres el único que me proporciona una paz y una felicidad que nunca antes había sentido. Por ello estaré esperando por ti el tiempo que haga falta.

No tardes en encontrarme, mi amado detective.

Atte. William M.

Cerró la carta y dio un suspiro. ¿Dónde estaba la pista? Con la anterior carta tenía claro que la palabra clave era el nombre de Henry; sin embargo, en esta no parecía haber nada extraño. Además de recordarle lo que ocurrió en una de las habitaciones del hotel, lo único que había escrito William era lo mucho que lo quería. No acababa de entender lo que estaba pasando. ¿Acaso las huellas ocultas del misterio se encontraban en él mismo?

Fijó su mirada en el libro de Shakespeare. ¿Qué tenía que ver con todo aquello la famosa historia de los amantes trágicos? Había algo que no cuadraba, algo que le hacía falta para acabar de comprender el significado de las palabras de su amante. Abrió los ojos con sorpresa cuando llegó a una conclusión: el libro. William había dicho que amaba los libros tanto como lo amaba a él, así que la clave estaría en el paquete.

Sin dudarlo tomó el libro y lo abrió pasando rápidamente las páginas en busca de algo que le llevará al final del problema. «¿Dónde está? ¿Dónde está la pista?». Empezando a perder la paciencia, Sherlock agitó el libro esperando que algo cayera de él, y no tardó mucho en conseguir una reacción: un pequeño papel doblado descendía hacia el suelo en un vaivén provocado por el liviano peso del material. El detective lo cogió antes de que cayera y lo leyó con impaciencia. Seguidamente, una sonrisa causada por la satisfacción de haber encontrado la respuesta que andaba buscando se formó en su rostro.

–La Biblioteca Pública, ¿verdad? —Sherlock no pudo contener una carcajada— Eres maravilloso, Liam.

Se despidió del hombre del hotel y, tras agradecerle, volvió a salir corriendo en dirección al lugar que andaba buscando. Era consciente de que, si seguía yendo a todos los sitios a los que su querido Liam le estaba guiando, acabaría demasiado cansado. Pero realmente William sabía cómo entretenerlo y hacer que se divirtiera con todo aquello. «Está siendo una muy buena bienvenida», pensaba Sherlock.

Después de otros veinte minutos corriendo sin parar, llegó a la puerta de la Biblioteca. Se apoyó sobre la puerta mientras recuperaba el aliento y, en cuanto estuvo mejor, decidió pasar dentro del edificio. Se dirigió directamente a la encargada del lugar y le entregó el libro de Romeo y Julieta.

–Vengo a devolver este libro.

–¿Nombre?

–Sherlock Holmes.

La mujer sacó unas hojas en las que llevaba la cuenta de todas las personas que habían retirado libros y comenzó a buscar atentamente el nombre de Sherlock Holmes. Después de unos segundos lo encontró y tomó el libro de Shakespeare con una sonrisa. El de cabellos oscuros observaba con dedicación cada uno de los movimientos de la bibliotecaria, esperando recibir otra carta de William. Sin embargo, lo único que recibió fue otro libro que, además, conocía demasiado bien.

–¿El problema final? —se quejó Sherlock al cogerlo— ¿Es una especie de broma?

–No, señor Holmes. Es el libro que encargó ayer.

–Agh, realmente a Liam le gusta jugar con mi paciencia. ¡De acuerdo, lo tomaré! ¿Cuándo hay que devolverlo?

–Puede quedárselo. Es un regalo del señor William para usted.

–Bueno, muchas gracias, supongo.

Salió de la biblioteca, no sin antes despedirse de la bibliotecaria, y observó el libro que tenía en sus manos, sin entender nada. No había recibido ninguna carta como esperaba, solo el libro que su antiguo compañero John Watson había escrito. Suspiró, molesto. ¿Ahora qué tenía que hacer con esto? La clave tendría que estar en el libro, pero ¿dónde? En el Problema Final ocurrían demasiadas cosas que podía relacionar con William y su escondrijo, solo por eso le llevaría casi toda la noche encontrarlo.

–Bien, supongo que tendré que leerme el libro otra vez, ¿no es así, Liam?

Pensó en regresar a la biblioteca para leer con calma y tranquilidad pero el bar situado enfrente de esta le resultaba más atractivo como ambiente. Entró y, cuando tomó asiento en una pequeña mesa, pidió algo de alcohol frío para acompañar su lectura. No era tan aficionado a la lectura como lo era su amante, y aún menos si el libro trataba sobre él mismo porque, al fin y al cabo, sabía lo que estaba por ocurrir.

No obstante tenía que admitir que era algo importante y significativo para ambos, tanto que podía decir que ese era el final y el principio de su propia historia juntos. Además le causaba una cierta curiosidad el hecho de que John, bajo el pseudónimo de Conan Doyle, había puesto de escenario las cataratas de Reichenbach en vez del Tower Bridge de Londres. El momento culminante y más destacable del momento final: el enfrentamiento entre Sherlock Holmes y el profesor Moriarty.

Eso le hizo reaccionar. ¿Cómo no podía haberlo pensado antes? Sherlock comenzó a pasar páginas rápidamente, en busca del momento exacto en el que ocurría la "caída de Reichenbach", con la esperanza de encontrar la respuesta al problema final que le había planteado su amante. Y, tal como lo imaginó, halló una pequeña nota entre las páginas en las que se narraba ese momento tan importante para ambos. La sacó con cuidado y cerró el libro, consciente de que no lo iba a necesitar más.

«Catch me if you can, Sherly»

Aquellas palabras eran como una droga para él, como un subidón de adrenalina que le incitaba a hacer cualquier estupidez. Definitivamente, William lo conocía demasiado bien y sabía cómo provocarlo hasta el punto de volverlo loco. Acabó su bebida de un trago y, tras pagar al camarero que le había servido, salió corriendo a la calle con la intención de ir andando hasta el lugar de su reencuentro. Sin embargo, al darse cuenta de la distancia que había desde el sitio en el que se encontraba hasta al que tenía que acudir, decidió recurrir a la mejor opción.

–¡Taxi!

En cuanto el carruaje frenó delante de él, no dudó ni un segundo en subirse en él. El cochero se sobresaltó al verlo con tanta prisa, aunque creyó adivinar el motivo de su agitación por la gran sonrisa que Sherlock llevaba consigo. Sus ojos parecían irradiar luz propia con lo que brillaban debido a su emoción e ilusión, así que decidió no perder el tiempo y llevarlo junto a su alma gemela.

–¿Dónde le llevo, señor?

–Al Brooklyn Bridge. ¡Si puede ser rápido mucho mejor!

~•••~

El astro solar había acabado de esconderse por el horizonte, indicando que no tardaría mucho en llegar la oscuridad de la noche. La Luna podía verse en el cielo despejado y poco a poco iba tomando más brillo cuanto más se ennegrecía el azul del firmamento. Al mismo tiempo la temperatura iba descendiendo considerablemente, tanto que incluso de vez en cuando se abrazaba a sí mismo para evitar que su cuerpo cogiera frío. Sacó su reloj de bolsillo para comprobar la hora: las 20:32. «Se está haciendo tarde, debería volver a casa...» pensaba William mientras veía el movimiento de la aguja de los segundos. Sin embargo, le había prometido a su amante que le esperaría pasara lo que pasara, y si tenía que pasar la noche en el puente de Brooklyn lo haría por él.

Una leve ventolera de aire le hizo tiritar de frío, haciendo que maldijera mentalmente el tan próximo invierno. También había sido su culpa haber salido a la calle sin un abrigo con el que resguardarse, confiando en que Sherlock aparecería antes de la noche. Suspiró mientras guardaba el reloj dorado de vuelta a su bolsillo y se cruzó de brazos para observar el paisaje marítimo.

–¿Dónde estás Sherly?

–¡Liam!

Cuando escuchó ese nombre, su cuerpo se estremeció nuevamente. No por el frío, sino que esa vez fue causado por el dueño de aquella voz grave que le había llamado. Desvió su mirada del agua para fijarse en la persona que se acercaba a él corriendo como si su vida dependiera de ello. Sus ojos se iluminaron por la ilusión y las lágrimas amenazaban con salir al reconocer la figura de Sherlock en la lejanía. Al escuchar de nuevo aquel apodo que ahora tenía por nombre, su corazón dio un vuelco, demostrándole nuevamente lo enamorado que estaba de aquella persona que cada vez estaba más cerca suya.

–¡Sherlock! —se animó a gritar el rubio.

–¡Liam! —le respondió Sherlock.

Como si no se hubieran visto en años, Sherlock saltó sobre William para abrazarlo con todas sus fuerzas y, seguidamente, se unió con él en un largo y apasionado beso. El rubio correspondió cada uno de los gestos que había hecho su amante, incluso rodeó su cuello con sus brazos para profundizar más la unión de sus labios. El azabache bajó sus manos a la cintura de Liam, abrazándolo para atraerlo más a él, como si fuera a desaparecer si se alejaba.

–Supongo que te he vuelto a atrapar, Liam —dijo Sherlock antes de volver a llenar de besos a William—. Te he echado tanto de menos...

–Yo también te he echado mucho de menos. Sherly, para, me haces cosquillas —se quejó el rubio mientras intentaba escapar del abrazo de Sherlock.

–Ah, ah, después del recorrido que me has hecho hacer no creas que te vas a escapar tan fácilmente de mí —dijo antes de depositar otro beso en tus labios.

–¿Qué te ha parecido mi bienvenida? ¿Mi pequeño juego de detectives ha hecho desaparecer las malas sensaciones del viaje?

–Me he divertido bastante, tengo que admitirlo. Pero estar contigo es lo que realmente me hace feliz —con sus palabras, William se sonrojó un poco y desvió su mirada en un intento de ocultarlo.

–Me alegra escuchar eso...

Finalmente Sherlock dejó libre a William para que pudiera estar cómodo junto a él. Además, ya habían conseguido atraer la atención de todos los que caminaban por el puente, aunque, si fuera por Sherlock, seguiría besándolo y abrazándolo para que todo el mundo supiera que tenía al mejor novio del mundo. Pero luego recibiría una regañina de parte de William, y quería pasar el resto del día y de su vida con él sin problemas.

El rubio se acercó al borde del puente, apoyándose sobre la barandilla para observar con más detalle el río que pasaba bajo sus pies. Sherlock pensó en ponerse junto a su lado, pero acabó yendo con él y abrazándolo por la espalda. William no se quejó, al contrario, correspondió nuevamente la muestra de cariño de su amante, demostrándole así lo mucho que había necesitado sentirlo así durante ese mes.

–Este lugar me trae recuerdos de Londres —comenzó a hablar William—, tal vez sea porque es el último recuerdo que tengo de ese país. Pasamos nuestra última noche como "enemigos" en un puente, aunque estuviera en construcción.

–Por eso me has esperado aquí, ¿verdad?

–Era sencillo poder relacionar el Problema Final con un puente. Los dos vivimos el momento en persona.

–Lo que era completamente innecesario era pasar por el hotel Manhattan...

–¿De verdad? Yo creo que era un lugar importante por el que debías pasar cuando volvieras.

–¿Y la biblioteca también?

–Pensé que sería bueno que fueras. Alguien que no sabe que la Tierra gira alrededor del Sol debería leer más libros.

–Cállate.

William no pudo contener una carcajada al ver a Sherlock avergonzado por lo que le había dicho. Tenía que admitir que le encantaba molestarlo de esa manera, pero también tenía que admitir que lo amaba como era, con sus virtudes y sus defectos, aunque no supiera algo tan básico como eso. Ese era el encanto que tenía Sherlock Holmes, ese era el encanto de la persona que más amaba en el mundo. El rubio volteó sobre sí mismo para quedar frente a Sherlock y lo besó como disculpa.

–¿Volvemos a casa? Allí podemos seguir dándonos todos los besos que no nos hemos dado en un mes.

–Me parece un buen plan. Espero que estés listo para que te coma a besos, y no vas a poder escaparte de mí. Además —Sherlock se acercó al oído de William para susurrarle—, me gustaría agradecerte por la maravillosa bienvenida que he tenido, darling.

El cuerpo del rubio tembló levemente tras las palabras de Sherlock, sabiendo a qué se refería. William le sonrió como respuesta y se alejó de él para comenzar a caminar de regreso a su hogar. El de cabellos oscuros lo siguió y caminó junto a él hasta salir del Brooklyn Bridge, dispuestos a pasar esa primera noche y primera mañana como si fuera la última.