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Existen cuatro elementos que conforman el mundo material representando cuatro formas en las que la energía se manifiesta, cuatro expresiones del todo, desde su forma más densa y pesada hasta la más inmaterial.
Estos cuatros elementos se hacen llamar tierra, agua, fuego y aire. Han estado presentes desde el primer racionamiento de la especie, podría decirse con más exactitud desde que la primera humana con delirios y deseos carnales decidió comer una manzana en aquel jardín nombrado como el edén.
Para los seres humanos tal historia bíblica es la versión real sobre la creación, el verdadero relato de cómo obtuvieron todo y a la vez nada por un error de una fémina con apetito de pecar.
Pero, toda esta idea estrafalaria de humanos, serpientes, animales y huertos es una de las versiones con más apogeo en la doctrinaria. Es decir, se ha vendido como pan caliente hacia los humanos con el objetivo de crear deidades para control en masa, cuando la verdadera historia está en la astrología.
Sí, existieron alrededor de doce dioses con diferentes personalidades —y complejos— que habitaron antes de la versión religiosa, esa que es conocida como Adán y Eva.
Estos dioses vivían en la tierra disfrutando los dulces néctares de las aguas cristalinas, florecillas de los más verdosos campos, y sin olvidar las mieles de las creaciones de ellos mismos anidadas con los astros.
A pesar que eran tantos dioses habitando en cada peldaño en la tierra, podían convivir con libertad, ayudando a los signos contrarios en sus labores o hazañas de la construcción de la nueva especie.
Los grupos estaban subdivididos como signos de los cuatro elementos.
Para todos estos dioses, lo preferible para cada uno de ellos era llevarse con los mismos que tenían compatibilidad, se habla de que si se iban a involucrar en un sentido romántico con un dios; que fuera agua por agua, tierra por tierra, y no por tierra por fuego, agua por aire.
Simplemente porque habría un choque de elementos mostrando las energías negativas de cada signo.
Aunque para Fushiguro Megumi — dios del elemento de la tierra nombrado en representación como el décimo signo; capricornio— Tenía una mejor palabra para agregar con el párrafo anterior…
Y era que ciertos signos eran incomprensibles, lidiar con el elemento contrario era una tarea difícil, sobre todo si estás saliendo con uno de los dioses del agua.
“Los cáncer son tan difíciles” Dijo el de hebras ámbar negro, en este momento se encontraba sentado en una piedra que estaba en medio del río, veía su propio reflejo desde ese espejo. “Los dioses del agua son muy extraños”
Las avecillas del lugar crearon un ambiente febril, al igual que las corrientes chocar contra las piedras.
“No somos tan difíciles” Respondió su amado mientras controlaba la corriente del río para que fuera calmo, esto traería como resultado que la hermosa túnica de seda color blanco que poseía Megumi no se mojara por culpa del agua. “Los demás signos exageran con nosotros”
Megumi alzó su mirada en busca de esos ópalos rojizos, todavía seguía sin entender por qué Sukuna tenía ojos de tal color, si era un signo de agua.
“Sukuna, la primera vez que te confesé mis sentimientos por ti...” Dijo evitando no reírse en la cara de su amado novio “Lloraste tanto que se creó un nuevo océano”
“No exageres, bendición.” Sentenció caminando hasta donde él para tomarlo en sus brazos y llevarlo hacia su pequeño hogar.
“Claro que sí” Siguió objetando, el dios del agua lo tomó en sus fuertes brazos para cargarlo como si fuera un pequeño cachorro. El azabache soltó una risa por ver como los cuatro ojos del pelirosa lo observaban con anhelo “Según Gojo, le han llamado como el océano pacifico”.
“Vaya, me hubiera encantado que le llamaran 'Megumi'”.
Además de ser un signo muy llorón, son conocidos por ser unos sensibles de mierda. Hay que pensar diez veces qué decirles antes de formar una oración donde no puedas herirlos o conmocionarlos, sino tendrías como resultado un cóctel de emociones.
Algo que el pobre Megumi no sabía hasta que en una noche lo experimentó.
“Sukuna ¿Estás bien?” Pregunto viéndolo en posición fetal de su cama, que, la cama era una inmensa nube que Sukuna le había regalado a su precioso ángel.
“No, déjame solo” Respondió con su cara llena de lágrimas, su par de ojos principales desprendía líquido salado.
Sin nada que decir, el dios de la tierra caminó hasta la nube para sentarse al lado del otro ser celestial. Éste seguía evitando hablar con su novio, aun cuando el menor posó una de sus manos en el hombro del pelirosa.
“¿Ahora que hice para herir tus sentimientos, cáncer?” El de marcas en el rostro evitó contestar. Megumi soltó una pequeña risa por el acto tan bobalicón.
“Me regalaste una estrella” Mencionó tapando su rostro con sus manos para evitar seguir llorando “Es lo más bonito que me han dado, desde, desde, desde…” Empezó a titubear por el cóctel de emociones.
Y ahí está, el lado sensible. Pensó Megumi.
“Desde que tú me diste un pequeño pez dorado para mi acuario” Terminó la oración para volver a soltar lamentos acompañados con te amos.
“Ryomen Sukuna, eres un sensible de mierda” Llevó una mano en su boca tratando de no soltar carcajadas “Quien los entiende”.
Dejando al lado la sensibilidad de los signos de agua, estos podían ser un poco necesitados. Su alimento es el cariño y afecto, en especial, si se habla de una relación de pareja.
Son lo contrario a los signos de tierra, por eso, creaba un choque en el vínculo de ambos dioses. Mientras que uno quería que le prestara atención a cada momento, el otro evitaba las muestras de cariño, ya sea en público o privado.
“Fushiguro Megumi ¿Tú me amas?” Interrogó el de lagunas de sangre, ambos estaban sentados en una colina observando el atardecer esconderse frente a ellos.
Sus manos estaban entrelazadas, al igual que sus corazones.
“Sukuna, es la quinta vez que me preguntas” Respondió el de perlas azules, le echó un vistazo a su novio.
“¿Eso significa que no me amas más que la vez anterior?” Hizo un puchero acompañado con ojitos de cachorro malherido.
“¡Agh!”
Un silencio incómodo apareció en la escena, la brisa de verano golpeó los rostros de ambos dioses. Ninguno se dirigía las miradas, ambos apreciaban el atardecer. Sin embargo, fue un instante perfecto para que el capricornio pensara en sus sentimientos.
“Te amo, tonto dios del agua” Cortó el silencio el azabache, no quiso observar a su amado novio porque sabía que iba a sonrojarse, tanto que los dioses del fuego le tendrían envidia a ese tono.
“También te amo, bendición”
“¡Eso ya lo sé, idiota!”
Esta vez, Megumi dirigió su mirada a Sukuna. Este tenía una sonrisa de oreja a oreja por haberle sacado una muestra de afecto para alimentar su alma.
“Me tienes muy enamorado” Confesó el dios de la tierra.
Una de sus manos se colocó en el verde pasto de la colina, de este fluyó de la tierra una preciosa rosa de color carmesí, se igualaba a los ojos de Sukuna, quizás hasta había tomado inspiración en él para crear un nuevo tono.
Ryomen cortó la preciosa flor para ponerla en la oreja del precioso ángel que tenía como pareja. Ante este acto, el azabache soltó una sonrisa nerviosa, además que no ayudó mucho el hecho de que Sukuna sostenía el rostro del menor con su mano.
Tenía su mundo, lo que llamaba un mundo ideal, en la palma de su mano.
“El día que nos convirtamos en historia para el nuevo espécimen...” Relató el pelirosa acariciando con su pulgar la mejilla de la bendición “Quiero que nos recuerden como los dioses que crearon el verdadero balance de los elementos”.
Dicho esto, el dios de ojos escarlatas acercó su rostro hasta su adorado ángel, el pequeño capricornio cerró sus ojos esperando el gesto de cariño. Sukuna soltó una pequeña risa al ver a su ángel, ahora, tan necesitado.
Sin más que agregar, depositó un suave beso en esos agraciados y suaves labios. Megumi no reprochó, ni se excusó, simplemente sus manos se enredaron en el cuello del cáncer. Lo atraía más a él para que lo besara con más fuerza, o porque quería que el sol tuviera envidia de él por tener a un dios tan jodidamente cariñoso, gentil y fiel envuelto en sus dominios.
La mano de Sukuna se desprende del mentón para pasar a las caderas del muchacho, apretaba con posesividad dejando en claro que le pertenecía. Todo de Megumi le pertenecía, hasta la última gota de sudor que soltara.
Sus lenguas estaban en una batalla, pequeños hilos de saliva se desprendían de la comisura de Fushiguro. Jadeos obscenos se escapaban de la boca cereza del capricornio, ya que el dios del agua tomaba entre sus dientes el labio del menor para mordisquear un poco y jugar con su lujuria.
El valle junto a la colina donde estaban sentados eran los testigos de aquella muestra de amor entre los dioses. Y bueno, al parecer los rasgos estables y confiables de la tierra complementan los rasgos sensibles, intuitivos y emocionales de los signos de agua.
