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Anthony, el hijo de las flores

Summary:

Un Alpha pequeño y delgado reza incansablemente para encontrar al Omega que lo amará verdaderamente, pero cuando la naturaleza interviene y decide crear un Omega para él, todo es demasiado abrumador para Steven y las cosas no salen como deberían salir, ¿Encontrará la forma de arreglar sus errores, o vivirá el resto de su vida sabiendo que arruinó su oportunidad de ser amado?

Chapter 1: Entre ovejas y flores

Chapter Text

En las grandes y verdes praderas en las afueras de un pequeño pueblo, un Alpha distinto a los demás, pastoreaba a sus ovejas todos los días. El hombre era delgado y pequeño, con cabellos rubios, lisos que bailaban con el viento, ojos azules como el cielo, de hombros angostos y dedos largos. Su nombre era Steven Grant Rogers, el único hijo del matrimonio Rogers, cuyo padre fue el herrero del pueblo antes de deber unirse al ejército y finalmente morir en combate. Su madre fue una Omega dulce y noble, que se dedicaba al pastoreo de ovejas, hasta que falleció debido a la pérdida de su pareja, dejando a Steven en soledad.

Mientras lo pastoreaba a sus ovejas, había desarrollado un hábito recurrente y cotidiano, a decir verdad. Él rezaba arrodillado junto al único árbol que se encontraba al centro de la pradera.

El árbol poseía largas y pesadas ramas que al mecerse en el aire acariciaban su rostro y sus hombros, mientras el chico murmuraba sus rezos, con los párpados cerrados, apretados fuertemente y sus manos juntas.

Escuchó entonces un balido y el chico interrumpió su rezo para girarse, una de sus ovejas se había acercado a él y ahora empujaba su cabeza con suavidad contra su espalda.

—Sí, otra vez estoy rezando aquí. —Susurró acariciando con suavidad la cabeza de su compañera, al mismo tiempo que se volteaba otra vez hacia el frente. —Deseo encontrar a alguien a quien amar abnegado y que me ame de la misma forma, quiero sentir el amor y no dejarlo ir jamás, deseo ser amado y amar de vuelta, así que ruego por esa persona, ruego por alguien para mí. —Sus palabras eran apasionadas y casi dolorosas por no haber encontrado a una persona así, pues había comenzado a rezar mucho tiempo atrás, cuando era más joven, incluso cuando su madre seguía viva y de eso hacía ya más de dos años.

La oveja entonces continuó pastando cerca de su dueño. Su perro cuidaba del resto de ovejas que no le tomaban importancia a Steven rezando nuevamente, con los párpados cerrados y su cuerpo erguido.

Cuando el sol comenzaba a inclinarse hacia el oeste, Steve decidió que era hora de irse a casa, era un largo camino de vuelta al pueblo y el chico no quería verse envuelto en la oscuridad, siendo presa fácil para los lobos y zorros.

Así que se puso de pie y silbó, su perro empezó a agrupar a las ovejas, así Steve comenzó a caminar de regreso, su fiel compañero caminaba detrás de todas las ovejas, que seguían al rubio sin parar por el camino de terracería.

El Alpha se agotaba con facilidad y era un alivio para él que sus animales no caminaran tan rápido tras sus pies, pues podía tomar breves descansos de vez en cuando.

Atardecía para cuando el Alpha por fin llegó a su hogar, una casa pequeña de tabiques no muy lejana del pueblo, pero lo suficientemente lejos para que sus ovejas no molestaran a nadie. El rubio rodeó la edificación, escuchando a sus animales seguirlo. Detrás de la casa había un viejo granero en el que sus ovejas dormían por la noche, resguardadas de los peligros, a su lado el abandonado taller de herrería de su padre.

Ingresó en el granero y sus ovejas entraron también, todas buscando su lugar para dormir esa noche al mismo tiempo que Steve se aseguraba que cada puerta y ventana estuvieran perfectamente cerradas antes de irse con su can a la casa.

El chico caminó hasta llegar a la puerta y entró en la pequeña edificación, hambriento se acercó a la cocina. Era muy raro que Steve tuviera algo preparado y listo para comer, pues ya que estaba todo el día en las praderas, no tenía tiempo para preparar comida, al ser un Alpha soltero, tampoco tenía a una pareja que lo apoyara en ese sentido.

Sin embargo no todo estaba tan mal, Steve tenía un buen amigo, James “Bucky” Barnes, que solía prepararle un poco de comida de vez en cuando, sobre todo en los momentos donde Steve tenía suficiente plata como para pagar por ello. No le parecía bien que James y su esposa Natalia trabajaran arduamente y además de sacar para los gastos de ellos mismos y su cachorra, debieran cargar con él. Odiaba sentirse como una carga o como un inútil, prefería no comer adecuadamente que serlo.

Después de todo ser un pastor no era precisamente lo más rentable. Pues aunque vendía la lana que ellas producían a un precio decente, debía esperar un tiempo considerable para poder vender una cantidad que le dejara ganancia y mientras tanto seguía teniendo gastos y necesidades.

Después de comer un trozo de pan y un vaso de leche, fue a la habitación principal, aquella que perteneció a sus padres antes de morir. Tomó un pijama del ropero y se la colocó, para después acercarse a su acogedora cama y meterse bajo las cobijas, su can se acomodó a los pies de su cama sobre el tapete.

Y así era como vivía, día a día pastoreando, rezando y volviendo a casa para repetir todo al día siguiente.

Cierto día, se dio cuenta que un pequeño botón de flor había salido en el medio de la base del tronco del árbol donde Steve rezaba. Steve la contempló con felicidad e incluso le habló, diciéndole lo hermoso que era y que seguramente al florecer sería preciosa, aunque solo era un capullo rosado, pequeño y tierno.

Los días fueron pasando y como Steve lo dijo, floreó de una forma hermosa, él no paró de halagarla. Pronto otro botón apareció y estuvo acompañada por otra, después otra flor nació y otra y otra y otra; era un evento maravilloso que él contemplaba todos los días, acariciando las flores y siendo cuidadoso de no lastimarlas.

Bastantes días después de la aparición de la primera flor, Steve notó que las flores formaban un hermoso e irregular capullo que irremediablemente tuvo que dibujar, encandilado con la belleza.

Pero tristemente, había otro cambio que acompañaba a aquel precioso florecimiento. El árbol, ese precioso sauce llorón, moría, un poco más cada día, con cada nueva flor que nacía; primero las hojas fueron tornándose amarillentas hasta que comenzaron a caer y después las ramas que antes flexibles danzaban al compás del viento, hoy se quebraban ante el mínimo roce.

Y Steve no comprendía cómo es que de algo tan hermoso podría significar la muerte de un árbol que estuvo ahí mucho antes que él naciera. Para su desgracia no había nada que pudiera hacer para devolverle la vitalidad al sauce y cortar el arbusto de flores en un intento por revivir el árbol no le parecía la idea más inteligente, así que desistió, limitarse a ser testigo de la muerte del árbol.

Llegó el momento en el que el sauce se hizo únicamente un tronco sin una sola hoja, aunque el verano estaba en su esplendor y estaba favoreciendo a todas las demás plantas ahí, incluyendo al pequeño matorral de flores.

Steve suspiró, sintiendo un gran pesar en su pecho, suspirando. Una de sus ovejas, se acercó y mordisqueó una de las flores que brotaban tiernamente.

El rubio horrorizado se puso de pie y trató de ahuyentarla, pues era el último resto de toda la vida que poseyó el sauce.

La oveja espantada por el comportamiento de Steve pisoteó algunas de las flores y cuando el rubio iba a alejarla, escuchó una exclamación de dolor proveniente de las flores. Tanto el rubio como la oveja, miraron fijamente al manto multicolor, que luego de unos segundos, comenzó a moverse, sacudiéndose con suavidad.

La oveja baló espantada y pronto sus compañeras se acercaron por el escándalo, mientras que Steve miraba estupefacto, con el corazón latiendo tan rápido, sentía que saldría de su pecho.

Las flores siguieron moviéndose, algunos pétalos incluso cayeron de las corolas en cierto punto y como si fuera de una obra de terror, un brazo salió de la tierra. Todas las ovejas balaron aterrorizadas, corriendo en círculos mientras las flores iban removiéndose con mayor brusquedad y la tierra dejaba salir una cabeza y otro brazo.

Un chico delgado, con la piel acanelada y cabellos oscuros, se estiró, con la mitad de su cuerpo aún enterrado entre las flores. El muchacho bostezó y abrió los ojos, por unos segundos se quedó mirando a Steve, que estaba totalmente pálido, impresionado y a punto de tener un ataque de asma.

Más pronto que tarde, el chico estuvo totalmente fuera de la tierra y se acercó al árbol, colocó una mano sobre el tronco, susurró unas palabras y después con sus manos juntó la tierra con los restos de las flores y los colocó alrededor del árbol, después dio unos pasos hacia el rubio, como si no pudiera contener su emoción.

—Hola, Steven. —Steve cuya mirada no había podido apartarse del chico que ahora se daba cuenta que era un Omega, dio un brinco, sintiendo el corazón latir dentro de su pecho aceleradamente.

— ¿Conoces m-i nombre? ¿Cómo? ¿Cómo hiciste e-eso? —Tartamudeó un poco, señalando el manchón de flores destrozadas, pudo percibir entonces que su aroma era exactamente igual al de las flores, pero más dulce, más cálido.

—Claro que conozco tu nombre, tontito, mi padre me creó para ti. —El joven indicó como si fuese lo más natural del mundo, señalando con la palma de su mano al árbol y después sonriéndole. Se inclinó hacia él y acercó su rostro, olfateando. El aroma del Alpha era tenue, no tenía nada con qué compararlo, pero le parecía agradable, le gustaba. —Rezaste y rezaste por alguien que te amara y después de cierto esfuerzo, aquí estoy yo, te amo, Steve, desde que era una sola flor y me dijiste lo bello que era, ¿Es que te has arrepentido? —Preguntó intrigado, bajando la mirada, con el entrecejo fruncido.

¿Acaso esto era su culpa? ¿Steve había provocado la aparición de este chico de alguna forma? Pero no existía manera de que fuese creación de un árbol, es decir, el chico frente a él era real, de carne y hueso, no había forma de que fuese creado por un árbol.

De cualquier manera volvió a la vida cuando el chico hizo aquella pregunta, evitando por supuesto mirar su precioso cuerpo, por más que estuviese totalmente desnudo y no hubiese ni una sola parte de él que no pudiera ver, quería respetarlo pese a que sentía la necesidad de ver todo de él.

— ¿Amarme? ¿Tú me amas? —Estaba más que sorprendido e hizo una breve pausa, ligeramente más calmado ahora, al menos ya no sentía que iba a desfallecer en cualquier momento. —No, no me he arrepentido, solo que pensé que sería diferente. —Admitió desviando la mirada.

—Claro que te amo pero, ¿Diferente? ¿Cómo? —El Omega preguntó intrigado, buscando la mirada del Alpha, mordiéndose el interior de la mejilla, empezando a sentir algo desconocido en su pecho, era una sensación desagradable que lo sofocaba.

—Yo, pensé que caminaría en algún lado y al verle lo sabría, nos enamoraríamos... No creí que esto fuera a suceder así. Creí que me enamoraría de forma lenta, que le cortejaría, conocería a su familia y después nos uniríamos, no que brotaría de la tierra. —Explicó el rubio haciendo énfasis en sus últimas palabras y el otro chico asintió sin volver a mirarle esta vez y alejándose de él.

Steve se sintió mal por la nueva y repentina actitud del chico. Irremediablemente se odió por provocar que su alegría se apagara y esta vez se acercó a él, quitándose su chamarra.

—Toma, debes tener frío. —El rubio era un poco más bajo que el Omega, pero estaba seguro que su abrigo iba a quedarle bien, puesto que había sido de su padre, un Alpha grande y ejemplar.

—Gracias. —El chico murmuró, tomando la chamarra y colocándosela. Era cálida y agradable pero él no se sentía bien de ninguna manera, por el contrario, se sentía frío.

Steve notaba el cielo comenzar a nublarse y decidió que lo mejor era irse y ya que ese chico había brotado de la tierra para él, debía hacerse responsable y llevarlo a casa.

—Ven. —Steve silbó y pronto, su perro que había estado ajeno a todo lo que sucedió por estar persiguiendo a las ovejas, comenzó a agruparlas. Se sentía incómodo y no por el chico diciendo que lo amaba, sino porque realmente parecía triste, confundido, su instinto le pidió que lo hiciera feliz, pero Steven se contuvo, incrédulo aún.

El Omega siguió al Alpha, con la mirada baja, tratando de comprender algo, según le parecía a Steve, tenía las manos en sus bolsillos, mordiéndose el labio inferior.

El camino de regreso a casa fue desagradable, ninguno de los dos hablaba y tampoco se miraba. Las ovejas por su parte algunas olisqueaban al chico y otras se alejaban de él, las más jóvenes buscaban su atención.

El labrador de Steve también curioseaba al chico, que miraba a todos los animales y los acariciaba, sin embargo el gesto triste no se desvanecía de su rostro.

Cuando finalmente llegaron al terreno de Steve, se mantuvo cerca de ellas e incluso se metió al granero, Steve rio por lo bajo cuando comenzaba a sentarse en la paja junto con algunas ovejas.

—No te quedarás ahí, es solo el lugar de los animales. —Steve disfrutó de su mirada sorprendida y de su sentir al deber dejar a los borregos, le había parecido tan tierno que las volteara a ver casi sin dolor, pero de cualquier forma siguió al Alpha.

Entraron entonces a la casa y el rubio no supo qué hacer, ya que el Omega solo se quedó parado, mirándolo todo, la forma en que el hogar parecía haber sido hecho con mucho amor. Afuera comenzaba a lloviznar, habían llegado justo a tiempo para no mojarse.

— ¿Tienes hambre? —El chico le siguió hasta otro cuarto, donde le invitó a sentarse en una silla. — ¿Qué te gusta?

— ¿Gustarme? —El Omega no comprendió pero luego de pensarlo un poco, respondió. —Me gusta el agua y el sol.

Steve rio un poco, asintiendo y Tony hizo una mueca que se asemejaba a una sonrisa, al castaño le había gustado verle sonreír.

—Creo que voy a tener que sorprenderte. —Steve entonces se alejó de la mesa por unos momentos y al volver colocó una barra de pan y un tarro de mermelada, cortando un poco de pan para ponerle mermelada y dárselo al Omega.
El chico recibió el pan, dándole una mordida algunos momentos después y a Steve le pareció que sus ojos brillaron ante el sabor dulce y realmente le gustó verlo así. Se puso de pie para prepararle más alimentos, ya que comía con tanto entusiasmo que Steve quiso seguir viéndolo así.

Alpha y Omega comieron abundantemente y por primera vez desde que sus padres habían muerto, Steve sintió que su casa estaba llena de vida, con la amplia sonrisa del chico iluminándolo todo, pese a que afuera la lluvia se había convertido en una tormenta eléctrica y azotaba el lugar.

Cuando terminaron de comer, Steve le llevó a su habitación y el chico lo miró todo, acercándose a la ventana y viendo en dirección al granero.

El rubio sacó algunas cosas de su ropero mientras tanto, dejando una camiseta y un pantalón sobre la cama.

—Tú dormirás aquí. —Dijo, mientras le mostraba el colchón. —Y usarás esto, te mantendrá caliente. —El Omega se acercó a él y vio las prendas.

—Gracias. —Él le sonrió de forma tenue y comenzó a quitarse la chaqueta que el rubio le había dado antes. Steve apartó la mirada inmediatamente, tratando de no faltarle al respeto.

—Yo dormiré abajo, en el sillón. Si necesitas algo llámame, ¿Sí? —Realmente no esperó una respuesta, pues el aroma floral del Omega se esparció rápidamente por la habitación y eso comenzaba a hacer mella en su fuerza.

Así, Steve y su can bajaron hacia la sala, con su pijama, una frazada y una almohada bajo el brazo. Se colocó su pijama y se acomodó en el sillón, cobijándose.

Se quedó mirando hacia el techo mientras escuchaba relámpagos caer y sonriendo pues al recordar el tierno rostro del Omega al comer aquellos panes, su pecho se llenaba de un sentimiento cálido y reconfortante. Y ahí es donde un pensamiento cruzó su mente, tal vez ese chico que había brotado de la tierra, entre flores era el ser por el que rezó tanto.

De alguna forma ese pensamiento le hacía sonreír y le provocaba unas enormes ganas de gritar. Irremediablemente imaginó su futuro a su lado, sus sonrisas cada mañana y su preciosa mirada llena de alegría, incluso podía visualizarse a sí mismo, protegiéndolo y haciendo que cada uno de sus días brillara.

Así que se prometió que por la mañana iba a arreglar las cosas con él, le diría que ahora estaba seguro que era él a quien amaría por el resto de su vida y que podrían intentarlo, que daría todo de sí para que funcionara, que trabajaría el doble, lo que fuera para poder darle todo para que fuera feliz, para amarse eternamente.

Pensando en ello, haciendo mil y un planes en su cabeza, se quedó perdidamente dormido, soñando con él y su hermoso ser, ignorando la tormenta eléctrica afuera.

A la mañana siguiente, Steve despertó como de costumbre al amanecer, estirándose y cuando recordó que el Omega, su Omega estaba arriba en su habitación, se puso de pie para ir por él, entonces le diría todo lo que sentía y después bajarían a desayunar, Steve llevaría a su chico a comprar ropa de su talla y después ir a pastorear.

Sin mayor duda fue a su habitación, con una sonrisa amplia en el rostro y unos inevitables nervios, ya tenía preparado lo que le diría, las promesas, sin embargo cuando abrió la puerta, no había nada. Todo estaba pulcramente ordenado, como si jamás hubiese estado ahí, la ropa que le había dado el día anterior estaba ahí doblada, sin usarse y la chamarra también.

¿Por qué no estaba ahí? ¿Dónde estaba?

Steve entonces bajó las escaleras, caminando rápidamente para recorrer la casa, revisando en casa esquina, cada lugar, maldijo el no haber acordado un nombre para él, no tenía forma de llamarlo.

Buscó en todo el terreno, pero no lo encontró en ningún lado, ni en el granero, donde sus ovejas estaban listas para salir a comer. Ni siquiera estaba en el viejo taller de su padre.

Steve sintió pánico de que el chico se hubiese extraviado y salió rumbo al pueblo con rapidez, buscando entre las calles y con algunas personas que estaban ahí al Omega que en una tarde le había robado el corazón y a quien en un inicio rechazó.

James y Natalia lo encontraron mientras caminaba en la plaza central, tratando de ubicarle con la mirada mientras ellos le preguntaban lo que ocurría. Luego de unos minutos, Steve finalmente les dijo a quien buscaba con tanta desesperación y todo lo que había sucedido el día anterior. La pareja aunque no dudaba de la veracidad del relato de Steve porque él jamás bromearía con eso, se mostraron un poco reacios, es decir, un árbol no podía originar a un ser humano, eso era cosa de cuentos, de sueños o de enfermedades mentales.

De cualquier forma buscaron al Omega por todo el pueblo, hasta que el anochecer cayó y debió cesar la búsqueda por ese día. Desde el momento en que el chico se fue, Steve había tenido una sensación desgarradora y desoladora en el pecho, con un nudo en la garganta y desesperación corriendo por su cuerpo.

Steve se rehusaba a pensar que hubiese simplemente soñado al Omega, porque podía sentir su dulce perfume en el aire, recordaba su cálida sonrisa y la intensa mirada que le dirigía, además todo había sido tan detallado que no podía ser un producto de su cabeza, tenía que ser real...

Tenía que serlo.

Conforme los días pasaron, Steve tuvo que volver a llevar a sus ovejas a pastorear, estuvo en el lugar donde vio a su Omega brotar, pero ahí no había más que un árbol quemado, marchito, gracias a un rayo de la tormenta eléctrica que cayó el día en que conoció a su Omega.

Comenzó a regresar más temprano de pastorear para buscar al chico, incluso hizo un retrato de él para que las personas pudieran identificarlo, para su desgracia su búsqueda no dio ningún fruto pese a durar semanas. El Omega no parecía haber estado ahí jamás y todos en el pueblo comenzaban a creerle loco.

Ya había algunas personas que sugerían que deberían encerrar al hijo de los Rogers al manicomio gracias a su descabellada historia que él aseguraba era verdad, la situación se ha vuelto tan difícil que incluso el sheriff del pueblo había tenido que intervenir, hablando con Steven para que pensara mejor las cosas, pidiéndole encarecidamente que se detuviera, por lo que Steve terminó por dejar de buscarle y decir abiertamente que todo fue producto de un sueño y que el Omega que lo deslumbró en realidad no existía y que fue solo su necesidad por amor quien creó a tal ser para su cabeza. Después de ello el pueblo se tranquilizó y las amenazas de llevarlo a un hospital mental cesaron, pese a que todos le vigilaban a detalle, por si volvía a tener alucinaciones o hacía algo peor.

El tiempo implacable continuó con su ritmo pero Steve jamás olvidó a ese dulce chico y su sonrisa, su voz aterciopelada diciendo su nombre y el exquisito aroma que despedía, sin embargo no hablaba de ello, aparentaba que todo estaba bien y ni siquiera mencionaba su existencia.

James y Natalia estaban más al pendiente de Steve ahora, lo cuidaban un poco más, sobretodo en el primer aniversario de la "alucinación" como le llamaron al suceso gracias a que Steve se mostraba triste y nostálgico, había dejado de comer adecuadamente e incluso se mostraba desmotivado con el cuidado de sus ovejas, sin embargo la pareja no podía estar sobre él todo el tiempo, lo que le permitió al rubio seguir recordándolo, rogando al cielo porque no hubiera sido solo un sueño, por volverlo a ver.

Conforme los meses pasaban le era más fácil a Steve el seguir adelante, seguía pensando en el Omega cada noche antes de dormir, al amanecer y en otros momentos del día, sin embargo ya no sufría tanto, ya no se sofocaba.

Para el segundo aniversario de la "alucinación" Steve ya no requería ser cuidado ni vigilado la mayor parte del tiempo para evitar que cayera en la tristeza. James visitaba todos los días a Steve y pasaban un tiempo juntos, platicaban y a veces jugaban. Su amigo estaba aliviado de ver que Steve ya no mencionaba al "Omega de las flores" de forma tan desesperada como lo hizo antes, pero hubo algo que le preocupó.

En una de las paredes de la casa estaba colgado un cuadro con un retrato de un joven castaño y de ojos azules, con pétalos sobre sus cabellos y algunas flores de fondo, aquel era un dibujo del Omega que Steve soñó, pero el rubio parecía no ponerle demasiada atención, solamente lucía tranquilo.

Los siguientes días siguió visitándole, dándose cuenta que el tener el cuadro ahí parecía mantener a Steve más sereno, su aroma incluso se sentía relajado, por lo que James creyó que era un buen augurio, ni siquiera mencionó la idea de retirar el cuadro.

En los días posteriores fue la recolecta de la lana de sus ovejas y estuvo un par de días trasquilándolas. Al tener toda la lana producida, viajó a un pueblo vecino para venderla a un par de compradores seguros. El trato fue beneficioso para ambas partes y decidió adentrarse al pueblo para comprar algo de comida. Saliendo de la tienda, en la calle conoció a una linda chica de cabellos rubios y lindos ojos que se encontraba en ese pueblo de paso, pues viajaba hacia la ciudad creciente y que se vio enamorada de los preciosos ojos de Steve apenas los vio.