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✧⁎ ⁑ ⁕☆constelaciones☆⁎ ⁑ ⁕✧

Summary:

«Fue como verlo por primera vez. Lo cual era y no era cierto a la vez. Porque había mirado muchas veces a Yamaguchi -más de lo que él mismo admitiría-, pero jamás con la luz de una veintena de lucecitas reflejándose en su rostro. Más brillante que cualquier otra cosa; ni siquiera la luna los había visitado esa noche. Como si su ausencia fuera hecha a propósito»

Notes:

Holi 🌻

Aquí algo cortito que escribí porque me apetecía hablar de las pequitas de Yamaguchi 😳

Work Text:

✨

 

Era la segunda noche que pasaban allí todos juntos. Tsukishima mentiría si dijera que no estaba resultando agradable la estancia allí. Al menos era una buena forma de describirlo. No necesitaba dar una explicación, pero a esas alturas a ninguno le sorprendía su presencia. Todos estaban disfrutando. 

Al fin y al cabo, ese había sido el objetivo principal de aquella breve escapada. Cuatro días y tres noches para descansar y disfrutar; lo necesitaban después de volver de Tokio. Era lo mínimo que podían hacer, y por mucho que Hinata siguiera hablando sin parar o que Nishinoya fuera dando saltos por ahí, sus cuerpos lo estaban pidiendo a gritos. Un descanso. 

Era de esperar que hasta allí, en medio de las montañas, con el olor a tierra húmeda, la quietud y la inmensidad del lago que se veía desde las ventanas de la cabaña, incluso ahí hubiera espacio para hacerse algunos pases. Lo de los balones tampoco era casualidad. Sin embargo, Tsukishima había sido el único que todavía no había caído en la tentación de tocar una pelota. Más que nada porque para él no era una necesidad. Una cosa es que hubiera descubierto hacía relativamente poco tiempo su amor por el voleibol, y otra era desaprovechar una oportunidad como aquella para relajarse. 

ㅡAh. 

Se estiró con piernas y brazos antes de incorporarse. Llevaba bastante rato sentado sobre la hierba, mirando como los demás jugaban en la orilla del lago. Estaban armando bastante jaleo, como era habitual, pero precisamente por eso se había colocado los auriculares y lo único que escuchaba era la música. Así la escena le resultaba mucho más placentera. 

                                                                                                                    … 

 

Había perdido la noción del tiempo, algo que le pasaba a menudo. Mientras que los demás se habían agotado jugando y se encontraban ya durmiendo en sus respectivos futones, Tsukishima todavía se sentía muy despierto. El aire, lejos de ser de un frío cortante como en invierno, le resultaba fresco y agradable. Había quietud y había silencio. Sobre todo silencio. Sólo estaba él y la nada delante de sus ojos, los cuales apenas podían diferenciar las siluetas ensombrecidas de un paisaje que durante el día se apreciaba mucho mejor. Desde allí, en ese pequeño balcón donde había dispuesto un puff que ocupaba la mitad del espacio, había unas vistas magníficas del lago. Era cómodo y acogedor, y aunque Tsukishima no fuera muy fan de las decoraciones sobrecargadas, aquel pequeño rincón decorado con luces y mantas y colores cálidos le resultaba acogedor sólo porque sabía que disponía de un tiempo limitado para disfrutar de aquello. Jamás tendría una habitación así. 


Escuchó un ruido tras él; supo que se trataba de Yamaguchi antes de verlo. Por la velocidad de los pasos. Tsukishima era observador hasta ese punto, y pasaba muchas horas junto a su mejor amigo. A esas alturas, pensaba, no había nada que no conociera de él. Hasta estaba convencido de que era lo primero que diría a continuación:  


ㅡTsukkiiii. 


Efectivamente. Le hubiera gustado decir que era la forma especial que tenía de llamarle, pero desde hacía tiempo que sus nuevos ¿amigos? también habían tomado por costumbre llamarle así. Sonaba diferente con la voz de Yamaguchi, de todos modos. La forma en la que alargaba el sonido de la “i” al cambiar la entonación a una un poco más aguda. Y cómo el timbre de su voz siempre, fuera la situación que fuese, se cargaba con un ápice de emoción contenida. De eso también se había dado cuenta Tsukishima después de haberlo escuchado en incontables ocasiones. Y siempre, siempre, sentía un leve pellizco. Estaba ahí, sin nombre. 
Yamaguchi se detuvo a su lado e inclinó medio cuerpo para mirarle. 


ㅡ¿Qué haces despierto tan tarde? 


ㅡLo mismo podría preguntarte yo. 


Tsukishima solía ser algo seco con sus respuestas, pero no siempre. Sobre todo cuando se dirigía a Yamaguchi, más en concreto cuando estaban a solas, su tono se endulzaba lo justo para que sus palabras sonaran menos cortantes o sarcásticas de lo habitual. 


Eso Yamaguchi lo sabía bien. 


ㅡPues… No podía dormir y… Y vi que no estabas acostado y…

ㅡPuedes sentarte si quieres, hay espacio para dos. 


El peliverde no lo pensó dos veces. Se dejó caer en el hueco que había al lado de Tsukishima, hundiéndose entre los cojines con un ruido sordo y un resoplido. Era cierto que había espacio para dos, pero eso no significaba que fuera un gran espacio. Estaban hombro con hombro, pierna con pierna. Si quisieran podrían apoyar la cabeza en la del otro con un movimiento mínimo. 


ㅡWoooah… ¡Creo que entiendo por qué estás aquí!


Y ahí fue cuando comenzó a hablar. Yamaguchi hablaba mucho y muy rápido a veces. Si se descuidaba, el tono de su voz subía varios decibelios, y podía llegar a causarle verdadero dolor de cabeza si no estaba en uno de sus mejores días. Pero también era un chico muy considerado, siempre tenía en cuenta lo que sucedía a su alrededor, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera por los demás. Por eso, para no despertar a nadie, estaba hablando por lo bajo, no por ello con menos emoción. 


Lo escuchó hablar del cielo, de las montañas, del lago. De los entrenamientos.

 

Del resto del mes.

 

De como casi Hinata se había caído al lago. 


De nuevo, el reloj marcaba las horas a una velocidad que no se correspondía con su percepción. Las conversaciones con su amigo fluían con naturalidad, aunque se tratasen de un setenta por ciento de Yamaguchi hablando, y el resto de Tsukishima haciendo aportaciones concisas pero significativas. Estaba bien así. 


De verdad que, pese a lo que pudiera haber dicho en incontables ocasiones, la voz de Yamaguchi era agradable. Sobre todo cuando hablaba así, tranquilo pero sin parar. Era él en su estado más natural. 


Puede que la oscuridad que se cernía ante ellos hubiera terminado por parecerle aburrida. Puede, también, que solo fuera una excusa para mirar a Yamaguchi. Lo hizo primero de reojo, pero al ver que su amigo estaba hablando sobre algo de lo que él sólo estaba comprendiendo palabras a medias, ladeó también la cabeza para mirarle mejor. 


Fue como verlo por primera vez. Lo cual era y no era cierto a la vez. Porque había mirado muchas veces a Yamaguchi -más de lo que él mismo admitiría- pero jamás con la luz de una veintena de lucecitas reflejándose en su rostro. Más brillante que cualquier otra cosa; ni siquiera la luna los había visitado esa noche. Como si su ausencia fuera hecha a propósito. 


Se fijó sobre todo en sus pecas, tan características, que en ese momento habían adquirido tonalidades doradas. ¿Acaso pretendía competir con las estrellas? Tenían un manto de luces plateadas sobre sus cabezas, o eso estaba comentando Yamaguchi, quien en ese momento había levantado la cabeza para contemplar el cielo. ¿Cómo podía no darse cuenta de que le estaba mirando? ¿De cómo le estaba mirando? Tsukishima no quería mirar las estrellas. Prefería mirar las constelaciones en miniatura que brillaban en las mejillas de su amigo. ¿O eran luciérnagas? Nunca había visto luciérnagas en persona pero comenzó a pensar que, si las viera en medio de la noche, quizá le recordaría a ese momento. 


Yamaguchi estaba sonriendo, y mucho. 


No había nada ni nadie más brillante que él en ese instante. Y Tsukishima no quería preguntarse cómo no había sido capaz de verlo antes. ¿O había fingido no verlo? No le dio tiempo a responder a sus preguntas porque Yamaguchi por fin lo miró de vuelta. Esa mirada que le dedicó fue… algo que no había visto antes en los ojos de su amigo. Más allá del tono verdoso de sus ojos que ahora era más brillante que de costumbre por el reflejo de la luz. Ahí, en alguna parte, había algo que Tsukishima no sabía o no se atrevía a leer. 


¿Desde cuándo se ponía así de nervioso? Porque lo estaba. El hilo de sus pensamientos lo estaba traicionando haciéndose un nudo en su cabeza que no estaba siendo capaz de desenlazar. 


ㅡYamag...


ㅡTsukki.


Guardó silencio. Así que a eso se refería la gente cuando mencionaba los «segundos eternos». Algo que solo había experimentado durante alguna de las jugadas más intensas en los partidos importantes, se estaba materializando ante sus ojos con una lentitud exasperante. 


ㅡ¿Puedo…? ㅡintentó decir. Quiso hacerlo, pero no consiguió terminar la frase. Y jamás sabría si fue por su propia falta de confianza o porque unos labios depositaron sobre los suyos un beso que le paralizó por completo. 


Quiso que los segundos hubieran pasado lentos entonces, pero no lo hicieron. En apenas un suspiro los labios de Yamaguchi se apartaron, y ese breve aliento cálido que había sentido desapareció, dejando ante él un vacío confuso. ¿Cómo podía ansiar de vuelta con tanta fuerza algo que solo había tenido durante un par de segundos? 


No tuvo opción a reclamar, porque Yamaguchi había agachado la cabeza y la tenía cubierta con sus manos, no sabía si es que tenía la cara roja como un tomate o estaba atravesando una especie de agonía. El caso es que Tsukishima no lo entendía, al igual que tampoco entendía por qué había sido un beso tan corto y por qué quería volver a besar a su amigo. Siendo sincero, eso último sí que lo entendía.


ㅡ¡¡Lo siento Tsukki!! ¡¡De verdad!! ㅡEscuchó la voz de Yamaguchi entre susurros ahogados.


Tsukishima abrió la boca para decir algo, pero no encontró nada que decir. Era real. Lo había dejado sin palabras, y se sintió tan tonto que se frotó la frente con los dedos, frustrado, hasta que dejó de fruncir el ceño. Luego le dio un toquecito a Yamaguchi en el hombro; quería que lo mirase. Una vez más era suficiente. 
Cuando tuvo la oportunidad y Yamaguchi le dejó ver su rostro que, tal y como había imaginado, estaba rojo hasta las orejas, lo cogió con ambas manos para evitar que se apartara de nuevo. Al apretujar sus mejillas, sus pecas se amontonaron. Se moría de ganas por hacerlo, pero se contuvo de besarlas todas, porque aún tenía varias barreras de vergüenza por superar. Sin embargo, no dudó en besar sus labios. 


Esa vez fue un poco diferente. Al ser más duradero, pudieron tomarse tiempo para que sus labios se descubriesen y se ajustasen. No fue extraño. Lo raro fue que no resultara ajeno a pesar de ser su primer beso. Era algo que no había imaginado ni planeado, había nacido de ambos en el momento exacto, cuando sus emociones estaban en calma, estaba siendo algo natural. Fue un poco torpe, eso sí. En algún momento, el ritmo del beso se aceleró y justo entonces sus movimientos no se coordinaron, y algo falló. Sus labios chocaron, el ritmo se perdió, y sus narices se dieron un golpecito que provocó la risa tonta de Yamaguchi. Quiso contenerse, sin apartarse, pero no fue capaz. Tsukishima terminó contagiándose y se le escapó una risita por lo bajo. «Vaya par de idiotas» pensó. 
La risa de Yamaguchi quedó en el aire por largos segundos, y esos Tsukishima no quiso que terminaran. Pero, cuando dejó de escucharse, sintió un peso s

obre su hombro y miró hacia el lado otra vez. Yamaguchi había apoyado la cabeza sobre él. Se encontraba bastante cómodo, o eso le parecía, porque estaba encogido y acurrucado contra su cuerpo. Tsukishima se puso un poco tenso cuando la idea de que alguien apareciera cruzó su mente pero luego se sintió mal por ello. ¿Qué más daba? Si tenía que enfrentarse a sus compañeros siendo el triple de pesados de lo habitual lo haría, pero no iba a echar a perder un momento como aquel. Se relajó y apoyó su propia cabeza sobre la ajena.


Quiso cerrar los ojos y escuchar tan solo nada, el silencio. Pero Yamaguchi volvió a hablar. Su mayor habilidad era, sin duda, romper el silencio. Y eso que no era uno incómodo. Se quejó para sus adentros pero no dijo nada, lo dejó hablar porque, en realidad, le hizo sentir cómodo que el ambiente no hubiera cambiado en absoluto. Que no tuvieran que aclarar nada, que no hubiera ninguna sensación extraña o incomodidad. 


ㅡTsukki, ya sólo nos queda un día aquí. Qué pena… ¿verdad? Mañana podríamos subir la montaña, ¿te parece? Hoy estuvimos hablando de…ㅡLa voz de Yamaguchi se detuvo durante un segundo por algo en concreto. 


Los dedos de la mano derecha de Tsukishima se habían posado sobre el dorso de la mano de Yamaguchi y rozaban su piel con una suavidad extrema. Conforme hablaba había sentido esa necesidad. Como si no estuvieran lo suficientemente juntos. Lo hizo sin pensar, al igual que lo de terminar entrelazando sus dedos. Para entonces, Yamaguchi continuó hablando con normalidad. 


Al final, los muy tontos, se quedaron dormidos así, y se despertaron para el amanecer, cuando las primeras luces del alba se colaron entre las montañas y las mejillas de Yamaguchi ya no brillaban como luciérnagas. Ahora era el sol mismo, y Tsukishima lo vio al darle los buenos días, dedicándole la primera sonrisa del día, despeinado, con los ojos entornados y la mejilla izquierda ligeramente enrojecida.