Work Text:
💀
No se esforzó en disimular el gruñido.
Llevaba días de muy, muy mal humor. Nada estaba saliendo bien, y lo único que le apetecía era un poco de marcha, una peleita física no estaría nada mal. Algooo.
El pesado (y único sensato) de Chifuyu siempre estaba para recordarle que «no puedes ir por ahí peleando por cualquier tontería, Baji-san». ¿Cómo que no? Podía, y tanto que podía. ¿Y por qué se empeñaba en seguir llamándolo así si ya hacía años que se conocían? A veces tenía ganas de pegarle un puñetazo. En plan bien, claro.
Por otro lado, Kazutora siempre aparecía para recordarle que podrían ir juntos a meterse en algún lío, uno gordo. Que solo tenía que llamarle, decía. A veces, si se negaba, empezaba a resoplar y a meterse con él, llamándolo aburrido. Quizá lo fuera, o quizá le faltase ese punto de imprudencia y le quedase una pizca de sensatez. La que no le quedaba a Kazutora, desde luego.
Lo que no podía negar era la influencia que ambos chicos tenían en él.
Era algo de lo que se había dado cuenta con el paso del tiempo; cómo el Keisuke que era ahora tenía un poco de cada uno, suponían un equilibrio en su temperamento, y estaba convencido de que él también les había aportado algo a los dos. En realidad, ya hacía algún tiempo desde que eran inseparables. Pasaban juntos mucho tiempo, por lo que era irremediable que acabaran por complementarse en muchos aspectos.
Peeero.
Ese día no tenía ganas de nada. Porque llevaba días estudiando mucho, intentándolo, y estudiar le agobiaba.
Así que tampoco lo pensó mucho más. Era viernes, se había saltado las clases y vagabundeaba por las calles del barrio vecino, tampoco podía arriesgarse a que lo viera alguien de su familia o amigos, aunque se suponía que estos debían estar en clase. Chifuyu seguro que estaría preguntándose dónde se había metido. Es que ya se estaba viendo venir como acabaría todo.
Resopló, estirando los brazos hacia delante mientras caminaba. Sin rumbo fijo, a sabiendas de que se estaba metiendo en terreno pantanoso. No le asustaba, lo peor que podía pasar era que saliera de allí con algunos moratones. Bueno, no era lo peor en realidad, pero había normas no escritas que debían cumplirse.
Estaba pensando demasiado.
No, no, no. Se crujió los nudillos y flexionó las muñecas. Necesitaba un contrincante pero ya.
Y objetivo localizado.
«Menudo saco de boxeo» pensó. El tipo podía medir casi dos metros o quizás era así en su cabeza, y solo estaba fantaseando con lo que se vendría a continuación. Tenía la ocasión perfecta; el armario empotrado en cuestión se había bajado de una moto, y estaba hablando por teléfono, dejando a su querida abandonada y en perfecta posición para la patada que pensaba darle.
Se recogió el pelo, avanzó y...
Un ruido fuerte.
─Huh.
─¿Pero serás hijo de puta?
─Está interrumpiendo mi paso, imbécil.
Ya estaba hecho. Por la cara del tipo estaba claro que tenía un grado no demasiado alto de contención de la ira. Por no decir inexistente, porque el puñetazo vino a continuación, y no le dio sólo porque Keisuke ya estaba preparado, porque el puño podía tener el tamaño de su cara. Aunque lo esquivó sin esfuerzo, no acabó ahí, al primero le siguió un segundo y tercero, el último no logró evitarlo.
Tampoco el cuarto, que le provocó un mareo momentáneo.
Pero reaccionó a tiempo. Se sumió en una turbulenta confusión de puños, gruñidos y patadas, bajo la sombra del gigante que escupía toda clase de insultos en su contra. Keisuke respondía, esquivaba y atizaba a su parecer. No era tan alto y fornido, pero sí más escurridizo y ágil con los puños. De eso estaba casi seguro. Sus dos mejores amigos le habían hecho salir airoso de muchas peleas.
Cogió fuerza y hundió uno de sus puños en el estómago, con tanta fuerza que logró doblar a su oponente por la mitad, y arremetió con un gancho directo a la mandíbula. Le dolieron los nudillos, el tipo era duro de pelar, había sido casi como pegar a una pared.
El tiempo que tardó en sacudir la mano para destensar los dedos, le cayó una patada en el abdomen que le hizo trastabillar hacia atrás, llegando a trompicones a la moto. Sintió náuseas, y se apoyó un instante para recobrar el aire que acababa de faltarle.
El tipo lo miró desde ahí arriba, de nuevo totalmente erguido, flexionando los brazos como si se estuviera preparando. Cuando prácticamente se lanzó hacia él con todo su peso, Keisuke lo estaba esperando, y se agachó justo en el último segundo. De nuevo, la sombra se cernió sobre él, pero no por mucho tiempo. Golpeó todo lo fuerte que pudo, tomando impulso desde abajo. Acto seguido agarró el cuello del tipo para sujetarlo, y le propinó un rodillazo en el estómago. Un golpe tras otro, se escabullía y arremetía sin parar, hasta que la moto cayó al suelo con el tipo encima, y Keisuke jadeando delante de aquella escena.
Patético, pensó.
No había durado ni diez minutos.
No tenía pensamiento de abandonar ahí, podía seguir buscando pelea por alguna parte. Es más, seguro que el grandullón iría a por sus amigotes para volver a buscarle y darle una tunda, a menos que se sintiera lo suficientemente avergonzado como para no querer airear por ahí que un larguirucho como Keisuke lo había tumbado.
Ni diez minutos.
Bueno, nada mal.
Cuando se disponía a largarse, sintió una punzada de dolor en el abdomen y se detuvo, posando la palma de la mano sobre el lugar de donde provenía. ¿Pero qué...? Una sola patada le había pasado factura, increíble. Notaba además la mejilla enrojecida, y por el sabor amargo en su boca, debía haberse roto el labio. Pero aquello no era nada. A ver, cosas normales. Sin embargo, lo del abdomen… No entendía cómo podía ser tan debilucho a veces. Casi llegó a escuchar las carcajadas de Kazutora, y en su cabeza ya estaba preparando una buena respuesta con la que dejarlo callado. Pero, sin duda alguna, lo peor era Chifuyu. No podía ocultarle nada, y cuando se diera cuenta, iba a tener al rubio chasqueando la lengua todo el día.
Suspiró.
No era ningún crío para que tuvieran que reñirle, pero...
Quizá se había acabado la juerga.
El camino de vuelta fue un poco catastrófico; las punzadas de dolor no cesaban, y ahora que su cuerpo se había enfriado, le resultaba más difícil caminar. Su idea había sido huir para alargar el enfrentamiento con sus amigos, pero sin poder caminar a paso rápido o pillarse una bicicleta, avanzaba lento, así que seguía estando en zona de peligro.
Entonces lo vio. Pero fue después de que lo viera él. Chifuyu, vestido con el uniforme del colegio, cargaba con la mochila a un hombro, y tenía su mirada esmeralda clavada en él. Los ojos muy abiertos al principio, y el ceño fruncido justo después. Qué forma de sentirse expuesto, pillado como un perro que acaba de hacer una trastada. Pensó que quizá le rentaba aprender a hacer una de esas caras que ponen los perros para dar pena.
No, no, él no era así.
─No me lo puedo creer.
Puso exactamente el mismo tono de voz que había imaginado en su cabeza.
─¡No vayas a empezar otra vez! Eres un pesado, oye.
Chifuyu se acercó con paso tranquilo, casi resignado, pero cuando llegó a su altura se descolgó la mochila, y con un rápido movimiento le atizó con la misma mientras despotricaba:
─¡Mira que te lo he dicho mil veces! ─exclamó─. ¡Es que lo sabía! Llevas días con un humor de mierda, y sabía que algo estabas tramando. Con lo listo que eres, y te comportas como un tonto.
─¿Ahora eres mi madre?
Keisuke se encogió sobre sí mismo al recibir los golpes, y se le escapó un alarido por el movimiento repentino. No estaba para tanto meneo. Chifuyu pareció darse cuenta de que algo le dolía, porque se detuvo, colocándose de nuevo la mochila al hombro, y lo examinó mientras resoplaba.
─Te has hecho daño ─sentenció─. Te han dado una pa-.
─Eh eh eh, no. Yo le he dado una paliza. El grandullón ese solo me ha dado un par de golpes. Pero es que vaya piernas…
─Ya. Por eso te sangra el labio y tienes la mejilla hinchada.
Keisuke se cruzó de brazos, haciendo acopio de toda la dignidad que pudo. Le afectaba más el hecho de que su amigo pensara que le habían dado una paliza, como si no supiera que a él no era tan fácil derrotarlo. Con el tiempo que llevaban juntos y la de peleas que habían librado haciendo equipo, debería de saberlo. Entonces lo detectó, el brillo burlón en su mirada, escondido bajo mechones desordenados del flequillo que le cubría toda la frente, la comisura de sus labios a punto de despegarse para soltar una carcajada.
─Eres un rubio de metro y medio insufrible, que lo sepas.
─Mido más de metro y medio.
─Ya.
─Vamos a casa, Baji-san.
Keisuke sabía a qué casa se refería. Se había convertido en otra de sus costumbres; Kazutora vivía solo, en un cuartucho donde apenas cabían los tres, pero desde que habían hecho piña pasaban más tiempo allí que en sus respectivas casas. Así, además, el chico no pasaba tanto tiempo solo.
Les había dado la clave de su puerta para que pudieran entrar en cualquier momento, pero aún así solían avisar antes de ir. A esa hora debía de estar volviendo del instituto, como el resto de estudiantes, así que Chifuyu le escribió mientras iban de camino para avisarle.
No hablaron mucho durante el trayecto. Más bien Chifuyu habló; le contó lo que habían hecho en clase durante su ausencia y le reprochó su comportamiento, todo a partes iguales. Keisuke se limitó a gruñir y a morderse la lengua. Porque sabía que lo que Chifuyu decía era la verdad, no podía andar metiéndose en peleas absurdas, tenía que aprender a controlar las ganas de pelear, esas que sólo podían llevarlo a desenlaces fatídicos un día de estos.
Aunque no era el único que se metía en pelea. Chifuyu también lo hacía, a veces, aunque por razones diferentes, y cuando era estrictamente necesario. Kazutora era otro cantar.
Los estaba esperando abajo, junto al bloque de pisos donde vivía. Era un edificio viejo y desgastado, las casas parecían estar arrejuntadas en su interior, demasiadas viviendas en muy poco espacio. Con dirigirles una sola mirada a través de los mechones rubios que caían a cada lado de su rostro, ya se estaba carcajeando de la situación.
─¡Pero si es Baji el perdedor!
─¿Qué le has dicho? ─murmuró Keisuke, conforme se acercaban, alcanzando a sujetar la muñeca de Chifuyu para llamar su atención.
El chico ladeó la cabeza. Le dedicó una amplia sonrisa, de esas que le dejaban sin ser capaz de rebatir nada.
─¡La verdad!
Las carcajadas de Kazutora que resonaron en toda la calle, se escucharon más cerca y se colaron en su cabeza cuando le pasó un brazo por los hombros, y le dio algunas palmadas que pretendían ser tranquilizadoras. La realidad: no lo eran. Todo le parecía una burla hacia su persona.
Keisuke se esforzó por no doblarse.
─Venga, venga, que en casa también hay espacio para los perdedores.
Gruñó por toda respuesta.
Subieron por unas escaleras igual de gastadas que crujían bajo sus pies. Y mientras subían hacia el tercer piso, Keisuke sintió la mano de Chifuyu en el bajo de su espalda, ejerciendo la presión suficiente para darle un pequeño impulso, que le ayudó a subir con más facilidad. Sintió una punzada, esta vez en el pecho. Algo cálido. Eran ese tipo de actitud que tenía los que solían provocarle un latido de más. Un gesto que le decía estoy aquí.
Kazutora, mientras tanto hablaba, ajeno a lo demás, y Keisuke clavó la mirada en su coronilla. Le había crecido el pelo en los últimos meses, ya le llegaba casi por los hombros.
─Hoy ha sido un rollo. No sé por qué sigo yendo al instituto.
─Porque tienes que terminar tus estudios, so tonto ─respondió Chifuyu, como por costumbre. No era la primera vez que mantenían conversaciones de ese tipo, y Baji siempre en medio─. Y te queda un año, así que ponte las pilas y no lo alargues más.
─Que sí, pesado. Pero que me da pereza.
─A mí también me aburre estudiar.
─Pero se te da mejor ─puntualizó Keisuke.
Tiraron sus maletas en el suelo nada más cruzar la puerta y se descalzaron. Abriéndose paso entre un barullo de cajas, bolsas, y cosas por ahí abandonadas, Kazutora fue directo al baño y volvió con un botiquín en las manos. Aquello era un cuchitril de caos y desorden y cosas sin sentido.
Era el modo de vida de Kazutora Hanemiya.
─A ver siéntate que le echemos un vistazo a ese cuerpo magullado. Vaya pringado, de verdad… ─murmuró aquello por lo bajo. Llegó a oídos de todos.
Chifuyu volvió a reírse, pero colocó una mano en el hombro del mayor, y ejerció un poco de presión mientras decía:
─Venga, no te pases, que mira la cara de perros que tiene ya. Le falta enseñar los colmillos.
Era cierto.
Estaba deseando hacerlo.
Aunque no tuviera un espejo para mirarse, Keisuke sabía que en su rostro se estaba reflejando su mal humor. Un humor de perros, le decían. Lo cual en ese momento era comprensible, teniendo en cuenta que no paraba de ser vacilado por sus dos amigos.
Acabó sentado en el suelo, las piernas cruzadas y el cuerpo inclinado hacia atrás, apoyado en ambas manos. Desde ahí vio como Chifuyu se acercaba a Kazutora y le hacía un semi recogido en el pelo, para que no le molestase en la tarea que le tocaba llevar a cabo. Keisuke sintió como sus músculos se relajaban y el enfado desaparecía, reemplazado por la cotidianidad del momento.
Kazutora se colocó delante de él, con las rodillas clavadas en el suelo. Al contrario que Chifuyu, sus ojos eran grandes, enormes a su parecer, y siempre, siempre, expresivos. Se podía leer a Kazutora a través de sus ojos, pero había que conocerle muy bien para saber con detalle la naturaleza de sus emociones. Por ejemplo; Keisuke seguía reconociendo la burla en su mirada, pero fijándose más de cerca también vio la preocupación. Sus manos, además, ya estaban acercándose y toqueteaban su rostro por aquí y allá.
Desvió la mirada, huyendo del par de enormes ojos ambarinos que no dejaban de mirarle, pero se encontró con el rostro de Chifuyu muy cerca, examinando su mejilla. No tenía escapatoria.
─Parece que no es nada, se le bajará en unas horas ─comentó.
─El labio si hay que curarlo, tiene un poco de sangre seca.
─No se ha curado nada el muy tonto.
─¿Podéis dejar de hablar como si no estuviera delante?
Alzó la mirada hacia el techo, echando el cuello hacia atrás, y otro gruñido escapó de sus labios. No duró mucho, porque los dedos de Kazutora se clavaron en su mandíbula, y lo obligó a agachar la cabeza de nuevo.
─Yo te dije que me avisaras, eh… Ahora te aguantas.
Se ganó un puño por parte de Chifuyu.
─No lo alientes. Estoy harto de repetirlo, que ya sois mayorcitos.
─Y tú eres un aburrido.
─Y un pesado.
Chifuyu resopló, el aire de su respiración fue directo a su oído y le hizo cosquillas. Cuando quiso darse cuenta las manos de Kazutora estaban en su cintura, tirando de su camiseta hacia arriba.
─A ver, quítate esto que hay que mirarte el abdomen. Tú encárgate del labio, rubito.
El brillo en los ojos de Kazutora no pasó desapercibido para ninguno, quizás por eso Chifuyu no se quejó, rebuscó sin decir nada en el botiquín, y sacó una gasa y un botecito.
Cuando Kazutora le quitó la camiseta, su primer instinto fue cubrirse con un brazo la zona afectada. Vaya tontería, pero se sintió avergonzado, y hasta un poco humillado. Seguían sin creerle.
─Me dio una patada, pero después de eso lo tumbé, no os creáis…
─Que siiii. Que ya lo sabemos, pero también dicen que perro ladrador…
─Kazutora…
Cuando Chifuyu usaba ese tono de voz era capaz de amansar a cualquiera, incluyendo a sus dos amigos, especialmente a Kazutora. ¿Y por qué a él sí que lo llamaba por su nombre? Estaba a punto de preguntar -quejarse-, cuando Chifuyu lo interrumpió:
─No hables, un segundo.
No supo hacia dónde mirar. Volvía a tener el rostro de Chifuyu muy cerca, ahora encargándose de curarle la herida del labio, y estaba muy concentrado. Sus movimientos eran muy cuidadosos, no tanto como los de Kazutora, que estaba toqueteando su abdomen, y una de las veces presionó en el lugar justo que le hizo estar a punto de saltar, de no ser porque su amigo lo agarró a tiempo por las caderas para que no se moviera.
─¡Que duele imbécil!
─Oye, ¿me hablas con un poco de respeto? Que te estoy curando, chucho gruñón y quejica.
─Bueno ¿y si paráis un poco? Así no hacemos nada ─los interrumpió el rubio.
Keisuke flipaba con la velocidad con la que el tono de voz de Chifuyu podía pasar de apaciguador a autoritario. Y, sobre todo, cómo ambos terminaban haciéndole caso. Se callaron. Keisuke dejó que le inspeccionara el abdomen, y tras la evaluación le aplicase algo de crema. Sus manos estaban siempre muy frías. Era reconfortante, o al menos a Keisuke le gustaba la sensación de frialdad en su piel. Se le erizó la piel, y Kazutora se dio cuenta, pero no dijo nada. Fue breve porque no había mucho que hacer, en realidad no era nada grave, en infinitud de situaciones y bastante peores se había visto envuelto.
Lo que sí que estaba era muy agradecido de tener a ese par de idiotas para cuidarlo. Porque no sólo curaban sus heridas por fuera, también por dentro.
Cuando estaba con ellos se sentía verdaderamente él.
Como en casa.
─Ey, gracias.
Fue un murmullo apenas audible y acelerado, pero los dos chicos lo entendieron a la perfección y sonrieron. Tenían sonrisas muy diferentes, cálidas o traviesas, pero ambos enseñaban mucho los dientes.
─Anda, que no es nada.
Kazutora le revolvió el pelo.
─Si es que somos demasiado buenos…
La mano de Chifuyu, que también había acabado apoyada en el suelo, se acercó a la suya con disimulo, siendo apenas sus dedos meñiques los que se rozaron. Muy sutil.
Keisuke no solía avergonzarse, no mucho, solo a veces. Como en ese momento, que no supo dónde meterse, así que se empezó a reír. Risotadas nerviosas y seguidas que acabaron ahogadas, porque llevó ambas manos a las cabezas de sus dos amigos para frotarlas con energía, siendo más molesto que otra cosa, y dejándolos despeinados. Pero así era su modo de demostrar el cariño infinito que sentía por esos dos chicos. Lo que no era capaz de expresar con palabras, pero que esperaba poder hacerlo en el futuro.
Algún día.
Mientras tanto, y hasta el final, seguía perteneciendo a aquello.
