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Dos días antes de la Hora Cero.
Era la última noche que pasaban en Italia. Al día siguiente, iniciarían el viaje hacia Madrid, y dentro de cuarenta y ocho horas, estarían por darle un nuevo golpe al sistema, yendo a rescatar a uno de los suyos.
En una de las salas del monasterio, la banda festejaba, reía y disfrutaba. Algunos ya estaban demasiado borrachos, mientras otros se lo tomaban de manera más relajada. Mónica y Denver bailaban con Cincinnati y los tres reían, Tokio y Nairobi jugaban a ver quién podía tomar más chupitos en menos tiempo y Marsella estaba sentado a un costado acariciando a su exótica mascota, Sofía.
Pero Raquel estaba distante, tanto física como mentalmente. Había aguantado en la reunión el tiempo estrictamente necesario hasta que pudiera salir sin llamar mucho la atención, y como si la vida quisiera darle una pequeña tregua, lo había conseguido.
Sentada en uno de los bancos que se encontraban en el jardín, había podido encontrar la soledad que necesitaba.
Desde el día anterior que su cabeza daba vueltas en torno a un mismo tema, y nunca lograba llegar a una conclusión. Era como si un mecanismo de defensa, que buscaba negar lo que ya era innegable, se activase, haciéndola plantearse ciertas cuestiones.
Una y otra vez se repetía lo mismo:
«No puede ser posible».
«No tiene sentido».
«¿En qué momento me permití ser tan descuidada?».
Pero luego, el lado racional de su cerebro intervenía, emocionado y completamente dispuesto a responderle todas y cada una de las preguntas que se atrevía a hacerse. Porque ¿a quién quería engañar? Claro que aquello era posible, y si tenía que ser sincera consigo misma, no entendía por qué se sorprendía tanto.
«La pregunta que debería hacerme», se decía incesantemente, «es ¿cómo tardó tanto en pasar esto?»
Desde que habían llegado a aquel monasterio hacía unas semanas, prácticamente todas las noches habían tenido sexo. En Palawan, los momentos de intimidad habían sido reducidos a encuentros veloces, y hasta a veces interrumpidos, dado que su madre y su hija siempre estaban alrededor. Aprovechaban los pocos momentos de soledad que podían encontrar algunos días, pero con las rutinas y el cansancio, sumado a las responsabilidades que tanto vivir con Paula como con Mariví implicaban, estos solían ser limitados.
Entonces, desde que habían puesto un pie en aquel lugar sagrado, se habían dedicado a follar como dos adolescentes hormonales.
Raquel sabía que no podía engañarse a sí misma, y cuando luego de doce días de retraso aún no había signos de su menstruación, comprendió que eso solo podía significar una cosa.
Había estado posponiéndolo el mayor tiempo posible, negándose a hacerse la prueba que iba a confirmarle algo que no podría haber llegado en peor momento.
Y, como si la vida hubiera decidido reírse de ella en su propia cara, allí estaba, ese pequeño símbolo que indicaba un positivo.
Que indicaba que estaba embarazada.
Desde el momento en el que había descubierto aquello, Raquel no dejaba de tener el mismo pensamiento recurrente.
«¿Y ahora qué?»
Entonces, mientras todos estaban allí dentro, disfrutando de la última noche antes de meterse dentro de la boca del lobo, Raquel estaba sola, tratando de descifrar cómo iba a seguir con su vida.
Recordó aquella madrugada en Filipinas, hacía un par de meses; la única vez que con Sergio habían hablado de esa posibilidad. Y se permitió, por un segundo, sonreír para sí misma.
—¿Raquel? —Lo escuchó susurrar, sintiendo cómo levantaba suavemente su cabeza para cerciorarse que aún estuviera despierta.
—¿Mhm? —Fue la única respuesta que pudo dar, en una mezcla de aprobación y suspiro dadas las suaves caricias que las yemas de los dedos de Sergio comenzaron a trazar en su espalda desnuda.
Paula y Mariví se habían ido a dormir más temprano que de costumbre, regalándole a la pareja la posibilidad de encerrarse en su habitación y, simplemente, disfrutarse.
—¿Alguna vez has pensado en tener más hijos?
La tensión que sintió en el cuerpo de Sergio le hizo saber lo nervioso que aquella situación lo tenía, y se sintió muy intrigada de descubrir lo que se traía entre manos.
Levantando una ceja, alzó levemente su cabeza para mirarlo divertida.
—¿A qué viene esta pregunta?
—No estoy insinuando nada, no te asustes —rio nervioso, mirándola fijamente a los ojos—. A no ser que quieras que lo insinúe. No… solo es una pregunta. Simple curiosidad —musitó.
Raquel se incorporó en la cama, causando que este imitase sus movimientos. Hacía tanto que no se cuestionaba si le gustaría volver a ser madre, que tuvo que tomarse unos minutos para pensarlo. Suspirando, se giró hacia él.
—Después de Paula la verdad es que lo consideré algunas veces, pero… —Odiaba tener que recordar aquella época de su vida, y aunque en el tiempo que llevaba con Sergio se había permitido contarle todo, había veces que tener que revivirlo le era difícil—. Pero luego, mi relación con Alberto empeoró, y volví a tomar la píldora y… Y esa idea quedó lejos de mi cabeza. No me permití volver a pensar en la posibilidad porque no quería traer otro niño al mundo que estuviese en el medio de una relación como la que tenía con él.
El calor del cuerpo de Sergio cuando lo sintió acercarse logró calmarla un poco, y sus brazos envolviendo su cuerpo y atrayéndolo hacia él le devolvieron un poco de la paz que el recuerdo de Alberto siempre conseguía quitarle.
—Lo siento, no quería hacerte recordar.
Raquel sonrió contra su pecho, notando el contraste entre su relación con Sergio y la que algún día había tenido con su exmarido.
Se había acostumbrado a temblar cada vez que Alberto la tocaba, y a veces, el sentirse tan tranquila cuando este se acercaba, la seguía sorprendiendo.
Con Sergio nunca había tenido miedo.
—Nunca más volví a pensarlo, la verdad —dijo luego de unos minutos en silencio—, pero Paula ya es mayor, mi madre está enferma, y siendo la pareja del hombre más buscado de toda Europa —bromeó, saliendo de su abrazo para mirarlo con una sonrisa pícara—, traer una criatura al mundo no sería una de mis prioridades.
Creyó que aquel comentario lo haría reír, pero sus ojos mostraron cierta tristeza.
¿O era decepción?
Raquel frunció el ceño, analizándolo mientras intentaba descifrar qué pasaba por su cabeza.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Pensaste alguna vez en tener hijos?
La miró durante unos minutos, y podía ver en sus ojos la manera en que su cabeza estaba procesando la pregunta, buscando las palabras que necesitaba.
—¿Paula no cuenta como mi hija?
Con eso, la sonrisa de Raquel fue tan grande que Sergio pudo jurar que sería capaz de iluminar aquella noche más de lo que lo hacía la luna misma.
—Claro que sí —susurró, acercándose a él y acariciando su rostro—. Claro que es tu hija. Pero, bueno, sabes a lo que me refiero.
Este la observó durante unos segundos.
—Cuando era joven nunca creí que viviría durante tantos años —dijo con un dejo de melancolía y tristeza—, y cuando fui adulto, no creí jamás que algún día tendría una relación lo suficientemente estable como para plantearme algo así.
Raquel sonrió, sintiendo un amor inmenso hacia aquel hombre que, muchas veces, dejaba en evidencia la poca experiencia que tenía cuando de relaciones amorosas se trataba.
—¿Y ahora que la tienes? ¿Y que has vivido tantos años?—preguntó, alzando sus cejas mientras mordía su labio inferior.
Sergio la miró durante unos minutos, ambos en silencio perdiéndose en los ojos del otro.
Hasta que habló, en un tono tan bajo que a Raquel le costó oírlo. Pero lo escuchó, y sus palabras se clavaron muy en el fondo de ella.
—Sería un bonito sueño.
Esa declaración la sorprendió.
—¿Por qué dices que sería un sueño? —susurró.
Encogiendo sus hombros, Sergio intentó mostrarse desinteresado, pero Raquel pudo leer lo que se escondía detrás de aquella actitud.
—No lo sé, supongo que… —Se revolvió en su lugar, un poco incómodo, como si de repente no quisiera estar en aquella situación—. Con mi historial clínico, y el de mi hermano, y el de mi madre… Traer un hijo al mundo sería prácticamente condenarlo a padecer alguna enfermedad.
Raquel sonrió triste. Aquello era algo en lo que no había pensado, y escuchando las palabras de Sergio, se daba cuenta del sentido que tenían. Su parte racional y sensata le decía que tenía toda la razón; tener un hijo con él implicaba que este tuviera todos los números de la lotería para terminar en un hospital bajo algún tratamiento. Pero luego, una pequeña vocecita en su cabeza le repetía que, tal vez, ese bebé podría ser la excepción. Que, si tenían suerte, este podría esquivar aquel lado de su genética, y podría ser una criatura sana.
O quizás no.
Sus ojos se llenaron de lágrimas por alguna razón que no supo comprender. Puede que pensar en el hecho de que este tuviera un sueño imposible la pusiera triste, o tal vez era el saber que había sufrido tanto en su infancia, que era capaz de renunciar a uno de sus sueños para evitarle a un hijo suyo que pasara por lo mismo.
Sergio la abrazó, y antes de que el rostro de Raquel se perdiera en la curva entre su cuello y su hombro, pudo notar la mirada llorosa de él.
—Tenemos a Paula, Raquel —dijo este—, no hay nada más en el mundo que podamos necesitar.
El tema no volvió a ser tocado, Raquel continuó tomando la píldora, y ambos se contentaron con ser padres de una niña que cada día se acercaba más a la preadolescencia y que sabían que comenzaría a volverlos locos.
Y luego el predictor dio positivo, y su vida entera dio un gran vuelco.
En ese momento, pensar en la preocupación que habían tenido por el material genético que podría o no heredar un hipotético bebé de ambos, no sonaba tan alejado. Y a pocas horas de iniciar un atraco, tampoco le parecía lo más terrible del mundo.
—Boluda, están todos preguntando por vos. ¿Qué hacés acá afuera?
Estaba tan perdida en sus pensamientos que no se dio cuenta de la presencia de Martín hasta que este se sentó a su lado.
—Ey, ¿en qué andás?
Raquel suspiró, cansada de darle vueltas a un asunto que no tenía solución y que estaba empezando a darle dolor de cabeza.
¿O era aquello algún síntoma temprano de que un pequeño ser vivo estaba empezando a crecer dentro suyo?
—No me encontraba muy bien, necesitaba estar un rato sola —habló mirando hacia el frente, evadiendo la mirada de Martín.
Pudo ver de reojo que este asintió, aceptando su excusa. Raquel sospechó que podía estar más borracho de lo que aparentaba.
Entre ellos se instaló un silencio que, para sorpresa de ambos, fue de todo menos incómodo. Había conocido a Martín Berrote hacía un par de semanas, y en ese tiempo había descubierto varias cosas de él.
Lo primero, fue el evidente amor incondicional que tenía por Andrés de Fonollosa. Al principio creyó que era simplemente admiración, pero con el paso de los días entendió que estaba enamorado del hermano de Sergio, y que su muerte debía pesarle más de lo que dejaba mostrar.
Lo segundo que aprendió del argentino fue que su machismo y narcisismo no tenían límite, y que siempre que podía agregar algún comentario lleno de cinismo a la conversación, lo hacía sin dudarlo.
Y lo tercero fue que, por alguna razón que no llegaba a comprender, era con ella con quien menos se había metido en todo el tiempo que llevaban allí. Sí, Martín se dedicaba día, tarde y noche a molestar a Sergio por el simple hecho de tener pareja. Los comentarios sobre su vida sexual y las preguntas incómodas eran el plato principal en cada una de las cenas, y tenía que admitir que algunas veces incluso ella reía de sus provocaciones.
Pero de alguna manera, cuando se trataba de Raquel, sentía que había un cambio en la actitud del atracador, aunque aún no había podido ponerle nombre.
De pronto, la voz de Martín logró sacarla de sus pensamientos.
—¿Tenés miedo? —musitó.
Raquel suspiró, pensando en la nueva razón que acababa de sumarse a su lista de «Qué miedos tener cuando se va a atracar el Banco de España».
Pero en lugar de nombrarlos uno por uno, simplemente asintió.
—Sería una tonta si no lo tuviera. —Finalmente se giró, encontrando sus ojos—. ¿Y tú? ¿Tienes miedo?
Martín sonrió.
—Sería un tonto si lo tuviera.
Para su propia sorpresa, Raquel rio.
—Puede que tengas algo de razón —admitió, muy a su pesar.
Y era cierto, porque si se iban a meter al Banco de España, tal vez lo más prudente era abandonar sus temores, y simplemente, dejarse llevar. De todas formas, nada iba a poder evitar el destino que cada uno tendría una vez iniciado el plan.
—Siempre la tengo —contestó el argentino.
Raquel suspiró, arrojando su cabeza hacia atrás lo suficiente para poder mirar el cielo. Era una noche despejada, y estando en el medio de la nada, la contaminación lumínica era tan baja que podía contar todas y cada una de las estrellas que había.
—A vos te pasa algo. —La afirmación de Martín le causó un nudo en el estómago, y a su vez, una especie de calma la invadió.
Tal vez, guardar el secreto no era lo más conveniente, dadas las circunstancias.
Tal vez, hablar con alguien podría ayudarle a definir qué se suponía que debía hacer.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Raquel, con sus ojos aún clavados en la infinidad del cielo.
Supo que Martín estaba sonriendo con solo escuchar su voz.
—Estás muy rara, eso es obvio. Y callada. Por lo general, cada vez que te boludeo con algo sos rápida para mandarme a la mierda. Pero ahora… —Se quedó en silencio unos segundos mientras la analizaba—. Mirá, podés contarme lo que quieras. Nadie acá me tiene mucho aprecio, y además, soy hombre. Ustedes las minitas se dedican a chusmear todo el tiempo, a nosotros esas cosas nos aburren.
Raquel negó con la cabeza.
—Eres un machista asqueroso.
Martín soltó una carcajada.
—Ahí está. Ya me tenías preocupado.
Lo pensó durante unos minutos, y consideró los pros y los contras de contarle su reciente descubrimiento a aquel hombre que parecía no tener el mínimo interés en lo que pasase con la gente a su alrededor.
Pero que, sin embargo, se daba cuenta cuando ella estaba más callada de lo normal.
Suspirando, giró su cabeza, mirándolo a los ojos.
Este le extendió su botella de cerveza.
—¿Querés un poco de birra?
La mirada de Raquel se enfocó en su mano y el envase de vidrio que le ofrecía por unos segundos, y supo que había tomado una decisión cuando de su boca salieron dos simples palabras:
—Estoy embarazada.
Un silencio ensordecedor los envolvió. Podía sentir los ojos de Martín quemándola, pero no quería levantar la mirada. Era la primera vez que lo había dicho en voz alta, y eso había logrado darle mayor peso a la situación.
Estaba embarazada.
En unos ocho meses, iba a tener un bebé.
Iba a tener un hijo, o una hija, con Sergio.
Si lograba salir viva del atraco.
—La puta madre. —La voz seria de Martín, mezclada con su acento tan característico, la hizo reír. Finalmente, lo miró.
— La puta madre —repitió—, exactamente.
Sus ojos estaban enfocados en los del otro, y unos instantes después, lo escuchó suspirar.
—¿Hace cuánto lo sabés?
—Ayer —contestó, volviendo su mirada al cielo—. Pero lo sospechaba desde hace mucho antes.
—Y no querías confirmarlo —dijo Martín, y no en tono de pregunta.
Aún así, Raquel negó con la cabeza.
—Esto complica demasiado las cosas —murmuró.
Pudo ver de reojo que el argentino se acomodó para observar las estrellas al igual que hacía ella, sin que ninguno dijera otra palabra.
Raquel se perdió en sus propios pensamientos, recordando cómo hacía unas semanas había tenido una terrible angina, lo cual la llevó a tomar antibiótico y, así, anular el efecto de la píldora.
Y ella no se había percatado.
Una mujer de cuarenta años olvidándose de que con ciertos medicamentos, aquella pastilla quedaba sin efecto y que debía cuidarse con preservativo los siete días posteriores a acabar el tratamiento.
¿Cómo habían sido tan irresponsables?
Se había olvidado completamente de la presencia de Martín hasta que este habló:
—Conozco a Sergio hace muchos años.
Raquel volvió al presente cuando escuchó su voz, y si bien no lo estaba mirando, sus oídos estaban atentos a cada palabra que salía de su boca.
—Andrés y yo nos dedicábamos a vivir la vida como si no hubiera un mañana. Viajábamos, robábamos. Planeábamos atracos en nuestro tiempo libre —Martín rio, contagiando a la mujer que estaba a su lado—. Pero Sergio…
Girando su cabeza en dirección a él, Raquel finalmente lo observó, esperando a que continuara.
—Sergio siempre fue diferente. Siempre tuvo miedo, vivía preocupado. Ese pibe es una enciclopedia andante, sabe absolutamente todo de ciencias, de matemática, de historia. Y tiene un plan, y si este falla tiene otro, y otro… —Martín la miró—. Cuando me vino a buscar a Palermo hace unos meses, me contó todo. Cómo conoció a la Inspectora Raquel Murillo, cómo se enamoró de vos.
Raquel mordió su labio inferior tratando de contener la sonrisa que amenazaba con invadir su rostro. Lo que hubiese dado por haber presenciado ese momento, y escuchar a Sergio relatando su historia de amor.
—Mirá, hasta te digo, me dijo algo del estilo de «tenía un plan maestro y Raquel fue la única fisura que jamás habría podido prever».
Esto los hizo reír.
—Ya había escuchado algo similar antes.
Martín dio otro sorbo a su cerveza, y continuó:
—Nunca lo había visto así. Veo la manera en la que te mira y me muero del asco, por Dios, me empalago, pero…
La mirada fulminante de Raquel lo hizo sonreír.
—Pero está feliz. Vos lo hacés feliz. Creo que fuiste la única persona en el mundo que supo cómo hacerlo.
Se tomó unos minutos para procesar sus palabras, y a pesar de todo lo que estaba dando vueltas en su cabeza, no pudo evitar sentir un cosquilleo de felicidad en su estómago al escucharlo.
Y luego Martín la devolvió a su complicado presente.
—¿Qué vas a hacer?
No tuvo que preguntarle a qué se refería porque sus ojos enfocados en su vientre lo delataba.
Raquel suspiró, encogiéndose de hombros. Tal vez expresar sus inquietudes en voz alta pudiera ayudarla a tomar una decisión.
—Si no se lo digo, siento que le estoy traicionando, que le estoy mintiendo. Es un secreto demasiado grande, y no sabemos cómo terminará todo esto. Si me pasa algo y él no llega a enterarse, o… —Su voz estuvo a punto de quebrarse antes de decir sus siguientes palabras, pero logró tragar el nudo en la garganta para continuar. —O peor, si le ocurre algo a él. No sé qué haría si lo pierdo antes de poder darle la noticia.
Martín asintió, con sus ojos fijos en ella.
—¿Pero?
Raquel suspiró.
—Pero la alternativa tampoco es mejor porque si se lo cuento, no va a querer que vaya, y discutiremos, y claramente ganaré yo y… —la risa de Palermo la hizo sonreír—. Estará demasiado desconcentrado. Demasiado preocupado… Y el plan entero depende de que nosotros podamos estar al cien por cien fuera, y vosotros al cien por cien dentro. Si algo falla, jamás me lo perdonaría.
Se perdió en sus propias dudas y preocupaciones mientras Martín la miraba, expectante. Finalmente, luego de lo que pareció una eternidad, le hizo la pregunta que tanto le estaba costando adivinar.
—¿Vos qué querés hacer?
Raquel frunció el ceño, y sus ojos se desviaron hacia un punto fijo delante de ella.
¿Qué era lo que ella realmente quería?
Por un lado, una voz en su cabeza le decía que lo correcto era retirarse. Contarle a Sergio, organizar su regreso a Mindanao junto a su madre y a su hija y despedirse de él, rezando para que volviera a ella vivo y no en un ataúd. Esa pequeña parte que le hacía sentir que su papel de madre era lo más importante, y que ahora tenía no solo a una hija pequeña esperando por ella, sino a una vida dentro suyo que tenía que cuidar.
Pero luego estaba su lado de mujer, de policía, psicóloga, y ahora atracadora. Esa otra vocecilla le gritaba que su lugar en el robo al Banco de España era igual o más importante que el de la mayoría de sus compañeros, y que contaban con ella.
Junto a Sergio y Martín, era la única persona que conocía el plan al milímetro. Su papel era tan importante que, si al Profesor le pasaba algo, era ella quien tomaba el mando desde afuera.
Y si en algún momento debían aplicar el plan de contingencia que la metiera en el Banco, su rol pasaba a ser el más importante allí dentro.
Porque allí, Raquel sería la líder. Ni Palermo, ni Tokio.
Quien tomaría las riendas del atraco, sería ella.
Y eso le daba tanto orgullo y felicidad, que no encontró razones para seguir negándose a ella misma.
Así fue que supo lo que realmente quería, y calló a todas las voces de su consciencia; sus responsabilidades y obligaciones, ese instinto maternal que se negaba a creer que existiese, pero que de alguna manera la vida la había obligado a sentir… Apagó todo, y lo único que quedó fue Raquel Murillo, la mujer.
Volvió a mirar a Martín, y como si este pudiera leerle la mente, lo vio sonreír.
—Mi lugar está con vosotros.
Este asintió, y los ojos de Raquel se clavaron fijamente en los suyos, gritándole, implorándole , una sola cosa:
—Pero Sergio no puede saberlo.
Cuatro días después de la Hora Cero
El momento en el que entró por la puerta de aquella azotea y estuvo rodeada de sus amigos fue cuando Raquel, finalmente, se permitió caer en la realidad.
La había atrapado la policía. Había creído, por un segundo, que iban a ejecutarla.
De seguro Sergio había caído en aquella trampa.
La habían sometido a interrogatorios, Alicia la había hecho elegir entre su amor por su hija y el que tenía por su pareja.
Y había estado a punto de traicionarlo.
Todo le cayó encima con fuerza, pero cuando estuvo allí, con sus amigos a su alrededor, sintió que aquello había acabado.
Finalmente, sonrió.
Luego de abrazar a todos y festejar su llegada, Mónica la acompañó hasta uno de los despachos, donde su mono rojo la esperaba. Se duchó en menos de tres minutos y se vistió, y cuando se miró al espejo, sonrió para sí misma.
De ser Raquel Murillo, la Inspectora al mando del atraco a la Fábrica de la Moneda, había pasado a ser Lisboa, la atracadora al mando en el Banco de España.
Estaba tan orgullosa de sí misma, que no pudo evitar reírse a su reflejo. La imagen que este le devolvía era la de una mujer fuerte, que había pasado por mucho, y todas y cada una de las batallas que había luchado, las había ganado.
Por un segundo, llevó su mano derecha hacia su vientre, pero sus ojos seguían fijos en el espejo.
«Voy a salir de esta», se repitió varias veces.
Justo en ese momento, una voz llamando su nombre sonó por el corredor, y Raquel acabó con ese minuto sentimental que se había permitido tener.
Estaba dentro del Banco, era la nueva líder allí, y no podía tener distracciones.
Y sí, en ese momento, pensar en su embarazo era una distracción.
Necesitaba tener la mente fría, las emociones controladas, y sus debilidades lo más lejos posible.
Salió del despacho y caminó hacia la planta baja, donde el resto de sus compañeros la esperaban. Los miró a todos, uno por uno, y finalmente sus ojos se clavaron en la mesa que estaba en medio de ellos, donde había una radio.
—Hay que llamarlo. —Fue la voz de Tokio la que la hizo soltar el aire de sus pulmones porque desde que había llegado, su cabeza había evitado pensar en lo único que aún no había hecho.
En lo que más necesitaba.
Hablar con Sergio.
Se acercó con pasos lentos hacia la radio, mirándola como si no estuviera segura de qué hacer con ella. Con mucho cuidado, extendió su mano y la cogió.
Tragó una bocanada de aire y se sorprendió a sí misma con la firmeza y seguridad de su voz.
—Lisboa para Profesor.
Su corazón dejó de latir y sus músculos se tensaron con la anticipación de lo que sabía que vendría. Después de todo el miedo y la angustia que había sentido, finalmente volvería a escucharlo.
En su última conversación le había dicho que era su primer amor, para luego, un rato después, implorarle una y mil veces que lo entregara a la policía.
«Que no te dejen sola».
«Diles que me voy a entregar».
«Gana tiempo hasta que llegue».
«Sal de ahí».
Había oído todos y cada uno de los pedidos desesperados que este le había hecho a través del audífono, y por más miedo que había tenido, el saber que Sergio había sido capaz de querer dar su vida por ella, le hizo confirmar lo que hacía unos minutos le había profesado.
La quería tanto, que había querido entregarse para salvarla.
Y era tanto el amor que Raquel tenía hacia él, que no había titubeado cuando se enfrentó con la muerte, solo para protegerlo.
Vaya par que eran.
Y, justo cuando había permitido ilusionarse con la idea de volver a oír su voz, después de todo lo que habían vivido, sus esperanzas se vinieron abajo.
—Hola, Lisboa.
Todos los rostros allí presentes se giraron hacia ella, y lo único que pudo hacer fue cerrar sus ojos, suspirando mientras cada una de sus ilusiones se despedazaba.
Alicia había encontrado al Profesor, y eso solo podía significar una cosa.
Estaban bien jodidos.
Trató de mantenerse serena durante los minutos que duró su conversación con la Inspectora Sierra, en los que ambas partes intentaron negociar.
Pero, a diferencia de otras veces, en esa oportunidad lo que se debatía era nada más ni nada menos que la vida del hombre al que amaba.
Cuando Alicia colgó, dejándola con la palabra en la boca y sin haber llegado a ningún acuerdo, Raquel huyó de allí, buscando el lugar más alejado donde pudiera encerrarse y llorar hasta que no le quedaran lágrimas.
La posibilidad de que encontrasen el escondite de Sergio había sido tenida en cuenta desde siempre, sin embargo, bajo el cuidado de su antigua amiga, nada le aseguraba que pudiera salir vivo.
Volvió al despacho donde se había cambiado de ropa hacía escasos minutos, cerrando la puerta detrás de sí y dirigiéndose hacia el escritorio. Apoyó sus manos sobre este y dejó caer todo su peso, sosteniéndolo con sus brazos. Bajó su cabeza, y las lágrimas comenzaron a caer sin pudor.
Cuando por fin lo había logrado, cuando creía haber conseguido encontrar un poco de felicidad dentro del caos de aquel atraco, su mundo se había derrumbado a sus pies.
Otra vez.
Había estado convencida de que, finalmente, volvería a escuchar la voz de Sergio. Que podrían hablar, aunque fuera dos minutos y frente a testigos, de lo que habían sentido desde el momento en el que Suaréz disparó dos balas contra el suelo de aquella granja.
Le hubiese gustado contarle lo asustada que había estado, y el nudo en la garganta que había sentido cuando imaginó que él pudiera creer, aunque fuera por un instante, que algo malo le había ocurrido.
Hubiese deseado decirle que, si la vida la pusiera nuevamente en aquella situación, volvería a negarlo una y mil veces. Y que, cada vez que volvieran a preguntarle ¿dónde está el Profesor?, su respuesta seguiría siendo la misma:
«No sé dónde está el Profesor».
Sin embargo, lo único que lo había escuchado decir fue que tal vez, esa podría ser la última vez que hablaran.
Y sus palabras la habían destruido.
El sonido de la puerta del despacho abriéndose de golpe la trajo de nuevo a la realidad. Se giró, encontrando la mirada preocupada de Palermo mientras cerraba la puerta detrás suyo.
—Lisboa…
—Palermo —dijo Raquel, escondiendo sus lágrimas mientras volvía a darle la espalda. Sin embargo, su voz rota la delataba—, dame diez minutos.
Rodeó el escritorio, alejándose más aún del recién llegado, y los segundos se hicieron eternos mientras esperaba escuchar cómo este salía por donde había entrado.
Ese momento nunca llegó.
—¿Puedes dejarme sola?
—Lisboa.
Finalmente, Raquel se giró, temblando de miedo mientras decía sus siguientes palabras.
—Lo va a matar —sollozó, y aunque no esperaba un abrazo por parte del argentino, en ese momento le hubiese gustado sentirse contenida de alguna forma. Necesitaba que alguien le dijera que todo era un malentendido y que Alicia estaba simplemente visitando a Sergio.
Que no le tocaría un pelo.
Lo máximo que recibió por parte de Martín fueron los pasos que este dio en su dirección, acercándose, pero sin tocarla.
—No lo va a matar.
Raquel lo miró, sus ojos tan rojos y llenos de lágrimas que le costaba mantenerlos abiertos.
—¿Cómo estás tan seguro?
—No le conviene, Raquel. Y lo sabés. —El hecho de que usara su nombre para referirse a ella le hizo sentir una especie de cariño que estaba segura que muy pocas personas en aquella banda de atracadores había recibido por parte de Martín.
Si tenía que ser sincera, podía jurar que la única persona que le importaba al argentino era Sergio. Aunque algún día, Andrés debió haber encabezado aquella lista. Y, sorprendentemente y de alguna manera que no le hacía ningún poco de sentido, creía que, debajo del nombre del Profesor, ahora estaba el de ella.
—¿De verdad lo piensas? —preguntó, logrando calmar las lágrimas mientras las limpiaba con el dorso de sus manos.
Martín asintió, y para su sorpresa, extendió uno de sus brazos, apretando su hombro en lo que sabía que para él era una de las mayores muestras de afecto que podía ofrecerle.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos, hasta que Raquel notó la manera en la que el hombre observaba su vientre.
—Estoy bien. —Le aseguró.
Palermo alzó las cejas, sonriendo.
—Imagino que la policía te hizo estudios. ¿Te tomaron alguna muestra de sangre?
La mirada de Raquel fue toda la respuesta que necesitaba.
—¿Creés que la otra embarazada ya lo sabe?
La otra embarazada.
En algún momento de sus vidas, si no se hubieran distanciado, Alicia y ella se habrían echado a reír al saber que ambas estaban preñadas.
Le parecía tan lejano aquel pensamiento…
—No tengo ni puta idea. Espero que no. Si lo sabe, lo usará en nuestra contra tarde o temprano.
Raquel suspiró, y el silencio por parte de Martín le llamó la atención. Esperó unos minutos, creyendo que algo diría. Pero lo vio tan perdido en su propia cabeza que no se pudo contener.
—¿Martín?
De repente, este la miró, y sus ojos tenían una emoción que no llegaba a descifrar.
—Sergio me hizo prometerle algo antes de entrar acá.
Sus ojos claros se clavaron en los suyos, y la intensidad de estos la asustó un poco.
Raquel frunció el ceño, esperando a que continuara.
—Me pidió que te cuide como lo hubiera hecho su hermano —confesó, su mirada un poco perdida cuando mencionó a este último—. Como lo hubiera hecho Andrés.
—Solo he visto a Andrés una vez en mi vida, ¿qué os hace pensar que habría hecho algo así por mi?
La sonrisa de Martín le intrigó.
—Andrés de Fonollosa era un hijo de puta con todo el mundo. Era un ególatra y un narcisista, pero tenía una única debilidad.
Los labios de Raquel se curvaron hacia arriba, y no necesitó escuchar la confirmación de la boca del otro para saber a quién se refería.
—Su hermano menor —dijo Martín—. Sergio era lo único en este mundo que le importaba. Y para él, nada hubiera sido más importante que su felicidad.
—No te sigo…
El aludido bufó.
—Pero, ¿sos boluda? —El acento argentino que le salía cada vez que se ponía nervioso era demasiado gracioso, pero entendía que ese no era el momento para reírse—. La felicidad de Sergio sos vos, la felicidad de Andrés era Sergio, y la mía… —La voz de Martín bajó unos decibeles—. La mía era Andrés.
Raquel sonrió, aún con el ceño levemente fruncido.
—Yo no quiero que me cuides.
Este puso los ojos en blanco.
—Me chupa un huevo lo que vos quieras. Se lo prometí a Sergio, y este va a ser mi acto de amor hacia Andrés.
—¿Cuidar a una mujer con quien Fonollosa no compartió ni tres horas será tu gran acto de amor? —preguntó Raquel.
Martín sonrió, negando con la cabeza. Dio unos pasos hacia atrás mientras sus ojos seguían fijos en los suyos.
—Encargarme de que su hermano tenga el final feliz que se merece y que él siempre quiso que tuviera, va a ser mi gran acto de amor.
Entonces, luego de esa conversación, a Raquel no le sorprendió cuando, de manera inesperada, una de las bombas que los militares lanzaron dentro del Banco explotó a escasos metros de donde ella estaba, obligando a Palermo a actuar como escudo humano, en parte porque ella no tenía chaleco antibalas, y en parte por la promesa que había mencionado.
Tampoco le resultó extraño que, en un momento de sublevación por parte de Arturo Román, este hubiera intercedido por ella, dejando su arma en el suelo mientras intentaba calmarlo.
Cuando los militares entraron por primera vez, fue de esperarse que, así como Denver estaba delante de Manila disparando sin piedad, Palermo se hubiera puesto por delante suyo, lanzando bala tras bala contra el enemigo.
Sergio entró al Banco de España atravesando la puerta de entrada como si fuese un empresario que venía a retirar su dinero en un día de semana. Estaban todos allí reunidos, esperando expectantes aquel momento. La última parte del plan, el momento previo a la huída, indicaba que absolutamente todos los miembros de la Banda debían estar allí dentro.
Incluido el Profesor.
Habían pasado un par de días sin verse, pero ella los había sentido eternos.
En el momento en que Sergio apareció, Raquel no le dio tiempo a reaccionar. Corrió hacia él, lanzándose a sus brazos y rodeando su cintura con sus piernas, sin demorar ni un segundo en unir sus bocas en un beso desesperado.
Entre lágrimas y sonrisas, y con los gritos y festejos de sus amigos de fondo, sin duda podría decir que ese había sido el momento más feliz de todo el atraco.
Escasos minutos después de aquel reencuentro que había estado deseando más que cualquier cosa, los militares volvieron a atacar. Esa vez, Sergio estaba junto a ella, haciendo que sus temores se hubieran multiplicado. Disparaban a bocajarro contra el enemigo, pero estaban tan rodeados que, en un momento de distracción, uno de estos apuntó contra Raquel.
Y lo que menos le sorprendió fue ver el cuerpo de Martín interponiéndose entre la bala y ella, salvando su vida y cumpliendo la promesa que había hecho.
Pudieron caminar con él lo suficiente hasta encontrar refugio por unos minutos, y con la cabeza de este apoyada sobre su regazo y los ojos de Sergio llenos de lágrimas despidiendo a lo único que sentía que le quedaba de su hermano, Palermo habló.
—La cuidé, Sergio. La cuidé como me pediste —musitó, escupiendo sangre mientras intentaba sonreír a pesar del dolor.
El aludido sollozó, asintiendo mientras dirigía su mirada hacia Raquel, quien lloraba igual que él al mismo tiempo que acariciaba el pelo de Martín.
—Muchas gracias, Martín —dijo Sergio, a pesar de que su voz se quebró más de una vez—. Muchas gracias por todo.
Este volvió a sonreír una última vez, y con lo que pareció ser el mayor esfuerzo de su vida, se dirigió a Raquel.
—Acercate —susurró.
Obedeciendo, intentó frenar las lágrimas el tiempo suficiente para poder escucharlo. Era evidente que cada respiración le costaba terriblemente, y un fuerte sollozo mezclado con algo parecido a una risa escapó de sus labios cuando este dijo sus últimas palabras:
—Me voy a quedar con las ganas de ver la cara de este boludo cuando se lo cuentes.
Dos semanas después, cuando estuvieron a salvo en aquella pequeña casa en una isla de Colombia, Raquel le dio la noticia a Sergio.
Y luego miró al cielo, sonriendo y pensando que, de seguro, Martín había disfrutado de lo pálido que este se había puesto.
