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La lluvia caía. No le importó empaparse, sentirse húmeda y darle todo a esa noche nublada. Escuchaba el golpear del agua contra el agrietado suelo y el sonido del charco cuando un zapato importunaba la estabilidad del agua. Los murmullos y la prisa de las personas también se hacían notar. La ciudad seguía viva y ella consigo.
Sonrío como nunca lo había hecho. Frente a los ojos del mundo, ella era una lunática carcajeándose en plena tormenta. Dejó a su estómago contraerse todo lo que quisiera. Era feliz. Un beso, fugaz y delicado la puso en ese estado.
Llevó su mano hacia sus labios, dejando unos cuántos milímetros de distancia. Tenía miedo de tocarse, como si la fricción fuera a eliminar el evento anterior. Temblorosa y vacilante, se armó de valor y fue hacia el borde.
Recordó el calor del beso, las manos del otro sobre su rostro y su respiración sincronizada a la suya. Fantaseó durante semanas con esa escena. Las barreras diarias no eran fáciles de derrumbar, pero, la cercanía que anheló y que no pudo experimentar con anterioridad se redujo a cero con esa caricia. Volvió su corazón a latir. Primero el suyo y luego el de él.
Esa noche el cielo se volvió su confidente. Una última sonrisa se pintó en su rostro antes de partir por un refugio de las lágrimas del firmamento.
