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Una práctica diferente

Summary:

Sugawara Koushi tiene una idea genial para animar a sus compañeros de equipo a conocerse mejor. El vicecapitán del club de voleibol del Karasuno, sin embargo, no sabe lo que va a desencadenar dicha actividad para dos miembros del equipo en concreto.

O tal vez sí.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Las hojas rectangulares cayeron frente a cada uno de los componentes del club de voleibol de la escuela media Karasuno. Uno a uno, los muchachos comenzaron a alzarlas y contemplarlas con la mirada rebosante de confusión. Todos menos uno, que sonreía triunfante.

El chico que ofrecía los folios en blanco era el mismo que había ideado algo así.

Admiraba y respetaba muchísimo a su sempai… Pero no le gustaba perder así el tiempo de entrenamiento. ¿Es que acaso no tenían suficiente con perder tantas horas en clase en lugar de practicar?

Respiró profundamente mientras asentía con educación frente al chico del pelo de plata, que se colocó a su lado una vez acabó de repartir el material. Parecía muy contento. Mientras tanto, el entrenador —que permitía gastar así una tarde tan preciada— sonreía en una esquina con la misma satisfacción en el rostro mientras se colocaba bien las gafas.

—¡Dinámicas sociales, chicos! —exclamó Sugawara Koushi con una sonrisa tan brillante como el mismo sol.
—Suga… —murmuró Daichi por lo bajo con titubeo. Al parecer, no era el único que dudaba de la necesidad de algo así.
—Ay, Daichi, ¡deja que acabe de explicar, hombre!

Hinata Shouyou, frente a él en el corro que acababan de formar en el suelo, se llevó una mano a la boca disimulando una leve sonrisa. ¿Qué le haría tanta gracia?

—En fin —espetó Sugawara con emoción—, ¡he tenido una idea especial hoy, chicos! Como vicecapitán del Karasuno, también es mi deber llevar a cabo según qué actividades de vez en cuando, y…

Sugawara hizo una pausa para contemplar a Daichi, que le observaba a su vez con expectación. Tras una sonrisita por parte del peliplata, la explicación tornó a su cauce.

—He pensado —prosiguió Sugawara alzando más la voz— que necesitábamos un poco de apoyo social. Algo que nos una y eso. ¡Por eso mismo —al girarse, asintió en dirección a la habitación de las escobas, de la que salió una alta figura junto a un objeto largo y rectangular—, aquí tenéis vuestra sorpresa del día!

Yamaguchi —ayudado al instante por Sugawara, que se acercó corriendo hasta el chico de primero— trajeron a la par una pizarra que colocaron frente a todos. En ésta rezaban cinco preguntas, escritas con extrema pulcritud:

“¿Cuál o cuáles es/son el/los compañero/s al/a los que más admiráis?”
“¿De quién te gustaría seguir aprendiendo?”
“¿A quién te gustaría ayudar más?”
“¿Quién es la persona que más te ha ayudado a aprender?”
“¿Alguna palabra bonita para alguno de tus compañeros? (Si éstas son para el vicecapitán, te llevarás un regalito)”

Se quedó de una pieza en el lugar mientras reseguía, una y otra vez, aquellas terribles palabras. Unas temibles y espantosas palabras. Algo que jamás habría creído posible se materializó de pronto: se quería ir de allí corriendo. El gimnasio en el que practicaba voleibol a diario, con su amplia cancha y útiles balones, de pronto parecía un escenario propio de película de terror.

—Tenéis que contestarlas sin miedo. Es solo para vosotros. ¡Sin embargo —exclamó con entusiasmo el chico, que parecía estar disfrutando como pocas veces en su vida—, yo sí las voy a leer!
—Vaya cotilla —murmuró Asahi por lo bajo a su lado. El tono más cauteloso ayudó a que no le escucharan los demás, pero sí fue lo suficientemente sonoro para que el avispado Sugawara lo oyera de pleno.
—Tú llámale como quieras, Asahi —protestó Koushi con una sonrisa enigmática—, ¡yo le llamo apoyo grupal! Con lo que respondáis podré diseñar nuevas dinámicas que os ayude a integraros mejor y aprender del resto.
—Pues vaya —dijo de pronto Daichi con los ojos brillantes de orgullo—, sí que hemos tenido suerte con este vicecapitán.

Sugawara guiñó un ojo a Daichi al momento en que se sentaba al lado de éste, pasando un brazo por su hombro momentos antes de alzar el bolígrafo con el que comenzó a escribir.

—¿Va en serio, Suga? —contestó al fin Nishinoya, rompiendo la tensión que se había acrecentado entre el equipo. Parecía que lo habían tomado como una broma hasta el momento.
—¡Y tanto! Venga, ¡a escribir!

Bajo la atenta mirada de Takeda, los chicos comenzaron a ponerse manos a la obra. Algunos, con más seguridad que otros.

—Ala, ya está —pronunció Nishinoya con una sonrisa chispeante, apartando el bolígrafo del papel.
—No me lo creo —dijo Suga sin alzar la mirada de la hoja—. Revísalo un par de veces más.
—Que ya lo tengo, en serio.
—A ver… —después de revisar el folio del chico bajito, Suga comenzó a reír a carcajada limpia—. ¡Chicos, no vale poner cinco veces el mismo nombre! Noya, —dijo mientras entregaba el folio al líbero—, pon a alguien más, te lo pido por favor.

El sudor frío pobló su frente mientras pensaba en la manera más eficiente de salir por patas de allí. No era dado a fingir enfermedades ni nada por el estilo, pero tal vez por un día…

—¿Todo bien, Kageyama?

La voz le tomó por sorpresa. Tras el respingo —al que sobrevinieron un par de risitas con olor a mandarina—, Kageyama se fijó en cómo Asahi le contemplaba con una mirada repleta de comprensión. Se removió, inquieto. No sabía qué decir.

—Tú hazlo rápido y ya está —susurró Asahi Azumane, aproximándose hacia él—. En cuánto acabemos, haré lo posible para que podamos entrenar un rato, ¿vale?

Asintió, agradecido. Su otro sempai, que tanto se entregaba por el resto siempre, había sabido ayudarle una vez más. Algo más tranquilo, fijó su vista sobre la límpida blancura que se extendía a lo largo del folio. Llevó la punta del bolígrafo hasta esta sin intención alguna de escribir.

No sabía ni qué poner.

Toda su estamina acumulada estaba destinada a la práctica. La atesoraba durante el día para poder aprovecharla con eficiencia al acabar las clases y traspasar, al fin, las puertas metálicas del gimnasio y, de ese modo, compensar de verdad el día. Su cerebro, por lo tanto, solo pensaba en movimientos estratégicos. En colocaciones precisas. En adaptaciones a pequeña y alta estatura. En mayor precisión a la hora de adecuarse a los inmensos saltos de pequeñas grandes personas

Si hubiera podido escribir o dibujar lo que fuera, solo habría hecho un atajo de remolinos entre los que hubiera rasgado la palabra “voleibol”. Su mayor pasión. Aquello que le hacía más feliz que otra cosa. El motivo por el que se levantaba con las mañanas con ganas de seguir respirando. Para mejorar, para seguir jugando y divirtiéndose. Para llegar hasta la cima.

Y eso no se conseguiría escribiendo en un folio aleatorio. Suspiró. Resopló. Recordó las palabras del muchacho de cabellos castaños recogidos. Asintió mientras se colocaba en la posición más cómoda posible para escribir y terminar cuánto antes. Las palmas de sus manos clamaban por el contacto con la pelota. Por el chasqueo del plástico redondo en su piel. Por saborear esos instantes en que, por unos pocos segundos, se convertía en el dueño del destino, acariciando el balón hasta dirigirlo al objetivo que les haría ganar.

Pero, para eso, tenía que escribir.

“¿Cuál o cuáles es/son el/los compañero/s al/a los que más admiráis?”

Bien. Esa era fácil. Con movimientos ágiles, dejó que el bolígrafo trazase los nombres de sus sempais de tercero. Y el de su ágil líbero.

Un nombre más asomó por su mente. Como una nubecita traviesa y gritona que quisiera llamar la atención con sus tonos de atardecer. No. Así ya estaba bien. Siguiente pregunta.

“¿De quién te gustaría aprender más?”

De Asahi, evidentemente. De su tenacidad. De su paciencia y valentía a la hora de enfrentar situaciones delicadas. Pensó en si habría alguien más.

Sí lo había. Uf.

Menos mal que solo lo leería Sugawara. Al escribir el nombre del alto bloqueador de gafas, el rasgueo del bolígrafo contra el papel sonó tanto que casi temió que el propio ruido lo delatase. Confiaría en Sugawara. No le había dado motivos para lo contrario jamás.

En fin, la siguiente. Releyó tres veces la pregunta antes de atreverse a volver la mirada al folio.

“¿A quién te gustaría ayudar más?”

No necesitaban ayuda. Ninguno de ellos. Todos se sabían manejar bastante bien. Aunque…

Retaco tonto. Pues… pues claro que necesitaba ayuda. Si venía de cero. Tonto.

No tenía por qué ayudarle, pero lo hacía. Le hacía falta espabilarse. Le hacía falta crecer. Quería verle mejorar. Cada día avanzaba a pasos de gigante. Era muy satisfactorio. Y le beneficiaba. Sí, eso era todo. No había ninguna otra intención aparte de esa.

Se removió, incómodo, al notar cómo la temperatura ascendía por sus mejillas y orejas. Escribió su nombre con rabia, dispuesto a pasar a la siguiente pregunta.

“¿Quién es la persona que más te ha ayudado a aprender?”

No le gustaba esa actividad. Quería dejar eso en blanco. Al recordar cómo era la siguiente la quiso dejar también sin contestar. Pero sabía bien cómo era Sugawara. Sí o sí, los renglones vacíos deberían estar rellenos con algo que le hiciera conformarse. Una respuesta escueta. Solo un nombre. Eso bastaría.

La palabra se repitió bajo la anterior respuesta con caracteres temblorosos. No podía esperar a acabar ese horrible castigo y volver a la pista de una vez.

“¿Alguna palabra bonita para alguno de tus compañeros?”

Inspiró con toda la capacidad posible. Las fuerzas le fallaban. Los nervios comenzaron a hacer mella en él, mostrando ligeros temblores en las manos. Al alzar la vista inconscientemente, se descubrió siendo claramente observado.

La mirada se clavaba en él con seguridad. No había titubeo en sus ojos de ámbar, tan grandes y brillantes como siempre. Con el paso de los meses había aprendido a leer entre líneas las diferentes emociones que era capaz de mostrar, como si se tratase de un libro abierto.

La convicción chispeaba por unos segundos antes de dar paso al titubeo. De ahí, al mohín inquieto. Y, de nuevo, a la confianza que rozaba la temeridad. Al chico no le importaba saber que él, a su vez, también le contemplaba. No parecía importarle lo más mínimo ser estudiado con la misma vehemencia.

Era como si no les rodease el resto del equipo. El chico de cabellos naranjas, tan intensos como él mismo, entreabrió los labios unos momentos antes de volver a cerrarlos al instante. El torrente de cosquillas que nublaba su pecho y su mente volvían a atacarle otro día más al fijarse en él. En sus cabellos revueltos y esponjosos. En su mirada atenta. En cómo jugueteaba nerviosamente con el bolígrafo entre sus dedos. En cómo se mordía el labio carnoso con inquietud.

No sería él quién apartase la vista antes. No pensaba perder. Y menos contra él. Como tantas otras veces, se disputaron una batalla silenciosa en la que ni uno ni otro bajaba la vista, que se clavaba con firmeza sobre el muchacho de enfrente.

Era como una nube radiante. Como un empujón de mandarina. Chillón y tozudo. Hecho a medida para acabar con su paciencia. Y para pulirla. Y para llevarle al límite en cualquier situación. Y para distraerle. Y calmarle. Y apoyarle siempre.

“Cada uno de tus pases es un regalo para mí.”

¿A qué venía ahora el eco de aquellas palabras? No. No apartaría la vista. La mantendría mientras se estremecía. El ceño fruncido debió de hacerle pensar algo diferente, pues Hinata ladeó la cabeza con un deje interrogativo. A esas alturas, las mejillas se habían tornado carmesí puro. Pero no le importaba. No bajaría aún la vista.

El día estaba encapotado. Al menos, hasta ese momento. Hasta el justo instante en que, con una sonrisa convencida, la mirada del chico se relajó sin dejar de mirarle. La luz de sus ojos se tornó miel. Era pura, genuina y tierna hasta hacerle removerle en el sitio. No bajaría la vista. Porque, de hacerlo, se perdería ese espectáculo.

Fue Hinata quién la bajó, al fin.

“Ja, he ganado.”

Suspiró mientras contemplaba como el chico, sin perder la sonrisa, escribía con decisión algo en su papel. Kageyama se tomó unos segundos para hacer lo propio, apurando el regalo que se abría ante sus ojos entrecerrados por la sonrisa que el chico le contagió. Las palabras danzaron solas entre sus dedos cuando, sin miedo ni duda algunos, escribió lo que tantas veces le habría dicho hasta que se lo creyera. Se lo podría decir cada día, de haber sido posible. Ojalá fuera posible.

“Sé lo alto que podrás volar, así que hazlo sin miedo. Nunca temas.

Yo confío en ti.”

* * *

Como cada mañana, se descalzó y cambió las zapatillas de calle por las deportivas. Pensaba llevarlas todo el día hasta acabar las clases.

Lo que no esperaba era el pequeño papel en el casillero que le pertocaba. Había sido colocado con precisión. Digno del movimiento de un sempai que se conociera bastante bien el funcionamiento de dichos armarios. Alguno que llevase, por lo menos, tres años en el Karasuno. Pero la letra, nerviosa y caótica, no era caligrafía de alguien mayor. Era de alguien de su curso. De su edad. De su entorno cercano.

“Sin ti no habría sido posible, así que… gracias, Tontoyama.”

El rostro cambió entre mil emociones contradictorias. Estupefacción, incredulidad, asombro… Cada una de ellas se tomó su tiempo en dibujarse con divertidos cambios bruscos. Las mejillas enrojecieron mientras los ojos se humedecían. De ahí, pasó a la carcajada incrédula y torpe que disimuló como pudo con la manga del uniforme escolar. Sin soltar el papel, corrió. Corrió a esconderse. No. No quería esconderse. Quería ir hasta allí. Hasta él.

Con una sonrisa convencida, subió las escaleras. Casi saltaba entre ellas. Casi podía volar como el cuervo en el que se había convertido. Y su bandada, que tanto le enseñaba a diario, le había llevado hasta ese momento. A base de ánimo, de cariño. De compañía. De honestidad. De… emociones que, aunque no se atreviera a nombrar, eran muy reales.

Abrió la puerta con un golpe seco mientras jadeaba. Las clases no habían empezado aún, por lo que sus compañeres de aula se disgregaban en grupitos que charlaban animadamente. Otres se sentaban en solitario, avanzando los deberes que no habrían acabado el día antes.

Su objetivo se sentaba en el centro, rodeado entre algunas personas. Al fijarse en él, éste le contempló de vuelta. Su sonrisa, enternecida, iluminó la estancia de pronto. Se la devolvió. De lejos, apoyado en el marco de la puerta, Kageyama sonrió al muchacho bajito de cabellos naranjas mientras éste se levantaba, dirigiéndose hasta él. Hasta llegar a su lado. Hasta cogerle de la mano. Hasta el “ven”. Hasta el “pero va a empezar la clase”. Hasta el “no importa, enseguida volvemos”.

Como si jamás volvían. Como si, desde ese momento, se escapaban del colegio y sus cimientos de piedra y hierro, bien lejos de allí. Y volaban juntos. Y jugaban por siempre. Y se cogían fuertemente de la mano, como Hinata hacía en esos momentos mientras se lo llevaba lejos, bien lejos del aula, hasta llevarle al jardín trasero y, después de mirarle unos segundos, se abalanzaba sobre él, hundiendo el rostro en su camisa blanca momentos antes de lanzarse directamente a su sonrisa. Azorado, lo acogió con las mismas ganas, no sin cubrirse de vergüenza y timidez. Y sorpresa. E incredulidad. Pero, pese a toda la amalgama de emociones diversas, reinó la seguridad de hacer lo que tanto había deseado en silencio durante tanto tiempo. Ambos temblaban mientras el beso, tímido y torpe, los unía en una sinceridad abrupta y ansiosa. Y hermosa, tanto como él. Hinata se separó sin mirarle, refugiándose entre sus brazos mientras Kageyama lo arropaba entre éstos. Con las orejas ardiendo y el corazón a punto de salírsele del pecho, lo apretujó contra él mientras cerraba los ojos y apoyaba la mejilla sobre los cabellos de mandarina.

Nunca perdería. No si se quedaba a su lado.

Notes:

¡Espero que os haya gustado! He escrito este fic con motivo del Haikyuu Day (¡19 de agosto!).

Las de Kageyama y Hinata ya las sabemos, pero... ¿Qué pusieron el resto de integrantes del Karasuno en su última respuesta? ¡Veamos!

Sugawara: Ay. Sois tan pequeñitos todos. Sigue esforzándote eh, ¿kouhai? Seguro que algún día vas a llegar muy MUY alto. Y tú... Una vez se acabe todo, ¿te quedarás a mi lado?
Daichi: Sigue brillando tanto como haces. No sé qué haría sin ti. Eres mi mano derecha.
Asahi: Gracias por ser mi energía cuando todo parece perdido...
Nishinoya: ASAHI. (en mayúsculas muy grande)
Tanaka: ¿Pero te casarás conmigo? (hay un No. al lado con una caligrafía preciosa)
Tsukki: Reluces igual que cualquiera, así que... no te calles.
Yamaguchi: Admiro que siempre estés tan concentrado, y tan pensativo. Ojalá fuera como tú.
Yachi: Ah... ¡Esforzáos mucho!~ ¡Me alegra aprender tanto de vosotros! ¡Estoy muy orgullosa!
Kiyoko: Seguid esforzándoos. (Se oye a Tanaka desmayándose al fondo)