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Characters:
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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-08-26
Words:
1,648
Chapters:
1/1
Comments:
5
Kudos:
11
Hits:
59

No puedo...

Summary:

El final de la serie, como me hubiera gustado, no modifica mucho el final, pero sí en aspectos muy importantes.

Notes:

Esta es la versión que me hubiera gustado para el final, hace mucho que la quería escribir, pero recién ahora salió. Escrita para el Mes de Misha Collins 2021.

Work Text:

Los días pasaban y Dean intentaba seguir adelante. Lo intentaba de verdad, con todas sus fuerzas. La gran victoria, derrotar al mismísimo Dios, no era suficiente razón para seguir adelante. Lo ayudaba mucho más Milagro, el perro. Pero a veces también le dolía su presencia. La lealtad del animal, su amor incondicional, y la forma en que lo miraba, como si él fuera lo más maravilloso del mundo, le recordaba mucho a Cas. Trataba de no pensar en él, en sus últimas palabras, en su sacrificio, porque cuando lo hacía, el dolor lo paralizaba.
Si tan solo no hubiera sido tan cobarde. Si tan solo hubiera tenido el coraje de decirle lo que sentía. Si no se hubiera dejado llevar por su enojo, si hubiera podido reconocer ante sí mismo que lo amaba también, que lo amaba tanto que temía dejar salir sus sentimientos, porque no podía soportar la idea de perderlo de nuevo.
Tanto temía amarlo, tanto temía entregarse a ese amor, que lo alejaba de su lado una y otra vez. Y ahora no lo tenía y esta vez era para siempre, y dolía, dolía tanto que no podía respirar.
Y cuando Milagro percibía su estado, corría hacia él, lo lamía, lo abrazaba, lo confortaba. Y Dean se encontraba llorando, abrazado a él, hundiendo la cara en el tibio pelaje del animal, deseando haber podido llorar sobre el hombro de Cas, deseando haber podido hablar antes de que fuera demasiado tarde.
Cas había muerto por salvarlo, y tenía que hacer que valiera la pena. Por eso, solo por eso, continuaba de pie, continuaba comiendo y respirando, ayudando a Sam en las tareas del hogar, y de vez en cuando, cazando. Hasta intentó buscar un empleo normal, con horarios normales, con un buen sueldo. O al menos con un trabajo que le mantuviera ocupado y no lo dejara pensar. Pero tampoco lo consiguió, tal vez no ponía suficiente empeño. Como no ponía suficiente empeño en nada.
Concentraba todas sus energías en seguir vivo, en poner un pie delante del otro, en comer, en respirar.
Sam trataba de ayudarlo, de cocinar para él, de hacerlo sentir un héroe. Sam también extrañaba a Cas, pero no era el fin del mundo para él; había recuperado a Eileen, y era feliz. Sam nunca sabría cómo fue el fin de Cas, ni cuales fueron sus últimas palabras.
Dean jamás se lo diría. No quería compartir ese recuerdo con nadie. Era suyo, era privado, era su secreto. Moriría con él.

Y llegó aquella cacería, un caso fácil, unos vampiros cualesquiera. Después de derrotar a Dios, sería un juego de niños. Los vampiros murieron, pudieron rescatar a las víctimas. Y en aquella lucha, que hubiera ganado con facilidad, el vampiro lo estampó contra un hierro que sobresalía de una columna.
El dolor paralizó a Dean, le cortó la respiración. Sam mató al vampiro enseguida, y tardó algo en darse cuenta de que Dean estaba muy herido. Propuso llamar a Jack, o a una ambulancia. Tenían muchos medios para curarlo y salvar su vida.
En medio de la neblina que le producía el dolor, la mente de Dean se aclaró. Vio su oportunidad. Podría poner fin a su sufrimiento y no sería su culpa. Detuvo a Sam, no lo dejó pedir ayuda. Tampoco dejó que lo separara de la columna y lo tendiera en el piso. Prefería morir de pie.
Era cruel, lo sabía. Sam lloraba, pero lo superaría. Dean lo sabía, lo sabía desde que Sam no lo buscó cuando fue a parar al purgatorio. Sam sobreviviría sin él, y hasta estaría mejor. Tendría una vida con Eileen, tal vez hasta tuviera hijos y nietos.
Pero él no podía seguir sin Cas.
- Cuida a Milagro. Hazlo por mi.
- No habrá un perro más feliz.
Sam se enjugó los ojos, no quería que las lágrimas le impidieran ver a su hermano por última vez.
- ¿Por qué no me dejas salvarte, Dean? ¿Por qué me vas a abandonar?
Dean comprendió que tenía que decirle la verdad, se lo debía. Tal vez solo así Sam lo dejaría ir. Sentía que sus fuerzas lo abandonaban, que le costaba respirar, pero ya no sentía dolor.
- No puedo, Sam. No puedo seguir sin él.
Sam lo miró con extrañeza.
- ¿Cas?
- Cas - la voz de Dean era apenas un susurro ronco - Me amaba, Sam. Murió porque me amaba. No pude decirle nada. No pude decirle que también lo amaba. Fui un cobarde. Y ahora no puedo…
Dean cerró los ojos, agotado. Sentía que la vida se le escapaba por la herida. Sam se acercó más y le sirvió de apoyo. La cabeza de Dean descansaba sobre el hombro de Sam.
- Te quiero, hermano. Pero sin Cas nada tiene sentido.
- Comprendo.
- Sé feliz. Hazlo por mí. Yo no puedo.
- No me dejes.
- Sam. Sabemos que no es el final. Volveremos a vernos.
- Lo sé – pero Sam no podía dejar de llorar.
Dean lo miró una última vez.
- Estoy orgulloso de ti.
- Y yo de ti.
Dean suspiró y cerró los ojos. Ya no podía retener más la vida.
- Dean – gritó Sam, intentando que abriera los ojos, pero no lo consiguió.
En medio de sus lágrimas, abrazó con fuerza a su hermano y murmuró algo contra su pelo.
- Lo encontrarás, lo sé.

 

Dean parpadeó ante la luz dorada que lo rodeaba todo. Abrió los ojos y se encontró en una pradera, con hierba fresca y flores. Se levantó. No había rastro de la herida y el paisaje se veía hermoso. Demasiado hermoso para ser real. No pudo evitar un gesto de sorpresa.
- Así que estoy en el cielo. Quien lo diría. No sabía que todavía existía un cielo.
A unos metros vio un edificio que le resultó familiar. El bar de las Harvelle. Caminó hacia ahí, de pronto deseaba tomar algo.
Bobby estaba sentado en una silla, bajo el porche. ¿Sería realmente Bobby o solo una ilusión para su cielo particular?
Bobby le explicó todo. No era más un cielo particular para cada uno, sino que todos los que habían sido cercanos en vida compartían un mismo cielo. Aquello había sido una de las innovaciones de Jack.
Luego lo miró de frente.
- Cas lo ayudó.
Dean no quería creer lo que había oído. No podía ser.
- ¿Cas?
- Si. Jack lo rescató.
- ¿Donde … - Dean se enredaba con las palabras.
- No lo sé. No lo veo mucho. Debe estar muy ocupado.
Dean no pudo ocultar su desilusión.
- Voy por un trago.
Entró al bar y no pudo evitar gritar de alegría, mientras se fundía en un abrazo con Ellen y Jo. Sentados a una mesa estaban sus padres. Se alegraron de verlo, pero le preguntaron por qué estaba allí tan pronto. Dean contó que fue un accidente. Pudo notar que su madre no le creía, pero no hizo preguntas y Dean cambió de tema.
Estaba feliz de verlos a todos, pero faltaba algo. Dijo que quería hacer una recorrida por el lugar, y su padre lo acompaño a la puerta, donde estaba su querido Impala.
Dean se subió y arrancó. Por una extraña razón, deseaba estar solo. El cielo era perfecto, todo lo perfecto que pudiera imaginar. Pero no estaba Cas, y no importaba nada más.
Llevaba unos minutos al volante, por una ruta iluminada por aquella luz dorada, cuando oyó un sonido que conocía bien: un batir de alas.
Dio un golpe de volante y consiguió frenar, mientras una voz que creyó que jamás volvería a oír dijo aquellas palabras, que sonaban tan especiales cuando las decía esa voz.
- Hola Dean.
Cas estaba a su lado, en el asiento del copiloto, mirándolo con aquella expresión que hacía que Dean se sintiera el más poderoso del universo.
Por un momento, Dean no reaccionó. Se quedó allí, sentado, mirándolo, atontado, hasta que Cas puso su mano sobre la suya, que aún aferraba el volante.
- Soy yo, Dean.
- ¿Cómo? ¿Por qué?
- Jack. Me sacó una vez del vacío, cuando no era más que un nephilim. Ahora es Dios. ¿Cómo no iba a poder sacarme?
- ¿Pero por qué no volviste a casa? Yo no podía…- y de nuevo se le atragantaron las palabras.
- Dean, solo quería volver a ti. Pero no se podía. Ya fue suficiente alteración en las fuerzas del Universo que Jack me rescatara otra vez. Podía quedarme aquí, en su dominio, pero bajar a la Tierra podía ocasionar una catástrofe. No quisimos arriesgarnos.
Sabíamos que vendrías tarde o temprano. No tenía más que esperar. Fue una larga espera.
Dean bajó del auto. Necesitaba aclarar sus ideas. Cas estaba allí, vivo. O muerto, como él mismo, pero no importaba. Estaba ahí, con él. Podría decirle todo lo que no le dijo en vida, cuando lo tenía a su lado.
El ruido de la otra puerta al abrirse y cerrarse lo sobresaltó. Cas estaba a un paso, muy cerca, invadiendo su espacio personal, como solía hacer.
Miró sus ojos azules como el cielo. Miró sus labios, que siempre lo tentaban. Que más daba, ya estaba muerto. No tenía nada que perder.
Se pegó a él, lo rodeó con sus brazos, buscó los labios del ángel con los suyos y lo besó con toda la pasión acumulada durante años. Cas correspondió al beso y Dean pudo sentir que además de los brazos de Cas, lo rodeaban unas alas tibias y ligeras.
Separó un instante sus labios de los de Cas y volvió a mirar sus ojos. Levantó las manos hasta rodear su rostro, acariciando su contorno, su pelo, sus labios.
- Te amo, Cas. Siempre te amé. Fui un cobarde, y nunca pude decírtelo. Y ahora es muy tarde.
- No es tarde, Dean – Cas le dirigió una pequeña sonrisa, y Dean sintió algo muy cálido dentro suyo – Tenemos toda la eternidad.
Dean sonrió por primera vez en muchos meses.
- Toda la eternidad – repitió.
Volvió a besarlo y esta vez no se detuvieron. Ninguno de los dos necesitaba respirar.