Chapter Text
La magia del amor
Ingredientes:
- Una pizca de locura
- 100 gramos de valentía
- 7 pétalos de nostalgia
- El corazón de tu alma gemela.
– Del “Libro de conjuros de la bruja novata ”
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No era la primera persona que perdía en su vida, pensó Anna mientras contemplaba el cielo estrellado, esperando que la líder del aquelarre del norte terminara su discurso. Las palabras de la anciana se perdían en el fondo de su mente al mismo tiempo que sus facciones se contrajeron en una expresión de absoluto pesar.
El fuego que consumía el ataúd se alzó de un momento a otro y por primera vez, desde su partida, sintió lo mucho que ya extrañaba a Isabella. Aunque no compartían un vínculo sanguíneo, su madre adoptiva le brindó ese amor que le negaron desde que nació.
No era la primera persona que perdía en su vida, se repitió recordando el día que marcó un antes y después en su destino. Nunca entendió el desapego de su familia hacia su hermana y ella a pesar del esfuerzo de ambas por ser las mejores hijas. Pertenecer a unos de los linajes más antiguos y respetados de brujas exigía bastante ingenio y dedicación en torno a las artes oscuras.
Ellas sobrepasaron las expectativas en poco tiempo.
Y esa fue su maldición.
Entonces todo empezó a tener sentido en el décimo cumpleaños de Anna cuando fueron preparadas para ser el sacrificio que tomaría el demonio Asmodeo. Si no fuera por la intervención oportuna de Isabella, ella hubiera terminado calcinada como su pobre hermana.
Hasta el día de hoy tenía grabado los gritos de auxilio y la sensación abrasadora de las llamas alrededor suyo. Además que todavía le resultaba difícil de creer que sus padres trataron de repetir el atentado años después.
La bruja mayor terminó de hablar e invitó a los presentes a acercarse a recoger las cenizas que quedaron esparcidas a modo de despedida. Tan pronto como llegó el turno de Anna, sus piernas flaquearon, pero se armó de valor para darle el último adiós. Fue inevitable que su vista se tornara borrosa por las lágrimas amargas que se comenzaron a formar en sus ojos.
Gracias a Isabella tuvo una nueva oportunidad de vivir.
Gracias a Isabella recuperó la confianza en los demás.
Gracias a Isabella supo lo que era ser parte de una verdadera familia.
– Incluso en tu funeral causas alboroto.
El corazón de la joven dio un súbito vuelco en el instante que reconoció al dueño de la voz, muy cerca suyo. Aunque en ningún momento sus miradas se cruzaron, bastó con escuchar esa risa, retorcida y nada apropiada, de un hijo que acababa de perder a su madre para convencerse que él no era otro delirio más que aparecía en sus sueños todas las noches.
Era inevitable que la emoción de reencontrarse con Ray prendiera pequeñas chispas de fuego en cada milímetro del cuerpo de Anna y el recuerdo de uno de los últimos consejos que le dio Isabella apareció en su mente sin aviso.
“ Y recuerda Anna, no existe un hechizo que impida que el corazón sienta. Pero mientras tú no lo permitas , nada ni nadie lo hará llorar.”
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No había vuelta atrás.
Una de las arpías arrugó su nariz puntiaguda en señal de desprecio a su presencia, pero a él poco le importó. Por el contrario, su fastidio y enojo avivaba las llamas en su corazón, llenándolo de una satisfacción plena.
Cuando su tío le informó de la partida de Isabella, sintió que una parte de su espíritu por fin se liberaba de una prisión de culpas y sufrimiento. Estaba seguro que la maldición que le echó su querida madre se deshizo al momento de su muerte.
– No pensé que vendrías. – Le dijo Yugo luego que la mayoría de invitados se despidieron. Sólo quedaba uno de los aquelarres de Europa quienes murmuraban entre ellos, sin disimulo, desde un rincón del gran comedor.
Ray perfiló sus colmillos en una mueca de burla, alzando el dedo medio de su mano. La escoria no se iba a dejar intimidar por un grupo al que fácilmente podía rebanarse el cuello en un abrir y cerrar de ojos, pensó.
Su tío resopló exasperado y le dio un manotazo en la espalda.
– En lugar de responder a sus provocaciones, dime por qué cambiaste de decisión. Hasta ayer te rehusaste a venir y ya daba por descartada tu asistencia.
Ray chasqueó la lengua con molestia, sopesando cuál excusa se acercaba más a lo veraz con el fin de saciar la curiosidad del entrometido de Yugo.
– El amor de un hijo a su querida madre lo cambia todo.
– No estoy para bromas, cíclope.
– Quería bailar sobre su tumba. Una lástima que no se pudo.
– Eso tiene sentido.
En realidad la razón de su viaje de más de 6 horas desde la capital a los campos remotos de una isla ignorada en el mapa fue Susan. El sueño reciente que tuvo de ella lo hizo reconsiderar sus planes. Sabía que su hermana hubiera deseado ver a su “familia” unida en estos momentos difíciles lo que a él le seguía pareciendo absurdo. Sin embargo, sólo por respeto a su memoria es que ahora mismo se encontraba de vuelta en su lugar de origen.
Sus ojos recorrían la estancia, reviviendo recuerdos dolorosos de su infancia. Al no sufrir de amnesia infantil, era capaz de recordar el llanto de su madre desde que estaba en su útero. Su vida nunca fue valiosa para Isabella y él nunca le perdonaría por haberlo transformado en un monstruo hambriento de sangre.
Su único consuelo era que finalmente ya nada le ataba a este lugar.
Nunca más tendría que mirar atrás.
O eso creyó hasta que un familiar aroma a jazmines se desprendió alrededor suyo. Un aroma veraniego que quedó impregnado en su memoria desde el día que la conoció. Su mirada dura y fría se suavizó de inmediato al reencontrarse con unos adorables ojos azules como el océano.
A diferencia de hace unas horas, esta vez fue consciente de la figura de Anna.
No quedaba rastro de la niña de mejillas rollizas y cabellos desordenados que lo acompañaba a todos lados como un cachorro que buscaba el calor maternal. Lo irónico de la situación era que Isabella la trajo como un reemplazo de Susan sin prever que la mocosa se terminase apegando más a él.
– Bienvenido nuevamente. – Quién lo saludaba era una adolescente de aspecto esbelto, cubierta por una capa oscura que brillaba con la luz artificial de la residencia.
Ray no pudo evitar bufar.
– Sabes que nunca me sentí bienvenido aquí.
Obtuvo otro golpe por parte de su tío.
– ¡No seas maleducado con Anna, cíclope bastardo!
– ¡Oye, abusas de tu posición!
Ella sonrió con la misma ternura con la que lo solía recibir cada mañana y que lo hacía olvidar los pecados que había cometido.
– ¡Wow! ¡Eres increíble! – La “pequeña intrusa”, apodo que le dio luego que los presentaran, observaba maravillada lo que Ray hacía todos los días: arreglar cosas.
– Sólo es una bicicleta. – El muchacho de trece años le restó importancia a sus elogios y continuó ajustando el freno del móvil. – Me pregunto por qué no usaste tu magia para repararla.
El silencio reinó por unos minutos.
– No quiero volver a usar magia. Me da miedo. – La confesión sincera de la niña lo hizo volver hacia ella y encontrarla con el semblante decaído que contrajo su pecho con un sentimiento que quiso desaparecer desde la partida de Susan.
Ignora.
Ignora.
Ignora.
– Si usas la magia para proteger a los que amas, no debes tener miedo de tu poder. – Sus palabras se contradecían con lo que su buen juicio le ordenaba. No obstante, la sonrisa que se formó en los labios de la niña le hizo pensar que quizás ella sería su redención.
Durante esos años fue demasiado ingenuo en creer que el futuro que deseaba se podría cumplir.
– Estás en camino de volverte un segundo Yugo. – Ella bromeó, riendo al ver que tío y sobrino reaccionaron indignados.
– Oh perfecto, ¿no hay un embrujo para evitarlo?
Justo cuando Anna iba a responder, una enorme explosión los arrojó lejos. Rápidamente, Ray se puso de pie, pero fue empujado de nuevo por un estallido de energía que reconoció al instante que el grupo de arpías saltó a su campo de visión.
Eran las brujas que lo miraban con asco desde hace unas horas y que al parecer permanecieron en la residencia por la misma intención que hace trece años. Tan sólo se distrajo unos segundos que ellas aprovecharon para lanzar otra descarga eléctrica. No obstante, él se movió con velocidad logrando esquivar el ataque mientras maquinaba un plan de contraataque.
– Impresionante. – Concedió una de ellas. – Nos vas a entretener por unos minutos.
– ¿Apostamos que será por más?
La mujer se encogió de hombros y murmuró un encantamiento que transformó a sus compañeros en bestias con forma híbrida mitad animal y mitad humano. Aunque llevaba tiempo sin luchar contra esos demonios, Ray se apresuró en neutralizar el hechizo a través de otro que Isabella le había enseñado a raíz de la muerte de hija mayor.
Si bien pudo tomar el control mental de sus atacantes, le fue difícil rehuir a la lluvia de proyectiles de la hechicera. Una de las mortíferas balas de plata impactó en su pierna causándole una oleada de dolor que se extendió por todas sus nervios.
– Un impuro como tú no debe existir. Es un insulto a nuestra clase. – Sentenció la bruja, liberando a las fieras de su dominio. – Terminaremos el trabajo que tu madre no pudo.
El sonido de unas cuchillas silenció a los presentes y antes que pudiera saber qué pasaba, Ray visualizó un par de trenzas que ondeaban al compás de las ventiscas de aire que rodeaban a la persona delante suyo.
– ¿Estás bien? – Le preguntó Anna, mirándolo de reojo. Las cabezas de los demonios descansaban cerca a sus pies.
Él asintió, impresionado.
– Disculpa por la demora. A Yugo se le complicó un poco su pelea.
Al siguiente segundo, su adversario hizo aparecer miles de dagas, pero todas se disolvieron en cuanto se acercaban a ellos.
– Un escudo invisible. – Dijo en voz alta el joven quién no salía de su sorpresa al encontrarse con este gran cambio en la pequeña bruja.
– ¡Si! Por favor no salgas de la protección. Voy a acabar con la traidora
– ¿Eh?
Con la interrogante dibujada en el rostro de Ray, la rubia convirtió sus dagas en bolas de fuego y corrió hacia la otra mujer que tenía preparado un rayo brillante. El choque no se produjo dado que Anna había puesto una trampa detrás del enemigo, haciendo emerger un muro de fuego que se derritió sobre ella.
Y entonces la batalla se dio por terminada.
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Y los ojos del vampiro se ensombrecieron con sed de sangre.
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– Me niego. – El ceño fruncido de Ray se acentuó.
– Vamos, es la única solución. – Insistió Yugo, reteniendo a su sobrino por un brazo.
Anna, por su parte, estaba enfocada en curar las heridas del mayor. Como resultado del desastre causado por el aquelarre del Sur, Yugo se había debilitado bastante y no estaba en condiciones de pelear en caso aparecieran más brujas buscando venganza.
– Tu propuesta es absurda. – Su sobrino se mantuvo firme en su postura.
– Me rindo. No te voy a obligar. – Lo soltó y se pasó una mano sobre los labios, echando un fuerte silbido. Para el momento que Ray descubrió la mentira entre sus palabras, Yugo ya estaba trepado sobre su escoba, despidiéndose de los muchachos:
– ¡No hagas dormir a Anna en el sofá, cíclope!
Su tío se esfumó dejando caer una pluma de ave como regalo o burla, dependiendo como lo tomasen ambos.
Para Anna fue lo primero.
Para Ray fue lo segundo.
Y fue así que el vampiro no tuvo más opción que acoger a la pequeña bruja bajo su tutela.
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