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Jiang Cheng odiaba las fiestas tanto como Wei Wuxian las amaba, lo que quería decir que ser su compañero de cuarto era una tortura autoimpuesta.
No era sólo su necesidad de hacer reuniones todos los fines de semana (o incluso en lunes o martes sin importarle que a la mañana siguiente tuvieran clases); era también su caos (o desorden organizado, como Wei Wuxian lo llamaba), y las personalidades y opiniones de ambos, tan distintas que se hacían todavía más evidentes estando los dos solos y que terminaban por convertir la cocina en un campo de batalla. Y aunque todo esto era parte del encanto y Jiang Cheng solía divertirse estando 24/7 a su lado, ahora sentía que vivía en una constante cuenta regresiva, quedándose poco a poco sin oxígeno.
Algún día deberían de separarse, ya lo había considerado antes. Aunque entonces tendría que lidiar con los pucheros y el drama de Wei Wuxian y su mierda de ¡somos una familia!, y con Jiang Yanli, quien no diría nada pero sus ojos, tristes, traicionados, lo dirían todo. Sólo porque de niños prometieron que estarían siempre juntos, no significaba que literal debían de pasar el resto de sus vidas en el mismo lugar.
No obstante, luego concluía que todos sus conocidos eran estudiantes de universidad, al fin y al cabo, que no se molestarían en lavar los trastes, que ni siquiera sabían el significado de limpiar el baño, y además llevarían a sus citas a coger al departamento todo el tiempo. Jiang Cheng no estaba listo para tolerar eso y definitivamente no podía pagar un piso para él solo. Malditos sean los propietarios y sus precios inflados y la estúpida economía del país.
—Disculpa, ¿puedes compartirme la contraseña del wifi? —Y malditos sean quienes sólo se acercaban a él para pedirle eso. Con ella eran cuatro esta noche.
—Sí, es vete a la mierda. Sin espacios. —Él no estaba bromeando. Esa era en verdad la contraseña, algo que Wei Wuxian y él creyeron que sería gracioso cuando recién se mudaron. Excepto que no les hacía mucha gracia a sus invitados, quienes simplemente le lanzaban un gesto de molestia y se iban.
Tal vez él debería de hacer lo mismo: marcharse. Al menos momentáneamente, hasta que la fiesta terminara. El problema era que no tenía ningún otro lugar para ir: todos sus amigos estaban ahí. A veces se preguntaba cómo tanta gente cabía en un departamento tan pequeño.
—¿Quieres otro trago? —Ese era el chequeo rutinario de su amigo Nie Huaisang. Ni siquiera era su casa y aún así era un mejor anfitrión que el propio Jiang Cheng. Él negó con la cabeza. No tomaba alcohol y su vaso de Pepsi aún se encontraba a la mitad.
Cigarros. Ese era un vicio que sí se permitía, pero sólo de vez en cuando. Nie Huaisang le pasó su encendedor amarillo y se quedaron un rato hablando hasta que Wei Wuxian llamó la atención de su amigo, dejándolo solo (de nuevo), sentado en el apestoso sillón con un patrón de flores que su madre les había regalado cuando por fin dejaron el nido. Era quizá la única cosa que les había obsequiado en su vida, y Jiang Cheng tenía la certeza de que sólo lo había hecho para deshacerse del espantoso mueble.
Era su tercer cigarrillo, la sala olía a mariguana y de repente sintió que, si en ese mismo instante apareciera un agujero negro en el suelo que lo tragara, nadie se enteraría. Todos estaban demasiado ocupados riendo, jugando beer pong, besándose... La gente bailaba canciones que no fueron compuestas para bailar. Era irritante y ningún par de ojos lo miraba.
La puerta se abrió, distrayéndolo brevemente de su crisis existencial, y entraron Song Lan y Xiao Xingchen. El dúo perfecto. Siempre juntos como si estuvieran unidos con pegamento, casi tan desagradable como Wei Wuxian y Lan Wangji (aunque nadie podía ganarles en esa competencia llamada no puedo estar más de una hora sin mi pareja o me muero).
Jiang Cheng no sabía si animarse un poco o si mejor terminar de deprimirse. La cosa era esta: él tenía un crush, no uno pequeño, sino uno grande y monstruoso, por Xiao Xingchen. Y no era como si Xiao Xingchen y Song Lan fueran pareja (lo parecían, sin embargo), realmente eso no importaba, porque de todos modos al final él no iba a fijarse en Jiang Cheng.
Habían intercambiado un par de palabras antes, gracias a Wei Wuxian, pero Jiang Cheng no se había hecho muchas ilusiones ya que Xiao Xingchen en ese entonces salía con Xue Yang.
—Él está soltero ahora, terminaron. —Le había informado Nie Huaisang hace un mes, con un tono un poco demasiado alegre. Ser su amigo tenía sus ventajas, como que te enterabas de todos los chimes de la universidad. Ser su amigo tenía sus desventajas, como que, más seguido de lo deseado, te veías envuelto en dichos chismes.
Algo sobre que Xue Yang estaba involucrado en negocios turbios y le había mentido a Xingchen, dejándolo con un corazón roto del que recién se estaba recuperando.
Y aún así, aquí estaba Xue Yang. Siempre lograba colarse a las fiestas porque era el mejor amigo del novio del hermano de Lan Wangji, y si los rumores eran ciertos, estaba planeando recuperar a Xiao Xingchen a toda costa. No es como si Song Lan lo fuera a permitir, de acuerdo con su postura protectora y la mirada amenazante que le lanzaba a Xue Yang desde el otro lado de la habitación.
Jiang Cheng suspiró. Ese definitivamente era un drama del que no quería ser parte, muchas gracias. O al menos de eso se trataba de convencer... pero entonces veía a Xiao Xingchen y pensaba, por un segundo, que no le importaría arruinar su vida por esa sonrisa.
Malditos chicos lindos. Se había estado aguantando las ganas de ir a hablarle. Su mente le decía que era porque con la herida reciente de la ruptura él no estaría interesado en nuevas citas. Pero en el fondo sabía que sólo estaba haciendo excusas, como era usual.
Le dio una calada a su cigarrillo y pensó que deberían conseguirse un cenicero con urgencia. Se relajó en su asiento. En realidad, el sillón apestoso no era tan malo. Estaba en un rincón pobremente iluminado, el lugar perfecto para ser testigo de todo sin ser atrapado:
Wei Wuxian y Lan Wangji habían desaparecido desde hace unos minutos. Jiang Yanli estaba tratando de convencer a su novia, Wen Qing, de que cantaran en el karaoke. Genial, karaoke. Otra razón más para querer huir de esta fiesta; y Xiao Xingchen... Xiao Xingchen sólo hablaba con Song Lan. Sus labios estaban curvados hacia abajo y Jiang Cheng jamás creyó que fuera posible extrañar tanto la sonrisa de alguien que ni siquiera recordaba tu existencia.
Era patético. Era también triste. Xiao Xingchen no quería estar ahí. Lo sabía porque jugaba con sus manos y bajaba la mirada, tratando de encontrar los secretos del universo en los sucios azulejos, del mismo modo que Jiang Cheng hacía.
Supuso que Song Lan le había sugerido que salieran, que se distrajera un rato, a pesar de que ninguno de los dos fuera el alma de la fiesta. No bebían, no bailaban, a veces Song Lan ni siquiera te hablaba. Pero Xiao Xingchen era amable (y hermoso), poseía un aura cálida que atraía a otros seres humanos y te calentaba (y era un efecto placentero... hasta que Jiang Cheng se acercaba tanto que sentía que casi lo quemaba y dolía como el infierno) y, de acuerdo con Nie Huaisang, "his milkshake brings all the boys to the yard" o una mierda así. Y no estaba mintiendo. Hasta ahora, tres tipos ya habían intentado coquetear con él y habían sido espantados por Song Lan. Jiang Cheng no deseaba ser el cuarto.
—Sí que es bonito, ¿no? —Jiang Cheng brincó, reprimiendo por poco su respuesta automática de darle un codazo a la presencia repentina. Maldito Nie Huaisang y sus pies ligeros. Para alguien tan ruidoso, podía ser sigiloso como un gato cuando se lo proponía.
—¿Quién? —preguntó Jiang Cheng, haciéndose el tonto.
—Vamos, no me mientas.
—¿Soy tan obvio? ¿Crees que él se haya dado cuenta?
—Oh, no, tranquilo. No creo que sepa tu nombre —respondió con simpleza. Jiang Cheng lo fulminó con la mirada y agregó un pequeño "lo siento".
Pero Nie Huaisang tenía razón. Xiao Xingchen era una hermosa estrella inalcanzable brillando en el firmamento, y él tan sólo era una basura en el subsuelo.
Xiao Xingchen en las últimas semanas había dejado crecer su cabello lo suficiente como para poder amarrárselo en una pequeña coleta, logrando un nuevo nivel doloroso de belleza. Era una amalgama de sensualidad y lindura.
—...Y además siempre se viste tan bien y huele como una ducha caliente en invierno —dijo en voz alta, sin pensarlo, contemplando a su no-tan-secreto-pero-tampoco-tan obvio crush.
Xingchen era el único que se salía con la suya con eso de verse elegante sin caer en lo pretencioso en una fiesta universitaria (bueno, además de Song Lan, pero no estábamos hablando de él). Y eso era algo que Jiang Cheng apreciaba, de la misma forma en que apreciaba que al final de todas las reuniones, cuando hasta el más ebrio ya se hubiera ido, él se quedara a ayudar a limpiar. No reluctante, sino benigno con una corta sonrisa.
Una vez leyó que eran los pequeños gestos y detalles los que hacían que terminaras de enamorarte de una persona. Tal vez eso tenía algo de cierto. Tal vez en una noche de viernes él sólo volteó a ver al chico hermoso vestido de blanco que bebía horchata y resaltaba en ese mar de humo de cigarro y música alta y bromas al estilo de secundaria, que dirigió su mirada a la ventana contemplando las luces de una ciudad que nunca dormía, esperando que le crecieran alas para salir volando. Y Jiang Cheng no pudo definir lo que era el amor, ni siquiera se atrevió a llamarlo así, pero se dio cuenta de que quería llegar a conocer a Xiao Xingchen, más allá de la superficie, más allá de ese papel de ángel bajado del cielo que le salía tan bien.
Quería escucharlo hablar de sus intereses de la misma forma en la que Xiao Xingchen te prestaba atención y te hacía sentir la persona más especial cuando cruzabas palabras con él, por más insignificante que fuera dicha conversación.
Mierda, odiaba sentirse así. Cursi y sin esperanza. Él no era ningún Xue Yang (gracias al cielo), que lucía bien en color negro y tenía un tatuaje en el cuello y era la definición perfecta de "chico malo" que tanto parecía atraer a Xiao Xingchen. Él sólo era... un Jiang Cheng.
Song Lan se alejó por un momento, Xue Yang vio una oportunidad. Xiao Xingchen lució perdido como un niño en una multitud sin su mamá, buscando un escape.
Jiang Cheng hizo un esfuerzo por quedarse en su rol de espectador, pero la cosa con los enamoramientos era que funcionaban similar a una recomendación de YouTube que trataste de evitar con todas tus fuerzas y que aun así, tentado, terminaste por ver. Jiang Cheng no podía escapar de esto, deshacerse de aquellas emociones... quizá ya era hora de que dejara el sillón apestoso y jugara a ser el protagonista para variar. Él no era un chico malo, tampoco un héroe. Pero quizá podía fingir ser uno por esta noche.
Así que dejó a Nie Huaisang en el sillón y se levantó en dirección a Xiao Xingchen. Tomó un trago de valentía y Pepsi (el último) en un intento desesperado, inútil, de disfrazar su aliento a cigarro.
—Amigo, ¿cuál es la contraseña del wifi? —Un tipo que jamás había visto se interpuso en su camino.
—Vete a la mierda. —Y esta vez lo dijo en serio.
—Hey, Xiao Xingchen, ¿verdad? —saludó, fingiendo casualidad.
—Hola, Jiang Cheng. ¿Cómo has estado? —Le dirigió esa sonrisa y por un momento pareció aliviado de encontrarse con él. Jiang Cheng sintió la dulce calidez de una victoria. Así que Xiao Xingchen sí recordaba su nombre.
—Tan mierda como siempre. —Ni siquiera tuvo tiempo para pensar. Interactuar con una persona que le gustaba era nuevo para él.
Xiao Xingchen se rio. Un poco, pero lo hizo. No estaba seguro de si lo había dicho con tono gracioso, o si debajo de esa fachada de niño bueno se escondía un sádico que encontraba placer en la desgracia ajena. De cualquier manera, si eso había sido suficiente como para hacerlo reír, Song Lan debía de ser un pésimo conversador.
—Bebé, ¿podemos hablar? —Una voz molesta se hizo presente. Jiang Cheng rodó los ojos ante el sobrenombre. Pudo ver cómo se tensó todo el cuerpo de Xingchen con la llegada de su exnovio.
—Estamos en medio de una conversación —dijo Jiang Cheng, sin ocultar su disgusto. Sin embargo, él no iba a presionar más. Tal vez Xingchen deseaba hablar con Xue Yang y él sólo era el mal tercio.
—Sí, no puedo —respondió Xiao Xingchen. No sonaba lastimado o molesto. Sonaba plano. Xue Yang se quedó boquiabierto por un segundo. Luego sus cejas se fruncieron y su mirada ahora estaba fija en Jiang Cheng, quien no pudo suprimir una media sonrisa presumida. Antes de que Xue Yang abriera la boca para insultarlo, Xingchen se fue de ahí, tomando la muñeca de Jiang Cheng en el proceso.
Él lo siguió, en shock. Era un gesto mundano, pero era la primera vez que estaban tan cerca, su mano derecha se sentía tan suave y qué mierda eran esas mariposas en su estómago. Alcanzó a escuchar un "vete al diablo, idiota" de Xue Yang, pero ni siquiera le importó.
El agradable viento del balcón los recibió y ayudó a desaparecer su leve sonrojo del rostro.
Desde dentro sonaban las voces de Yanli y Wen Qing, cantando al unísono. Estaban en el sexto piso, desde ahí, y con ayuda de las farolas, se podía ver el mural de una mujer desnuda pintado en un viejo muro, y el puesto de comida callejera de la esquina.
—Oh, lo siento por lo de hace rato. Tú sabes, cuando dijiste eso de que "tan mierda como siempre". No debí de haberme reído. ¿Estás bien? —No hizo mención del pequeño incidente con Xue Yang.
—No te preocupes. Lo estoy. La vida es buena. —Y lo era. Y no por eso los días malos desaparecían por completo—. Sólo estoy lidiando con un ruidoso compañero de cuarto. ¿Cómo has estado tú? —agregó, para no verse tan aburrido
—Bueno... Creo que me pasa lo contrario. Mi novio. Ex, exnovio, terminamos, y ahora mi departamento está demasiado silencioso. De hecho estoy buscando un compañero de cuarto.
Y entonces el corazón de Jiang Cheng empezó a latir tan rápido que parecía taquicardia y creyó que tendría un ataque, se desmayaría y caería por el balcón, estrellándose contra el pavimento y muriendo al instante frente a los ojos horrorizados del chico más hermoso del planeta.
—Oye, yo podría ser tu compañero —comentó, deteniendo los pensamientos sobre su muerte, con ese tono desinteresado y de broma. ¿Qué tal si Xiao Xingchen lo rechazaba?
—¿Lo dices en serio? ¡Porque me encantaría! —respondió, completamente feliz, toda su expresión se iluminó como si Keanu Reeves acabara de pedirle que se mudara con él.
—¿De verdad?
—¡Por supuesto! Alguien como tú debe de ser un excelente compañero de piso.
Alguien como tú. ¿¡Qué demonios significaba eso!? ¿Eso era algo bueno o algo malo? ¿Alguien tan controlador, tan histérico? ¿Tan ordenado y correcto?
—Bueno, no es por presumir, pero Wei Wuxian puede darte excelentes referencias sobre mí —contestó, y Xiao Xingchen volvió a reír, bajito.
—Estoy seguro de que sí.
Ambos se quedaron en silencio y Jiang Cheng procesó la conversación. Xiao Xingchen lo había aceptado en su hogar, le había abierto las puertas del lugar más íntimo de una persona, donde llegaba a descansar luego de un día ajetreado en la universidad. Ahí donde los imanes pegados en el refrigerador, el aromatizante que usaba, y los adornos (o la falta de ellos), te decían mucho sobre una persona. Ahora ambos compartirían aquel espacio sagrado.
¿Cuándo sería prudente comenzar la mudanza? ¿Hoy mismo?
Jiang Cheng estaba anonadado. Había pasado, en menos de una hora, de estarse lamentando en un sillón, a tener planes de irse a vivir con el hombre que le gustaba. Nada mal para una noche de viernes.
—¡Mira, hay un perrito callejero ahí! —exclamó Xiao Xingchen, señalando con su dedo índice hacia la derecha. Un perro de tamaño mediano olfateaba la basura de un negocio cerrado—. ¿Te molestaría si bajo por él? Es que soy voluntario en un albergue, y siempre tratamos de ayudar a los animales sin hogar. Se ve que tiene hambre —comentó preocupado, con su mirada todavía en el can.
Jiang Cheng estaba viviendo una experiencia cercana a la muerte por segunda vez en esa fiesta. Esta vez se sentía como haber fallecido y su alma ascendido al paraíso de una religión recién inventada. Cuando creyó que este ser humano ya había alcanzado la perfección, le salía con un comentario como aquel.
A Xiao Xingchen le gustaban los perritos. A Xiao Xingchen le gustaba ayudar a los perritos. Okey, acababa de encontrar al hombre perfecto y decir que se imaginó teniendo una costosa y lujosa boda con él (y dos hijos) no sería ninguna exageración. Sí, él, el mismo que tanto odiaba la idea del matrimonio, que le llamaba un contrato y una excusa de la Iglesia y el Estado para controlar a la gente, se vio nítidamente en el altar con un Xiao Xingchen a su lado.
Mierda, el amor lo hacía idiota.
—¡Claro! Hay que largarnos de esta fiesta.
—¿Estás seguro? —Xiao Xingchen lo miró fijamente y Jiang Cheng, por impulso, volteó al interior del apartamento. Vio a sus mejores amigos, riéndose de alguna tontería. A Yanli y Wen Qing tomadas de la mano, y a Wei Wuxian, con su novio al lado y bebiendo cerveza como si fuera agua. Supo que estarían bien. Ya mañana les avisaría que se mudaría, que aunque les amaba, era hora de tomar caminos distintos. Bueno, más o menos. Ellos aún se verían todo el tiempo en la escuela, y el apartamento de Xiao Xingchen ni siquiera quedaba tan lejos.
Jiang Cheng asintió y salieron de ahí, no sin antes despedirse de Song Lan, quien los miró extrañado y por un momento a Jiang Cheng le dio la impresión de que lo odiaba (o quizá así era su cara. Él entendía, porque le habían comentado que su rostro estaba en una constante expresión de disgusto y tal vez Song Lan padecía de algo similar), pero sólo les ofreció un educado «que les vaya bien».
Presionó con todas sus fuerzas el botón del ascensor, el que funcionaba a medias, ansioso por librarse de ese edificio.
Cuando llegaron a la calle el perro aún estaba ahí. Lucía desnutrido y sucio y Xiao Xingchen le acarició la cabeza con sus largos dedos. El pequeño animal lo miró, triste y esperanzado, como si fuera la primera persona que le hubiese ofrecido un gesto de amabilidad en toda su desamparada vida.
Un trueno fue el indicador de que pronto comenzaría una tormenta. Xingchen cargó al perro en brazos y Jiang Cheng observó el perfil del chico por el que había estado muriendo toda la noche. Su mandíbula marcada, delineada a la perfección gracias a la iluminación que ofrecía el alumbrado público, sus finos labios y el cabello ligeramente despeinado si lo miraba con detenimiento. Tenía tantas ganas de besarlo.
—Vayamos a casa —susurró Xingchen. Sus pasos hicieron eco en la semioscuridad, las tres almas haciéndose compañía mutuamente; tres personajes secundarios en una película de bajo presupuesto mandándolo todo al carajo y emprendiendo su propio viaje. Se dirigieron a un lugar en específico antes de que empezara a llover. Y Jiang Cheng se imaginó a todos los perritos que podrían salvar juntos a partir de ahora.
