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Renacimiento

Summary:

Hannibal y Will han sobrevivido a la caída del acantilado. Durante los días posteriores, se cuidan mutuamente.

Work Text:

“¿Lo ves? Es lo que siempre quise para ti, Will. Para nosotros dos.”

“Es hermoso.”

Nuestras voces resuenan en mi cabeza, claras como la luz del día. Ya tengo otro bonito recuerdo para mi palacio mental. Will se desnuda y tira su camisa empapada de sangre al fuego de la chimenea, como aquellos peregrinos que quemaban sus ropas en Finisterre al iniciar la última etapa de su viaje a Santiago para venerar al apóstol. Un renacimiento, el inicio de algo nuevo. Pero… ¿el qué exactamente?  Los borbollones del agua en la bañera hacen que me olvide momentáneamente de mis pensamientos. Will me llama “¿Han?” y me acerco a él. Abro la ducha y dirijo la alcachofa hacia la espalda de mi amigo, dejando que el agua se lleve consigo la sangre, como si mudara la piel. Vistos así, llenos de heridas y magulladuras Will Graham y yo, Hannibal Lecter, esas máquinas pensantes y fríos asesinos y caníbales, parecemos vulnerables y mansos. Will me hace sentar en el suelo de la bañera mientras se impregna los dedos con unas gotas de champú y comienza a masajearme el cuero cabelludo. No puedo evitar cerrar los ojos y emitir un gemido de placer cuando el agua arrastra la espuma por mi cuerpo. 

“Ya está.” Dice, cerrando el grifo y saliendo de la bañera.

Tras envolverse en un largo albornoz de algodón blanco, me ayuda a ponerme el mío y me cubre el cabello con una pequeña toalla del mismo color que el albornoz.

“¿Tienes hambre, mano mylimasis?” Digo mientras me calzo las zapatillas.

“Estoy muerto de hambre.” Contesta él. “Vamos a la cocina.”

Y cuando bajamos, empiezo a sacar cosas de la nevera: Un paquete de beicon, cuatro huevos, mantequilla y pan de molde. En un abrir y cerrar de ojos, la cena está lista y Will y yo nos sentamos frente a la mesa, donde empezamos a comer lentamente. Observo con tristeza el asiento vacío que en ocasiones ocupaba Abigail y una lágrima intenta brotar, pero logro impedirlo. ¿Por qué lo hice? Posiblemente, porque `"Los hombres matan lo que aman. El cobarde con un beso y el valiente, con una espada".[1]

El sonido de los cubiertos sobre el plato de Will me hace abandonar mis pensamientos.

“¡Venga, Han!” Dice cogiéndome de la mano. “No has tocado la comida. Debes de estar hambriento.”

Sonrío tristemente y comienzo a desayunar. Cuando los dos hemos vaciado los platos, cojo a Will en brazos y subimos al dormitorio. Una vez allí, el joven se sienta en la cama y comienza a desatar el cinturón de mi albornoz. Yo le imito. Cuando ambos ya estamos completamente desnudos, observo su cuerpo desde la frente a los pies. Su pecho lampiño está surcado de cortes que aun sangran y mis dedos palpan la cicatriz de su abdomen, recuerdo indeleble de aquella espantosa noche. Mis ojos se siguen humedeciendo al recordarlo y, mientras intento impedir el llanto, saco el botiquín del armario. El dolor y el miedo se mezclan en mi alma con la esperanza de mejorar al lado de mi amado y, ahora sí, no puedo evitar que de mis ojos broten lágrimas.

“¡Han, viejo amigo!” Susurra Will, abrazándome por detrás. “Ven conmigo.”

Coge el botiquín y vacía su contenido sobre la colcha. Selecciona un rollo de vendas, con el que empieza a envolverme la pierna.

“Eso es.” Su voz suena como si hablase con un niño. “Si me dejas que cuide de ti, yo te dejaré cuidar de mí. Quid pro quo.”

Sonrío ligeramente y le acaricio las mejillas. A pesar del sufrimiento, no ha disminuido un ápice el brillo de sus preciosos ojos azul metálico.

“A partir de ahora, vamos a ir poco a poco, Han. A ver… ¡Ya está!”

Mi turno. Limpio y vendo las heridas de Will.

“Quédate conmigo, Will.” Susurro.

“¿Y adónde iba a ir?”  


Abro los ojos. Ya amanece. La claridad se cuela por la claraboya que hay sobre nuestra cama, iluminando el dormitorio. Me pongo las zapatillas y me acerco a la cómoda, donde hay una jarra de plata y un vaso de cristal labrado. Mientras bebo, observo a Will, que sigue plácidamente dormido, tapado con el grueso edredón blanco. Lleva un pijama de seda azul oscuro cerrado por botones plateados. Respira lenta, pero regularmente.

Dejo el vaso sobre la cómoda y me acuesto a su lado, acariciándole el cabello y las mejillas.

“¿Han?” Susurra sin haber abierto aun los ojos.

Se sienta en la cama, con las piernas tapadas por el edredón, me coge de la mano y empieza a cubrirla de besos diminutos. Cuando por fin abre los ojos, no puedo ver en su mirada otra cosa que no sea la esperanza de mejorar.

Aš tave myliu, Will.” Digo sin pensarlo. “Mano mylimasis. Mėlynos akys[2].“

No estoy seguro de que me haya entendido, pero como respuesta recibo una sonrisa suya, cosa que para mí es más que suficiente.

“Voy a limpiar la palangana.” Susurra como si le quitara importancia a mis últimas palabras.  “Cuando vuelva, te revisaré las heridas.”

Me duele la cabeza, así que vuelvo a tumbarme en la cama y cierro los ojos, intentando buscar alivio para mi dolor. Empiezo a soñar y veo a Abigail, con su pañuelo al cuello, sentada sobre la encimera de la cocina. De repente, el pañuelo se llena de sangre, al igual que mis manos. Abro los ojos, sobresaltado y, jadeando, me agarro a los barrotes del cabecero.  Me sorprendo vomitando palabras en una confusa mezcla de lituano, inglés y francés, como si hubiera tomado una dosis de ipecacuana.

Aš ją nužudiau[3]!” Grito con todas mis fuerzas. “My soul will be cursed forever![4]M'aider, Will, m’aider![5]

Will me abraza y me acaricia las mejillas mientras susurra:

“Sabes que eso no es verdad, Han. Tranquilízate."

Por mis mejillas empiezan a correr gigantescas y cálidas lágrimas que Will enjuga con sus dedos antes de abrazarme.

“Respira.” Me susurra al oído mientras se acuesta a mi lado. “Solo respira.”

Sus preciosos ojos azules se encuentran con los míos y ambos nos sentamos en la cama antes de fundirnos en un abrazo que parece que recompone mi alma, aunque solo sea parcialmente.

“Eso es.” Sigue diciendo mientras desabrocha los alamares de la camisa de mi pijama de seda. “Poco a poco, Han.”

Deslizo mis dedos por los botones de su camisa y empiezo a masajearle suavemente el pecho.

“Hemos vuelto a nacer, Han.” Susurra. “A partir de ahora, vamos a disfrutar de la vida.”

No puedo sino sonreír a mi amado. 

“Voy a lavarte un poco y a cambiarte el pijama.” Dice después de besarme en la frente. “No es gran cosa, pero estarás algo más cómodo.”

Se abrocha la camisa del pijama y, tras cubrir la cama con un par de gruesas toallas, me desnuda y comienza a humedecerme la piel con agua caliente. En unos minutos, me hace dar la vuelta y prosigue con el aseo. Sus manos recorren todo mi cuerpo, desde la nuca hasta la punta de los pies y, una vez que ha eliminado la espuma, me seca y me cubre con el pijama limpio. Mi turno.  Desnudo a Will y repito cada paso del ritual. Cuando he terminado, retiro las toallas y me tumbo a su lado de nuevo.

“Deberíamos pasear por el jardín.” Susurra Will. “Venga, Han. Coge tu bata.”

Sonrío mientras me calzo las zapatillas. Will me ayuda a ponerme la bata y, tras darme la mano, empezamos a caminar por el pasillo hasta la escalera.

“Comienza nuestra aventura.” Digo, sonriendo.  “Recuerdo que, cuando era pequeño, Mischa y yo imaginábamos que el jardín era una selva y los jardineros los tigres.”

Pero cuando la imagen viene a mi cabeza, no puedo evitar que mi voz y mi sonrisa se vean ensombrecidos por un deje de tristeza. Ninguno de los dos dice nada mientras dura el paseo y yo aprovecho para escuchar el viento que agita las hojas de los árboles y el trino de los pájaros. ¡Oh, sí! ¡Estoy vivo! Y el hombre al que más quiero en el mundo también vive y está a mi lado. Hoy la esperanza que hace un tiempo daba por perdida ha resucitado. Cuando nos curemos del todo, quiero enseñar a Will lo que he visto. Iremos a Lituania, a Florencia, a París. Y nos tendremos el uno al otro. No es necesario nada más.

FIN

 

[1] La Balada de la Cárcel de Reading (Oscar Wilde, 1897)

[2] “Te quiero, Will. Querido. Ojos azules.” En lituano.  

[3] “¡La maté!” en lituano.

[4] “¡Mi alma estará maldita para siempre!” en inglés

[5] “¡Ayúdame, Will, ayúdame!” en francés.