Actions

Work Header

Not quite a final girl

Summary:

Teresa sale de la ducha y escucha ruidos raros... with a twist

Chapter Text

Cuando la monja sale de la ducha y se viste, lo hace con un manerismo muy antiguo.

Toda ella huele a jabón casero y el agua fría le ha estirado la piel. El peto gris no le marca ni una sola línea, cosa que le hace olvidar que tiene un cuerpo. La falda está meticulosamente planchada. Se recoge el pelo con precisión y cuidado, atenta al detalle, y se vuelve en busca de su cogulla.

No está en el armario, ni en el cajón de su mesita. Se da la vuelta y no la encuentra, y se pregunta si, de casualidad, podría haberla echado a lavar con las toallas.

«María y Herminia ya deben haber vuelto del rezo» se dice, porque oye pasos en la planta de abajo, y el quejido del destartalado zapatero de la entrada.

Pero esa no es la única voz que hay en su cabeza.

Podría racionalizar aquella noche, pensar que no hay nadie más que ellas en la casa y hacerse notar con un saludo a media voz. Podría bajar las escaleras en busca de la tela que le cubre la cabeza y saludar a sus compañeras y hablar de qué van a cenar esa noche.

Pero Herminia hace más ruido cuando se quita los zapatos y siempre está hablando cuando entra en la casa. Y aunque María no habla tanto, su presencia es imposible de pasar por alto, porque trae una calidez hogareña consigo, como el aroma que se cuela por todos los recovecos del edificio cuando hacen magdalenas.

No huele a magdalenas. Huele a tierra, y a óxido, y la sangre llega a su nariz, se cuela hasta el cerebro de Teresa y tira de él hasta que rompe la red que tenía todas sus neuronas ordenadas, haciendo que el déjà vu la inunde.

Sus pulmones van al trote y el vello se le eriza en presencia de algo que aún no ha pasado.

Y su respiración es la única que escucha.

Ver al perro solo le confirma que tiene que volver a entrar al cuarto. Se gira en redondo y cierra la puerta tras de sí, sabiendo que si María, que les tiene pavor a los canes, estuviera ahí abajo, que si María pudiera gritar, ella hubiera escuchado su chillido al ver al animal, y los de Herminia intentando echarlo.

Teresa no tiene tiempo de cambiarse, así que se contenta con poner el hábito de su antigua orden encima del que viste. Le cuesta más de lo que quiere admitir calzarse las viejas botas, ajustarse las correas, asegurar los cierres, fijar las hebillas.

Mira el crucifijo de Mariana, olvidado en su mesita de noche. No quiere abandonarlo, pero esta noche no se puede permitir acariciar una cruz buscando el recuerdo de una mujer. Necesita, más que ha necesitado en mucho tiempo, a alguien que cambie besos por milagros.

Cuando vuelve al pasillo, el perro ya no está frente a su puerta. Teresa no puede evitar girar la cabeza a dónde los ruidos del animal la llaman, avisándola de que aún es libre de su presencia.

No es el perro negro lo que le da nauseas cuando mira. Es la mano de Herminia, extendida hacia el pasillo, intentando no ser arrastrada más allá del dintel, como si su habitación fuera el mismísimo infierno. Es el cuerpo de Herminia, claro. Si atraviesa el pasillo, si llega a su cuarto y gira la cabeza del cadáver, serán los ojos de Herminia los que miren a la nada.

Pero Herminia ya no está, y lo poco que Teresa puede hacer por esa carcasa vacía que antes era su amiga puede esperar.

Así que baja las escaleras, tragando el vómito, con una mano cerrada como una tenaza dentro del bolsillo del hábito que se ha colocado a toda prisa y la otra amarrada a la barandilla, los primeros pasos no mirando más allá que a sus propios pies y luego resignándose a que tiene que enfrentarse a la imagen que la espera al final de los peldaños, porque no va a ser más agradable que la de Herminia. La sangre huele demasiado, y está mezclada con un olor decrépito que Teresa solo identifica cuando levanta la cabeza. María está vacía frente a ella, sus tripas cayendo en el suelo como un rosario con el cierre roto. María ya no tiene caja que proteja el corazón como no tiene pulmones: sus costillas, extendidas, muestran una cavidad patética, tallada toscamente por dentro como si fuera la mitad de una calabaza que alguien ha vaciado con un cuchillo.

Matanza, eso es a lo que huele. A los intestinos del cerdo antes de lavarlos, a la sangre recién recogida para las morcillas. La casa entera se va a impregnar de ese olor, Teresa se da cuenta. Jamás va a volver a oler a magdalenas recién hechas y a tardes de domingo.

La puerta está cerrada detrás de María, y Teresa sabe que eso es una promesa. La puerta cerrada le habla, como todos los ojos pintados con sangre en la pared.

No son los ojos de los que se tiene que preocupar.

La otra monja sale con la parsimonia de quien sabe que no queda cacería, solo juego. Los cuernos que rozan el techo, el cráneo vacío, el desafío en la túnica que viste.

Teresa sabe que debería estar aterrorizada del demonio, pero su corazón solo está latiendo un poco más rápido que antes.

Porque la criatura no la ve: la está sintiendo.

Porque no es su primer encuentro con algo así, lleno de hambre y llegado de otro sitio, e imposible de explicar.

Y, sobre todo, porque alguien más,

algo más,

sí que la mira desde el piso de arriba.