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Porque el amor es más que química

Summary:

A Keisuke le gustan los gatos, el queso, el inglés, la biología y las baladas románticas. Suele meterse en peleas que, por lo general, son iniciadas por él y no tiene pelos en la lengua al momento de insultar o decirle la verdad a alguien.

Chifuyu no consigue entender cómo es que alguien tan violento e impulsivo como su superior puede ser tan delicado como una pluma cuando se lo propone.

[5 + 1, cinco veces en que Keisuke se metió en problemas sin ninguna razón, más una vez en que, sorprendentemente, no lo hizo]

Chapter Text

Keisuke Baji era una persona un tanto particular. Tenía características diversas, desde el ser increíble en el inglés y biología hasta el adorar los gatos. También poseía un sentido del humor un poco... Oscuro y cruel.

Solía meterse en problemas, en su mayoría causados por sí mismo, ya sea porque rompió alguna ley o le dieron ganas de repartir un par de golpes. Solía discutir con sus amigos muy a menudo, quienes lo provocaban haciendo uso de su carácter explosivo y poco elegante. Manjiro era el que más disfrutaba hacerlo.

Pero había una sola excepción a la regla dentro de su violenta actitud, y ese era Chifuyu.

Keisuke y Chifuyu habían comenzado a salir hace casi siete meses a petición del azabache. Era realmente inusual, porque nadie lograba entender cómo es que Keisuke, siendo tan temperamental y rudo hasta con sus más preciados amigos, podía ser tan suave y cariñoso con el chico rubio que lo seguía a todas partes.

O más bien, que Keisuke seguía a todas partes. Cuando el menor se encontraba con sus amigos, el azabache se encontraba ahí, pegado como un chicle. Si Chifuyu iba a algún lugar, Keisuke iría detrás de él en seguida.

Si alguien se atrevía a molestar a su pequeño, pero no débil, novio, Keisuke le sacaría toda la mierda de un golpe en menos de un segundo.

Chifuyu recordaba perfectamente cómo fue que su relación inició, de una forma bastante lejos de lo convencional, pero no menos ¿linda? No sabría cómo definirlo exactamente.

Takemichi, su mejor amigo y confidente, solía atraer los problemas sin necesidad de buscarlos, por los que siempre acababa metido en alguna pelea incluso si no lo deseaba. En uno de esos momentos, se acabó volviendo ¿amigo? (Posiblemente era más una especie de esclavo que amigo, pero le daba igual) de un rubio un año superior a ellos. Por obvias razones, Chifuyu acabó siendo arrastrado a todo.

Entre los amigos de Manjiro estaba Keisuke, quién se encargó de acosar y molestar a Chifuyu las veinticuatro siete hasta que este accedió a reunirse con él a solas.

Sabía que si decía que no, tan sólo alargaría la tortura de la insistencia.

—Ya estaba comenzando a pensar que te intimidaba —le había dicho, apenas el rubio llegó a su lado.

—No me intimidas —el menor lo miró sin interés—. Sólo pensaba que eres un poco raro.

Keisuke ladeó la cabeza.

—No soy raro.

—Una persona que usa lentes de culo de botella, finge ser un cerebrito y reparte golpes al azar no es exactamente común, ¿sabes?

—No reparto golpes al azar —contradijo, soltando una queja.

—Armaste una pelea con alguien de tercer año ayer sólo porque sí.

El azabache negó, cerrando los ojos y cruzando los brazos.

—Él chocó contigo.

—Pero se disculpó.

—Sólo después de que lo golpeara.

Chifuyu soltó un suspiro.

Había aprendido que Keisuke era bastante terco, no sabría decir si era para bien o para mal. Le agradaba bastante el hecho de que se preocupase por sus amigos, llegando al punto de defenderlos de todo y todos en cualquier momento, pero no estaba completamente de acuerdo con los medios que utilizaba para ello.

La violencia no era algo que le agradara mucho, incluso cuando hace un par de años la usaba bastante para arreglar los problemas frente a él. Había crecido y, a sus dieciséis años de vida, no podía seguir golpeando a gente sólo porque no le agradaba.

—Iba a disculparse —dijo—. Pero lo golpeaste antes de que llegara a intentarlo.

—De todas formas se lo merecía.

—No puedes ir golpeando a la gente sólo porque sí —lo regañó.

—Yo sólo golpeo a la gente que me molesta a mí o a mis amigos —se defendió—. O que molesta a mi pequeña conquista.

Chifuyu arrugó el entrecejo, completamente confundido.

—¿Pequeña conquista?

—Tú.

Sí, definitivamente, el rubio no entendía nada de lo que estaba pasando.

—¿Y desde cuándo es eso?

—Desde hace un par de semanas —Keisuke lo miró ofendido—. ¿Cómo es que no te diste cuenta? He hecho de todo para que aceptes esta cita.

—¿Cuál cita? —jadeó, sintiendo como una realidad desconocida le daba de lleno en la cara—. ¿Y qué mierda has hecho? Porque yo no le he visto.

Keisuke bufó, acercándose a Chifuyu para pasarle el brazo al rededor de los hombros y atraerlo hacia su costado.

—Esto es una cita —le dijo—. Es la primera vez que aceptas luego de rechazarme cientos de veces.

—Primero, sólo te rechacé tres veces —alzó el dedo índice frente al rostro del mayor—. Segundo, nunca me dijiste que esto es una cita y tercero, ¿por qué querías tener una cita conmigo?

—Porque me di cuenta de que cumplías todos mis estándares —confesó.

—¿Y esos estándares son?

—Te gustan los gatos.

Chifuyu se quedó en silencio, esperando a que el azabache siguiera enumerando.

No había convivido lo suficiente con él aún para catalogar esta salida, que ni siquiera tenía ganas de aceptar, como tal. Solía evadir a Keisuke tanto como pudiese durante sus horarios de clases, tal y como hacía con el resto de amigos mayores de Takemichi.

No sabía si era por simple vergüenza o porque no se sentía realmente cómodo con caras casi desconocidas a su alrededor. Posiblemente era una mezcla de ambas.

—¿Sólo eso? —preguntó tras unos minutos de silencio.

Keisuke se encogió de hombros.

—Lo único que necesito es a alguien que adore los gatos, no pido mucho.

—A Takemichi también le gustan los gatos —le dijo—. Y él interactúa más contigo que yo, ¿seguro de que no te has equivocado de persona?

El mayor puso una cara de asco inmensa. Arrugó tanto la nariz como las cejas, aún mirando fijamente al rubio, quien se quedó imperturbable.

—No podría llamarme la atención un idiota que llora por lo más mínimo —se quejó—. Y él no es lindo, tú sí.

Chifuyu alzó las cejas.

—Los dos somos rubios y tenemos el mismo color de ojos.

—Pero a ti te queda bien el tinte —se relamió los labios—. Y no usas ese peinado estúpido la mayoría del tiempo.

Con ambas manos agarró su cabello por los laterales de su cabeza, alzándolo para intentar imitar el cabello del amigo del menor. No le salió en lo absoluto, especialmente porque lo tenía demasiado largo para eso.

El rubio no pudo evitar reír.

—Lo usé un tiempo, cuando tenía doce años.

—Estoy seguro de que te seguía quedando bien.

Chifuyu lo miró, con una sonrisa entre divertida y sugerente. Keisuke sintió como su corazón se detenía momentáneamente.

Solía ver las sonrisas del menor desde lejos, siempre dirigidas hacia alguien más, pero nunca había una que haya sido exclusivamente para él. Sentía que eran radiantes y amables, siendo sinceras incluso cuando eran sólo por cortesía.

Al azabache realmente le agradaba eso de él.

No podía llamarlo un enamoramiento, tampoco podía decir que le gustaba en realidad. Pero estaba seguro de que le llamaba la atención, y por eso es que había insistido tanto con ese día.

—Deberías actuar así más seguido.

—¿Así cómo?

—Un poco más amable con el resto —se detuvo un segundo—. O estar más relajado, quizás. Te sienta bien y te ves cómodo con eso.

—Sólo puedo estar relajado a tu alrededor —confesó—. Sé que no eres como el resto de idiotas y no vas a buscar molestarme.

Chifuyu supo al instante que al decir "el resto de idiotas", se refería a sus amigos, principalmente a Manjiro.

—No llames así a tus amigos —lo regañó—. Ellos te quieren y te valoran un montón.

—Y yo también los quiero —bufó—. Pero pueden ser un grano en el culo si así lo desean.

—De todas formas —rodó los ojos—. No corresponde insultarlos, mucho menos cuando tú también te diviertes con sus bromas y provocaciones, ¿o me equivoco?

Keisuke hizo un mohín con la boca, luciendo como un niño pequeño molesto a punto de hacer un berrinche.

Chifuyu pensó que, si la situación lo ameritaba, sería capaz de hacerlo sin problemas.

—No lo haces —admitió, casi a regañadientes—. Pero también me gusta algo de paz de vez en cuando.

—Eres la definición de disturbio e intranquilidad, ¿sabes? —bromeó—. Es casi imposible que el ambiente sea relajado contigo allí.

—Y por eso es que deberías ser más cercano a mí —sugirió—. Eres bastante pacífico y los novios se contagian entre sí, podrías ayudarme a tranquilizarme.

Chifuyu arrugó la nariz.

—No somos novios.

—Lo sé.

—¿Entonces?

—Quería hacer un chiste —torció los labios—. Pero se me olvidó cómo seguía, así que no me salió.

El rubio cambió la definición que tenía de Keisuke en ese mismo instante, por lo que pasó de raro a ser bastante particular.

—Oh, comprendo.

Un silencio pesado los invadió luego de eso. El ambiente estaba tenso y algo incómodo, pero Keisuke no tenía idea de cómo romperlo.

Solía ser él quién mantenía las conversaciones en su grupo de amigos y, generalmente, el que tenía la palabra entre dos personas. Cuando comenzaba a hablar no volvía a callarse jamás.

Pero ahora le daba miedo molestar a Chifuyu en caso de decir alguna estupidez, especialmente cuando no tenía pelos en la lengua al momento de hablar y era incapaz de medir la gravedad de sus palabras antes de empezar.

—Tengo un gato —comentó el rubio de repente—. Es pequeño y tiene el pelaje negro, se llama Peke J.

—Lo sabía —admitió.

Chifuyu intentó disimular la sorpresa que lo invadió.

—¿Cómo?

—Vivimos en el mismo edificio.

Debía admitir que no se lo esperaba, en absoluto.

—¿En serio? —cuestionó, genuinamente sorprendido—. No lo había notado.

—Suelo irme al dojo de la familia de Mikey antes de volver a casa, así que nuestros caminos nunca se topan.

—¿Así fue que confirmaste que era el amor de tu vida? —bromeó.

—No exactamente —fijó su mirada en los ojos de Chifuyu—. Me di cuenta cuando te vi llevar al veterinario a un gatito callejero herido.

El rubio hizo memoria de ello. El evento había sido hace meses, unos cinco o seis para ser exactos.

Había salido de clases normalmente, cuando de camino a cada divisó una escena que hizo su sangre hervir.

Unos niños (pequeños demonios, como le gustaba llamarlos) estaban maltratando a un gatito. Chifuyu se molestó al verlo, un montón se sensaciones negativas lo habían invadido en pocos segundos, por lo que se acercó al pequeño grupo y los regañó, conteniéndose de golpearlos. Luego de darles una pequeña (gran) amenaza, envolvió al minino con la chaqueta de su uniforme y lo llevó a la veterinaria más cercana.

—Eso fue mucho antes de conocernos.

Keisuke se encogió de hombros.

—No le había dado mayor importancia hasta que Takemichi te arrastró hacia nosotros.

Chifuyu suspiró.

No le parecía raro, porque sabía que mucha gente que no pertenecía a su clase lo conocía por variadas razones; desde ser amigo del chico que era usado como saco de boxeo las veinticuatro siete, hasta ser el mejor de su generación en lo que era física y lengua.

Pero debía admitir que, el hecho de que el azabache lo reconociera desde hace meses, incluso cuando sólo lo había visto fuera de la escuela, era un poco escalofriante. Aunque no me molestaba en realidad.

—¿Qué hacemos ahora? —inquirió el rubio.

Habían quedado sin un plan previo, especialmente porque Chifuyu ni siquiera estaba interesado.

—No lo sé —suspiró—. ¿Qué quieres hacer tú?

—Me da igual.

—¿Quieres comer Yakisoba?

—Está bien —aceptó sin pensar.

[. . .]

Chifuyu corría por los pasillos a toda prisa. Bajaba las escaleras sin cuidado, restándole importancia a la facilidad que tendría de caer por ellas, porque en este mismo momento había algo más relevante.

Sabía que algo andaba mal cuando, al salir de su clase, Keisuke no se hayaba esperándolo en la puerta como siempre. El sentimiento incrementó cuando al subir a verlo a su salón, no se encontraba allí tampoco.

Manjiro había reído a carcajadas al ver su cara consternada, siendo regañado por Mitsuya al instante. Eso no había logrado calmar a Chifuyu, al contrario, sintió como su estómago se retorcía dolorosamente por los nervios.

—Está golpeando a un chico ahí abajo —le explicó brevemente el peliplata—. Lo escuchó decir algo sobre ti y se puso furioso.

—Gracias por decirme, Mitsuya-san —se inclinó rápidamente hacia el mayor.

Le dirigió una mala mirada al rubio antes de volver a correr.

No era la primera vez que se encontraba en esta situación, porque su novio era una persona bastante temperamental en todo momento, especialmente cuando se trataba de él mismo.

Sintió que sus piernas dolían cuando llegó al primer piso, pero eso no lo detuvo de seguir su camino hacia el patio trasero.

Encontró a Keisuke acorralando a un chico contra una de las paredes, a punto de propinarle más golpes de los que seguramente ya le había dado. Chifuyu suspiró, acercándose para poner una mano en el hombro del mayor.

Keisuke se volteó, con la mirada tan rabiosa como la de un perro enojado.

Su expresión se suavizó apenas vio a su novio parado a un lado de él, con el ceño fruncido y los labios entreabiertos, jadeantes debido al cansancio que le generó la gran carrera hasta ahí. El azabache pensó que se veía realmente bonito.

—Oh, Chifuyu —le sonrió—. Estoy un poco ocupado aquí, puedo atenderte en un par de minutos.

—Baji-san —le dijo, seriamente—. Deja ir al pobre chico.

El mayor torció los labios.

—No quiero.

—Baji-san —repitió.

La mirada insistente del menor lo hizo ceder en menos de cinco segundos. Para él era difícil, casi imposible, negarle algo a Chifuyu sin importar la situación.

Y el rubio solía hacer uso de ello muy seguido.

Se alejó del chico que tenía acorralado, quién le dio un agradecimiento silencioso a Chifuyu antes de huir rápidamente de ahí. Debía admitir que le temía a ambos, a Keisuke por su gran fuerza y temperamento y al menor por la influencia que tenía sobre el azabache.

—Te he dicho que dejes de golpear a gente al azar sólo porque se te antoja —le regañó apenas estuvieron solos—. Es sólo el primer día de clases, no puedes ser suspendido ahora.

Keisuke ni siquiera se inmutó.

—Él dijo algo sobre ti —se defendió—. No podía dejarlo así.

—O pudiste haberme dicho —alzó las cejas—. Y yo podía arreglar esto por mi cuenta.

—No quería molestarte por culpa de idiotas que no lo valen.

—Pues acabas de hacerme enojar, muchísimo.

El azabache agachó la cabeza, actuando como un perrito regañado por su amo.

Chifuyu no hablaba realmente en serio, porque no podía enojarse con el mayor, era imposible cuando hacía lo que hacía por su bien, siempre encargándose de recalcar el gran cariño que le tenía. Le sorprendía que, tras casi siete meses de relación, todo siguiera igual que la primera vez.

—¿Hay algo que pueda hacer para que me perdones?

—No.

Porque ni siquiera necesitaba disculparse.

—¿Seguro? —hizo un puchero.

El rubio casi cede por un segundo.

—Seguro.

Keisuke soltó un gemido ahogado, que simulaba dolor de algún tipo, acercándose al menor para abrazarlo por los hombros y esconder el rostro en su cuello. Chifuyu se mantuvo inmóvil.

—Chifuyu —murmuró.

—No.

—Bebé —volvió a intentarlo.

—Que no.

Keisuke lo abrazó más fuerte.

—Mi amor —rogó—. Por favor.

Chifuyu suspiró.

Elevó la mano derecha, comenzando a pasar sus dedos entre los largos mechones negros de su novio. Pudo sentir la sonrisa del mayor contra su cuello.

—Tienes que dejar de hacer eso —le dijo, utilizando su otra mano para frotar círculos en la espalda del contrario.

El azabache se sentía en el mismísimo cielo.

—No puedo prometerte nada —murmuró, depositando besos de mariposa en la piel a su alcance—. Sabes que me divierte golpear idiotas.

El rubio soltó una risita.

—Siempre dices que no repartes los golpes sólo porque sí.

—Eso no significa que no sea divertido.

El menor rodó los ojos, divertido. Se acercó a plantar un beso corto en la coronilla de su novio, recibiendo una mirada suplicante del contrario.

Le sonrió, tal y como lo hacía siempre, con cariño y suavidad, porque era lo menos que merecía Keisuke. Finalmente, rozó sus labios en un corto beso.

A Chifuyu podía no agradarle la violencia en lo absoluto.

Pero no cambiaría esa parte de Keisuke por nada en el mundo.