Work Text:
Amuleto
Un viento gélido azotaba ferozmente a su alrededor, como filosas cuchillas que se incrustaban en su piel y que apenas si podía sentir, mientras su mirada estaba fija en algún lugar de aquel paramo helado y lúgubre. De esa tierra de hielo y muerte donde se alzaba imponente ese monumento a los peores horrores que este mundo vio, digna del monstruo que alguna vez habito ese lugar y cuya sombra aún permanecía presente a pesar de los años.
Corona de hielo.
El que alguna vez fue el hogar de ese hombre corrupto, Arthas Menethil.
El lugar que la vio caer en desesperación hacia una nueva muerte.
El mismo que ahora era testigo del comienzo de su “revolución” contra el destino y los dioses…como también lo había sido de una despedida.
Una que, a pesar de todos los años que habían pasado y lo mucho que la muerte la habían cambiado, de alguna forma la tocaba de cerca…y le dolía.
Como una flecha profundamente enterrada que se negaba a salir. Un dolor frustrante y persistente en su pecho que no podía borrar, a pesar de las horas que pasara en medio de la fría soledad de Rasganorte tratando de reprimir esa desagradable sensación.
Pero no iba a titubear ahora. No iba a romper su resolución por un sentimentalismo sin sentido.
No. Había sacrificado muchas cosas como para retroceder ahora y no habría nada que la haría mirar a otro lugar que no fuera su objetivo. Sin importar los cadáveres sobre los tuviera que caminar…o los amigos que tuviera que dejar atrás.
Como al hombre del que se había despedido hace unos momentos. Ese que tanto en la vida como en la muerte había sido su mejor soldado, su confidente y a veces algo parecido a un amante…Y cuya presencia aun podía sentir detrás de ella como si nunca se hubiera ido. Como si al voltear se encontrara con su mirada firme y serena, esperando pacientemente y en silencio por sus próximas palabras, como un perro fiel aguardando atentamente las ordenes de su amo.
Un perro necio y tonto que se negaba a irse. Que se negaba a aceptar que lo habían abandonado.
Uno al que a ella se le hacía difícil separarse.
Tal vez por eso ella, Sylvanas Windrunner, La Reina Banshee, no pudo hacer otra cosa que quedarse parada lo que posiblemente fueron horas sola en medio de ese desierto helado, dejando que la nieve se acumulara sobre sus hombros y su capucha, en un inconsciente y desesperado intento por hacer que el frio intenso adormeciera ese horrible sentimiento de perdida que la invadía.
Quizás fue por eso que trato que su sangre pútrida que supuraba de su labio inferior lavara el sabor amargo que le provocaba el que una pequeña parte de ella pensara que estaba traicionando a una de pocas personas que le habían sido siempre leales y en quien podía permitirse confiar.
Y tal vez, solo tal vez era la razón por la que todavía tenía presente la sensación un tanto rasposa de esa frondosa barba en la punta de sus dedos cuando lo tomo con firme suavidad de la barbilla para mirarlo a la cara una última vez. De porque todavía sentía aquella leve pero reconfortante tibieza en la mano sobre la que se había posado en el hombro del hombre que siempre le había sido incondicional y que había sentido por última vez el fuerte pero gentil agarre de sus manos.
O de porque aún tenía impresa la sensación de esos labios agrietados, tan ajenos como familiares, rozando sutilmente su palma como un tácito beso de despedida, mientras veía esos ojos de un rojo profanos e inmisericordes teñirse de melancolía.
Y la causa de porque aún rondara en su mente las palabras que en el fondo no quería decir.
Unas con un significado más profundo que el “adiós” que se habían dedicado.
Palabras que llevaba consigo el recuerdo de tiempos más felices y sencillos, antes de que los designios de un destino caprichoso le quitaran todo lo que alguna vez amo.
Un simple e ingenioso juego de palabras que compartió con el antes de mandarlo a su primera misión oficial como un miembro mas de sus forestales. Y que con el tiempo se transformó en una “inocente broma”, un pequeño secreto entre ellos cuando se transformaron en algo más que amigos, pero menos que amantes:
“Dime, soldado ¿Crees que puedes le enseñar a un perro vagabundo a volverse un cazador?, ¿Crees que vale la pena confiar en una bestia que se creen indomable?”
Solo para que siempre, dejando escapar una pequeña risa y esbozando una sonrisa cómplice, él le contestara con gran seguridad:
“Yo creo que sí, general. Soy de los que piensan que hasta a la bestia más huraña y salvaje puedes enseñarle algo.”
“Y no dudaría ni por un segundo en depositar mi confianza en él. Porque al final ese perro vagabundo te demostrara que su lealtad a ti será tan grande que no dudaría en dar su vida por protegerte, o en seguirte a donde fueras…incluso si fuera a las entrañas del mismísimo infierno.”
“Siempre, claro está, que su amo valga la pena.”
Una respuesta que siempre terminarían sacándole una divertida sonrisa.
Pero, al final de cuentas, todas esas palabras, todos esos sentimientos que aun pervivían en ella ya no eran nada más que viejos recuerdos destinados a morir algún día.
Ecos de una vida que nunca más recuperaría…y por lo que no valía la pena seguir aferrándose a ellos.
Por eso, así como el viento se llevaba consigo las cenizas de los muertos y las flores marchitas del invierno, ella dejaría ir todo vestigio de su corazón y de esa maldita mortalidad que todavía la ataba a esta prisión llamada mundo.
Quizás por eso fue que, caminando a paso firme y con un semblante severo en su rostro, dejo caer en medio de la nieve aquello a lo cual se había estado aferrando hasta hace unos segundos, al punto de lastimar sus palmas por la fuerza con la que lo sostenía.
Un regalo que un joven Nathanos Marris alguna vez le hizo y el cual conservo como uno de sus pequeños tesoros.
Un amuleto del cual ahora se había convencido que no valía nada…a pesar que sintiera un enorme vacío en su pecho al dejarlo caer de entre sus dedos o de la solitaria lagrima negra que se deslizo por su mejilla cuando dejo de sentir su peso en su mano.
Y sin mirar atrás siguió su camino, dispuesta a consumar su mayor deseo. Dejando tras de sí un camino de sangre…y una pequeña y vieja figurilla de madera de un perro para ser olvidada y enterrada para siempre en ese cementerio blanco de nieve y muerte.
Que patético.
Que débil había sido.
Debería haberse deshecho de esa cosa en el momento en que ella le dijo que no podría seguirla.
En el momento en que le dedico un adiós frio y sin vacilación alguna.
Pero no pudo hacerlo.
Y por más que tratara cien veces no podría.
No podría deshacerse de la única cosa que había conservado de su pasado. De lo que se llevó cuando decidió alejarse del ejército de Quel’thalas para proteger a su querida General y cansado del menosprecio de todas esas víboras de orejas largas.
De lo que impidió que se perdiera en la locura y la desesperación cuando fue levantado como un no muerto y terminara como uno de esos ghouls sin cerebros, exterminado como una alimaña en un charco de lodo, solo y olvidado.
Esa pequeña e insignificante cosa que hasta el más codicioso de los ladrones lo vería como simple basura sin valor. Pero que, para él, valía más que cualquier cosa en el mundo.
Tanto que no lo aparto de el cuando supo que no había escapatoria
Tanto que ni siquiera lo soltó de su mano cuando sintió la afilada cuchilla de esa Guerrera nocturna cortando su cuello y vio a la muerte nuevamente a la cara.
No. Ni en sus segundos finales podría apartarse del regalo más valioso que le había hecho Sylvanas.
Porque para él, un perro callejero despreciado, esa vieja insignia de los forestales de Lunargenta era su tesoro más preciado.
Era su amuleto contra la mismísima muerte.
“Deja de correr tras de mí, perro vagabundo. Deja de tratar de alcanzarme, porque no te prometo que no sea tu sangre la que adorne este camino de cadáveres en el que decidí internarme. Déjame ir de una vez y para siempre…pero por favor no me olvides, bestia indomable.
Deja de llorar, mi querido perro salvaje, deja de llorar. No temas internarte solo en la noche una vez más, porque ni en la muerte dejare de ser tu amuleto contra la oscuridad ni tu mi fiel guardián.”
