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El sol de la Provenza calentaba su piel.
Tenía los ojos cerrados disfrutando así del agradable ambiente que le rodeaba. El olor a viñedo se le colaba por las fosas nasales gracias a la suave brisa que había y el sonido de los pájaros piando era, para él, la mejor melodía que podía existir en ese instante. No había nada que pudiese molestar su apacible descanso.
A Hajime Iwaizumi de 8 años le encantaba pasar los veranos en casa de su tío. Se alejaba de Japón durante dos meses en los que compartía su vida con aquel hombre, al que quería casi como un padre. Aquella casita en la Provenza le daba calma y paz…
— ¡¡¡¡¡¡Iwaicito!!!!!!
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Hajime cuando escuchó la voz de su amigo resonando con intensidad por todo el jardín. Abrió un ojo solo para ver cómo Tooru corría desde la puerta de la casa; en el camino ya se había deshecho de su camiseta y, antes de que Hajime pudiese reaccionar, el chico ya se estaba lanzando a la piscina salpicando con el agua. Quiso refunfuñar y enfadarse, pero Tooru salió a la superficie escupiendo agua como si fuera una fuente y lo único que pudo hacer ante eso fue reírse.
— Tu tío me dijo que estabas aquí tomando el aire y quise venir a verte. ¿Quieres hacer algo esta tarde? Podemos coger las bicis e ir por los viñedos.
— Sabes que mi tío no nos deja ir por los viñedos. Se estropean las vides y mi tío no puede perder la cosecha. — Hajime lo explicó todo con calma, aunque sabía que Tooru ni siquiera lo estaba escuchando.
Hajime miró un momento a su amigo nadar en la piscina. El pelo castaño se le pegaba a la frente porque ya lo tenía demasiado largo. Recordó cuando lo vio de nuevo en el mes de junio, Hajime le preguntó por qué no se cortaba el pelo para que no le molestase en los ojos.
“Es verano, no hay reglas en verano, puedo dejarme el pelo largo si quiero” fue su contestación. “No hay reglas en verano” le gustó aquello, se lo dijo a su tío esa noche mientras cenaban y el hombre rio divertido mientras daba un trago de su copa de vino. “Nunca has tenido normas en esta casa, Iwaicito.” Él sonrió ante aquella verdad a medias, porque, aunque no era una norma propiamente dicha, no podía jugar con los viñedos. Para el resto de cosas, su tío no le ponía reglas, no le decía qué hacer, ni cuándo, ni cómo. Aquella libertad de la Provenza era la que hacía que siempre que se acercaba el verano el chico suplicase a sus padres ir y disfrutar de aquellos meses.
— ¿Quieres jugar al tenis? — Tooru salió del agua sacudiendo su pelo como si de un perro se tratase y miró a Hajime con el gesto dudoso. Tooru no sabía jugar al tenis, ¿por qué demonios un niño de ocho años debía saber jugar al tenis? Solo negó con la cabeza. — Y si vamos al pueblo y paseamos con las bicis por allí…
— Suena genial, Iwaicito.
— Te he dicho mil veces que no me llames así. — Hajime le lanzó la toalla a la cara y aguantó una pequeña risa al ver el gesto enfadado del crío.
— ¡¡Tu tío te lo dice a todas horas!!
— ¡¡Pero tú no eres mi tío!! —Hajime podía jurar que había escuchado de fondo a Tooru poner una voz de pito y repetir su frase en forma de burla, pero, cuando se giró, su amigo sonreía de forma angelical.
Así eran los veranos de Hajime en la Provenza.
Conoció a Tooru cuando tenía seis años. Era el hijo del panadero del pueblo, mitad japonés, mitad francés. Y, en cuanto se conocieron, se hicieron amigos. Tooru iba cada día a casa de Hajime para pasar las tardes juntos, aunque solo fuese para pasar el tiempo con los pies a remojo en la piscina; ellos dos se divertían con la simple compañía del otro.
Tooru esperaba pacientemente que llegase junio para ver de nuevo a su amigo, que siempre le traía mil y una historias nuevas de Japón; Hajime, mientras estaba en su país, contaba los días para volver a la Provenza, e incluso empezó a escribir un diario sobre todo lo que pasaba en su día a día para no olvidarse de nada cuando viese de nuevo a Tooru en verano.
— ¡¡Iwaicito!! — El aludido se giró cuando escuchó su nombre a su espalda. Tooru venía con su bicicleta a toda velocidad. Sacudía su mano con ímpetu. Hajime no pudo hacer más que sonreír.
Dejó la maleta que cargaba en el suelo y se cruzó de brazos cuando su amigo llegó a su lado; le dejó un instante, apenas unos segundos, para que recuperara el aliento después de haber llegado apresuradamente con su bicicleta. La casona de su tío no estaba muy lejos del pueblo, pero el camino era difícil y con cuestas, así que sabía de sobra que Tooru necesitaba un momento de respiración.
— ¡No puedo creer que te fueras a ir sin decir adiós!
— Sabes que siempre me marcho en estas fechas, Tooru. Todos los años es igual. — El tono de Hajime se alejaba de ser un reproche serio, era más bien uno de risa contenida. Todos los años Tooru repetía la misma escena cuando él tenía que marcharse. Tooru se encogió de hombros y rio, contagiándole la carcajada a Hajime.
— ¡Ah! Te traigo algo. Lo vi en el pueblo la otra tarde y decidí que era un buen regalo para ti. — Hajime enarcó una ceja; no era su cumpleaños, eso ya había pasado y ya había recibido regalos por parte de Tooru. No esperaba nada más.
Tooru vio en su rostro la duda y, sin esperar un segundo más, sacó un paquete de la cesta de su bicicleta. Hajime lo recibió sin queja. Era algo blando. “ Quizá algún bollo que ha preparado su padre ” pensó antes de abrirlo.
— ¡Vamos, ábrelo!
Hajime obedeció casi al instante y, cuando lo desenvolvió por completo, una sonrisa enorme se instaló en su rostro. Tooru disfrutó de aquella sonrisa y se felicitó a sí mismo en su interior por haber acertado completamente con su regalo. Hajime tenía los ojos brillantes mirando el peluche de dinosaurio que tenía entre sus manos.
— ¡Es el Godzilla francés! — Tooru rio con ganas. — Así tendrás un recuerdo mío en Japón.
Hajime asintió con ímpetu, emocionado, y con prisa extendió la mano en dirección a Tooru. El castaño la apretó con fuerza.
— Hasta el año que viene, Tooru.
— Hasta el año que viene, Hajime.
Sin embargo, ese fue el último verano que Hajime pasó en la Provenza.
Hajime Iwaizumi de 27 años había dejado atrás Japón hacía bastantes años y ahora su vida se desarrollaba en su totalidad en Londres. La ciudad lo había acogido en sus años de universidad y, una vez acabó sus estudios de económicas, recibió la oferta —irrechazable— de trabajar en una de las grandes compañías allí residentes. Empezó con un trabajo pequeño, apenas era responsable de hacer algunos encargos de contabilidad, pero su gran don estaba en las inversiones y, una vez lo descubrieron, no dejaron escapar ese diamante en bruto que era Iwaizumi. Así, poco a poco, paso a paso y con buena letra, consiguió escalar posiciones en aquella empresa que ahora prácticamente le obedecía por completo. Hajime Iwaizumi se había convertido en el gestor de las inversiones más reconocido de toda la City de Londres.
Abrió la puerta de cristal de aquel gran edificio y se hizo paso entre la gente. Saludó al chico de recepción con un movimiento de cabeza y una leve sonrisa y él le respondió con un “buenos días” animado. Esquivó a un par de personas que querían una conversación mucho más extensa de la que él podía mantener a esas horas de la mañana y sin un café aún en el cuerpo y, cuando por fin consiguió llegar al ascensor, pulsó el número 17 y rezó porque nadie más le acompañase en el viaje.
Sus ruegos fueron en vano cuando una mano paró la puerta del ascensor antes de introducirse en el interior. Hajime refunfuñó, sin esconder el gesto de desagrado que se había creado en su rostro. Issei no pudo hacer más que reír en voz baja ante la mirada de su jefe.
— Buenos días a ti también, Hajime. ¿Listo para el día? Sabes que tenemos algunos temas que tratar…
— Si vas a empezar a calentarme la cabeza tan temprano, Mattsun, más te vale que ese vaso tenga algo de alcohol. — Issei rio y negó con la cabeza, pero le tendió el vaso de plástico a Iwaizumi.
— Doble de café solo y sin azúcar, tal y como a ti te gusta.
Hajime dio un largo trago a la bebida. Estaba caliente, pero no pareció importarle mucho, incluso le sirvió para entibiar su cuerpo después del frío de aquel día de mayo. Issei esperó pacientemente hasta que Hajime dio un largo suspiro. Miró el indicador y, cuando se abrió la puerta, le dirigió una rápida mirada a Issei.
— Ya soy todo oídos.
Y así comenzó el día de Hajime Iwaizumi. Así comenzaban todos los días en los que tenía que trabajar.
La oficina estaba tranquila, a aquellas horas el movimiento era poco, casi nulo. Era ahí cuando a Hajime le gustaba pasear por los largos pasillos que componían el lugar. Hasta el momento en el que Jake entraba en la oficina; entonces, y solo entonces, Hajime se encerraba por completo en su despacho y solo salía cuando tenía que llevar adelante alguna operación.
Hajime recorría el largo pasillo cuando las puertas del ascensor se abrieron y el gesto serio de Jake entró en el campo de visión de Iwaizumi. Rodó los ojos al tiempo que giraba sobre sí mismo y aceleraba el paso para llegar hasta su despacho antes de que el hombre lo interceptara.
— ¡Iwaizumi! — Apretó el puño cuando escuchó la voz de Jake a su lado. — Hombre, ¿cómo estás? ¿Estás estresado, como siempre?
— Hola Jake.
— ¿Cómo estamos de trabajo hoy? ¿Muchas inversiones por delante? — Jake golpeó su espalda con poca fuerza, Hajime lo miró de reojo, pero siguió caminando sin responder a su pregunta. — Siempre eres un hombre de pocas palabras, Hajime. Eso significa que sabes escuchar bien, eso es bueno, sobre todo con las mujeres. Seguro que tienes que quitártelas de encima cada noche… — aquel silencio no le gustó a Hajime, sabía la coletilla que venía después — en el sentido más literal, eh.
La estruendosa risa de Jake perforó sus oídos y le hizo rodar los ojos.
— Hey Jake, ¿lo escuchas? — Hajime guardó silencio un momento, Jake lo imitó. No se escuchaba nada más allá de algún golpeteo en el teclado del ordenador o el pasar de las hojas. —Sí, claramente me están llamando. Tengo que irme, eh. Seguiremos esta conversación en otro momento… o mira, pensándolo mejor, la dejamos aquí.
Se escabulló del hombre y cerró la puerta de su despacho. Odiaba a ese tío. Sus chistes malos, su forma tan vulgar de hablar y, sobre todo, su falsa amistad. Jake solo quería su puesto en la empresa. Pero, un par de malas inversiones le habían relegado a ser su inferior. Sonrió para sus adentros. Se lo merecía, por ser egocéntrico y por ser un completo imbécil.
Estaba concentrado en la vista que la cristalera de su despacho le ofrecía. Bebía con calma de su taza de café. Miró el reloj de su muñeca y asintió para sí mismo antes de volver a sentarse ante su escritorio. El ordenador le mostraba miles de números que solo un experto podía saber qué significaban. Vio las cifras subir y bajar. Esperó. Los números seguían moviéndose. Dio un largo trago de su café y descolgó el teléfono que había junto a su ordenador. Solo tuvo que marcar un par de números y, al otro lado, se escuchó la voz de Issei.
— ¿Señor? — Guardó silencio un instante. Apenas unos segundos, lo necesario para que aquel número cambiase.
— Compra. Sesenta.
No esperó la contestación de Issei. Sabía que ya había hecho la operación. Esperó un par de minutos. Los números empezaron a desbocarse. Sonrió satisfecho, había vuelto locas a todas las compañías de alrededor. Se mantuvo a la espera con el teléfono apoyado en su hombro. Veía el vaivén de números como si de una serie de televisión se tratase y, entonces, volvió a hablar.
— Ahora, vende.
Issei lo hizo al momento. Y los números volvieron a cambiar en un instante. Rio al teléfono, acompañado de la risa de Issei. Cerró el ordenador, no necesitaba ver más por un par de horas.
— Eres un cabronazo, Iwaizumi, siempre sabes cómo hacerlo.
— Llámalo suerte, llámalo tener un don. — Se estiró en su silla. — Invítame a un gin tonic esta noche, por lo bien que lo he hecho.
— Ganas más que yo, invita tú.
— Acabo de hacer la operación de la semana, le he hecho ganar a la empresa cientos de miles de libras y… tú… menudo rata. — Ambos volvieron a reír al teléfono. Un toque en la puerta le hizo desviar la atención de la conversación que mantenía con Issei. Se disculpó con su compañero e hizo pasar al chico que esperaba al otro lado del pasillo.
— Buenos días señor Iwaizumi. — Hajime asintió ante aquel chico de prácticas. — Todos en la oficina celebran la operación que acaba de realizar, enhorabuena.
— Gracias Oliver. — El de prácticas se removió incómodo en el sitio. — Supongo que no era eso lo único que tenías que decir, ¿me equivoco?
— No. Ha recibido una llamada hace unos minutos. Es su tío Takeo.
— ¿Qué ha hecho ahora ese viejo loco? ¿Ha quemado todos sus viñedos o ha decidido vender su mansión para volver a Tokio? — Hajime negó con su cabeza, mientras una sonrisa irónica surgía en su rostro. Oliver jugó con sus dedos.
— Lamentablemente, señor, ha fallecido.
Hajime guardó silencio entonces. Analizó el rostro del chico, aunque no tenía que hacerlo, ¿por qué mentiría con algo así? Ni siquiera eran conocidos como para hacerlo. Aquella noticia era la pura realidad. Oliver carraspeó y avanzó hasta el escritorio de Hajime. Dejó sobre él un pequeño papel con un teléfono y un nombre apuntado.
— Es el notario. Ha sido él quien ha llamado. Ese es su teléfono. Ha pedido hablar con usted lo antes posible.
— Gracias Oliver. — Hajime respiró hondo. — Si me disculpas…
— Sí, sí, por supuesto. — Oliver aligeró el paso para salir de aquel despacho lo antes posible. Sin embargo, antes de marcharse se giró una última vez. — Y lo siento, señor.
Hajime asintió. Se giró en su silla, dándole la espalda a la puerta, y escuchó cómo esta se cerraba. Fue entonces cuando dejó salir de sus pulmones todo el aire que había contenido y se recostó en aquel cómodo asiento. Nunca lo había hecho, pero aquel día, en ese momento, deseaba con todo su corazón que se acabase la jornada laboral para poder volver a su apartamento.
Agradeció con todas sus fuerzas cuando el reloj marcó las cinco de la tarde. Se levantó de su asiento y salió de su despacho, donde había estado encerrado desde que había recibido la noticia. Issei lo miró de lejos, también miró a Jake quien, nada más ver salir del despacho a Hajime hizo el amago de acercarse hasta él. Issei fue mucho más rápido. Puso una mano en su pecho y lo miró fijamente. No había un ápice de simpatía en aquella mirada.
— No es el momento.
No dijo más que eso. Hajime, que de reojo había observado la escena, se giró hasta mirar a Issei y, con un leve asentimiento de cabeza, agradeció el gesto.
Su apartamento le pareció en ese momento gigante, descomunal… ¿siempre había sido así de tenebroso? Recorrió el pasillo y abrió la puerta del armario donde guardaba aún algunas de las cajas que se había traído de recuerdos de su vida en Tokio. Rebuscó y, finalmente, después de un par de minutos encontró lo que buscaba.
Cargó la caja hasta el salón, donde se sentó en el suelo con ella al lado. Se quedó un momento mirando a la nada y, entonces, volvió a levantarse. Cogió una de sus copas y aquel vino que guardaba para ocasiones especiales… ¿Qué había más especial que despedir como se merecía a alguien como su tío? Llenó la copa a la mitad y volvió a sentarse. Y empezó un viaje en sus recuerdos.
Abrió la caja y se sorprendió por todo lo que había en su interior. No recordaba haber guardado tantas cosas ahí… quizá su madre la había llenado un poco más antes de su traslado a Londres; él seguro que no había metido ahí esas entradas de un concierto de un grupo que ya ni siquiera le interesaba y esas fotos familiares tan antiguas. Las sacó, dejándolas a un lado sin prestarles demasiada atención, y llegó así a lo que buscaba.
Era una foto de él con su tío frente a la casa en la que tanto tiempo había pasado. En la que tanto había disfrutado siendo niño.
Si bien era cierto que llevaba casi veinte años sin saber nada de aquel hombre al que una vez consideró como un padre, nunca dejó de quererlo; todos los recuerdos con su tío parecieron golpearle al tiempo que el vino recorría su garganta, como si este hubiese sido el botón que los había encendido.
Fue Takeo quien le hizo ver lo mucho que amaba las matemáticas. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro recordando cómo su tío le había enseñado muchas de las cosas que lo habían llevado hasta lo más alto. Movió el vino en su copa y sus ojos se perdieron en el color de este. Sonrió, en esa ocasión con cariño, su tío le había dado a probar su primera copa de vino cuando tenía siete años.
“Esto está asqueroso, tío.” Un Iwaizumi de siete años ponía cara de asco mientras sacaba la lengua. Su tío rio con ganas ante la reacción.
“No sabes nada de la vida, Iwaicito. Con tu edad, todos los niños de Francia beben vino como adultos.”
“Eso solo significa un problema para Francia.” Takeo rio de nuevo ante la contestación que el chico le había dado. Elevó la copa para que Iwaizumi pudiera mirarla. Y, cuando Iwaizumi estaba perdido en el brillante color de aquel vino, Takeo lo bebió todo de un trago.
“Eres un borracho.”
“Una copa de vino al día es buena para la salud, Iwaicito.”
“¿Y qué dices de media botella al día?” Takeo revolvió el pelo negro del chico y sonrió.
“Es para tener salud muchos años.”
“Pues a este ritmo bebiendo, te harás inmortal.” Hajime bufó, cruzándose de brazos y miró a su tío.
“Quién sabe, Iwaicito, lo mismo sí.”
Iwaizumi volvió de sus recuerdos. Miró la fotografía en sus manos y sonrió con amargura.
— Mentiroso.
Siguió sacando cosas de aquella caja. Estaban también viejas etiquetas de vinos que había guardado, solo porque su tío le había dicho que lo hiciera. Ahora entendía que eran grandes reservas y vinos de alta calidad. También había algunas etiquetas del vino que su tío fabricaba. Se le llenó el pecho de nostalgia. Incluso estaban allí los libros de contabilidad que él mismo había hecho con ocho años para gestionar los gastos y beneficios de los viñedos de su tío.
“Ese es un gran trabajo, Iwaicito, pero tienes ocho años, sal a jugar, no te quedes aquí haciéndole la contabilidad a un viejo que ni siquiera te paga por tu trabajo.”
“Podría denunciarte a servicios sociales, explotación infantil y, encima, no declaras lo que ganas vendiendo tu vino en el pueblo.” La risa de Takeo inundó la estancia. Aquella risa divertida y sincera que hacía feliz a un pequeño Hajime. Le encantaba escuchar reír a su tío, solo por la energía que esa risa desprendía. Era como una felicidad fácilmente contagiable. En general, así era Takeo, divertido, espontáneo y algo cabrón con su sobrino, aunque fuese solo porque le encantaba ver cómo el pequeño se enfadaba y gruñía como si fuese un león, cuando realmente no parecía más que un gatito enfadado.
Cuando la última gota de la copa cayó por su garganta fue cuando se dio cuenta de que había estado llorando todo el tiempo que había estado perdido en sus recuerdos. Se limpió las lágrimas con suavidad y se levantó de allí. Dejó todo como estaba, ya lo recogería a la mañana siguiente, ahora no tenía ganas para esa tarea.
Se marchó a dormir, sin percatarse que, al fondo de la caja, cubierto entre más papeles, etiquetas de vino, fotografías con su tío y libros de cuentas, estaba un pequeño peluche de un dinosaurio que había recibido como regalo muchos, muchos años atrás.
A la mañana siguiente todo parecía un sueño borroso que se hizo realidad cuando vio el desorden de su salón. Guardó todo con prisas mientras terminaba de vestirse y salió de su casa en dirección a la oficina.
Llegó antes de tiempo, mucho más de lo normal y, aunque quiso pasear por el lugar, prefirió encerrarse en su despacho. Sacó el papel que Oliver le había dado el día anterior y descolgó su móvil tecleando el número que había escrito ahí. Los tonos de llamada se le hicieron eternos… ¿Quizá era muy temprano para llamar? Miró de reojo el reloj de su pared que acababa de marcar las ocho de la mañana. Era una hora más en Francia. Ya debía estar trabajando aquel hombre.
— Bonjour, étude du notaire Sylvain . — El acento de la mujer era marcado, tanto que a Hajime casi le costó entender lo que decía. Carraspeó y desempolvó de su memoria un francés bastante oxidado.
— Bonjour, parlez-vous anglais?
— Sí. ¿Tenía una consulta?
— Sylvain llamó ayer… es por el señor Takeo. — La mujer guardó silencio un segundo que a Hajime se le hizo eterno.
— Espere un momento, en un segundo le pasaré.
Hajime esperó pacientemente, sus dedos tamborileaban contra la madera de la mesa. Estaba impaciente, ¿por qué demonios quería hablar con él aquel señor? Quiso bufar, pero escuchó ruido al otro lado de la línea y se puso firme en ese instante, como si acaso pudiesen verlo.
— Buenos días, ¿hablo con Hajime Iwaizumi?
— Buenos días, sí, ese soy yo.
— Lamento la muerte de su tío, señor Iwaizumi. Ojalá mi llamada no hubiese llegado hasta dentro de mucho. — Hajime guardó silencio. No quería escuchar un discurso que el notario tenía más que aprendido de memoria y que repetía innumerables veces a lo largo del día. — Fue ayer cuando se hizo la apertura del testamento de su tío, de ahí mi llamada. — Hajime frunció el ceño. — Señor Iwaizumi, su tío ha decidido dejarle como herencia su casa de la Provenza, así como todos los viñedos de la propiedad.
Hajime tosió, ahogándose con su propia saliva. ¿Acababa de escuchar correctamente? No podía ser, debía ser un error. Sí, exactamente, era eso, un error. Se recompuso tan rápido como pudo y volvió a centrar su atención en la llamada.
— Señor Sylvain, ¿esa información es correcta? Quiero decir, llevo casi veinte años sin tener contacto con ese hombre. Quizá le han entregado un testamento antiguo o uno falso.
— Señor Iwaizumi, este documento es el único testamento que su tío dejó.
— ¿Y qué se supone que debo hacer ahora? — No era una pregunta concreta para el notario, era más bien una materialización de sus pensamientos.
Estaba agobiado y extrañado a partes iguales.
Una casa en la Provenza. ¿¡Para qué demonios quería él una maldita casa en la Provenza?!
— Debería venir a Luberon para firmar las escrituras y el cierre de testamento. Una vez hecho eso… la casa es suya y la decisión de qué hacer con ella también.
— ¿¡Ir a Francia?!
Aquello sonó mucho más alto de lo que había deseado. Issei se asomó a la puerta del despacho de Hajime. Fue entonces cuando Iwaizumi fue consciente de que la conversación se había alargado mucho más de lo que deseaba. Con la mano le dijo a Issei que se marchase, sin embargo, su compañero cogió asiento en la silla que había ante él y observó la escena con curiosidad.
— Señor, no puedo ir a Francia. Tengo trabajo que atender en Londres. — Issei sonrió y cogió un papel de su cartera. Escribió con velocidad mientras Hajime lo miraba con una ceja alzada.
“VACACIONES”
Hajime negó con la cabeza. Issei asintió y volvió a escribir.
“BUSCARÉ TU VUELO”
Y sacó el teléfono de su bolsillo. Hajime lo veía teclear con demasiada prisa, desconcentrándolo de su conversación con el notario. Iwaizumi estaba frustrado en ese momento. ¿Cómo iba a ir a Francia? ¿Cómo iba a tomarse unas vacaciones? ¿En manos de quién iba a dejar las inversiones?
— Señor Iwaizumi, aclararé detalles con su secretario. Lo veré en Luberon.
Y colgó la llamada. ¿Cuándo había aceptado ir a Francia? ¿En qué demonios estaba pensando?
— ¡Ya tengo tu vuelo! — La mirada de Hajime atravesó el cuerpo de Issei que solo pudo reír. — Vamos, llevo cinco años trabajando aquí y, en todos ellos, solo te he visto tomar vacaciones una vez. Tómate un mes, la empresa no se va a hundir sin ti un mes.
Dos días más tarde estaba con una maleta recorriendo el pasillo del aeropuerto de Montpellier. Solo escuchaba francés a su alrededor y eso solo le provocaba dolor de cabeza. No quería estar ahí. El móvil vibró en su bolsillo y descolgó la llamada entrante de Issei. Gruñó para sus adentros, él había sido quien había organizado el maldito viaje y sabía que nada bueno podía salir de ahí.
— ¡Buenas tardes, Hajime! ¿Qué tal el clima de Francia?
— No he salido del maldito aeropuerto aún, Mattsun. — Escuchó la risa al otro lado de la línea y apretó el puente de su nariz con la intención de controlar su impulso de mandarlo a tomar viento.
— Bueno, bueno… tengo una sorpresita para ti. Te he alquilado un cochecito para que puedas desplazarte a tu aire. Deberías de ir a recogerlo.
Issei no le dio la oportunidad de quejarse o de protestar. Colgó y, al mismo tiempo, llegó a su teléfono un mensaje que confirmaba una reserva. Suspiró; al menos aquello le vendría bien. No quería coger un tren hasta Luberon y conduciendo se le despejaría la mente un rato. Se acercó hasta el mostrador de alquileres y, tras unos minutos, Hajime ya se dirigía hacia el aparcamiento con las llaves de su coche de alquiler jugando entre sus dedos.
Plaza 25D.
Miró el coche. Debía ser una maldita coña. Se iba a cargar a Issei en cuanto regresara a Londres. Y le pensaba dar una muerte lenta y dolorosa. ¿Ese imbécil estaba ayudándole o había decidido aprovechar ese viaje para vengarse de él por todas las horas extra que le había hecho trabajar?
Se adaptó como pudo al tamaño de aquel Smart fortwo negro que durante unas semanas iba a ser su coche. La maleta apenas le entraba en la parte de atrás; a decir verdad, ni siquiera él mismo entraba en ese coche que parecía sacado de una casa de muñecas. Cada segundo que pasaba se le ocurrían más formas de asesinar a Mattsun.
Colocó el teléfono en el apoyo que había y llamó al causante de aquel problema, ubicó el altavoz y, mientras esperaba a que Mattsun contestase, programó el GPS escribiendo en él la dirección de la vieja casa de su tío. Issei no tardó más de un par de tonos en responder la llamada.
— Maldito cabronazo.
— Vamos, es un coche precioso. Fácil de aparcar y fácil de manejar. Seguro que vas a ser el centro de atención en el pueblo cuando llegues. — Hajime no podía verlo, pero podía poner la mano en el fuego porque su compañero se estaba riendo en aquel momento. Podía imaginarlo, sentado en su despacho, recostado en su silla y con los pies sobre la mesa, sintiéndose un alto mando. Era un capullo. — Recuerda enviarme las fotos de la casa para que las pueda poner en alguna página web y venderla.
— No necesito que me recuerdes por qué estoy aquí. — Hajime gruñó.
— Sí, sí. Atento a la carretera, Hajime. ¡¡Disfruta de Francia y sus paisajes!!
No necesitó más de un par de horas al volante para desear que el viaje se acabase cuanto antes. El GPS no dejaba de hablar en francés y él se odiaba por haber dejado aquellas clases a las que sus padres lo apuntaron cuando tenía dieciséis. No entendía una mierda de lo que decía. Aquel viaje solo iba a ser un dolor de cabeza constante. No recordaba ni siquiera la carretera por la que iba. ¿Todo esto tenía que recorrer cuando era un niño para ir a casa de su tío? ¿O es que acaso se había vuelto a perder?
Tooru Oikawa, de 27 años, se movía con gracia entre las mesas. La bandeja en la que llevaba todos los pedidos parecía pegada a su mano pues, a pesar de todo el movimiento, esta no se movía de ahí ni medio milímetro. La sonrisa del chico encandilaba a los clientes, su gracia y su forma de ser era lo que los mantenía allí. Todos en Luberon adoraban a Tooru Oikawa, pero ¿cómo no hacerlo?
Se había criado entre aquellas calles estrechas y empedradas y, aunque había empezado a trabajar como panadero, repartiendo el pan que su padre hacía cada mañana, Tooru quería ser artista. Amaba dibujar con cada poro de su ser. Y, por eso, el trabajo de camarero en la pequeña cafetería del pueblo le venía como anillo al dedo para ganar un buen dinero con el que pagar ese curso que tanto deseaba hacer y con el que podía hacerse profesional.
— ¿Te has enterado? Takeo falleció hace una semana…
— ¿De verdad? Una lástima, parecía sano, aunque hacía tiempo que no salía de su casona. Era un buen hombre, la verdad.
— Vaya, vaya, ¿acaso mis oídos me fallan y están empezando a cotillear sin incluirme en la conversación?
Tooru, que recogía las mesas cercanas, no pudo evitar escuchar lo que hablaban y prestó mucha más atención cuando el tema involucraba a Takeo. Se acercó —sin una pizca de disimulo— a aquellos hombres que, de reojo, vieron como el chico se sentaba en la mesa junto a ellos y no pudieron evitar una sonrisa. Tooru pegó la bandeja a su pecho, cruzó sus piernas y puso toda su atención en la conversación.
— Hacía tiempo que se había vuelto algo solitario. — El hombre se rascó la barba, como si intentase recordar algo. — Creo que tenía un sobrino que lo visitaba cada verano, pero la verdad es que hace más de diez años que no lo veo.
— Casi veinte. — Tooru corrigió al hombre, porque sabía de sobra el tiempo que había pasado desde que aquel chico no pisaba la Provenza. El hombre asintió, agradecido por la información.
— ¿Y qué pasará ahora con la casona? Tenía un par de hectáreas de viñedos… aquello era una mina de oro.
— Hace años que ese terreno es inservible. No recuerdo que Takeo tuviese familia más allá que su hermano, aunque no tenía relación con él; quizá sea su sobrino el heredero.
Tooru suspiró, ya había escuchado suficiente. Se levantó, recogió la mesa y golpeó la silla de uno de los hombres con su cadera.
— Si quieren seguir cotilleando aquí, más les vale pedir algo más caro la próxima vez. — Tooru rio coqueto, también lo hicieron los dos hombres que pagaron y dejaron una buena propina para el chico. Él sonrió satisfecho.
Su turno terminó cuando el reloj marcaba las siete de la tarde. Se quitó el pequeño delantal que cubría sus piernas y se estiró en la puerta de la cafetería. Se montó en la bicicleta y empezó a pedalear. Quería ir al pueblo de al lado a comprar algunas cosas que le faltaban así que debía darse prisa.
Pedaleaba con la mente en las nubes, pensando y repensando en aquella conversación de la tarde. ¿Significaba eso que Hajime volvía? Llevaba casi veinte años sin ver al que había sido su mejor amigo de la infancia. Una sonrisa surcó su rostro. Dios, tenían tantas cosas que contarse. Se pasaría por la casona en los días siguientes para comprobar si estaba allí, llevaría un par de botellines de cerveza y se pondrían al día con todo lo que había pasado en ese tiempo. Quizá hasta venía casado y con niños.
Sin embargo, sus pensamientos se interrumpieron cuando vio el coche venir directo hacia él. Abrió los ojos con sorpresa y empezó a timbrar con urgencia. ¿Qué mierda le pasaba al conductor?
Iwaizumi, por su parte, se quejó en voz alta cuando escuchó el golpe del GPS contra el suelo del coche. Parecía que todo le iba a salir mal aquella tarde. Miró al frente un segundo, la carretera estaba vacía. Asintió y se agachó buscando el maldito aparato que tantos quebraderos de cabeza le estaba dando en aquel viaje. Con la mano libre manejó el volante del coche intentando, lo mejor que podía, mantener recto el coche.
Mientras buscaba el GPS no se dio cuenta de la bicicleta que se acercaba a él, que le llamaba la atención de todas las formas posibles y que, al final, para evitar un problema mayor, tuvo que girar bruscamente cayendo sobre una de las acequias del camino. Hajime levantó la mirada de nuevo y suspiró aliviado de ver que no había tenido ningún percance en los pocos metros que había conducido sin mirar.
A unos metros detrás de él, Tooru Oikawa lo insultaba en francés de una y mil maneras diferentes. Miró su ropa, empapada en barro. Estaba enfadado, estaba furioso. Y, cuando se subió a la bicicleta, Tooru cerró los ojos por el dolor en su costado. Iba a cargarse al conductor de aquel maldito Smart fortwo negro.
