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Su corazón pasó de galopar como las fuerzas de un tornado a un leve aleteo de paloma.
Hace un momento tenía el rostro rojo como un tomate y de pronto sintió cómo se le congelaba el cuerpo entero, no estaba acostumbrado a sentir estas emociones tan contrarias al mismo tiempo.
Su día no había empezado bien, y no había hecho más que empeorar cuando supo que el gobierno había rechazado a los refugiados que Superboy había rescatado, y pensaban echarlos de forma ilegal e inhumana, pero todo había dado un giro de 180 grados cuando Jon, que ahora se podía decir que eran amigos, le había presentado a su madre, ella era ni más ni menos que la reportera más famosa del mundo, Lois Lane. Él como buen estudiante de periodismo sabía quién era esta reportera y toda su trayectoria profesional, ¡Si tiene una foto suya pegada en la pared de su habitación! Era como conocer a su diosa, su ídolo desde que era pequeño, desde que supo que dedicaría su vida a destapar las mentiras que ciegan al mundo, ella era y es su heroína. Pero nunca pensó que la noche acabaría de una forma tan fría.
En un momento perdió el habla, perdió estabilidad física y emocional, pero ahí estaba Jon para animarle para que no dude de sí mismo a la hora de conocer a Lois. Obviamente Jay no esperaba que este encuentro se diera de forma tan fortuita y repentina, y ahora se encontraba por las nubes, esta vez de forma metafórica.
—¿Te gustaría volver a intentar conocerla?— una suave voz le alejó de sus pensamientos, Jon solo quería tranquilizarle, pero esa frase no ayudaba mucho.
Tenía que ser valiente por una vez y cumplir su mayor sueño, que Lois Lane supiera su nombre y supiera de su existencia.
Levantó la mirada perdida y dejó de buscar un hueco donde esconderse, estaba claro que esa granja no iba a ayudarle con una pala milagrosa. La sonrisa tranquilizadora de Jon era de las cosas que más le sorprendió cuando le conoció, era increíble como un gesto tan simple podía relajarle por completo, como si su cuerpo y mente supieran que nada malo podía pasarle a su lado.
—De acuerdo— respondió Jay respirando profundo y exhalando suavemente. —Pero no dejes que diga una tontería delante de tu madre.
Jon se rio y paso una mano por su espalda para reconfortarle.
—Eh, perdonad por lo de antes. Estamos listos para intentarlo de…nuevo…— la voz de Jon se desvaneció al final de sus palabras.
En cuanto entraron en la casa de los abuelos Kent, en el pequeño y ahora famoso pueblo de Smallville, el ambiente gritaba que algo no iba bien. La sonrisa de Jon desapareció y Jay de pronto sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo dejándole la piel de gallina.
Algo no estaba bien y no sabía el qué.
—¿Qué pasa? — preguntó Jay con recelo.
Superman, el reconocido periodista Clark Kent, miró a su hijo de una forma tan triste y compungida que dolía solo al ver la escena.
—Jon— dijo Superman—. Hablemos un momento a solas.
Ambos salieron por la puerta.
Aunque la mente de Jay empezaba a ir a mil por hora tratando de descifrar lo que estaba pasando, si algo podía asegurar, es que lo que sea que estuvieran hablando, Jon ya sabía de qué se trataba.
Lois lo miró de reojo, le vio de brazos cruzados y bastante nervioso, a sus ojos parecía un pequeño gatito recién recogido de la calle que temía cualquier movimiento brusco, así que trató de ser lo más amable posible con el nuevo amigo de su hijo.
—No te preocupes, Jay— le dijo con voz cálida mientras se acercaba a la mesa del comedor—. Venga, siéntate conmigo, esperamos a que terminen su charla.
—Eso, esperemos aquí— dijo la abuela Kent—. Yo voy a ir sirviendo la cena, espero que tengas hambre Jay, la gente de pueblo comemos mucho y bien.
Una leve risa recorrió la casa, eso tranquilizó mucho los crispados nervios de Jay, pero supo inmediatamente que, si Lois Lane estaba tomándose esa situación de forma controlada y relajada, nada malo puede estar pasando… ¿no?
Se sentó en la mesa mientras el abuelo Kent le servía un vaso de agua.
—Y bien, cuéntanos cosas Jay—le dijo Pa’Kent— ¿cómo os conocisteis Jon y tú?
La verdad es que no estaba en modo “charla relajada”, pero necesitaba centrarse en otra cosa así que, empezó contando desde el principio, el primer día de clase en la Universidad y la peluca rubia de Jon.
Pasaron varios minutos mientras la noche se acentuaba, de pronto sintió dos golpes aterrizando en la entrada de la granja, un paso de cada uno de esos dos hombres hacía vibrar el suelo, era el peso de sus sentimientos que se reflejaban en sus leves movimientos, leves para ellos pero para los simples humanos era algo estremecedor.
—Mamá, papá— dijo el héroe mayor, se abrazó a ellos dándoles leves besos en sus frentes, se miraron unos segundos que parecían eternos. Y los tres asintieron como si ya supieran el por qué estaba pasando eso.
Superman se giró, miró a Jay y le dijo dulcemente:
—Perdona que haya arruinado la cena, pero tengo que irme— colocó una mano en el hombro de Jay—. Me alegra muchísimo saber que Jon puede contar con un amigo como tú— le sonrió acompañado de un par de leves palmadas, a lo que Jay solo correspondió con una tenue sonrisa.
Todo era una despedida, y Jay sintió que no era una cualquiera.
Superman abrazó a Lois, la miro y se fueron agarrados de la mano, Jon y la abuela Kent los acompañaron a la puerta. La pareja se giró, sonrieron a los presentes y se fueron volando, perdiéndose entre las nubes del hermoso cielo nocturno de Smallville.
El abuelo Kent soltó un suspiro entrecortado, el hombre estaba acostumbrado a este tipo de despedidas, pero ver partir a un hijo nunca era de agrado de nadie. De pronto Jay sintió una enorme pena agolpada en su corazón, fue como ver a un padre de familia partir a la guerra, viendo cómo dejaba todo atrás incluyendo a sus seres queridos. No podía imaginarse lo roto que debía sentirse Jon en ese momento.
Se aceró un poco al portal y escuchó cómo la abuela Kent le consolaba:
—Es mi hijo, siempre me preocupo por él— acarició la espalda juvenil de su nieto—, pero dejé de dudar de si volvería o no hace mucho tiempo.
Jon la miró de soslayo y se dibujó una tímida sonrisa. Se notaba que le costaba mucho hacer esa sonrísa; el corazón de Jay se oprimió un poco más, con lo sonriente que era ese joven héroe y ahora apenas podía aguantar la mirada.
—Vamos, volvamos dentro. Trata de hacer las cosas un poco menos incómodas para Jay.
Ambas figuras regresaron al comedor. Jay estaba de pie observaba cuidadosamente a su amigo. Dio unos pequeños pasos, no sabía si debía o si tenía el derecho siquiera de ser él el que deba consolarle, pero si algo tenía claro, es que al menos por ese momento y aunque solo durase unos segundos, quería ser el apoyo de Jonathan, quería ser ese abrazo que pueda consolarle, aunque solo fuera un poco.
Pero sus nervios le cayeron como una roca de 1000 kilos encima, no se podía mover y otra vez sentía que le temblaban las piernas y manos. Levantó la vista y vio a un jon compungido, las lagrimas se reflejaban en sus ojos que se negaban a soltarlas. Se miraron por un par de segundos y entonces Jay lo supo, sabía que no podía dejar que esa persona atravesara por todo esto solo, él iba a estar a su lado, pasara lo que pasara.
—Puedo…—su voz se entre cortó— si puedo…
No le salían las palabras, así que dejó de luchar consigo mismo, y decidió enfrentarse y aceptar lo que quería, y ese momento lo que más quería era abrazarle.
Dio unos rápidos pasos, sin titubear y sin miramientos, rodeó con ambos brazos el cuello de su amigo; Jon era unos centímetros más alto que él así que ocultó su rostro en el hueco entre su cuello y hombros.
Llegó unos segundos después, pero sintió cómo su abrazo era correspondido, los brazos de Jon acariciaban su espalda, Jay no se dio cuenta, pero ese momento era un manojo de nervios. Jon lo notó al instante y trató de tranquilizarle con leves caricias que recorrían desde la parte superior hasta la inferior de la estrecha espalda de Jay.
No fue un abrazo corto, ninguno de los dos quería que lo fuera. Pasaron varios minutos y cuando por fin sintieron la fuerza necesaria para encararse, se dieron cuenta que estaban solos en el comedor. En qué momento o cómo fue que eso pasó, no lo sabían y tampoco lo preguntarían, ese momento era solo de ambos, un estrecho abrazo que compartieron porque en realidad los dos lo necesitaban, se necesitaban cerca demostrándose su apoyo mutuo.
—Lamento lo de esta noche— Jon cortó el momento con su voz grabe.
—Lo importante es cómo te sientes ¿estás mejor?— dijo Jay con una tímida sonrisa, sin quitarle los ojos de encima a los ojos azul marina que tenía en frente.
Jon se aclaró un poco la garganta, se acomodó la capa como pudo, regresó la mirada que se notaba más segura y firme.
—Ahora sí— suspiro con un poco de congoja—. Gracias por acompañarme en este momento tan difícil…y sé que ha sido un lío, pero te prometo que te lo contaré todo.
Jay pudo sentir que Jon aún estaba muy afectado tratando de guardarse sus profundos sentimientos sin conseguirlo del todo.
—No te preocupes, puedes contarme si quieres, lo que quieras y cuando quieras. Estaré a tu lado, para eso son los amigos… ¿no?
El momento se había congelado por un segundo. Jon por fin pudo encontrar en todo este tiempo desde que volvió a la tierra, una persona que pudiera sostenerle si se caía, animarle si se descomponía y hacerle reír si lo necesitaba.
Estaba tan agradecido que tener a Jay a su lado. Esa noche había sido una montaña rusa de emociones para todos, pero Jon sabía que esto solo era el comienzo de todo lo que estaba por venir.
Tenía que aceptar el papel del nuevo “Superman”, y aunque su padre no estaría para apoyarlo, ahora sabía que tenía un hombro más en el que podía apoyarse cuando lo necesitase.
Tanto Jay como Jon se había dado cuenta lo importantes que se habían vuelto el uno para el otro en poco tiempo. Y ese cálido abrazo no sería el último que tendrían.
