Work Text:
Cada día Luca volvía a la superficie y cada día pasaba más tiempo fuera del agua que dentro de ella. Pero siempre, siempre, regresaba a casa antes de que anocheciese. No podía arriesgarse.
Con cada nueva visita le costaba más tener que despedirse de Alberto y encaminarse de nuevo hacia la orilla, donde el mar lo acogía en un abrazo frío y húmedo contra sus escamas. Hasta entonces había dado por sentado que vivir bajo el agua era agradable. No se le había ocurrido que pudiese haber algo más. Algo mejor. No era que hubiese dejado de pensar que el mar fuera un buen hogar, pero vivir en la superficie… era distinto. Y agradable también. Un agradable diferente del que estaba habituado.
Le gustaba pasar tiempo en la superficie por todas las razones que le había dado Alberto y más. El aire que traía la brisa marina. La gravedad, que le había jugado más que una mala pasada. El cielo, a veces naranja, a veces rojo, otras morado cuando acababa el día, pero casi siempre tan azul mientras aún duraba. El sol con la calidez de su luz. Y las nubes, y las cosas de humanos, y… Y también le gustaba pasar tiempo con Alberto. No estaba seguro de qué le gustaba más, de qué era lo que hacía tan irresistible que desease salir del agua nada más despertarse: si la propia superficie en sí con todo lo que tenía que ofrecer o que Alberto estuviese allí. Probablemente que ambos factores convergiesen hacia horas y horas de alegría y diversión hacía que el viaje de regreso a su hogar resultase frío, aunque un frío en un sentido no agradable.
Luca no se marchaba por gusto. Si por él fuera se quedaría allí todo el tiempo posible. De hecho, eso era justo lo que hacía dadas sus circunstancias.
Sus circunstancias implicaban tener una familia esperándole que se preocuparía si de repente desapareciese sin avisar con antelación. Pero ¿qué podía decirles para advertirles y que se quedasen tranquilos? «Mamá, papá, voy a casa de un amigo». De actuar así, seguramente después vendrían las preguntas. «¿Qué amigo?» «¿Dónde vive?» «¿Qué vais a hacer?». No, mejor no decir nada. Era mucho más seguro evitarse complicaciones y cumplir con sus horarios y sus supuestas tareas (a pesar de que Smuca había demostrado cumplir muy bien con su papel).
Fuera como fuese, Luca debía tener cuidado y asegurarse de que sus padres no se enteraban de que se había escaqueado. Solo por eso se veía obligado a dejar la isla mucho antes de lo que le gustaría.
A pesar de que era muy consciente de su situación y que se mantenía al borde del precipicio al tratar de estirar tanto sus ratos en la superficie, una tarde, cuando despidieron los últimos rayos de sol desde la torre de Alberto, algo le decía que se quedase un ratito más. Solo un poquito más.
Definitivamente no era Bruno, porque Bruno era la voz de la razón, la voz que hablaba con lógica y sensatez. Esa voz que Alberto se encargaba de acallar cuando se le ocurría alguna locura. Sin embargo, esa otra vocecita parecía haberse olvidado de la prudencia y decidido guiar a Luca por un camino que hasta ahora se había asegurado de evitar.
Alberto no hizo mención alguna a su habitual despedida tras la puesta de sol. Seguramente no querría recordárselo. Luca estaba seguro de que su amigo compartía sus mismos deseos por que se quedara junto a él cuanto más tiempo mejor. Luca tampoco dijo nada, así que ninguno de los dos hizo referencia a su evidente retraso.
Lo que Alberto sí hizo fue invitarlo a querer quedarse más rato al preguntar:
—¿Me ayudas a encender el fuego?
Había vuelto a suceder. Un nuevo concepto desconocido para un monstruo marino y muy probablemente habitual en el mundo de los humanos. Cada vez que Luca creía que Alberto ya no tenía nada más que enseñarle, aparecía algo como ese tal «fuego».
—¿Qué es «fuego»?
—Pues es… —Alberto fue a responder con su característico entusiasmo, pero pronto se interrumpió a sí mismo, parándose a pensar—. A ver cómo te lo explico. El fuego es... una cosa. No sé. Es raro. No es agua, ni es tierra, ni es como la arena ni la hierba. Mmm… Es fuego —concluyó como si fuese obvio lo que quería decir—. Da calor. Y luz.
—¿Cómo el sol?
—Sí. Pero es otra cosa. El fuego puede ser grande o pequeño. Y puedes tocarlo… aunque no te lo recomiendo —recapacitó Alberto con rapidez. Entonces señaló a Luca con un dedo, como si lo estuviese reprimiendo por algo que había hecho mal—. Y solo esta vez debes hacer caso a Bruno: No lo toques jamás.
—Eh… —Luca no sabía por qué era tan importante que no lo hiciese, pero estaba demasiado cerca de descubrirlo como para decir que no. Aun así, su voz no sonó tan decidida como la de Alberto cuando dijo—: Vale.
Siguiendo las instrucciones de Alberto, Luca recogió varias ramas que podían servirles para hacer fuego junto con hierba y hojas. Las colocaron en el cuenco de metal que había en el centro del tejado y que algunas mañanas tenía un olor extraño.
Recordó entonces el día en que se manchó el dedo de aquella sustancia grisácea y cómo Alberto respondió a su pregunta anunciando que se trataba de ceniza. Pero aquella vez no dijo nada acerca del fuego. Si ese era el cuenco de la ceniza y también el del fuego, ¿tendrían alguna relación?
No tuvo tiempo de preguntar porque Alberto ya se había puesto en posición y parecía preparado para «hacer fuego». Con una piedra en cada mano comenzó a chocarlas entre sí y un pequeño haz de luz surgió de ellas con el golpe.
—Hala… —se sorprendió Luca, acercándose más.
—Eso es una chispa —explicó Alberto deteniendo el proceso—. Si cae sobre la hierba seca y prende, se puede hacer fuego. —Debió de ver con claridad el entusiasmo y la curiosidad de Luca porque entonces ofreció—: ¿Quieres probar?
Luca levantó la cabeza para clavar la vista en él.
—¿Puedo?
—¡Claro! —confirmó con despreocupación tendiéndole las piedras.
Antes de hacer nada, Luca las observó, analizándolas de cerca. Alberto esperó pacientemente hasta que las golpeó, produciendo una chispa como la que le había enseñado.
—¡Muy bien! Ahora haz que caiga en la hierba.
Luca chochó las piedras de nuevo.
—No. En la hierba. —Un nuevo chasquido—. En la hierba. —Otro más—. En la hierb… —Alberto suspiró ante su último intento fallido y comentó por lo bajo—: Esto va para largo.
Y tenía razón. Cuando el cielo ya se había teñido de un azul oscuro y tras mucha insistencia (y algo de ayuda de Alberto), Luca pudo descubrir por fin qué era el fuego. Con la boca abierta imitó a Alberto dirigiendo las palmas hacia las llamas y rio. Podía sentir su calidez, que crecía cuanto más se acercaba.
El fuego era, ante todo, cambiante. Se movía sin parar y su color mezclaba rojos, naranjas, amarillos y blancos. Le recordaba un poco al agua, aunque al mismo tiempo eran completamente distintos.
—Es… bonito —simplificó.
Su amigo asintió junto a él.
—Sí…
—Podría mirarlo todo el día.
Y lo decía de verdad. Era casi mágico. Hipnotizante.
De repente, Alberto levantó la cabeza como si se le hubiese ocurrido una gran idea (o una más de sus locuras).
—¿Quieres ver algo más que también es bonito?
Por lo general Luca tomaba las propuestas de Alberto con cierta prudencia, incapaz de evitar analizar los posibles riesgos que podrían correr antes de aceptar. Pero no le había dado ningún detalle, así que tuvo que arriesgarse.
—Mmm… —Un fugaz pensamiento le recordó que debía de ser ya tarde, que debería volver cuanto antes. Al mirar a Alberto la emoción en su rostro le hizo olvidarse de la llamada de Bruno—. Vale.
Alberto se tumbó entonces apoyando la espalda sobre los tablones de madera. Luca se lo quedó mirando, dubitativo.
—Eeeh…
—¡Vamos! Túmbate —lo animó extendiendo el brazo y dando un golpecito a su lado.
Aún inseguro, Luca aceptó la invitación. Cruzó las piernas y entrelazó las manos sobre su pecho. Al cabo de un rato de silencio observando el cielo, se giró hacia su amigo.
—Alberto… ¿Qué estamos haciendo?
—Esperar.
—¿Esperar qué?
—Espera y lo verás.
Llenando sus pulmones se preparó para recuperar su antigua postura, pero entonces Alberto apuntó con su índice hacia el cielo nocturno.
—¡Mira! Ya empiezan a salir.
Luca siguió la dirección indicada y se topó con una sorpresa más. Incorporándose levemente para verlo mejor, contuvo el aliento y abrió mucho los ojos, sin apartarlos de lo que fuera eso.
Poco a poco fueron apareciendo más y más y unos minutos después le pareció saber a qué le recordaban. Eran como chispas en el cielo, pero que no desaparecían al instante como las que había descubierto recientemente, sino que parpadeaban sin moverse de su sitio.
—Uaah…
Por el rabillo del ojo apreció la media sonrisa de Alberto y este se la contagió. Después Luca recuperó su anterior postura sobre el suelo de madera y, tumbado junto a su amigo, observando la belleza que escondía la noche, se sintió afortunado de poder estar allí.
Definitivamente vivir en la superficie era distinto, muy sorprendente y también agradable.
