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Popp se sentía horrible, no había otra forma de describirlo.
Simplemente, de la peor forma posible.
Ni la lluvia que había sentido caer a cántaros, ni su ropa empapada, ni su cabello húmedo que sentía pegado al rostro, nada de eso estaba ni cerca de compararse al dolor de su joven corazón, dolor que él mismo había causado.
Dolor que tenía nombre, Dai, más específicamente.
Dioses, se sentía como un tremendo estúpido, un tremendo imbecil mejor dicho, el arrepentimiento le había llegado inmediatamente después de su escena.
Maam le golpearía, estaba totalmente seguro, por idiota, y no intentaría huir cuando la chica de cabellos rosas se llegara a enterar, simplemente aceptaría su destino.
Por lo que él sintió como un enorme rato, Leona no le dejó entrar a la cabaña, lo que aumentó su ansiedad, Merle le intentó calmar, que no funcionó mucho, y Crocodine solo le miró, un poco comprensivo en la explosión de frustración del muchacho, pero aún sin decir nada, la abuela de Merle simplemente no decía palabra alguna.
Hasta que Leona, pensando que había sido suficiente tortura para el pelinegro, le dejó entrar, para que se secara y no se resfriara, a pesar de que la joven Merle había usado alguno de los hechizos en el chico para que aquello no sucediera.
Le agradeció, en voz baja.
Al pasar por la puerta, la rubia le fulminó con la mirada, Popp pretendió ignorar eso.
Evitando poner la mirada en donde aquel momento estaba el niño, cuya mirada aterrada no podría olvidar, le atormentará de por vida.
Buscó una toalla para su cabello, ordenando sus prioridades en ese momento, aunque a decir verdad solo tenía una en mente, la situación había pasado tan rápido que recién su mente estaba procesando todo aquello.
Baran, el caballero Dragón, quien resultaba ser padre de su mejor amigo, le había quitado todos los recuerdos de su aventura hasta ese momento, dejando la mente del menor en básicamente blanco absoluto, para que el hombre no tuviera ninguna dificultad al llevárselo y así poder criar a su propio hijo de la forma que hubiera querido por todos esos años.
Quería mirar a dónde estaba el menor, apaciblemente ahora dormido, cubierto por sábanas blancas, recostado con el rostro mirando a la pared de la cama, Gome-chan durmiendo a su lado, pensó en cerrar la ventana, pero no iba a acercarse y perturbar la paz del chico.
Armándose de valor, sintiendo toda su culpa a flor de piel, se acercó a la cama del niño, mirando la ahora apacible expresión del pelinegro, no soportaría volver a observar aquella mirada.
Él aún estaba usando su banda amarilla, la que le había puesto en un intento de cubrir aquel emblema. Eso le hizo sentir como si un peso se le fuera de los hombros.
–Dai…- el chico del traje verde murmuró para sí, dudoso, deteniéndose antes de llegar a la cama y no sabiendo donde poner las manos, mirando a quien había sido su mejor amigo y con quien había empezado su aventura, quien le estaba empezando a dar valor para luchar, quien le sonreía y-
"¡Eres un…!
¡¿También olvidaste mi nombre?!"
Y le vino a la cabeza todo, esos ojos brillantes, mirándole con miedo, llorando por el miedo que le causó.
"¡¿También al maestro Avan, que murió por nosotros?!"
Suspiró, definitivamente nunca olvidaría eso.
"¡Ese chico me da miedo!"
Sintió una punzada al corazón recordando sus lágrimas, ¿Por qué ahora todo le era tan difícil de pronunciar?, especialmente el nombre del menor, si antes podía decir casi cualquier cosa.
Se sentó en una de las sillas sin dejar de mirar al menor.
Entendía que estaba frustrado, lo sabía, pero para explotar de ese modo, por haberle olvidado, por haber olvidado el sacrificio del maestro, por haber olvidado su aventura, TODO
Sentía algo más, pero no sabía exactamente qué era, no podía darle nombre.
Se centró en secarse, buscando la más mínima distracción para que su cerebro no le recordara ojos brillantes llorando de miedo por él, o que de la voz del menor había sido llamado como un desconocido.
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Al poco rato, el menor de cabello negro empezó a removerse en la cama. Popp pensó que estaba teniendo alguna clase de sueño.
Resultaba que no, y Dai despertó momentos después, con Gome-chan saltando en sorpresa ante el repentino cambio de peso en la almohada.
El menor se frotó los ojos, bostezó, como si del despertar de un niño común se tratase. Sus espectadores fueron el Slime dorado que pretendía volar para jugar con el niño, y el muchacho de la ropa verde.
Popp se acomodó mejor en la silla, se había quitado los guantes que ahora reposaban en uno de los muebles, secándose
Entonces el niño, con sus ojos brillosos, llenos de curiosidad, se movió abruptamente al haberle notado, pretendiendo esconderse entre las sábanas y su almohada, queriendo escudarse del adolescente.
Adolescente que, tenía la mirada más triste comparado a todos los presentes que habían estado en aquella cabaña. Presentes que la última vez que supo se encontraban afuera, hablando de algo que él no entendía, actualmente no podía escuchar ningún sonido de voces.
Miró al joven, aún sin bajar la guardia, notó que no tenía aquella espada.
Notó que contenía sus ganas de llorar, también que tenía su mirada a un lado, mirando al suelo de la cabaña.
Eso le dolió, un dolor misterioso que parecía provenir del corazón del menor.
Popp estaba sentado en la silla, debatiendo si acercarse al menor o irse a buscar al resto, entre ambos estaba fresca la explosión de frustración mal contenida del mayor, ninguno sabiendo que deberían hacer en ese caso.
El mayor suspiró, entonces Dai le miró con atención, con la típica atención de un niño.
–D-Dai, yo…- murmuró él del traje verde en.
Su nombre de repente le era más difícil de pronunciar que cualquier hechizo que aprendió.
El niño lo miró, por algún motivo sintiéndose más seguro, algo le decía que el mayor no explotaría, tal como hizo hace un rato. Simplemente lo sentía en lo más profundo de su ser.
El mago levantó su mirada, viendo como el niño le miraba con atención, sintiéndose aliviado de como ya no le miraba con miedo.
Sintiendo un peso menos en sus hombros, uno menos en su corazón.
Y recordando el cómo le miraba antes de que Baran apareciera.
Con un poco más de seguridad, se dió el valor suficiente para decir lo que su mente tanto le hacía atormentarse.
–Dai…- dijo con dudas, a sabiendas de que el pobre chiquillo apenas se reconocía con ese nombre. El niño le miró con atención.
–Yo, quería disculparme por lo que pasó, no era mi intención...-asustarlo, ver el terror en sus ojos, ver como se ocultaba en los brazos de Leona, el escuchar como decía que le tenía miedo, escucharle llorar.
–No era mi intención asustarte, eso era lo que menos quería.- Había querido que su Dai regresará, el Dai que le miraba con calidez en sus ojos, el Dai que se alegraba cada que Popp mostraba avances en su magia, viceversa con el mayor.
El Dai que le hacía sentir que podía enfrentarse a todo juntó con él y el grupo, quien no le juzgaba y creía firmemente en él, con quién sentía que era tan cercano de toda la vida a pesar de haberse conocido desde hace relativamente poco.
Quizá había sido cosa de Avan, quien era tan observador que simplemente notó el interés que Popp había desarrollado por el niño, a solo días de haber llegado a aquella isla, también el cómo el menor lucía encantado de tener cerca a alguien cercano a su edad, y humano.
Avan también notaba cuando el del traje verde los observaba durante los entrenamientos incluso más temprano que los propios, y el cómo se esforzaba más, por él.
Días pacíficos, donde ambos entrenaban, felices entre ellos, la familia de Dai y el maestro.
Hasta aquel incidente, el motivo de su viaje, su travesía.
Pero no era momento de entristecerse, aún no ajusticiaban ambos a su maestro, ahora su compañero no recordaba nada de eso.
Entonces levantó la mirada, notando como Dai le miró aún más, su rostro con obvia duda en su mirada, y con la almohada que estaba abrazando contra él.
No sabía qué era lo que le hacía mirar tanto al mayor, era como si lo hubiera hecho tantas veces en ocasiones anteriores.
Incluso aunque de verdad no podía recordar, ni con toda su fuerza, en su mente en un profundo blanco, confusión total, pero había algo que tenía claro con la sensación de la bandana amarilla del mayor en su frente, era reconfortante, cálida, se sentía correcto.
El chiquillo simplemente no sabía de la situación con Baran, estaba descolocado y muy asustado entre todos ellos, Popp entendía eso, estar de repente entre desconocidos le resultaba confuso al niño.
Popp extrañaba a Dai, a su Dai, de ojos cálidos y con emoción por conocer el mundo y ser un héroe, con aquella inocencia que lo caracterizaba, centrado, dispuesto a derrotar y ayudar a quien fuera, le ayudaría a volver a ser como antes, fuera como fuera.
Simplemente era difícil, era difícil encontrar las palabras para disculparse, pero debía, no era bueno estar tanto tiempo en silencio.
Entonces, Dai sintió la necesidad de hablar.
–No debes disculparte.- Simplemente dijo el menor, mirando a Gome, quien ahora estaba en su regazo, mirando a su amigo.
Popp se sorprendió.
Entonces el pequeño le hizo un ademán de que se acercara, que se sentara en la cama junto a él.
Popp no dudó ni un segundo, y fue directo a sentarse con él.
Dai se sintió extrañamente atraído hacía aquella imagen, el mayor sentado en la orilla de la cama, mirándole, como si eso hubiera pasado antes.
Su cabeza dolió levemente, decidió no molestarse con eso.
–¿Por qué no?, si te espanté...- El menor negó con la cabeza, mirándole.
–Parece ser que me conocías- Dijo dudoso.
El mayor asintió. –Desde hace poco, ambos empezamos algo.-
–¿Algo?-
–Un viaje, por alguien.-
El menor se quedó pensando, quería preguntarle más al muchacho, pero con el riesgo de poner triste al mayor, por no recordar nada, decidió no arriesgarse.
Pensó en lo siguiente que debía preguntar, pero el mayor le interrumpió.
–¿E-estás seguro que debería estar sentado aquí?, ¿No te incomodó?- El mayor preguntó dudoso.
–No, no me incómodas, se que no vas a ponerte como antes~- El menor le sonrió, y el corazón de Popp dió un latido fuerte que sintió en su ser.
–¡Ah, lo olvidaba!-
–¿Hmmm?-
–¿Cómo te llamas?.
El mayor intentó que eso no le afectara, –Popp.- el menor sonreía aún más, murmurando el nombre para recordarle.
–¡Un placer conocerle, señor Popp!- Le extendió la mano, con una enorme sonrisa, Popp sintió un Deja vú.
–Sólo dime Popp.– Le dijo, empezando a reír, y aunque el menor no le entendía, también rió con él, y por un momento, Popp sintió que estaba con el Dai que conocía.
Quizá en aquel momento ambos no lo sabían, pero sus corazones latian en sincronía, aún con las manos tomadas, y riendo ambos, el único testigo fue Gome-chan, quién les miraba, volando apaciblemente en la cabaña.
Al acabar ambos de reír, el menor intentó devolverle la banda, pero Popp se lo negó, dejando que la usara todo lo que quisiera, pero solo pidiéndole que la cuidara, ya que era importante para él.
Y el cielo nublado fue desvaneciéndose de a poco, con los rayos de la luna volviendo, y dos corazones que no sabían qué era lo que exactamente sentían, pero sabían que se sentían correcto el estar cerca el uno del otro.
