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Recuerda perfectamente cuándo perdió las ganas de seguir peleando. Fue cuando perdió el control de sí misma por algunos minutos, cuando supo que lastimaría a sus seres queridos y no podría detenerse hasta que la mataron. Fue cuando se dio cuenta de que la guerra, al final de todo, no servía de nada.
La invitación a ser embajadora junto a los demás sobrevivientes fue algo sorpresivo. Especialmente porque no los había vuelto a ver luego del Retumbar. Creyó que se habían olvidado de ella, que se habían olvidado de todo lo que pasó y que, simplemente, seguían con sus vidas, sean cuales fueran.
Pero también sabía que esa era una idea estúpida. Que si ella, que había pasado por mucho menos, no podía dormir de noche, ellos–
La tenían peor.
Fue sorpresivo porque creyó que le tenían rencor. Eso era más probable a que se hubieran olvidado. Pero no, era una propuesta sincera.
Y le costó mucho desaprender eso, que la primera reacción de todos no es odiar.
Y ahí está, ahora. Un año después de recibir esa carta. Agradeció en su momento que Falco hubiera sido convocado con ella.
La presencia del Ackerman– que ahora es Levi, porque recién al quinto mes de conocerse en un contexto no-de-mierda le permitió que lo llamara por su nombre (a Falco se lo permitió al tercero), y de Onyankopon, que, por alguna razón, todavía no quiere decirles su nombre (y sospecha que Levi tampoco lo sabe), la había preocupado al principio. Creía que sería como estar otra vez en Marley, con gente que la despreciaba y la miraba despectivamente cada vez que podía. Pero, por suerte, se equivocó.
A decir verdad, no recuerda dónde están. Solo distingue dos lugares, Liberio y Paradis, el resto son todos iguales. Capaz distingue un poco Hizuru, pero Falco le dijo que es racista decir eso, lo cual no entiende bien porqué. En fin.
Es un lugar lindo, eso sí. Después de un año de estar haciendo esto, contar su historia y esas cosas, la gente ha comenzando a respetarlos un poco. Ahora les dan descuento en los lugares donde quieren alojarse.
—Decile que vas a pagar la mitad —masculla Levi cuando pasa detrás de Onyankopon, que está hablando con la dueña del hotel. Gabi empuja con más fuerza la silla de ruedas, avergonzada.
—¡Levi! —regaña en un murmullo el otro, girándose con el ceño fruncido—. Discúlpenos, solo necesitamos…
—Estás medio grandecito como para ser tan bocón —regaña también Gabi cuando están solos. Lo llevó al patio trasero del lugar. Hay una brisa cálida que contraste contra el frío que estuvo haciendo los últimos soplando y revolviendo el cabello de ella.
—Tenés el pelo muy largo —responde él, totalmente ignorando lo que dijo, cuando Gabi se para a su lado.
—¿Y? —pone los brazos en jarra y, de repente, se siente como su madre, así que los cruza sobre su pecho—, ¿me queda feo?
—Ahora sí parecés una chica.
—¿Antes qué parecía?
—Una pendeja de mierda– ah, no, lo eras.
Levi es complicado de tratar, pero eso ya se lo habían hecho saber. Reiner le había hablado mucho de él, luego, Annie y Pieck le habían enviado cartas, pero más que consejos, parecía que le daban el pésame por tener que viajar con él.
—Sos un viejo de mierda, eh —devuelve y la tentación de empujar la silla de ruedas es fuerte.
—No le hables así —reprende Falco, saliendo al patio también—, es maleducado.
—Él es maleducado —refunfuña Gabi.
—Empujame hacia la puerta, pibe —dice Levi y tiene una mueca—, el sol es una mierda.
—Quejón —murmura ella y se sienta en el pasto.
Falco lo lleva hasta la entrada del hotel y el otro se va solo, después regresa y se sienta junto a ella. El sol no es una mierda, brilla naranja por el atardecer y es cálido para ser otoño. Es agradable.
De repente, Falco suelta una risita y ella lo mira curiosa.
—¿Qué?
—Me acuerdo de que, cuando éramos recrutas, odiaba el sol.
—¿Sí?
—Siempre nos hacían terminar el día corriendo —ríe otra vez—, odiaba eso y el sol de frente en la cara lo hacía peor.
—Es verdad —sonríe apenas, volteando al ocaso, sintiendo un poquito de nostalgia—. Nos empujaban siempre al borde, ya sea de renunciar o morir.
—No hicimos ninguno.
—¿Cuenta como victoria?
—Creo que sí.
Ríen un poco más y un tinte de tristeza se une a la nostalgia.
—Recuerdo al instructor… a Magath, siempre tenía sus ojos fijos en todos… ¿cómo mierda hacía eso?
Gabi suelta una risa al escucharlo putear.
—Siempre sospeché que Galliard le decía —responde ella—. Una vez, le comenté que estaba cansada y, al día siguiente, Magath me hizo correr el doble.
Falco suelta una risa.
—Así era Galliard… Udo siempre–
Se interrumpe. Gabi no lo mira, pero sabe qué siente. Es difícil hablar de Magath y de Galliard, a pesar de que el tiempo que habían compartido no había sido tanto.
Pero Udo y Zofia siguen doliendo. Y Colt.
No se lo dijo, pero Gabi está segura de que él aceptó viajar porque no toleraba estar en su casa. No lo culpa, ¿estar todo el tiempo recordando a su hermano muerto? No, gracias.
Falco abraza sus piernas y apoya su cabeza encima.
—Udo siempre trataba de imitarlo —termina la frase de antes.
El silencio se termina de establecer. Los pájaros cantan, el sol calienta, pero ellos se sienten con la quietud y el frío de la muerte a su alrededor.
—Qué bueno que ya no somos reclutas —dice Gabi, porque no tolera el ambiente—. Ahora podemos hacer lo que queramos y nadie nos rompe las pelotas.
—¿Qué te gustaría hacer? —Falco la mira.
—Pues… —nunca lo había pensado—. Abrir una panadería.
Él resopla divertido por la ocurrencia.
—Odiás todo lo relacionado con la cocina, excepto comer.
—Pero vos no —Falco eleva una ceja y se inclina en el pasto—. Mirá, soy tan buena, que te voy a dejar trabajar en mi panadería.
—¿Ah, sí? —ella asiente, aguantándose la risa—. ¿Me vas a pagar o es trabajo esclavo?
—Ay, Falco —él suelta una risa, anticipándose—. Ambos sabemos que lo harás por voluntad–
—No me jodas... —sigue riendo y se tira de espaldas.
—¿Cómo me decís eso? ¿No era que querías que nos casemos y que yo sea feliz? Seré feliz si trabajás gratis en mi panadería.
Falco la mira haciendo una mueca.
—¿Qué? —pregunta riendo—.Tus palabras, no mías.
—No podés usar ese argumento cada vez que querés algo.
—Cómo que no.
—Además, si estuviéramos casados, la mitad de esa panadería sería mía.
Ella hace una mueca asintiendo.
—Es verdad… —se tira en el pasto también y Falco se pone de costado, apoyando su cabeza en su brazo—. Se cancela el matrimonio.
Él suelta una carcajada—, ¿solo porque no querés compartir la panadería?
—Negocios son negocios —ríe ella.
—Sos la peor.
—Y así me querés —Falco hace un gesto de más o menos y ella ríe.
