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Sin lugar a dudas, los momentos favoritos de Sergio son cuando percibe la suave sensación de los labios de Andrés sobre su piel. Sobre cada lunar, cicatriz, sobre el dorso de su muñeca, su cuello, sobre él. Se siente querido. Siente que puede querer sin tener miedo, sin pensárselo mucho. Y lo hace. Es de esas emociones a las que no está acostumbrado; esas que resultan tan abrumadoras y foráneas como fascinantes.
La cercanía física, aprendió Sergio con el paso del tiempo, consigue poner a prueba todas las nociones que tiene sobre la realidad de la forma más mundana. Y aunque en un principio tanta incertidumbre le frustró, Andrés fue siempre paciente. Semanas, meses, años hasta que aceptara quién era y lo que sentía. Pero ya no es un niño y lo abstracto le parece más cautivante que barroco.
El sonido de la boca del hombre que se hace llamar Berlín sobre su clavícula le hipnotiza. Andrés es una persona dulce cuando se lo propone, alguien romántico. Hasta parece menos apático.
La curvatura en la comisura de los labios de Sergio no desaparece ni por un instante. Andrés disfruta de amar cuidadosamente a Sergio, de registrar cada sentimiento que arde vívidamente dentro de su pecho cuando ama y es amado. Cada gesto, cada mirada, cada caricia por más minúscula que sea. Sabe que una de esas veces será la última.
Cuando cada rincón del cuello de Sergio ha sido atendido, une sus labios con los del Profesor en un contacto caótico y refinado. Con lentitud.
―Estás... muy cariñoso hoy ―menciona Sergio en medio del beso, calor envolviendo sus mejillas. Jamás se imaginó capaz de disfrutar tener a alguien encima suyo por tanto tiempo sin dobles intenciones. Sin que una pequeña muerte nuble sus sentidos. Sin roces atrevidos. Solo ellos, en su pequeño y decadente mundo; mientras una melodía discordante se compone a base de latidos y respiraciones.
―¿Te molesta? ―cuestiona Berlín sobre su oído. Su voz es profunda y se antoja áspera, tanto, que indaga en el interior del Profesor y eriza los vellos de su nuca.
―No entiendo por qué debería ―responde Sergio prontamente, su voz surgiendo casi como una risa, susurrante y trémulo. Se ajusta las gafas de pasta en un movimiento automático.
En algún momento, un espasmo invade la mano de Andrés. Sergio lo siente en su costado. Pese a no ser muy notorio, el inescapable hecho deja de ser invisible. Y el mundo vuelve a girar.
A Sergio le toma un momento pensar más y sentir menos. Sin embargo, más pronto que tarde, su mirada se torna sombría. Observa a través de la indescifrable alma de Andrés con impotencia. Y aun así no considera ni por un instante la muerte de su hermano durante el atraco. No: da por hecho que será después. Y más tarde pensará, ya sobrio de ese idealismo al que tanto se aferra hoy, que ha sido una broma cruel del universo, del destino y de Dios.
Sus hombros se tensan. Quisiera no disfrutar tanto de la sensación cuando sabe que pronto ya no estará jamás, ni en el más vívido sueño.
Ahí está, Andrés lo sabe. Es la mirada de Sergio cuando tiene aquellos sentimientos incomprensibles atorados en el pecho y no quiere dejarlos salir. Vacila levemente antes de trazar una torcida sonrisa en su rostro. Esa sonrisa que le dice claramente: "Sé lo que piensas".
Sonríe, pero no se le ve contento. Ni amenazante. Tampoco especialmente triste. Es más como una dulce melancolía anticipada. Empática. Impropia.
―Venga, Sergio. ―Un beso en la frente del Profesor enfatiza su pausa al hablar―. Hermanito.
Murmura el ladrón de traje y modales finos, con mimo. Suave, acariciando los esponjosos mechones castaños de su amado. Queriendo recoger las piezas de Sergio, quien le mira melancólico y con una sonrisa tan tenue como la luz del lugar. El mundo está ardiendo y ellos sienten el silencio que preludia la tormenta. Juntos, como partisanos.
