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La melodía del bosque

Summary:

"Era un gigante herido, y por un segundo pareció frágil y vulnerable. "

Notes:

Esta es mi parte de un AT que hice con la hermosa y maravillosa Okaira
Gracias por todas esas horas que hemos pasado hablando de The Dark Crystal, por las bromas y teorías, y por nuestros propios headcanons <3
(Hablando de headcanons, este fanfic tiene varios ^^u)

Es la primera vez que escribo algo de este fandom, por lo que su calidad puede ser dudosa:p
Espero que lo disfrutes
(Kheta es un personaje que pertenece a Okaira) ^^

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Siempre hacía frío en el corazón del bosque, y la opresiva soledad era su única compañía. A su alrededor, las ramas de los enormes árboles bailaban con sombras verdes y doradas, junto a su incesante canción. El ocaso sangriento brillaba rojo y despiadado detrás de ella, mientras los destellos de nuevas estrellas empezaban a asomarse. Los hermanos astros se ocultarían pronto, la oscuridad se acercaba.

Los fragantes vientos la ponían nerviosa al igual que el llanto de las bestias del Bosque Sin Fin. Sentía como sus pies se hundían bajo una eterna y pesada capa de lodo y hojas mojadas, entorpeciendo su caminar. Era como si sus piernas fueran raíces antiguas, enterradas e inútiles, y tuviera que reunir todas las fuerzas para arrancarlas y seguir adelante. El suelo estaba demasiado blando, demasiado mullido, tanto por el paso de landstriders como el de mounders. Pero no tenía de otra, la ruta de comerciantes era el único camino donde otras criaturas residentes más feroces no bajarían a acecharla.

Bajó la mirada a sus botas, hastiada y cansada. Hacía poco, conoció a un artesano spriton que le había tachonado el cuero curtido con motivos marinos de su cultura sifa. Ahora estos se encontraban enterrados bajo las costras de fango, probablemente arruinados. Tenía ganas de arrancarse el calzado y regresar descalza a casa, pero contuvo sus deseos. Era el único par de botas que tenía.

Se levantó las faldas de su túnica y siguió caminando, refunfuñando cada vez menos.

Un viejo saco de tejidos, que en el pasado habían sido de color acuoso, se cruzaba en sus hombros, con una carga liviana que no le auguraba nada bueno. No llevaba más de unas cuantas especias, un par de tallos y una botella de leche de nebrie. La cosecha de esa estación no había sido particularmente provechosa, y aquello era lo único que pudo conseguir por ella. Sus frutos morían deprisa, antes de que pudiera recolectarlos. Suspiró. Debía ser más disciplinada a la hora del trabajo, o el frío la encontraría desvalida.

Más adelante decidió terminar el camino sin las botas, estas terminaron colgando de su mano izquierda. Odiaba tener su piel impregnada de la fría suciedad, pero era mejor que encontrarse con la noche y sus hijos. Unas gotas de sudor le recorrían el rostro y se acentuaban en su cuello. Sólo pensaba en su casa en medio de los árboles, en cuanto ansiaba descansar.

El bosque que habitaba era inmenso, tan eterno como los cielos, y debía recorrer largos senderos para llegar a un pequeño mercado empobrecido. En ocasiones, podía recolectar musgos comestibles en los alrededores, además de otras cosas que nadie reclamaría, pero con la llegada de la hoja seca, estás empezaban a escasear. De repente se sintió terriblemente cansada, había abandonado el mar para salvarse de los problemas, sólo para terminar en el bosque enfrentándose a muchos otros.

A lo lejos distinguió la madera vieja de su casa. Conforme se acercaba, su hogar aparecía para recibirla con cariño. Incluso extrañaba aquella rama rota y torcida que amenazaba con destruir uno de los techos. Caminó hasta que finalmente llegó a las escaleras, y sintió la humedad de la madera en sus pies desnudos como un beso de bienvenida.

Se demoró unos momentos en limpiarse el lodo de sus piernas. Finalmente entró.

En la pequeña cabaña, las últimas brasas de un fogón crepitaban moribundas, el olor se mezclaba con los aromas naturales de plantas y condimentos. Las primeras motas de luz lunar se filtraban por los cristales coloridos de las ventanas, creando un mundo de sombras y formas, destellos que parecían enjoyar las paredes.

No tardó en escuchar el remover de las mantas, junto al sonoro traqueteo de viejas armaduras de huesos que habían visto días mejores.

—¿Ya está despierto, mi señor? —Preguntó a modo de saludo, dejando su viejo saco en la mesa—. Trate de no moverse mucho, puede... —pero las palabras murieron en su boca.

De un momento a otro, Mal se había levantado, tan inmenso como corpulento, semejante a una montaña de pieles y huesos. Las tiras de telas caían sobre todos sus viejos y bastos ropajes, como caía el agua de las cascadas. Su vestir no necesitaba ser opulento para distinguirse. Oía su respiración áspera y el débil silbido que provocaba el cráneo en su rostro, era casi imperceptible. Pero los pasos inseguros y tambaleantes destruyeron toda su solemnidad. Sus garras se enterraron en la madera de un manchado mueble para sostener el equilibrio. Era un gigante herido, y por un segundo pareció frágil y vulnerable.

—¡E-Espere! —Exclamó Kheta, nerviosa y temblorosa. Corrió al lado del aturdido depredador, con sus manos extendidas— Por favor, vuelva a la cama.

—¿Qué me has hecho? —Gruñó el skeksis. Era un sonido gutural, que parecía provenir de abismos crepusculares.

—Yo no...

—¿Qué me has hecho...? —Volvió a preguntar, cabeceando incesantemente, como si quisiera apartar algo de sus ojos. La diminuta gelfling entendió enseguida que estaba pasando.

—Estaba herido. Estaba herido ahí afuera, tenía... algo enterrado en su costado. —Explicó, con palabras apresuradas que se amontonaban en su lengua. Así había sido, el cazador cayó en el suelo delante de ella, cerca del huerto. Una larga zarpa de fragor le había atravesado la cota mellada— Lo arrancó usted mismo, luego gritó y- y —no sabía que la había aterrado más, el sonido de su dolor, que parecía el aullido de un animal a punto de morir, o la sangre. Recordó como brotó, caliente y escarlata. Impetuosa. Sin piedad—. Lo ayudé a entrar, lo recosté en la cama y... Y no paraba de gruñir, se cubría la herida y no me dejaba limpiarlo...

—¿Qué. Has. Hecho? —Parecía más enfocado, como si la ira y el desprecio lo hubiese ayudado a volver en sí. La miró, con aquellos pozos de veneno que eran sus ojos. Cualquiera podría ahogarse en ellos.

Vio como sus garras se cerraban, rasgando con facilidad la madera que lo sostenía, impacientes por despedazar algo más que simples astillas

—Le- Le di agua con unas gotas de veneno de tendril —confesó al fin, casi como un susurro trémulo y cristalino.

Los tendril secretaban sustancias que los ayudaban a paralizar a sus presas. Algunos gelflings lo usaban para adormecer a los depredadores y así evitar los conflictos terrenales. Había conseguido un diminuto frasco de esa ponzoña gracias a un trueque con un stonewood.

—¡Me envenenaste! —Gritó Mal, dando una fuerte zancada que hizo caer a la sifa.

—¡No! ¡Sólo lo dormí para que pudiera descansar! —Se defendió en el suelo, debatiendo para levantarse—. Estaba muy mal. Necesitaba vendarle la herida.

La bestia no hizo el menor atisbo de escucharla. En su lugar, soltó un brusco bufido y se volvió. Kheta se puso de pie enseguida, sacudiendo las faldas que se enredaban en torno a sus piernas. El ornamento que sujetaba su cabello rojizo se había soltado, le colgaba de un lado del rostro con las sedas mal puestas. Se lo retiró, y su mata de rizos cayó libre sobre su espalda. Un suspiro entrecortado y nervioso escapó de sus labios. El skeksis la había tomado desprevenida. Aunque su cara ya le parecía familiar, lo cierto era que no terminaba de acostumbrarse del todo a su temperamento. Domar bestias no era el talento de los sifas, de eso estaba completamente segura.

Había comenzado a pensar en alguna apología cuando lo escuchó remover sus pertenencias, pero en la oscuridad no podía ver más que un teatro de sombras.

—¿A dónde va? Está herido.

—Se detuvo.

—¿Qué?

—La sangre. Se detuvo —repitió—. Es lo que importa. Los animales la pueden oler a largas distancias. Ahuyenta a las presas.

Kheta bajó su mirada al rudimentario vendado con el que le había rodeado la cintura. Las gasas, que hacía poco eran níveas, ya estaban empapadas, y por la negrura del crepúsculo, parecían brotar dibujos de flores rojas. El carmesí avanzó de prisa como un mar negro, oscureciendo la tela sin demoras.

—La herida —señaló la petisa con un dedo—. Está sangrando de nuevo.

Mal bajó la mirada hacía donde apuntaba.

—Esto dice mucho de tu trabajo como curandera —dijo entre dientes. Se llevó una mano a la humedad y cuando la alzó, en sus largos dedos se veía el brillo escarlata. Tímido y centellante.

—No fue mi culpa —repuso, ligeramente indignada—, usted no debió saltar así de la cama.

La venda ya era lo suficientemente rojiza como para perderse en el resto de sus ropajes. De pronto, en el suelo se formaban lunares de sangre goteante. Parecían abismos que querían devorarla, tan negros como la tinta. Podía escuchar los susurros procedentes de ellos, le recordaban el miedo que debía sentir por esa bestia y sus colores desconocidos.

—Debo coserla. No dejará de sangrar hasta que la cierre.

—Puedo hacerlo por mi cuenta. Ya me dejaste en claro que la sanación no es tu fuerte.

—Permítame la osadía, mi señor, pero untarse fangos y hierbas tampoco es sanación —las palabras se escaparon antes de meditarlas. Se mordió la lengua para detenerse, pero ya era demasiado tarde.

Antes de poder retractarse, oyó la carcajada de Mal, dura y grotesca como un ladrido.

—Pues mira que veo. La chiquilla es valiente —espetó el skeksis—. Fangos y hierbas dices. Esas son las medicinas de los stonewood, y hasta ahora no me han fallado.

—Los sifas tenemos otros remedios. Mucho más efectivos.

—Claro. Los sifas tiran por la borda a enfermos y heridos. Si eso no es efectivo... —se burló. Los gruñidos que salían de él sólo podían ser crueles— Y no te atrevas a negarlo, niña. —añadió, aunque Kheta no tenía verdaderas intenciones de hacerlo.

En todos los rincones de Thra se oían canciones sobre el clan marino y su barbarie. Piratas frívolos y despiadados de melenas rojas que saqueaban tierras ajenas, y a veces las propias. Sanguijuelas que siempre estaban al acecho de las calamidades. Los excesos eran su condición natural, amantes de fortunas malditas ganadas con sudor y sangre. Creyentes de oscuras artes, hijos de la ignorancia. Y si descubrían al débil en su tripulación, este recorría la marcha por la borda, al eterno hedor de sal y plata. Cuentos despectivos y verdades a medias que las madres enseñaban a sus crías, sólo eso.

—No creí que usted creyera en rumores, mi señor —comentó con gélida cortesía—, pero lo aseguro que son sólo eso. Nuestro conocimiento en sanación es el más limpio de todos los clanes.

—Los vapranos te dirán que ese título les pertenece.

—Los vapranos nos han robado nuestras costumbres desde siempre, y las hacen pasar por suyas.

—Eres una criatura testaruda. No hay nada más divertido que dar caza a un animal terco —gruñó, o rió. La gelfling no lo podía distinguir.

El cazador intentó dar un paso, pero sólo consiguió provocar un movimiento torpe y tambaleante. Retrocedió, su mano había vuelto a la herida, presionando para detener la hemorragia sin éxito. Era un ser gigantesco, tembloroso y mortífero, Kheta no podría socorrerlo si caía. Sin embargo, ahí estaba, al lado de su señor, intentando servirle de apoyo, con la ciega lealtad que sólo su raza lograba sentir.

—Permita que lo cure —insistió. El hedor metálico le inundó las fosas nasales.

Un último siseo escapó de su hocico, antes de acceder a su ayuda, pero la pelirroja casi podía palpar la aversión que esto le causaba.

—Si vuelves a hacer algo como lo del veneno de tendril, yo mismo te arrancaré la mano —amenazó mordaz. Sus palabras tenían tanto filo como el acero que portaba—. Quiero estar despierto para ver qué haces.

La sifa lo guió entre la oscuridad de la casa de vuelta al blando colchón relleno de hierbas. Era amplio a lo ancho, pero reducido a lo largo, por lo que Mal tuvo que recostarse en diagonal, entre murmuros adoloridos y maldiciones. De inmediato, el nido de mantas de cuero empezó a lucir nuevas pinceladas de sangre.

El fuego estaba extinto para ese punto, así que Kheta tardó unos momentos en volver a avivarlo con nueva leña. Mientras lo hacía, el aire se llenó del ahumado olor y unas calientes lenguas tímidas comenzaban a bailar. Removía los pedazos de madera con un atizador, para que la luz brillara con llamas palpitantes, de color rojo y amarillo.

El calor hizo vibrar el aire frío.

Las espadas de Mal descansaban cerca de la cama, de ellas salían destellos, que brillaban tan fervientes como una danza de luz naranja y bronce, al igual que un rayo del gran hermano.

Colocó un pequeño cazo con agua encima de las llamas, y corrió en busca de los ingredientes que necesitaba para su tarea. Regresó con un par de frascos, además de una pequeña caja de madera lustrada. Justo cuando las nubes de vapor serpenteaban en el aire, vertió un frasco de savia, unos pétalos marchitos de flores silvestres que adormecían y pizcas de sales. Removió unos momentos hasta que el agua se tornó turbia y amarillenta. Los olores eran una canción entorno suyo, la llevaban de vuelta a casa, a sueños de tiempos mejores.

Usó sus propias faldas para quitar el cazo de la lumbre sin quemarse las manos, pero un velo de fuego crepitó cerca de los hilos de éstas y provocó que se chamuscara el dobladillo bordado, ennegreciéndolos sin remedio. Por el susto, había dado un saltito, así que un chorro del agua medicinal le cayó sobre las piernas. Le atravesó las telas sin demoras y besó la piel de sus muslos con los labios crueles del calor. El dolor le llegó como una tormenta estrepitosa. Se mordió los labios para contener el gritó de ardor. No quería parecer torpe frente a su señor. Miró avergonzada a Mal, esperando encontrarse con sus ojos feroces y juzgadores, pero este se hallaba distraído mirando el sucio vendaje, como si pensara quitarlo para lamer sus heridas.

Agradecida, dejó la cazuela en el suelo y continuó con lo suyo, tratando de ignorar la quemazón en su piel, donde encontraría ampollas cuando llegara el amanecer. Abrió el broche de la caja de madera, que consistía en una pequeña herradura oxidada con formas de perlas cinceladas. Nuevas luces destellaron como diminutas estrellas cuando levantó la tapa. El forro era acolchado, de color verdoso y aterciopelado, que servía para proteger un juego de delgadas agujas de plata, un carrete de hilo de tripa de hooyim y una diminuta cuchilla igual de platinada que las agujas.

Aquel estuche había pertenecido a su madre, cuyo rostro valeroso estaba empezando a olvidar. Sabía que la volvería a ver si entre soñaba con algún otro gelfling, pero no quería hacerlo. Verla de nuevo, verlos a todos, sólo le recordaría lo mucho que los echaba de menos. No tenía sentido ver el mundo al que ya no podía volver.

—Por favor —empezó Kheta, con un susurro suave, acercándose al skeksis herido—, quítese la venda.

Así lo hizo Mal. Arrancó las gasas empapadas con poco esfuerzo. Por la mañana, cuando la gelfling lo había encontrado y dormido para ayudarlo, le había levantado el cuero del jubón junto a la cota perforada para poder vendar sobre la piel, sus diminutas huellas sangrientas seguían sobre la armadura de huesos, marrones. Si antes era un desastre rojo, lo que veía en ese momento era tan desagradable como la desesperanza.

Una plasta chorreante de sangre coagulada y oscura rodeaba la herida. La carne no había estado lo suficientemente seca como para formar costras, por lo que siguió sangrando como lo hacía en ese momento. La piel se veía pálida, y tenía un brillo húmedo por el sudor que creó el calor de las vendas. Del hueco carnoso estaba empezando a supurar un líquido blanquecino, y una peste extraña emanaba de ella. No era sólo sangre, el hedor era más profundo que eso.

Era ácido. Era corrupción.

La palpó con los dedos, y la piel se sentía ardiente, además de viscosa.

《—Esto está mal —pensó. No era capaz de decirlo en voz alta—. Debí cerrar esta herida desde el primer instante. 》 Trató de disimular el sudor frío que le recorría el rostro. 《Todavía puedo hacer algo. Su piel se ve pálida, pero sigue violácea, mientras no sea negra... —su mente era un violento frenesí. Se maldecía a sí misma. 》

—La voy a coser, pero tendrá que quedarse un tiempo en reposo absoluto —musitó. Quería sonar segura, pero su voz tan frágil como cristal la delataba.

—Límpiala y cósela —espetó Mal—. El reposo es innecesario.

La pelirroja asintió, asustada, mientras se debatía la idea de darle más veneno de tendril y hacerlo dormir lo suficiente para que mejorase. El agua seguía sacando vapor, pero emanaba un olor que logró hacerla sentir más segura 《—Todo estará bien —se juró—, esto lo arreglara. 》

Tomó un paño limpio y lo sumergió en el espeso líquido medicinal. Exprimió hasta que dejó de gotear. Finalmente lo llevó a la lesión, palpando con delicadeza la zona. El trapo también se volvió rojizo casi al instante. Era como si su sangre fuera una flor de veneno pútrido que ahogaba todo lo que tocaba cuando sus pétalos se desplegaban. Los coágulos fueron rápidos de limpiar, pero se amontonaron grumosos en la tela y tuvo que tomar otro tapo. Mojó el siguiente, sin exprimirlo tanto la segunda vez, y continuó su proceso.

Oía unos sonidos siseantes que provenían del pico de Mal. Parecían palabras de una lengua tosca y salvaje. No entendía que trataba de decir, nunca en su vida había oído aquellas sílabas hostiles, ni siquiera en él.

Él liquido amarillento estaba escurriendo por su piel, y la extraña pus que antes cubría la herida había desaparecido. Podía ver los surcos de la piel con más claridad. Podía ver la carne roja y supurante. Notaba como nuevas gotitas de sangre se formaban cada vez que pasaba el paño. Casi le sorprendía ver algo tan sensible en aquel cuerpo curtido de muerte y cacerías.

Oprimió la piel desnuda, y sintió como su señor se contraía, intentando alejarse de la fuente del dolor.

—Basta —se quejó el cazador, con voz gutural.

Pero Kheta no se detuvo, debía limpiar toda la impureza de su carne.

De repente, cerca de su rostro, sintió que el skeksis le lanzaba una rápida dentellada. Se apartó de prisa sin recibir ningún daño, pero el sonido de sus fieros dientes entrechocando a escasos centímetros le envió un escalofrío gélido por toda su espalda. Su aliento era denso, olía a carne, sangre y muerte. Un gruñido se oía, proveniente de lo más profundo de su garganta.

—Me está asustando, mi señor...

—Esa es mi intención —replicó la bestia herida.

—Por favor, necesito que me permita continuar —pidió la pelirroja, dejando los trapos de lado. La limpieza de la herida había terminado. Seguía el proceso más lento—. Si no cierro esto podría infectarse. Usted se pondrá muy mal y...

—¿Moriré? —Terminó, con una risa hosca, como si la sola idea fuera una chanza—. Sólo los débiles le temen a la muerte. Los que se esconden en sus pequeñas madrigueras jamás sabrán lo que es tener el hocico lleno del amargo sabor sangriento de una presa. Su viscosidad. Sus llantos cuando por fin le hundes los dientes en su carne

La gelfling sólo escuchaba. Estaba preparando la aguja y el hilo. Sus manos temblaban bruscamente por temor a los sádicos relatos, por las náuseas que le causaba su imaginación y por convicción. Fuera cual fuera el discurso de Mal sobre la vida y la muerte, estaba decidida a terminar su trabajo. Pensaba que tal vez si hacía hablar al cazador, el proceso sería más sencillo, o como mínimo no volvería a amenazarla con arrancarle el rostro, pero los horrores que el cruel veía como hazañas gloriosas no le eran sencillas de digerir.

—La sangre no deja de brotar, se derrama dentro —siguió. Por desgracia, parecía haber notado la incomodidad de la diminuta sifa, y continuó con sus narraciones. Se denotaba su tono malicioso, a la par que la luz de sus ojos brillaba más ardiente—. Tu presa está viva y pulsante, hasta que por fin deja de luchar. Entonces puedes reclamar sus pieles y huesos.

—Lamento no compartir esa afición, mi señor —murmuró, mientras tocaba la piel lacerada de Mal, juntando todos los restos para por fin enterrar la aguja—. Jamás podría "reclamar" una vida.

—No. Te falta la fuerza y el valor —respondió, con un deje de desprecio—. Eres débil para estas tierras.

Kheta asintió, aunque las palabras fueron tan duras como una bofetada. Un recuerdo desagradable contaminó su interior gracias a ellas. "Eres débil para estas tierras", le acababa de decir su señor. "Eres débil para el mar", le dijo trigonios atrás el mayor de su comunidad, cuando se había negado a embarcarse de vuelta a las bruscas mareas.

Siempre se sintió nerviosa sobre la proa de un barco, pero su hermano permanecía a su lado para tranquilizarla, enseñándole a hacer nudos y a remachar velas, o llevándola a escondidas con los remeros donde cada noche cantaban canciones, bebían y presumían sus aventuras en entresueños. Luego volvían al camarote de sus padres a la hora de la cena y después su madre le trenzaba el cabello rebelde, mientras susurraba nanas para dormir. Pero cuando perdió todo eso, el mar se volvió un eterno abismo que esperaba devorarla para arrastrarla con los cadáveres de su familia, a servir como el banquete de las criaturas marinas. Cuando expresó sus miedos, los sifas empezaron a verla como una demente. Los niños con los que jugaba sin parar en su infancia crecieron para ser adultos crueles, siempre esperando convertirla en el centro de sus chistes mordaces. Con sólo recordar las humillaciones volvía a ruborizarse.

Una sifa con pavor al mar, no había ser más desafortunado

Intentó detener el escozor de las lágrimas que comenzaban a cegarla. Le había dado la espalda a todo aquello para siempre, así que borró cualquier rastro de ese recuerdo. No tenía necesidad de mencionarlo en voz alta, y algo le decía que a Mal tampoco le haría la menor gracia.

Empezó a pasar el hilo por la piel, los pétalos que vertió en la mezcla ayudaban a disminuir la sensibilidad, por lo que no le sorprendió notarlo tan tranquilo.

—Sal a enfrentarte a un Rakkida y verás como te olvidas de todo lo demás.

—Una gelfling contra un Rakkida —No pudo disimular una sonrisa.

—Una buena historia.

—Prefiero leer historias fantásticas a que las escriban con mi sangre.

—¿Prefieres morir cobarde?

—¡Claro que sí! Quiero regresar a Thra cuando sea una anciana, y no por culpa de alguna batalla perdida. —Exclamó, segura de sí misma. Trató de dejar en claro que no había vergüenza alguna en añorar deseos pacifistas.

—Ninguna batalla está perdida hasta que se pelea.

—¿Y dónde está la batalla en una herida infectada? —Preguntó Kheta, irritada— Envenenará su sangre, lo hará caer de un árbol y un animal lo devorará. Y no será un gran Rakkida, mi señor. Estará tan débil que hasta una manada de fizzgigs podrá contra usted.

Mal la miró detenidamente con acritud, sus ojos tan afilados como las mentiras parecían hacer arder el aire que respiraba. Luego, soltó un bufido despectivo como respuesta. Kheta continuó con su labor de curación, pasando la aguja con cuanto cuidado le era posible.

Le habían enseñado a suturar heridas al igual que a la mayoría de las jóvenes sifa. Eran los osados hijos de la sal, y en los mares embravecidos, las cuerdas cortaban igual que las espadas; los piratas aparecían en cada esquina, en cada costa, así que más valía tener en la tripulación una brigada capaz de socorrer a los heridos.

Aun así, aquella mueca roja e hinchada que estaba formando la piel del skeksis lograba revolverle el estómago, como la primera vez que curó las llagas de su padre.

El resto del tiempo no hubo más sonido que el crujir de la madera ardiendo lentamente. Afuera el viento mecía con mayor fuerza las hojas que parecían susurrar secretos, las ramas rascaban los techos de cañas como aves de rapiña. La luz de la luna entraba a través de los cristales de la ventana, reflejando un débil arcoíris de sombras en el suelo.

Cuando terminó el último punto, tomó la cuchilla de plata y cortó el resto del hilo. La piel de su señor se había destrozado sólo para volver a construirse. Se alegró de haber terminado al fin.

—Sólo tengo que vendarla de nuevo, y estará listo. Al menos por hoy —le dijo Kheta, aunque parecía no prestarle la menor atención.

El vendaje fue más sencillo. Pasó las finas gasas limpias por su cintura hasta que todo estuvo cubierto y protegido. Reacomodó su jubón de cuero negro, o al menos eso intentó. Estaba rasgado y con jirones, ahí donde fue perforado, y la sangre se secaba por todos lados, pero suponía que no era algo que molestara al cazador.

—Si pudiera quedarse a descansar... —Empezó titubeante, pero se detuvo de inmediato.

El skeksis se removió, buscando algo entre los pliegues de sus capas desastradas y harapientas. No demoró mucho más que unos instantes, y tiró algo a los pies de la petisa. Bajo las danzas del fuego, vio que eran un par de teberfrocs casi destrozados. Tuvo que contener el aliento. Eran un espectáculo aterrador.

—Despelléjalos y ponlos al fuego —dijo Mal, con su áspera voz— ¿No sabes despellejar a un animal? —Añadió cuando la vio mover los labios sin emitir sonido alguno.

—No haré semejante cosa —negó Kheta, recuperándose un poco de su sorpresa—, a ninguna criatura de Thra se le debe arrebatar la dignidad de ese modo.

—Dignidad —escupió la palabra como si fuera una blasfemia— ¿Cuánta dignidad puede tener un animal débil? Lo cacé. Sus carnes son mi derecho. Tu gente pesca criaturas marinas para mis hermanos, deberías entender la hostilidad del mundo salvaje

—Todo clan se siente orgulloso de servirles, mi señor, pero algunos de sus edictos no encajan con nuestras costumbres —dijo—. Cada vez que las embarcaciones lanzan sus redes, los capitanes le rezan al mar de plata, para que salve a sus hijos de agua de las trampas. Y cuando las redes se alzan llenas de criaturas moribundas, cantan al aire para implorar su regreso seguro a Thra.

Escuchó la carcajada gutural proveniente de Mal, era lacerante y profunda, acompañada de un brillo perverso en sus ojos crisólitos. Supuso que se imaginó a si mismo cantándole a cada animal que cazaba.

Sin embargo, la burla a las costumbres del pueblo marino no era nada nuevo. Estaba acostumbrada a ella, incluso los hermanos gelflings se reían de la superstición de su clan. El desprecio de sus vecinos era un platillo que se servía todos los días. El respeto, por otro lado, era lo que la ponía confusa y alerta.

—Así que, si mi señor quiere carne, mucho me temo que no podré cumplir sus deseos —añadió con celeridad.

—Me la he ganado.

—Y la tendrá, pero no en mi casa. Está bajo mi techo, la regla de los huéspedes lo obliga a cenar lo que le pueda ofrecer —sonrió. No sabía de dónde había sacado el valor para responder, pero le gustaba el sabor que dejaba en su boca. Era agradable. Era satisfactorio.

—Devuélveme los teberfrocs —demandó, después del silencio incomodo, extendiendo una mano enguantada.

Tomar los cadáveres duros y marchitos con sus manos fue peor que sólo verlos postrados en el suelo. El pelaje estaba tan reseco que se le quebraba en los dedos, su estado magullado era tal que el cuerpo parecía desprenderse con sólo sujetarlos de las patas. No los sostuvo por mucho tiempo, pero la frialdad de la muerte se quedaría impregnada en sus manos, como una huella que le recordaría la sensación de la muerte. El skeksis los arrancó de sus pequeños dedos tan rápido que las garras le pellizcaron la piel. En cuanto los tuvo en su poder, los colgó de uno de sus cinturones de cuero tachonado, agrietado por el uso. Kheta se preguntó si dormiría con los cadáveres de sus presas encima, pero prefería no obtener la respuesta.

Se levantó y un cansancio le tronó los huesos del cuerpo. Para entonces ya estaba tensa y adolorida. Sus piernas le hormigueaban, y los torpes estiramientos sólo le causaban más calambres. Limpió cuanto pudo y tomó el cazo lleno de agua, junto a las vendas sucias y usadas. Al salir de la habitación, tuvo que soportar la presión de la mirada severa de Mal.

Estuvo de vuelta con un cuenco en las manos, lleno de frutas maduras cuyo olor dulzón y fresco ocultó el de la sangre y pus, e hizo que le rugieran las tripas a la pelirroja. Aunque presentía que su huésped no sentiría la misma emoción que ella.

Se sentó cerca de él, en un pequeño espacio sobrante en la cama y le extendió el plato con amabilidad. Las orbes cetrinas del skeksis no se apartaron de ella, ni siquiera cuando tomó un fruto rojizo y redondo. Este tenía casi el tamaño de un fizzgig, pero en las manos del cazador se veía tan diminuto. Se lo llevó al hocico y en cuanto lo mordió, los zumos se escurrieron sin cuidado en su mano y en el cuero de sus ropajes, dibujando finos caminos húmedos por las armaduras cadavéricas. El olor a cítrico se intensificó.

La gelfling también comió de su plato, disfrutando del sabor azucarado de los frutos. Lamía con delicia el jugo que comenzaba a deslizarse por sus dedos, sin poder ocultar la sonrisita que floreció en su rostro al ver una última gota de néctar tremolar húmeda y amarilla bajo el pico de Mal, antes de caer por fin.

Comieron en silencio con la compañía del otro, mirando el fuego besar el aire con mantos etéreos. Sólo de vez en cuando Kheta le preguntaba por su comodidad recibiendo gruñidos como respuestas. Incluso cuando se terminaron los frutos, siguieron viendo las llamas bailarinas, hasta que los vientos de afuera se volvieron más impetuosos, y arrancaban rugidos aullantes. La luna platinaba la oscuridad.

—Mi señor, creo que ya es hora de que descansemos... —anunció— Puede quedarse en cama, yo buscaré dónde dormir.

Como respuesta sólo silencio.

Kheta apartó el cuenco y atizó una vez más el fuego para revivirlo. Las brasas saltaron como un suspiro agradecido. El crepúsculo en el Bosque Sin Fin siempre venía acompañado de brisas heladas y ráfagas húmedas.

Aparte de la cama, su hogar contaba con una vieja silla, acolchada con almohadas de paja. Le gustaba sentarse ahí para pensar, sintiendo como el calor de los soles calentaba el aire polvoriento de su casa. Se encontraba muy lejos de la fogata del centro, así que tuvo que arrastrarla lo suficiente para consolarse de los vientos nocturnos. Para abrigarse, usaría como cobija una pequeña capa de hebras tejidas, decoloradas por el tiempo. No era muy efectiva para ahuyentar el frío, pero prefería aquello a tener encima una manta de cuero ensangrentado.

Le dio la espalda a la bestia, ignorando los ruidos que escuchaba, y comenzó a retirar las cintas con cuentas que sujetaban sus túnicas, dejándolas caer en el suelo. Cuando liberó su cuello de la gorguera, el aire besó su cuello con dulzura. No había momento del día que disfrutara más que quitarse esa prenda. Se desvistió las telas bordadas y los velos, quedando únicamente con una basta túnica interior de costuras suaves. Encontró un par de hojas secas enredadas en su melena rojiza como de costumbre. Cada noche se daba un baño antes de dormir, pero sabía que no tenía la oportunidad en ese momento, y lo dejó pasar.

Su "lecho" era pequeño, demasiado incómodo para dormir, demasiado duro, sus frágiles alas terminarían lastimadas, pero cuando se arrebujó en el mueble las llamas le calentaron el rostro y el humo hizo arder sus ojos, y sintió que con eso sería suficiente.

Mal también parecía haberse puesto cómodo. Cambió de posición en la cama, de manera que su enorme cuerpo descansaba contra el penacho decorado de la cama. Había desenvainado una de sus espadas y empezaba a afilar la hoja con una piedra. Kheta no pudo evitar sentir un vuelco en el estómago al ver de cerca el acero. Parecía delgado pero resistente, y por la oscuridad se veía negro, salvo por el filo que parecía brillar en ondas junto a la lumbre. 《—Es como un mar de noche y sangre —pensó—. ¿Cuántos aullidos ha callado? ¿Cuántas pieles ha desollado? 》

El sonido metálico que causaba la piedra al pasar le ponía los nervios de punta.

—¿No se va a hacer daño si sigue en esa posición? —preguntó la sifa, pero en realidad era otra duda lo que la inquietaba.

No era amiga del gran skeksis (tampoco podía pensar en nadie que lo fuera), y en toda la velada parecía que le había dado motivos para molestarse. Trató de ignorarlo y dormir, pero cuando la idea cruzó en su cabeza no hubo manera de que conciliara el sueño. Se removió, cambiando de posición en la silla una y otra vez, hasta que ya no lo soportó más y habló.

—Mi señor no va a intentar lastimarme, ¿verdad? —su voz sonó temblorosa y frágil. Tan frágil que cualquier otro sonido podría callarla. Pero Mal la escuchó.

—Dejas que un depredador invada tu hogar, y encima lo ayudas y lo alimentas —murmuró, mientras el gélido sonido del acero silbaba—. No es estimulante cazar cuando tú presa se somete tan fácil.

Con eso, Kheta asintió y siguió viendo el fuego, alerta. Temblorosa. Tardó un buen rato en dormirse, pero finalmente lo hizo.

En sus sueños, su familia aparecía con rostros que no eran más que huellas borrosas. Estaban en un barco, rodeado de tormentas. Su hermano le trenzaba el cabello y su madre cantaba con remeros ¿o era al revés? Su padre era por fin capitán de una nave, como siempre había soñado, pero Kheta no podía ser parte de los hijos de sal porque estaba demasiado ocupada nadando con monstruos marinos. Ellos la seguían, y las aguas violentas la hacían girar y patalear, pero no tenía miedo, o así era hasta que las redes la atraparon y la arrancaron del océano. Ella lloraba. La sifa con temor al mar lloraba porque quería volver a sumergirse. Y Mal la castigó por eso. Le cortó la mano por llorar, o por no saber despellejar a su presa, no lo sabía. Sólo recordó el canto de la espada y justo cuando por fin cayó...

Cuando despertó, los colores dorados del amanecer la despistaron. Estaba de vuelta en el bosque y el olor a humedad estaba por todas partes. Ya no la cubría ninguna capa tejida, pues está estaba abandonada a sus pies. Tardó unos momentos en darse cuenta que lo cubría su rostro sólo era sudor, y no aguas de plata. Los carbones consumidos del fuego, que otrora fueron cálidos, se deshacían en cenizas a la menor ráfaga de aire.

Entonces levantó la mirada hacía la cama y la encontró vacía.

Del skeksis sólo quedaba el aroma enfermizo de una herida. Las cobijas de cuero eran un manojo, y de la sangre que las cubrió sólo había costras negras y agrietadas.

Al intentar ponerse de pie, un dolor tremendo le quemó las articulaciones. Había dormido sentada entre un montón de paja, no la sorprendía estar en ese estado. Ignoró el dolor y caminó descalza por la casa.

Casi escondidas entre las mantas, encontró las gasas que había utilizado para vendar la herida suturada de Mal.

Temía que fuera a hacer eso, pero ya no había nadie que pudiera escuchar sus reproches.

La sangre seca se pudría en el suelo, toda la que se había derramado la noche anterior.

Caminó hasta el exterior de la cabaña y la luz del brillante gran hermano la cegó por unos momentos. El viento acarició sus piernas y removió su túnica. Cuando el mundo se aclaró frente a ella, sólo vio el enorme e impenetrable muro de árboles que rodeaba el claro de su casa.

SkekMal había vuelto a las fauces del bosque, y se sintió culpable cuando un alivio se asentó en su pecho.

Más allá de su entrada vio un objeto rojizo abandonado entre la hierba. Parecía un animal muerto, pero alcanzaba a distinguir unos cordones de hilos desgastados, y controló los temores. Se acercó a paso lento. El pasto se metía entre los dedos de sus pies desnudos.

Cuando por fin estuvo ante aquello, confirmó lo que pensaba que era. Un pequeño costal. Sabía que pertenecía a Mal por la suciedad de la tela aterciopelada, más café que carmesí. Era del tamaño de su propia mochila, y pudo tomarlo entre sus manos sin ningún esfuerzo. El contenido dentro parecía frágil y no mantenía gran cohesión el uno con otro, aun así, una intranquilidad la inundó. No perdió más tiempo y vertió su contenido por el suelo.

Cerca de sus pies cayeron tres cráneos, más rojos que blancos. Por el impacto de la caída, la mandíbula se le desprendió a uno. La carne aún se adhería a los huesos y a la finísima capa de grasa de la piel.

La gelfling retrocedió torpemente, sin dejar de ver boquiabierta el macabro obsequio.

Eran algunos de los trofeos de caza que al skeksis tanto le gustaba recolectar, no necesitaba que nadie se lo dijera para saberlo. Los había dejado postrados ahí para que ella los viera.

Kheta se llevó un par de dedos a los labios, mientras terminaba de comprender lo que habían hecho por ella.

Le había cedido aquellos huesos como una especie de pago, tal vez de agradecimiento. Un pequeño honor enfermizo que el cazador le ofrecía a una sifa.

En medio de la hierba, los huesos sobresalían por su aspecto desagradable.

Suspiró, mientras se dejaba caer por fin en la hierba. El roció mañanero le mojó las faldas, pero no le importó demasiado. Sus cabellos enredados bailaron con el aire junto a los aromas de Thra.

Las enormes sombras del bosque se extendían ante ella, ahí donde SkekMal había huido, tal vez a perseguir algo que nunca podrá alcanzar.

Notes:

¡Muchas gracias por leer!