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Stray Heart

Summary:

His heart was aching. He knew unrequited love was meant to be this hurtful, but he didn't know how much his heart was going to be able to bear.
"If only this story was written for the two of us..."

Notes:

Warrior of Lights: Rhi'ku Nanase (my gf's wol) on Spriggan Chaos DC, Io'ri Izhume (my wol) on Spriggan Chaos DC, Tenn'a Lihzeh (my friend's wol) on Spriggan Chaos DC and Kihru'a Choi (my friend's wol) on Spriggan Chaos DC.

Context:
G'raha and Io'ri are not officially dating but both of them have a crush on each other. On the other hand, shadowbringers MSQ (and 5.3 boosted it) made Rhi'ku realize he also has a crush on G'raha. However, it's not mutual... so he has to deal with those feelings in order to not interfere with Io'ri and G'raha's relationship.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Un ligero olor a lavanda recorría cada palmo de la plaza central de Mor Dhona gracias a la suave brisa que indicaba que la entrada de la primavera estaba cerca. La primavera era sin duda una de las estaciones favoritas de Rhi’a. La brisa primaveral rozándole las mejillas al abrir la ventana de su habitación por las mañanas, mientras el dulce aroma de las flores pasaba a través de sus pulmones no tenía rival alguno. No es que tuviera nada en contra del resto de las estaciones, pero aquella en concreto guardaba un sitio especial en su corazón. Calzándose sus botas de cuero y terminando de organizar su pelo mañanero, decidió salir de su habitación para ver qué es lo que sus amigos se traían entre manos en aquel día. 
Quedarse a dormir en Mor Dhona no era algo habitual, pero a veces volver a recordar los viejos tiempos donde sí que era casi una costumbre provocaban una ligera sensación de calidez en su corazón. Aquel lugar era su hogar, al fin y al cabo, donde toda su familia se encontraba. 

Bajando las escaleras pudo discernir que era uno de los primeros en levantarse, las puertas de algunas habitaciones seguían cerradas con llave mientras que otras permanecían entreabiertas dejando ver como su inquilino aún se hallaba dentro de ellas. «Tenn se habrá tomado unas vacaciones» pensó Rhi’a al ver que su habitación estaba abierta de par en par sin ningún signo de que haya estado viviendo alguien allí recientemente. 
Continuó su camino escaleras abajo hasta pasar por delante de la cocina, donde saludó amablemente a los cocineros que realizaban sus tareas ya desde primera hora de la mañana. Echando un vistazo por encima pudo, además, ver como una de las lalafells empleadas en el lugar le había dejado su habitual ración de desayuno envuelto delicadamente en un pañuelo con diferentes motivos flores. 
Su favorito. 
Rhi’a cogió su ración y, después de dar las gracias, decidió salir del edificio para ver qué es lo que Tataru tenía preparado para él aquel día.

Mientras caminaba hacia la plaza del aetheryte, comenzó a desenvolver el pañuelo que tan cuidadosamente guardaba su deseado desayuno. Pudo sentir como sus tripas comenzaban a rugirle con más ímpetu cuando avistó su contenido: un sándwich de crema de avellanas casera y fresas recién recogidas. Rhi’a pudo sentir como su boca comenzaba a salivar y, sin más dilación, mordió uno de los extremos del sándwich con cuidado de no desarmar la detallada composición. Continuó comiendo en silencio hasta que algo captó su mirada: a lo lejos, cerca del pequeño mercado que se forma alrededor de los puestos de intercambio de tokens que poseía Rowena, dos figuras resaltaban por encima de las demás. Rhi’a agudizó su vista para intentar ver con más claridad de quiénes se trataba; lo único que podía diferenciar era el llamativo pelo pelirrojo de uno de ellos. 
«¿G’raha?» pensó para sí mismo acercándose más hasta la escena que tanto barullo estaba creando entre la gente.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca pudo ver que en efecto uno de ellos era G’raha, el otro para su sorpresa, no le sorprendió demasiado. Io’ri estaba delante de G’raha, en su habitual pose con los brazos cruzados y una cara de pocos amigos. Permaneció al margen para tratar de ver qué es lo que estaba ocurriendo.

—¿Sabías perfectamente que tenías una misión conmigo al día siguiente, y aun así vas y haces lo que te da la gana? — farfulló Io’ri con un claro tono de disconformidad. Aquello podría ser más grave de lo que pensaba. Ver a Io’ri enfadado no era muy raro, pero ver a G’raha sí que lo era.

—¡Y yo te he dicho que eso no afecta en nada a nuestra misión! —el tono del pelirrojo era más grave y tosco de lo habitual. Rhi’a frunció el ceño, no le gustaba la voz de G’raha cuando sonaba así. Nota mental de nunca hacerle enfadar.

Io’ri se dio la vuelta e hizo un gesto de desdén con su mano derecha.

—Que sí, que sí. Lo que tú digas. Pues si tú puedes hacer lo que te dé la gana yo también. Me piro — dijo antes de, efectivamente, irse.

Rhi’a miró a G’raha esperando una contestación, pero el otro chico solo se quedó en silencio con los puños cerrados mientras veía como Io’ri se marchaba de la plaza del mercado y apartaba a la gente que se interponía en su camino.

—Idiota… —murmuró G’raha. 

Rhi’a pensó en alcanzarlo e intentar reconfortarle, pero antes de que la idea se pasara por su mente, G’raha comenzó a andar rápidamente hacia la entrada de Rising Stones. Iba mirando hacia el suelo, por lo que no llegó a percatarse de la presencia de Rhi’a entre todos los transeúntes que se habían parado a ver el espectáculo. Los gritos de Io’ri no eran algo que pasaran desaparecidos, pensó Rhi’a para su desgracia, no era como si él no hubiera sido víctima de alguna situación así también.

Viendo como la gente empezaba a volver a sus quehaceres mañaneros, decidió darse prisa y terminar el sándwich que aun sujetaba con sus dos manos para ir tras G’raha y preguntar con más detalle qué era lo que había ocurrido. La opción de ir tras Io’ri ni siquiera se le cruzó por la mente, era mejor dejar al chico solo cuando estaba de ese humor, tampoco quería poner a G’raha en un compromiso debido a una elección errónea de palabras.
Sin Tenn’a ni Kihru’a por allí para consultar este tipo de cosas... Él era el único que podría solucionarlas. 

Se limpió la comisura de los labios con el pañuelo del envoltorio y, dando una profunda inhalación, comenzó a caminar hacia su destino.

 

Las Rising Stones estaban tan tranquilas como siempre. Era bastante pronto por la mañana, por lo que sólo se encontraban en el amplio salón alrededor de unas cuatro personas: Tataru que escribía efusivamente sobre su mesa de secretaría, F’lhaminn detrás de la barra del bar organizando y preparando las cosas para cuando viesen el resto de los miembros a tomarse un refrigerio; más al fondo de la sala se encontraba Riol haciendo el inventario de armas y materiales, asegurándose de que todo estuviese en orden. Rhi’a rebuscó por la sala para encontrar con la mirada a su objetivo actual, después de adentrarse un poco, lo halló sentado en una de las mesas del final de la sala en el ala izquierda. El biombo dificultaba verle con claridad, pero parecía estar sentado cabizbajo, posiblemente leyendo algún libro para mantenerse distraído.

Antes de dirigirse hacia donde se encontraba G’raha, Rhi’a miró hacia sus lados, no le parecía óptimo ir a confortar a alguien con las manos vacías. Haurchefant le había enseñado bien el mejor método para reconfortar a alguien. 

Caminó hacia la barra donde se encontraba F’lhaminn y le preguntó amablemente si podía poner a hervir un poco de leche. La miqo’te le dio lo necesario para hacer lo que quería y se puso manos a la obra. 

Calentó la leche en un pequeño cazo y cuando estuvo lista la vertió en un par de jarras que le había dejado F’lhaminn, y le echó un par de gotas de miel a ambas con un poco de cacao en polvo. Aquel era el remedio infalible contra los bajones. Rhi’a sonrió para sí mismo y mezcló los ingredientes cuidadosamente, asegurándose de que se disolvían bien. El dulce aroma entró por su nariz y le hizo viajar al pasado. A aquellas noches donde no podía dormir, pero el aroma del cacao le hacía relajarse al instante y acababa plácidamente dormido al lado de Haurchefant mientras este le acariciaba suavemente los mechones del flequillo para apartarlos con delicadeza y darle las buenas noches con un beso tan dulce como la miel del cacao.
Rhi’a miró ambas tazas con nostalgia, y agitó su cabeza para no volver a caer en ese abismo del que había conseguido escapar. Dejó la cuchara encima de un paño y cogió ambas jarras para llevarlas hacia la mesa donde se encontraba G’raha.

G’raha, absorto en su lectura, no se percató de la presencia de Rhi’a cuando esté le dejó la taza de cacao caliente a su lado. El dulce aroma del cacao y la miel llegaron hasta su nariz en pocos segundos. Levantando la cabeza, miró a Rhi’a mientras depositaba la otra jarra en el asiento contrario al suyo y se sentaba para hacerle compañía. G’raha le miró extrañado y cerró su libro para acerca la taza entre sus manos y poder ver mejor su interior.

—Es una vieja receta familiar —dijo Rhi’a abrazando la taza con sus dos manos dejando que el calor que emanaba de ella calentase sus manos.

—¿Lo has preparado tú? —preguntó el otro chico.

Rhi’a asintió con la cabeza y dio un pequeño sorbo de su taza. G’raha le miró en silencio, observando como el vapor de su taza hacía que sus mejillas se coloreasen levemente de color carmín. Una sonrisa se formó en sus labios e, imitando a su acompañante, acercó su taza hacia su boca y sorbió un poco de su contenido con cuidado de no quemarse la lengua. El dulce sabor del cacao hizo que toda su boca se relajase al instante, la leche estaba templada, no estaba tan caliente como pensaba así que decidió dar otro sorbo más a su contenido.

—No quiero entrometerme donde no me llaman, pero… —empezó Rhi’a —Sin querer os vi a Io y a ti discutiendo hace un momento en el mercado… 

G’raha bajó la taza al instante y la depositó encima de la mesa con cuidado. Su mirada parecía evitar la de Rhi’a, como si hablar de eso fuese demasiado vergonzoso. 
«¿Algún tema personal, quizá?» Pensó Rhi’a al ver su reacción.

El otro chico al darse cuenta de esto decidió calmar sus sospechas rápidamente.

—No es lo que te estás imaginando —pasó su mano por su flequillo aún inseguro de cruzar miradas con Rhi’a —. Io’ri puede ser muy cabezota a veces, pero esta vez ha sido culpa mía…

El guerrero de la luz le miró extrañado. Io’ri era un chico de temperamento muy fuerte, eso lo sabía de sobra, pero rara vez lo veía gritar a G’raha de ese modo. Su curiosidad le impedía no indagar más en el tema.

—Si quieres puedes contármelo —propuso —. No soy muy bueno dando consejos, ¡pero creo que escuchar se me da bastante bien! —dijo con voz amable.

G’raha suspiró y apretó su agarre en la taza.

—Ayer acompañé a Alisaie a una misión en las Dravanian hinterlands…

—¿Pero hoy no tenías una misión con Io también?

El pelirrojo asintió.

—Por eso se ha enfadado conmigo… Quería averiguar algo más sobre los estudios allagan que se realizaron en Sharlayan con referente al primal Alexander y su capacidad de controlar el tiempo… —pasó una mano por su frente y sus orejas se bajaron —, pero me llevó más tiempo de lo que pensaba así que no conseguí regresar hasta hace un par de horas… Y digamos que Io’ri, al verme prepararme para mi misión con él, justo después de volver de Dravania no le sentó muy bien…—

Rhi’a le miró sin decir nada. 
«Creo que comprendo un poco la reacción de Io...» pensó.

Sabía que las acciones poco saludables de G’raha con respecto a sus investigaciones nunca terminaban bien, pero aquello era incluso peor. Más que nada porque Io’ri estaba de por medio… Intentó poner su mejor sonrisa y se acomodó en su silla sentándose un poco más en el borde de esta para poder apoyar sus brazos sobre la mesa.

—Si sabías que Io iba a reaccionar así… ¿Por qué fuiste igualmente? —preguntó con inocencia, no quería increparle nada, sólo quería algo más de información.

La cara de G’raha se puso de color rojo y bajó su mirada hacia sus piernas.

—La he fastidiado ¿verdad…?

La voz de G’raha sonaba triste y apagada. Rhi’a pudo sentir como el otro chico estaba verdaderamente arrepentido de lo que había hecho. Necesitaba animarle.

—Es Io de quien estamos hablando. Seguro que está un par de días enfurruñado y luego hace como que no ha pasado nada. ¡Ya verás!

—¿Tú crees? —levantó su mirada para cruzarse con la de Rhi’a.

El otro chico asintió varias veces y se levantó de la silla.

—Confía en mí. Además, me ofrezco a ayudarte como compañero de la misión.

Las orejas de G’raha se levantaron de la sorpresa y el pelirrojo miró extrañado a Rhi’a.

—¡Pero seguro que tienes más cosas que hacer! No, no. No puedo molestarte con estas cosas.

Rhi’a negó con la cabeza y puso su mano sobre su pecho.

—Pero solo después de que hayas descansado —ignoró la protesta del otro chico —. Te veo al mediodía en la plaza del aetheryte —puso sus manos sobre su cintura y soltó un pequeño bufido para que G’raha se diese cuenta de que iba a ser imposible discutir con él.

G’raha le miró en silencio y sonrió con una pequeña risa que cubrió rápidamente con el dorso de su mano.

—Está bien. Muchas gracias, Rhi —sus miradas se volvieron a encontrar —. Por todo.

Rhi’a pudo sentir como su cara empezaba a arder de la vergüenza y sus mejillas hacían juego con el color de su pelo.

—¡N-No es nada! —dijo lo más natural que pudo antes de irse de allí —¡Nos vemos luego!

G’raha le observó marcharse con una sonrisa en los labios. Volviendo a dirigir su mirada hacia la bebida caliente, decidió terminársela de un golpe y cerrar los ojos para auto convencerse de las palabras de Rhi’a. 
Recogió ambas tazas y se marchó a su habitación.


Era poco más de las doce del mediodía y el ambiente de Mor Dhona parecía volver a la normalidad después de una ajetreada mañana de organizar cosas y distribuir mercancías. Rhi’a estaba sentado en uno de los bancos cercanos al aetheryte esperando por su compañero. En lo que hacía tiempo para que G’raha descansase durante unas horas antes de su misión, pudo volver a su habitación para equiparse con su traje de pelea y sus armas. Tuvo tiempo de sobra así que pudo, además, asegurarse de que todo estuviese en perfecto estado o pedir un recambio de los que necesitaban algo de mantenimiento, en especial algunas de sus flechas. 

Absorto en sus pensamientos no se percató de la llegada de G’raha desde el otro lado de la calle. Llevaba sus habituales ropas de siempre, las que Tataru confeccionó para él, además de su bastón a la espalda brillando como un gran lucero.
Rhi’a se levantó del banco y espero a que el chico llegase hasta donde estaba él.

—¡Perdón por la espera! —dijo el pelirrojo intentando recuperar el aliento después de la carrera.

Rhi’a le miró sin decir nada y recapacitó durante unos momentos. Estaba a punto de irse a una misión con G’raha. A cualquier otra persona podría parecerle lo más normal del mundo, nada por lo que sobresaltarse, pero para Rhi’a tenía algo más de valor. Habían ido en más ocasiones juntos a este tipo de misiones, pero por algún motivo el contexto de aquella le producía un ligero dolor en el pecho.

—Vamos —intentó disimular dándose la vuelta y comenzando a caminar hacia una de las salidas de la ciudad.

«No es momento de entrar en pánico, Rhi.»


La misión consistía en extraer una serie de cristales en la zona suroeste de Mor Dhona. Algo que no parecía demasiado difícil dado que aún se hallaban dentro del terreno de Mor Dhona. Sin embargo, algo no iba como de costumbre. Durante su travesía hacia el suroeste, la actividad de Castrum Centri parecía más activa de lo normal. Grandes filas de soldados merodeaban la zona y una ingente cantidad de patrullas palpaban todo el terreno de las montañas. Llegar hasta Rathefost fue una tarea difícil para ambos, aunque el Imperio no parecía ser una amenaza por el momento, los rumores sobre una posible guerra civil Garleana producía que todos sus Castrum en territorio Eorzeano carecieran de un alto mando para mantener la calma.

Ambos subieron la colina con cuidado y, solo cuando el cristalizado árbol de Rathefost les dio la bienvenida en lo alto del acantilado, pudieron relajar y bajar la guardia durante unos segundos. Rhi’a conocía aquel lugar demasiado bien, los diferentes plasmoides danzando en el aire alrededor del gran árbol mientras que este permanecía inmóvil en el lugar, solo siendo movido por ligeras ráfagas de aire que rozaban sus hojas. Delante del árbol, además, se hallaba la piedra de Taliak, el dios protector de la sabiduría y deidad de Sharlayan. Por otro lado, en el horizonte aún se podía divisar la Crystal Tower en todo su esplendor, brillando como una estrella más en el cielo.

El cristal que debían extraer se encontraba en la ladera norte del acantilado, ligeramente expuesto hacia el vacío que dejaba el lago de las Silvertear Falls el cual aún permanecía adornado con el cuerpo de Midgardsormr y el enemigo que tuvo que abatir para llegar hasta aquel lugar. 
El éter de aquel cristal en concreto era rico en poder mágico y una clave fundamental para la elaboración de más cristales auracitos que les permitan encerrarlos.

G’raha y Rhi’a discutieron sobre el plan a seguir y, con ayuda de su equipo, ataron una cuerda en uno de los árboles solidificados que se hallaban justo al lado de su objetivo. Afianzando la cuerda en su lugar, G’raha se la ató a su cintura y se deslizó lentamente hacia su destino. El cristal no se encontraba demasiado lejos por lo que logró hacer pie a los pocos segundos de descolgarse. Rhi’a vigilaba atentamente todos los movimientos del otro chico, su inexperiencia en este tipo de cosas le impedían haber ido en su lugar por lo que sus ojos no se apartaban de G’raha para compensarlo.

G’raha picó el cristal con suavidad y guardándolo en un pequeño paño de color blanco lo metió en su zurrón para indicar a Rhi’a que ya había terminado.

A pesar de que todo parecía ir con bastante calma, algo dentro de Rhi’a le impedía bajar la guardia. El aumento de soldados patrullando aquella zona no le dejaba relajarse. Algo iba mal, tenían que salir de allí cuanto antes. Podía sentirlo. Las pisadas, los gritos, el sonido del metal contra el suelo de cristal… Rhi’a tragó saliva y volvió a mirar a G’raha, quien ya se encontraba en tierra firme y de una sola pieza. 
El alivio que sintió fue momentáneo debido a que su ansiedad no paraba de crecer por momentos. Tenían que salir de ahí. Tenía que decírselo a G´raha. Tenía que…

Fue entonces cuando lo oyó. Subiendo por la colina se empezaron a divisar una serie de personas que corrían efusivamente hacia donde se encontraban ellos. No eran demasiados, alrededor de cuatro personas. Dos de ellas equipadas con un arco y flechas mientras que las otras dos llevaban una espada corta. Rhi’a puso su mano delante de G’raha para evitar que se moviera más de la cuenta, el otro chico no parecía haberse percatado de la presencia de los imperiales. Sin hacer mucho ruido, puso uno de sus dedos delante de sus labios para indicar a G’raha que debían permanecer en silencio e intentar trazar un plan para salir de aquel lugar. Que solo hubiera cuatro personas allí arriba no suponía que sus amigos no les estuvieran esperando abajo.

Rhi’a cogió de la mano a G’raha y lo arrastró con él detrás del árbol de cristal. Allí permanecieron en silencio durante un rato, si podían evitar un enfrentamiento directo saldrían ganando.

Rhi’a se asomó por uno de los lados del tronco para intentar escuchar la conversación de los imperiales.

—Que sí. Te digo que los he visto subir aquí arriba. Uno de ellos era uno de los guerreros de la luz —la voz pertenecía a una chica.

«Así que van a por mí.» Pensó Rhi’a. 

Los latidos de su corazón golpeaban con fuerza su caja torácica. No podía dejar que el miedo y la ansiedad se apoderasen de él. Tenía que pensar. Algo, alguna forma de salir de allí sin que ninguno de los dos resultase herido. Respiró profundamente y miró a G’raha por el rabillo del ojo. Ya había sacado su arma y estaba atento a cualquier ataque sorpresa. No podía permitir que le pasase nada, no podía hacerle eso a Io’ri, no ahora. Si por algún motivo G’raha salía gravemente herido de ahí… Jamás se lo podría perdonar.  

Volvió a mirar hacia sus enemigos. No parecía que hubiese ninguna manera de salir de allí sin entrar en conflicto. No tenían más opción que pelear. Extendió su mano hacia su arco y lo cogió temblorosamente. Se había enfrentado a situaciones mucho peores que aquella, pero tener a G’raha bajo su protección le hacía tener una responsabilidad sobre sus hombros mayor que cualquier misión para salvar el mundo.
Abrazó el arco con sus brazos e intentó dar dos respiraciones profundas. Era ahora o nunca.

Miró a G’raha y ambos asintieron al encontrarse sus miradas. 

Rhi’a salió por el flanco derecho del árbol. Los soldados estaban de espaldas a él, era el momento perfecto. Tensó su arco y sintió como sus dedos hacían retumbar la flecha. Tenía que calmarse, tenía que respirar. Llenando de aire sus pulmones, volvió a exhalar el aire lentamente y afinó su puntería. Incapacitarlos era una buena opción por el momento por lo que apuntó hacia una de sus piernas, un poco más arriba de su rodilla. Y soltó la cuerda. La flecha impactó de lleno en la pierna del soldado y esté cayó al suelo por el impacto.

—¡Están ahí! —gritó el soldado abatido al discernir su posición por la trayectoria de la flecha —¡Matadlos!

Rhi’a dio un paso hacia atrás y miró a su alrededor con efusividad. Cuatro soldados más comenzaban a subir la colina para respaldar a sus compañeros. Miró a su izquierda, G’raha estaba aún escondido detrás del árbol a la espera de recibir una señal para cargar uno de sus hechizos paralizantes. 

Rhi’a cargó otra flecha en su arco y tensó con fuerza disparando sin pensar demasiado a cuál de los soldados debería dar primero. La flecha pasó al lado de un gran soldado con un arco en la mano. 

—Tienes que hacerlo mejor que eso para intentar matarme —el soldado rio con sorna mientras montaba una fecha en su propio arco —. Permítame que le ilustre. Oh, gran guerrero de la luz.

Las piernas de Rhi’a no respondían, sentía como sus manos estaban entumecidas, no respondían a los mensajes de pánico que su cerebro les estaba mandando para que se moviesen. Así que cerró los ojos. Esperó a que lo que tenía que ocurrir simplemente ocurriese.

—¡Cuidado! —alguien a su izquierda gritó con fuerza.

Antes de que pudiera evitarlo, vio como G’raha se lanzó hacia su cuerpo y le abrazó para protegerle de la flecha que en vez de impactar contra su pecho impactó en la espalda de G’raha. Los ojos de Rhi’a se agrandaron y su tez se tornó pálida. Aquello no podía estar ocurriendo. Levantó una de sus manos hacia la espalda de G’raha y notó como el líquido rojo de su sangre teñía su mano. 
Sin embargo, algo dentro de su cabeza dio un vuelco. La ansiedad que le habia impedido actuar desapareció y fue sustituida por una ira tensa. Sus músculos se tensaron y la mueca de su cara se torció. Rhi’a agarró a G’raha por los hombros y apretó con todas sus fuerzas.

—¡Cómo se te ocurre hacer algo así! —estaba enfadado, muy enfadado. Tanto que ni él mismo se reconocía. —¡Quién te crees para lanzarte delante de una flecha de ese modo! —le costaba respirar, sentía como su garganta ardía con cada uno de sus gritos.

—Perdón… —fue lo único que G’raha llegó a decir antes de apartarse de Rhi’a y ponerse a su lado —. Aún puedo pelear.

Rhi’a dejó de escuchar a G’raha durante unos segundos y volvió a dirigir su mirada hacia los imperiales, los cuales aún se rían de la escena que acababan de presenciar. Sin pensárselo dos veces, cargó de nuevo varias flechas en su arco, esta vez no fallaría.
En un instante, cada uno de los ataques que el pelirrojo lanzaba contra los soldados acababan con la vida de estos. Las flechas silbaban en el aire como el augurio de muerte de cada uno de los soldados a los que alcanzaban. Algunos de ellos comenzaron a retroceder por el miedo, Rhi’a les disparó sin piedad en la cabeza, acabando con ellos antes de que pudieran rogar por sus vidas. Cuando todos los enemigos estuvieron rodeados de un charco de sangre a sus pies Rhi’a volvió hacia donde estaba G’raha con la fecha aún clavada en su espalda. 

—¿Estás bien…? —preguntó G’raha al ver la expresión de Rhi’a. —¿No te han hecho daño? ¿Necesitas que te cure?

Sin articular palabra, Rhi’a se acercó hasta donde estaba el otro chico y le agarró por el cuello de la camiseta.

—¿Quién te crees que eres para dar tu vida así como así? —el tono de su voz era grave y áspero, nada parecido al tono usual del pelirrojo —Si llegas a morir en una misión conmigo…— cogió aire —¿Has llegado a pensar en las consecuencias de tus actos? ¿Eh? ¿Te crees que Io me llegaría a perdonar algún día si murieses por mi culpa? —un sollozo se formó en su garganta, aguantando las lágrimas aflojó un poco el agarre en la camiseta del otro chico —¿T-Te crees que algún día podría llegar a perdonarme a mí mismo…? —la última palabra se ahogó en su garganta y decidió soltarle para ayudarle a erguirse. Aunque su ira le estuviera consumiendo por dentro también era importante que G’raha recibiese atención médica cuanto antes.

G’raha no dijo nada, permaneció en silencio con una expresión mezclada con indiferencia y arrepentimiento.

—Volvamos a Revenant’s Toll. 

 


 


Nada más llegar, llevó a G’raha hasta la enfermería de las Rising Stones para que pudieran tratar su herida cuanto antes. No parecía ser una herida mortal, pero podría haber complicaciones si no se trataba con antelación.
Después de su ataque de ira, su cuerpo se sentía pesado, no tenía fuerzas. Hacía mucho tiempo que algo no le hacía gritar completamente dominado por su enfado. Esperaba que eso al menos hubiera servido como escarmiento a G’raha para que no volviese a hacerlo, no delante de él al menos.

Al salir de la enfermería se asomó al salón de las Rising Stones y continuó su camino hasta la salida. Fuera tomó un soplo de aire fresco y cerró los ojos durante un segundo, antes de volver a abrirlos para ver que Io’ri había vuelto.

—¡Io! —le llamó. 

Este se giró al oír su peculiar mote.

—Ey —parecía de buen humor.

Apretó su mano en un puño y se acercó a él.

—G’raha está en la enfermería. Es mejor que vayas a verlo —sonó más monótono de lo que hubiera deseado, pero en esa situación prefería encargar a Io’ri el hacer compañía a G’raha. No estaba en lugar de entrometerse en su relación.

—¿Enfermería? —el tono de Io’ri cambió —¿No habrá sido tan estúpido de ir a esa misión después de lo que le dije? —sonaba enfadado, no demasiado diferente a como de costumbre, pero definitivamente más alterado.

Rhi’a asintió.

—Es mi culpa. Lo siento… —sin decir nada más, se fue de allí dejando a Io’ri con la palabra en la boca.

Necesitaba estar a solas. En cualquier lugar, pero lejos de allí.


Apoyó su cabeza en el hueco de su mano mientras miraba al horizonte pensativo. La noche ya había caído y solo la luz del aetheryte junto con algunas luces locales iluminaban la ciudad. Rhi’a resopló. De alguna forma había conseguido calmarse, pero algo en su interior seguía sin dejarle relajarse. Pensó en ir a su habitación y simplemente intentar dormir, pero una voz en su cabeza le decía todo lo contrario. Sin tener muchas opciones, decidió salir a uno de los balcones que se formaban en la casa de los esplendores de Rowena. No había nadie, todo permanecía en silencio salvo el sonido ocasional de algún insecto nocturno que zumbaba entre las plantas decorativas. 

Agachó su cuerpo y lo inclinó hacia el balcón, el tacto frio de la roca erizó su piel, pero se acostumbró rápidamente, relajándose contra esta al apoyar su cabeza entre sus brazos. No había ido a ver a G’raha desde su encontronazo con Io’ri y una parte de él agradecía su decisión, pero la otra no estaba tan segura. No se arrepentía de haber gritado a G’rah, pero no se podría perdonar que ahora el chico le acabase odiando por lo ocurrido. 

Rhi’a cerró los ojos y resopló. Le dolía la cabeza, no quería pensar más. 

—¿Rhi? —una voz sonó a sus espaldas. Una voz que conocía demasiado bien.

G’raha caminó hacia el balcón y se acomodó al lado de Rhi’a. Este, sin embargo, evitó hacer contacto visual, estaba demasiado avergonzando como para poder dirigirle la palabra y menos mirarle a los ojos. Después de gritarle había desaparecido el resto del día y no se había dignado en ir a visitarle a la enfermería. 

«Seguro que me odia.»

—Estaba preocupado por ti —dijo G’raha. —. Como no habías vuelto por Rising Stones pensaba que aún seguirías enfadado conmigo…

El pelo de sus orejas se erizó a la vez que estas se elevaban por la sorpresa. 

—Ya no estoy enfadado contigo… —murmuró contra sus brazos —. No tanto al menos…—giró su cabeza y pudo ver como G’raha no le estaba mirando directamente a él, tenía su mirada perdida en el horizonte.

Rhi’a suspiró y pudo ver el vaho de su aliento escapando de entre sus labios. Miró con atención al otro chico, llevaba una camiseta blanca y se podía ver como del cuello de su camiseta sobresalía una venda blanca. Durante un instante pensó que sería mejor no pensar en ello, al menos durante un rato. Subió su mirada y sus ojos se encontraron con el cuello tatuado de G’raha, blanco a la luz de la luna. Sus ojos siguieron el recorrido hasta su cara, tapada parcialmente por su pelo rojo. Parecía más brillante desde cerca. En su cabeza se pasó la idea de alzar su mano para apartar alguno de los mechones de su cara para verle mejor, pero eliminó ese pensamiento rápidamente de su mente. 

Finalmente decidió simplemente apartar su mirada y volver a observar el paisaje nocturno. Su mente estaba a punto de jugarle una mala pasada de nuevo.

—Lo siento… —la voz de G’raha sonaba casi como un susurro —. Por haber sido tan descuidado antes…

Rhi’a se irguió y miró a G’raha. Este estaba cabizbajo mirando hacia el suelo con las manos cerradas en un puño.

—Mi imprudencia acababa provocando demasiados problemas… Aunque haya vuelto a mi yo joven parece ser que hay cosas que nunca cambian… —G’raha se volvió hacia Rhi’a y le ofreció una sonrisa algo forzada—. Lo siento mucho. Siento haberte preocupado.

Sintió como su corazón se aceleró ante aquella confesión. Hiciera lo que hiciese no podía librarse de la maldición que ese chico había puesto sobre él. Ni aun arriesgando su vida por él podía enfadarse lo suficientemente como para guardarle el rencor durante mucho tiempo.

Rhi’a se giró de nuevo hacia G’raha y le sonrió débilmente.

—Yo también lo siento… —pudo sentir como sus mejillas se coloreaban, tenía que hacerlo. —No es justo que cargues con mis problemas de esa forma tampoco —suspiró. Confesarse no era algo que hiciese todos los días, pero tenía que hacerlo, no podía continuar así. —Sabía que Io no me odiaría por algo así. No es ese clase de chico al fin y al cabo —sus puños se pusieron blancos al cerrar sus manos—, y aun así yo me dejé llevar por mis sentimientos por ti.

G’raha le miró extrañado, un rubor coloreaba sus mejillas. 

—¿Sentimientos? —murmuró G’raha con vergüenza.

Rhi’a se mordió el labio inferior. Estaba cansado. 

Dando un paso hacia delante cogió por la muñeca al otro chico, notando como este retrocedió levemente por la sorpresa de su gesto. Sin decir nada, Rhi’a acercó su rostro al del otro chico hasta que sus alientos se juntaron y finalmente sus labios se unieron durante unos breves segundos. Rhi’a se separó despacio, avergonzado por lo que acababa de hacer, pero también aliviado. El dolor de su corazón había disminuido considerablemente.

—Lo siento —murmuró Rhi’a contra la boca de G’raha —. Sé que esto es muy egoísta de mi parte, pero necesitaba que lo supieras —la voz Rhi’a era suave, hablando solo para el otro chico pudiera escucharle. Un secreto entre ambos.

G’raha no dijo nada, permaneció en silencio con los ojos abiertos como platos y la cara del mismo color que su pelo. 

Rhi’a suspiró y se alejó hasta donde se encontraba en un principio para dar espacio al otro pelirrojo.

—Sé que no puedes corresponderme. Por eso quería que al menos lo supieras.

G’raha levantó su mirada por fin y sus ojos carmín brillaron. No parecía enfadado ni asqueado, una sonrisa se dibujaba en su rostro. Indicando a Rhi’a que no tenía nada de lo que preocuparse.

—Gracias —dijo G’raha. —por darme la oportunidad. Los atesoraré, al igual que atesoro los que siento por Io’ri. Ambos sois muy importantes para mí.

Las palabras de G’raha no deberían afectarle demasiado. Era algo que ya sabía, pero aun así no pude evitar tener que contener las lágrimas que se formaban en sus ojos. Hacía mucho tiempo que había decidido vivir por lo que le importaba, y en ese momento lo que más le importaban eran sus amigos. No podía dejar que sus propios sentimientos estropearan algo tan importante para él.

El otro chico esperó una respuesta de Rhi’a pero este solo permaneció en su sitio, absorto en sus propios pensamientos. Un silencio acabó por rodeándolos, no era uno incómodo, era un silencio que demostraba el aprecio que ambos mantenían por el otro. Un silencio que indicaba que nada de aquello podría cambiar la relación que mantenían. Ningún sentimiento no correspondido podría cambiar el camino que les había traído hasta esa conclusión.

Ambos miraron el cielo estrellado en compañía. Disfrutando el momento de intimidad que aquella noche de Mor Dhona les había permitido tener. 

Solo una lágrima que se desbordó de uno de los ojos de Rhi’a le hizo volver a la realidad. No iba a ser tan fácil después de todo.

Se limpió la evidencia de su tristeza rápidamente y sonrió observando a la luna llena en su máximo esplendor.

Ahora era fuerte. Lo suficiente como para hacer frente a sus propios sentimientos y seguir adelante. 

Debía hacerlo. 

Por él.

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