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Aizawa permanece inmóvil frente a la puerta, indeciso si entrar o no. Es consciente que son pasadas las dos de la mañana y Yagi probablemente ya esté durmiendo, lo que menos quiere es importunar con su actual hábito compartido. Lo sobre piensa unos segundos más, antes de declinar sus pensamientos y retirarse a su propia habitación, a una puerta de distancia. Su pestillo apenas hace un suave clic y él ya se está quitando la parte superior del uniforme de héroe, decidido a tomar una ducha antes de acostarse.
Esa noche fue parte de la redada en la que la policía solicitó su apoyo. Fueron cerca de dos horas en espera por la señal, minutos que se sintieron horas de peleas contra pandilleros y mafiosos con peculiaridades molestos, culminando la operación en arrestos, declaraciones y suturas combinadas con analgésicos recetados en la ambulancia que le designaron. Todo eso lo tiene exhausto y estresado.
Y todo lo que quiere es echarse en la cama de Yagi y aferrarse a su calor corporal, pero se resigna a que esa noche no va a poder. Suspira al meterse por fin entre sus propias sábanas, con la vieja y desgastada camisa negra que ahora hace de ropa de dormir y sus pantalones rosas.
Cierra los ojos y acompasa la respiración, esperando que el agotamiento y los analgésicos hagan su trabajo.
Cuando su mente se encuentra en el limbo entre la conciencia y la inconsciencia, escucha un grito; no uno alto y sonoro, de esos que podrían despertar a todo el edificio, más bien, uno reducido a un quejido, obligado a ser contenido en la garganta, apenas capaz de traspasar la pared de su vecino de dormitorio. Igual que la primera vez.
—¿Yagi?— llama en un susurro a la pared, sabiendo que el rubio lo puede escuchar si está despierto.
Agudiza el oído, pero no escucha ninguna respuesta. Sólo un llanto lento y pausado, apenas queriendo hacer ruido. Entreabre los labios, pero los vuelve a cerrar, aún no muy seguro de qué hacer. A pesar de todo este tiempo compartido, aún no sabe qué hacer cuando se trata de su compañero.
Luego de mudarse a los dormitorios escolares, el primer par de noches Shouta intentó hacer oído sordo de los estrepitosos despertares de Yagi pero, cuando lo escuchó llorar la tercera noche, recordando el cómo aún temblaba cuando lo abrazaba durante el día, tuvo la necesidad de ir a verlo. Tocó a su puerta y le hizo compañía mientras bebían té, escuchando lo poco que quería decirle sobre el tema, respetando lo que no. Luego sugirió quedarse hasta que el héroe recién retirado lograra dormirse. Un mes después, Aizawa tuvo un espacio en la cama de Yagi todas las noches, en las que lo abrazaba hasta que ambos lograban dormirse.
Shouta reprime una maldición al levantarse de la cama de un salto. Abre la puerta que conduce al vacío pasillo de los dormitorios, el crujir de sus bisagras lo hace dudar un momento, ¿Está bien que haga esto? ¿No es perjudicial? ¿O sobrepasa los límites de su relación profesional? Las preguntas lo vuelven a paralizar frente a la puerta vecina, aún no muy seguro de si está bien acudir a él. Aunque bueno, ¿Acaso abrazarse a su cuerpo cuando parece convertirse en piedra para reconfortarlo no era sobrepasarse ya? ¿Acaso avanzar a dormir juntos no lo había agravado ya? ¿Acaso enamorarse de él no era sobrepasar esos límites?
Cruza la puerta sin mayor duda o convicción. Esta noche no voltea a reconocer si el lugar está en orden como siempre; no se detiene a recoger las sandalias fuera de su lugar, o a poner la taza de té en el lavabo o a cerrar la puerta del baño. No. Va directamente al dormitorio de Yagi.
Abre estrepitosamente, sabiendo que no está dormido, sabiendo que debe estar hecho un ovillo de ansiedad intentando reprimirse. En medio de la penumbra, puede ver la sorpresa en su cara cuando lo ve en la puerta, un segundo después Shouta se lanza a su lado sobre la cama.
—Aizawa-kun— suspira su nombre al reconocerlo —no tenías que...
—Sí tenía—. Eso logra cerrarle la boca, cortando el monólogo que sabe, intentará usar. Lo ha llegado a conocer en estos meses, sabe el abnegado empedernido que es.
Ahora ambos yacen sobre las mantas celestes, mirándose el uno al otro con las espaldas contra el colchón; los ojos negros ven rastros de lágrimas en los azules y, de forma casi inconsciente, Shouta extiende el pulgar para secarlos. Cuando Yagi se percata, su rostro estalla en escarlata de la vergüenza, se da vuelta en fracción de segundos, dando la vista de su espalda, dejándole ver su agitada respiración y lo primero que la costumbre dicta es hacer que Shouta se abrace contra su cuerpo. Yagi aún se estremece con el tacto como la primera vez.
—Debí venir contigo en cuanto llegué. Tuviste una pesadilla, ¿no es así?— Shouta suspira aire caliente contra su espalda, sintiéndose un tonto por pensar que irse a su habitación directamente era mejor esta única ocasión entre los noches de los últimos tres meses.
—Sólo fue un sueño. No es tu obligación venir a verme, tranquilo—. Dice sin voltearse aún, con la voz raspando dolorosamente las cuerdas vocales.
—No lo es. Pero prometí estar aquí para ti— susurra, antes de pegar su rostro contra la espalda alta, dejando que sus labios rocen la escápula sobre la ropa, fingiendo una vez más que no es un suave beso.
Suspira contra la piel cubierta por una pijama azul de estrellas plateadas, mientras reprime nuevamente las ganas de besarlo en toda la extensión de la palabra; en la espalda, el pecho, los hombros, el cuello, la barbilla, los labios... Todo él, lleva meses queriendo todo de él para sí mismo. Y detesta lo egoísta que está siendo en la situación que el rubio jamás pidió o quiso estar.
Aún no sabe en qué momento nació su necesidad de él. Quizá fue luego de entender que ese hombre no era sólo “All Might”, el héroe inquebrantable que pasó creyendo prácticamente toda su vida y que se había visto en la obligación de retirarse contra su voluntad. Entiende que, tras la pelea que dio fin a su carrera, el querer ocultar sus emociones, como si el cambio radical del estilo de vida de los últimos… ¿treinta años? No fuese la gran cosa, era racional para All Might no querer parecer vulnerable. Pero no lo eran para Yagi Toshinori. Aizawa sabía que el hombre no era la piedra que se esforzaba en fingir, y no debía seguir manteniendo esa fachada más tiempo. No era bueno para él.
—Debes conseguir ayuda profesional, Yagi—. susurra contra su piel, apretando los puños que sostienen la pijama —Esto no puede seguir así.
—Entiendo que… ha sido un inconveniente tener que venir a sostenerme todas las noches—. Puede sentir el cuerpo más grande temblar bajo su agarre.
Shouta sabe lo que Yagi piensa: que sólo está siendo alguien amable que extiende su hombro a un amigo necesitado. No logra maquinar que ese dejó de ser el caso hace muchos días. No logra ver que Shouta tiene un genuino interés en él como más que un amigo, que no se ha molestado en disimular que su tiempo juntos lo ha disfrutado y que busca constantemente una razón para tocarlo.
—Idiota— lo obliga a girar para verlo de frente, elevándose entre las sábanas para sostener su rostro entre ambas manos —Es para que pueda hacer esto porque quiero y no porque lo necesites—. sonríe suavemente.
—¿Quieres sostenerme?
—Quiero abrazarte, Toshinori— susurra su nombre, sintiéndose nervioso por sobrepasar la línea que, aunque difusa, existía entre ellos.
Complementa sus palabras depositando un beso en su frente con todo el coraje que logra reunir.
Cuando ve la expresión atónita en el rostro de Yagi, jamás espera que le sea devuelto en los labios.
