Work Text:
He Xuan nunca se arrepentía de sus decisiones, menos cuando tenía relación con aquellos hermanos Shi, mismos que hicieron de él lo que es ahora.
Estaba satisfecho con el resultado de ambos. Teniendo colgada la cabeza de Wudu en honor a su familia y siendo Qing Xuan un completo mortal, incapaz de ascender y sin posibilidad de renacer.
Lo dejaba enormemente satisfecho.
Al menos pasaba sus días intentando convencerse de eso, intentando que la espina en su inexistente corazón dejara de pinchar y que aquella falta de aire se debiera solo a la rapidez con la que consumía sus alimentos, pese a que esta se desarrolló luego de haber completado su venganza.
En un inicio la venganza iba solo dirigida a Shi Wudu, pero fue Shi Qing Xuan quien se interpuso en sus planes, intentando pedir el perdón en nombre de su hermano, incluso sin ser consciente hasta ese momento de lo que este había realizado.
Eso le enfurecía, no era él quien debería pedir perdón, pese a ser el causante de toda su desgracia.
Si tanto pedía perdón en su nombre, entonces también debería pagar, ¿no?
Le quitó su inmortalidad, su título como Dios.
Los primeros años mandaba algunos clones a vigilarlo, con la excusa de divertirse viendo su miseria —pese a que más de una vez terminó ayudándolo—.
Luego de haber vencido a Jun Wu, esas visitas se hicieron menos frecuentes. Se convencía de que no había peligro alguno para él y que sería incluso más difícil que pudiese ascender.
Aunque en una parte fue también por el miedo de haberlo visto usar su abanico nuevamente, manifestando en él recuerdos y sentimientos que daba por olvidados.
Llegó un punto en que no lo visitó por un año, luego dos, hasta que se convirtieron en cinco.
Para un inmortal esa cantidad sería una miseria, mas para un humano podría considerarse incluso una eternidad.
¿Cómo estaría el chico para ese entonces? Ni siquiera era capaz de calcular del todo la edad que debería tener.
Seguía siendo joven, claro está, pero de seguro no con la belleza y vitalidad de antes.
Incluso podría estar muerto, después de todo, la vida de un vagabundo era claramente difícil.
No lo creía capaz de soportar mucho más, menos con una pierna y brazos completamente inservibles.
Ciertamente ese pensamiento le causó nauseas, aunque nuevamente culpó a los alimentos que se hayaba consumiendo.
Él era un idiota demasiado ingenuo y optimista para morir. Además de seguir contando con una suerte sorprendente, tomando en cuenta su situación.
No estaría mal visitarlo luego de tanto.
Caminó entre las calles pobladas, pese a que el sol ya se estaba ocultando. Dudaba que en cinco años haya cambiado su ubicación, lo conocía lo suficiente para saber que se aferraba muy fácil a las personas que conocía, por lo que no dejaría al resto de vagabundos abandonados por irse a un lugar mejor.
Ese día había adoptado nuevamente la apariencia de Ming Yi, aquella que había dejado en el olvido, simplemente porque era un encuentro importante.
Ansiaba ver el rostro de Shi Qing Xuan cuando vea a su antiguo "amigo".
Sonrió ante ese pensamiento y ensanchó su sonrisa aún más cuando llegó al lugar.
Extrañamente se veía más deprimente de lo que recordaba y no escuchaba la risa característica de Shi Qing Xuan, menos a los niños revoloteando a su alrededor. Suponía que era por el paso del tiempo, Qing Xuan estaba demasiado viejo para actuar como un mocoso y los mocosos ya habían crecido lo suficiente.
¿Sería correcto entrar? Las veces anteriores que visitaba el lugar era mucho más fácil, pues "casualmente" se topaba con Shi Qing Xuan y este era quien le invitaba a pasar al templo ya irreconocible que antiguamente era de su autoría.
Él era un supremo, ¿desde cuándo le importaba ser invitado? Bufó y entró de todas formas.
Realmente era un lugar deprimente, muchos de los ancianos que recordaba ya no estaban, pero parecía que había mucha más gente enferma. Además de que le causó cierta extrañeza el no ver a nadie Sonreír y mucho más desconcertado le dejó no ver a la persona que buscaba.
De seguro estaba buscando algunas migajas para darle a los vagabundos. Siempre hacía eso.
—¿Quién eres? —preguntó una mujer. No parecía conocerla o quizás sí, solo que el aspecto de todos en el lugar lucía aún más deteriorado.
—¿Dónde está Sh- El viejo Feng? —respondió con otra pregunta, casi equivocándose en el nombre con el que se dirigían a el maestro del viento.
La mirada de la mujer se endureció, mientras las reacciones de varias de las personas del lugar iban cambiando.
Tristeza, enojo, resentimiento.
—No está aquí, vete.
Se sintió indignado, ¿se negaban incluso a decirle el paradero de él, siendo que hizo toda esa caminata e inclusive se alistó exclusivamente para verlo?
—¿Dónde está? —Volvió a preguntar, esta vez más rudo.
—Al menos aquí no está, búscalo en otra parte —Pese a la mirada amenazante de He Xuan, la mujer no vaciló.
Apretó los dientes, podría acabar con todos ellos en un instante, mas no sería divertido si Qing Xuan no estaba ahí para presenciarlo, así que primero lo buscaría.
Como si no hubiese escuchado, se marchó.
De seguro la perspectiva que tenía del chico fue equívoca y sí fue capaz de abandonarlos. Una decepción, aunque esa idea era atrayente.
Una faceta egoísta que quizás nunca había visto en él.
—¡Señor, espere! —escuchó a sus espaldas, volteó encontrándose con un joven que entraba ya a la adolescencia y quien parecía provenir del mismo lugar de donde se marchó.
—¿Qué? —No tenía tiempo para perder con esos insignificantes humanos.
—¿Qué es usted del viejo Feng?
—¿Te interesa saberlo?
El chico vaciló.
—Yo sé donde está —terminó respondiendo, encarándolo, pero mostrando un semblante de profunda tristeza.
Después de investigar tanto para hacer clones acordes a las personalidades que debía tomar, le era fácil leer las emociones de la gente.
Por eso mismo esa mirada le causó un revoltijo en su estómago.
No tenía un buen presentimiento.
—¿Cómo puedo confiar en ti? —preguntó, como última esperanza de que una de sus suposiciones no fuera certera.
—Él me dejó una carta, probablemente para usted. Dijo que era para un viejo amigo y de quien estaba seguro le visitaría alguna vez. Pero descartó que este fuese un Dios.
No podía interpretar su sentir, ese molesto nudo se volvía a instalar en su estómago, como si quisiese vomitar todo lo que comió anteriormente.
—¿Por qué crees que soy yo? Quizás puedo ser un Dios.
El chico negó. —Es fácil saber que no es así, porque es el único que ha llegado preguntando por él en este último tiempo y quien no se ha enterado de su paradero.
—¿Estás diciendo que los Dioses lo saben?
No le gustaba intercambiar muchas palabras con nadie en general, pero necesitaba saberlo.
Necesitaba saber el paradero de Shi Qing Xuan.
—Todos lo saben, menos usted. Parece que viviera bajo una roca —Sonrió amargo.
El joven sacó la carta, la cual rápidamente fue quitada de sus manos por He Xuan.
—¿Dónde está?
—Abriendo la carta ya se podrá hacer una idea.
Y sin más, ya cumpliendo con su cometido, regresó al templo en ruinas.
Refunfuñando, abrió el papel.
¿Desde cuándo un mocoso se atrevía a guardar tanto misterio en su presencia?
Los garabatos que estaban ahí escritos eran apenas entendibles, si no conociera bien la caligrafía de Qing Xuan incluso habría dudado de su veracidad.
La letra no era prolija, se notaba temblorosa e incluso apresurada.
"Una parte quiere que lo leas y la otra se niega a ello. De todas formas ya no importa, si alguna vez lo lees significa que yo ya no estoy para presenciarlo.
¿Sabes la razón por la que salí de aquel lugar aquella vez? En nuestro último encuentro, cuando destruíste a mi hermano, ¿sabes por qué acepté que hicieras conmigo lo que quisieras? Era algo más allá de la culpa o incluso de la tristeza que sentía por mi hermano y lo que él mismo hizo.
Fue porque dijiste que no lamentabas haber sido mi amigo.
¿Y te cuento algo aún más curioso?
Nunca pude llegar a odiarte, prefería conformarme con el recuerdo de que alguna vez me consideraste un amigo. Que al menos eso no fue una mentira.
Incluso si solo lo dijiste para que saliera, gracias.
Gracias Ming Yi, Gracias He Xuan".
Se congeló por unos segundos y sus manos comenzaban a temblar, ¿Qué le pasaba?
¿A qué se refería con no estar?
¿Por qué le agradecía?
¿POR QUÉ DECÍA QUE NO LE ODIABA?
Se tensó, sin saber que hacer, no sabía donde buscar, no sabía donde podía estar el chico.
Por primera vez desde que murió, He Xuan se sentía perdido.
Se sentía nuevamente como un niño sin un camino fijo.
Y sin querer recordó levemente el sentimiento de pérdida, mismo que vivió estando vivo.
Ni siquiera podía describirlo, era asfixiante, como si se ahogara en sus propias aguas, incapaz de salir a flote, pero también incapaz de morir.
Lo que temía, aquella vaga suposición que pasó por su cabeza parecía tomar fuerzas.
¿Realmente podía ser posible?
¿Se trataba de un suicidio? No. Eso era imposible, llevaba siglos conociendo a Qing Xuan incluso luego de su caída como Dios. Se suponía que luego de vencer a Jun Wu todo había mejorado para él, así que no tendría sentido.
¿Y si solo se escapó? Lo dudaba, pero pese a la casi nula probabilidad, intentaba aferrarse a este hecho.
Y recordó entonces las palabras del chico.
"—Todos lo saben, menos usted. Parece que viviera bajo una roca".
Si los Dioses sabían sobre su paradero, podría preguntarle a Lluvia Carmesí, aunque dudaba que le dijera algo, no le agradaba mucho a Xie Lian por lo que le hizo a su amigo, aún así quería arriesgarse.
Incluso soportaría las miradas de suficiencia de Hua Cheng.
—¿Sabes que esto aumentará tu deuda? —sonrió Hua Cheng, burlón.
Estaba en Paradise Manor, intentando convencer justamente a Lluvia Carmesí, quien como esperaba, se negaba a decirle.
—Destruyeron parte de mi territorio, creí que eso estaba saldado.
—Oh —Ensanchó su sonrisa—, eso ni siquiera cubre una cuarta parte, ¿o quieres que te recuerde la cantidad que me debes?
Rodó los ojos.
—Súmalo a la cuenta, solo dime donde está.
—Ya veo, no creí que te preocupara cuando tú mismo lo llevaste a su estado —Se burló.
Realmente Iba a terminar golpeando algo.
O a alguien.
—No te importa.
—Bien, solo decía —Su tono se volvió más frío, ya no estaba jugando—. ¿De verdad quieres saber? —Asintió, fastidiado— ¿Independiente de la respuesta? —Volvió a asentir.
Un leve nerviosismo le invadió, más cuando Lluvia Carmesí guardó silencio. Hacía eso siempre que quería molestar a alguien.
Y eso le fastidiaba, realmente no estaba para bromear.
—Es fácil, está justamente donde estás pensando.
¿Donde estaba pensando? ¿A qué se refería? Si ni siquiera tenía idea, por algo le preguntaba.
Solo...
Tenía una suposición, pero era imposible que fuese cierta.
Él no podía...
—La vida de los mortales es muy corta —dijo, sacándolo de su desconcierto—, por eso se les da la gracia de renacer. En cambio para los inmortales, son eso, inmortales. Viven una vida mucho más larga hasta que son olvidados, pero justamente por romper esa ley natural es que su castigo es la imposibilidad de tener otra vida —Hizo una pausa. He Xuan ya se hacía una idea de lo que quería decir. Apretó los labios, no quería escucharlo—. Por eso si un inmortal se convierte en mortal, solo le espera la muerte, ni siquiera como fantasma podría vivir ¿y qué hay más allá de la muerte? Nada. Se convierten en nada.
Se paró de golpe, azotando la mesa en el proceso.
Estaba furioso, confuso.
No entendía lo que estaba sintiendo.
Esa desesperación lo volvía a Invadir.
Sentía que se ahogaría con solo respirar.
—¿Cómo? —preguntó, notando asombrado la fragilidad de su voz.
Se sorprendió aún más al ver que Hua Cheng no se burlaba de este echo.
—No es un suicidio, si eso es lo que piensas —apretó sus nudillos, intentando apaciguar esa molesta sensación—. Solo... La muerte es inevitable. A algunos les llega antes, otros después. Simplemente murió, sin una causa en específico, sin un culpable. Llegó al límite en el que sus heridas que nunca quiso tratar empeoraron, que su sonrisa y el convencerse de su bienestar ya no fueron suficientes, en donde incluso él fue consciente de su muerte próxima.
¿Así? ¿Esa había sido su muerte? ¿Así de simple? ¿Por qué murió? ¿Por qué no había alguien con quien poder desquitarse? ¿Por qué fue débil? ¿Por qué no resistió un poco más?
¿Por qué no llegó a tiempo?
—¿Cuándo?
Su garganta dolía.
—Hace medio año.
"Ni siquiera tuvieron donde enterrarlo, Dianxia intentó ayudar, pero se negaron. Dijeron que era una petición del mismo Shi Qing Xuan el que fuese arrojado al mar. Y así fue, su cuerpo fue arrojado a las profundidades del mar, de donde ni siquiera tú podrá recuperarlo".
Estaba seguro que sus labios ya se hallaban rotos de tanto morderlos, al igual que sus manos de tanto apretarlas.
Sus ojos dolían, todo su cuerpo lo hacía.
Estaba furioso.
Llegó a su mansión y al parecer sus sirvientes notaron su estado, pues nadie estaba presente.
Ni siquiera se dio el tiempo de reparar en eso.
Quería gritar sin siquiera tener una razón.
Quería golpear algo.
Se sentía desesperado, perdido.
Se sentía vacío.
Como si aquella última esperanza que lo tenía atado a ese mundo se hubiese desvanecido.
Y es que lo hizo, sin que siquiera fuera consciente.
Sin que siquiera pudiese hacer algo.
Apretó la carta la cual desconocía en qué momento tomó entre sus manos y recordó cada palabra dicha por Lluvia Carmesí.
Él había sido arrojado al mar.
Donde se suponía que él gobernaba.
Y pese a esto nunca se dio cuenta.
Si hubiese llegado antes, ¿lo hubiera salvado? ¿Hubiese podido salvarlo? ¿Se hubiese atrevido a interferir? No lo sabía.
Su cabeza dolía, no era consciente de sí mismo.
Simplemente y luego de mucho tiempo, quería llorar.
Se había prometido nunca volver a llorar una vez se convirtió en un fantasma y aún así, ahí estaba.
Lágrimas recorrían sus mejillas sin darse cuenta.
No sabía tampoco la razón de sentirse así, se suponía que no lo quería, se suponía que lo despreciaba al igual que su hermano, se suponía que lo hizo mortal para atormentarlo.
Se suponía...
Se suponía que se quedaría junto a él para atormentar aún más a Shi Wudu.
Se suponía que él no formaría parte de la venganza de forma directa.
Se suponía que él no moriría.
Supuso tantas cosas, al punto que se convirtieron en promesas dichas en vano.
"Fue porque dijiste que no lamentabas haber sido mi amigo".
Eso había sido cierto, nunca mintió con eso.
—Si ese día me hubieras llamado por mi nombre...
No, iba más allá.
Si lo hubiera preferido.
Si lo hubiese querido incluso luego de eso.
Demasiado tarde se dio cuenta que ese deseo que intentó destruir envuelto en rabia, se había vuelto realidad.
Se dio cuenta tan tarde.
Demasiado tarde para remediarlo, demasiado tarde para acercarse.
Demasiado tarde para verlo una última vez.
Y él fue el culpable de todo.
Él y solo él.
—Hasta nunca, Qing Xuan.
Y se volvió a sentir como un niño pequeño al que se le fue arrebatado lo más preciado que tenía.
Ni en 100 ni en 1000, ni siquiera en una eternidad podría volver a verlo.
Tendría que aprender a vivir con ello, esa sería su condena.
