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Passerine (traducción)

Summary:

"Lo entiendo. Oíste que el lugar que amabas estaba en peligro, así que decidiste regresar, pero yo... es solo que... ¿por qué no me llevaste contigo?" Aquí estaba, al fin. Haciendo catarsis, o algo parecido a eso. "Los hubiera cazado contigo, Philza, a los que se atrevieron a hacerle eso a tu aldea. Te hubiera entregado tu venganza en bandeja de plata. Incluso te hubiera dado el mundo".

Philza no parecía arrepentido. Solo se veía cansado. "Pero no los cacé al final".

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O, ese fic donde Techno y Phil son antiguos inmortales y Tommy y Wilbur... no lo son.

 

~Recordatorio de que esta historia no es nuestra, es una traducción solamente, favor de revisar las notas.

Notes:

Chapter 1: Capítulo 1: Como un zorro a una madriguera (Como un águila a un nido) Como el zorro a un conejo

Summary:

Las voces lo condujeron a reinos, aldeas y pueblos —no importó lo que le ofrecieran a cambio—, las voces no demandaban monedas, ellas demandaban sangre. Luchó para hombres valientes y hombres estúpidos, para reyes avariciosos y rebeldes intrépidos. Combatió para ejércitos condenados a ser derrotados, llevándolos a la luz de la victoria. Perdió la cuenta de todos sus aliados con los que combatió lado a lado —después de un tiempo—, sus nombres y caras se perdieron en el limbo de su nublada memoria.

Y luego se encontraba el Ángel de la muerte.

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O, eternidad, imperios y los emperadores que los gobiernan.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Él tuvo que haber tenido una vida antes. Una madre, un padre, un hogar. A lo mejor hermanas o hermanos. Pero ha pasado tanto tiempo —demasiado tiempo— y ahora lo único que conoce es este juego sangriento. Sus manos desconocen otra forma que no sean los puños fuertemente apretados alrededor de una espada, blandiéndose eternamente, encontrando su lugar entre pieles y huesos.

Todos ellos trataron de huir, por supuesto. Construyeron muros e intentaron ocultarse, pero él siempre los encontraba. A veces, rogaban. A veces, preferían saltar de un acantilado antes que enfrentarlo. Y algunas otras, lo miraban con los mismos ojos vacíos como los de él, recibiendo a la muerte con los brazos abiertos. Esos eran los que él más envidiaba.

Technoblade nunca muere, es lo que susurraban en las hogueras y piras funerarias.

Él rogaba para que eso no fuera verdad.

Las voces lo condujeron a reinos, aldeas y pueblos —no importó lo que le ofrecieran a cambio—, las voces no demandaban monedas, ellas demandaban sangre. Luchó para hombres valientes y hombres estúpidos, para reyes avariciosos y rebeldes intrépidos. Combatió para ejércitos condenados a ser derrotados, llevándolos a la luz de la victoria. Perdió la cuenta de todos sus aliados con los que combatió lado a lado —después de un tiempo—, sus nombres y caras se perdieron en el limbo de su nublada memoria.

Y luego se encontraba el Ángel de la Muerte.

Era una de las pocas personas que tenían una reputación al nivel de la de Technoblade. Él había escuchado acerca del ángel a través de historias susurradas y conversaciones en tabernas. Escuché que tiene alas de obsidiana, comentó un aldeano a otro con su tarro de cerveza en la mano. Oí que una vez masacró a una armada completa él solo. Incluso atemoriza al Dios Verde.

Technoblade empezó a imaginarse a un hombre despiadado —un inmortal verdugo con la misma mueca torcida como la suya—. Pero Philza no era un ángel vengativo. Era solamente Philza.

Su encuentro fue pura casualidad, en una tierra invernal. Era inhóspito, pero rápidamente empezaron a trabajar juntos en ella —primero como aliados, después como amigos—. A pesar de todo, Philza había tenido una sonrisa más que una mueca, se había reído en vez de carcajeado. En días tranquilos, pasarían sus días jugando ajedrez con una taza de té y meditaciones silenciosas que calmarían las insistentes voces en la cabeza de Technoblade, aunque durara muy poco.

"Sabes", Techno dijo en uno de sus combates de práctica (obviamente tenían que estar en forma, porque los momentos de paz nunca duran tanto como la gente esperaría), "las historias nunca hablan de este lado tuyo".

Philza se detuvo, una pequeña, juguetona sonrisa surgió en su cara. "Oh", dijo. "Entonces, ¿de qué hablan esas historias?"

"Ellos te llaman el Ángel de la Muerte". Techno plantó sus pies en pose de batalla mientras Philza arremetía contra él con su espada embotada. "Dijeron que dejas un camino de destrucción en tu vigilia que nada— ha!" Techno lo bloqueó, para cambiar a ofensiva "—que nada es sagrado para ti".

Sus espadas se encontraron. Se empujaron mutuamente, tratando de conseguir una ventaja sobre el otro y fue gracias a esa cercanía que Techno pudo divisar ese repentino cambio en los ojos de Philza: una frialdad momentánea tan brutal como la furiosa tormenta que ocurría en el exterior. Lo divisó y se esfumó al instante. Su brillo habitual regresó y Philza rio mientras se impulsaba ligeramente hacia atrás con la espada de Techno.

"Las historias son realmente curiosas". Philza dijo mientras blandía su espada otra vez, dándole apenas tiempo a Techno para esquivarla. "Algunas son ciertas..."

Se movió tan rápido que Techno no pudo hacer nada mientras Philza, sujetando la empuñadura, se precipitaba directamente a sus costillas, derribando a Techno en el suelo. Se hincó rápidamente, pero Philza ya estaba parado sobre él con la espada encima de su cabeza, sus ojos brillando de una emoción que Techno no supo identificar. Fue la primera vez en su vida inmortal, mientras se encontraba hincado enfrente de la primera persona a la que llamó amigo, que se sintió cazado.

Después Philza bajó su espada. Le sonrió gentilmente a Techno —esa tranquila sonrisa a la que Techno estaba acostumbrado— y le ofreció una mano enguantada.

"... y otras de ellas no". Philza finalizó. "Así que. ¿El mejor de tres?"

"Eres un bastardo", Techno dijo juguetonamente, incluso cuando las voces gritaban, corre, corre, corre. Tomó la mano que le ofreció Philza y se levantó a sí mismo, quedando al lado del hombre que seguramente pudo cortarlo en dos, sin importar que tan desgastada pudo haber estado la espada. Mientras Philza le explicaba pacientemente todos los errores que había cometido (pequeñas cosas como la posición de los pies y su agarre deficiente), Techno encontró igual de excitante como aterrador que a pesar de sus eones en batallas sangrientas, solo le tomó unos minutos a Philza para encontrar errores en su técnica. Pero la técnica de Techno no estaba particularmente pulida; después de todo sólo le tomaba un ataque mortal para acabar con la mayoría de personas. Algo le decía que Philza sería más difícil de matar que eso.

Ellos conquistaron naciones, él y su amigo pelirrubio. Se deleitaban en la gloria, dioses gemelos brillando en el campo sangriento. Sin embargo, a medida que su imperio crecía, igualmente lo hacían sus enemigos. Venían en manada, día tras días, hasta que Techno olvidó el sabor de la paz. Los días eran largos y las noches aún más largas; cada pequeño movimiento era un espía en las sombras, cada aliado era un posible traidor, cada palabra era una declaración de guerra. Su casa se convirtió en el objetivo de cientos de ejércitos.

A pesar de todo, lo único constante era Philza —hasta que ya no lo fue—. Technoblade simplemente un día miró hacia arriba de un mapa con detalladas líneas enemigas, para darse cuenta que estaba hablando al aire. Él no tenía idea de cuánto tiempo había estado solo, sentado en una polvorienta biblioteca con un té rancio intacto en la mesa de la esquina. No tenía idea si Philza alguna vez le había dicho que se iba a ir, o simplemente se fue así cómo llegó de repente, velozmente, como una tormenta de nieve.

Después de eso, difícilmente había un punto para mantener el imperio. Las voces se estaban aburriendo, de todas formas. Deseaban más. Una nueva batalla, más historias. Así que Techno tomó su espada, su escudo, y se fue en barco. Lo había hecho millones de veces, pero el pensamiento de un tablero de ajedrez sin usar en un castillo desmoronado, lo hizo sentir algo parecido al arrepentimiento.

Technoblade deambuló por el mundo, tratando de apaciguar a las voces. Ninguno estaba satisfecho. No importaba que tanta destrucción provocara, siempre había más trabajo por hacer. Así que siguió trabajando. Perdió la cuenta del tiempo. Todo lo que recuerda de esa época sangrienta es una sensación de insatisfacción, como si una historia hubiera sido abandonada a mitad de camino. Años. Décadas. Tal vez más. Realmente no importa.

Al final, él sabía que siempre sería lo mismo. El mundo se acabaría, y él se quedaría —siempre peleando, siempre solo—.


No sabía qué lo llevó a ese reino en primer lugar. ¿Realmente tenía que verlo él mismo? ¿Simplemente para saciar su curiosidad? ¿Estaba tan aburrido? ¿O había oído acerca de un reino a salvo de las guerras y el trivial resentimiento de sus vecinos —manteniendo la paz y neutralidad por un centenario—, y lo tomó como un reto? Lo que fuera, cuando Techno se paró bajo la sombra del castillo dorado, mirando sus banderas ondear vagamente con la brisa del verano, sintió una punzada de un sentimiento alguna vez conocido en su corazón. Había algo sobre las paredes de piedra y las torres que se erguían hasta el cielo que le recordaban a otro lugar, un lugar frío y lejano.

“Hola forastero” uno de los guardias en la puerta lo llamó. “¿Estás contemplando?”

Technoblade reparó en el tono alegre del guardia. La mayoría de los guardias que veían la espada y la capa rojo-sangre de Technoblade rápidamente se ponían en guardia, pero aparte de sus lanzas que parecían más decorativas que atemorizantes, los guardias en la puerta no parecían estar alerta para nada. Arrogancia, las voces dijeron, este es el reino de la arrogancia.

“Quizás” Techno dijo arrastrando las palabras, respondiendo al guardia. “Aunque, supongo que estoy interesado en el interior, más que en el exterior”.

“¡Por qué no lo habías dicho antes!” El guardia lo invitó a pasar. “El castillo siempre está abierto para los turistas. Sólo pasa directamente”.

Así fue como Techno se encontró a sí mismo paseando lentamente por los corredores del castillo que, en situaciones normales, estaría combatiendo, espadas en mano. Los guardias señalaron a sus armas, obligándolo a dejarlas en la entrada —como si Techno necesitara más que sus manos (a veces, ni siquiera esas) para derramar sangre—. La deficiencia de la seguridad en el castillo era desproporcional a su riqueza: lujosas alfombras que suavizaban las pisadas de Techno, elegantes tapices que decoraban las paredes, ramos florecidos en jarrones tan altos como él y pinturas al óleo con marcos de oro. Pinturas de solemnes paisajes, de animales salvajes paseándose por jardines hermosamente arreglados, de un chico pelinegro montando un caballo blanco, con un pequeño indicio de una sonrisa en la esquina de su boca, y de un rey—

Technoblade se paró bajo la pintura, ubicada entre jarrones de irises. Oh pensó. Es por eso. No era la arrogancia que hacía al reino creer que estaban protegidos de todo. Era su rey.

Retratado en pintura y en presencia, se veía idéntico a como Techno lo recordaba, los años no dejaron su marca en su inmortal cara. Se encontraba parado detrás de un modesto trono, sus manos se posaban gentilmente sobre los hombros de una mujer de pelo oscuro que debía ser su reina. En los brazos de la reina estaba un bebé de rizos dorados, durmiendo pacíficamente. En el suelo, a lado de los pies de la mujer se encontraba otro niño, mayor, con una diadema dorada ubicada sobre sus cabellos castaños.

“¡Wilby!”

La voz chillona de un niño recorrió el pasillo. La mano de Technoblade instintivamente buscó su espada mientras se volteaba del retrato y se encontró a sí mismo enfrente del mismo niño de la pintura.

El príncipe. Era una cosa alta y delgada, su cara conservaba las apenas visibles marcas de la niñez. No podía tener más de catorce años. En la pintura, se encontraba sonriendo, inmortalizado para siempre en deleite. Pero aquí, lo estaba observando, con sus ojos oscuros enfocados antinaturalmente, como si Techno fuera un libro particularmente interesante que él estaba tranquilamente analizando en su cabeza. Techno ha visto esa expresión muchas veces en la cara de viejos generales organizando las estrategias para la batalla.

“Alo”, dijo el príncipe cautelosamente.

Technoblade se descubrió a sí mismo alzando su mano en una pequeña ola. “Hola”.

“¡Wilby! ¡Espérame!” la primera voz volvió a llamar, más cerca esta vez, anunciando la aparición de otro niño a la vuelta del pasillo. Por su lujosa vestimenta y su irritado séquito de sirvientes persiguiéndolo, éste sólo podría ser el príncipe más joven, prácticamente un bebé en la pintura pero ahora era un niño ruidoso de seis años.

El príncipe más joven caminó deliberadamente hacia su hermano mayor —¿Wilby?— y se aferró decididamente a su lado mientras ambos miraban a Techno.

“Y ¿quién eres tú?” preguntó el pequeño príncipe, en lo que debió haber sido un intento de tono amenazante. Sin embargo, sonó como lo que en realidad era: un niño.

“Un visitante” dijo Techno, dudoso de que debería decir ahora.

“¿Has venido para tener una audiencia con nuestro padre?” dijo el mayor de los príncipes en un tono más alto.

“No puedes” dijo de golpe el menor de los príncipes, incrementando su agarre en la pechera de su hermano mayor. “Papá prometió que hoy sería nuestro día con él, así que ya puedes irte, ¡gracias!”

“Tommy, cálmate”.

“Pero Wilbur, papá dijo—”

“Se lo que nuestro padre dijo, Tommy.” El príncipe heredero —Wilbur, entonces, no Wilby; solo los dioses saben lo que Techno hubiera dicho y hecho si el hombre realmente hubiera nombrado a su hijo Wilby—, seguía observando a Techno como un buitre esperando un animal muriendo para descender. “Entonces, visitante, ¿qué asunto te trae a nuestro reino?”

“No tengo ningún asunto,” Techno dijo. “Estoy de visita. Conociendo. Soy un viajero”.

“Primero eres un visitante y ahora eres un viajero”. Una sonrisa surgió en los labios del príncipe. “Esta conversación sería más fácil si supiéramos tu nombre”.

Technoblade miró a los sirvientes alineados detrás de los príncipes, claramente poniendo atención pero lo suficientemente alejados para mantener la ilusión de privacidad. Pero si realmente conocía a su padre, sabría que la mayoría haciendo guardia alrededor de sus hijos serían asesinos letales —sólo que él no anticipó la llegada de un dios—. ¿Qué harían si escuchan su nombre? ¿Alguno de ellos lo reconocería? ¿Sabrían lo que implica tener a los jóvenes príncipes parados enfrente de él? ¿Cuánto durarían si pelearan contra él?

Mientras regresaba su mirada a los príncipes, los encontró diminutos. Podría aplastarlos con la suela de sus zapatos como un par de hormigas.

En vez de eso, Techno se encontró a sí mismo diciendo, “Mi nombre es…”

“¿Technoblade?”

Technoblade apartó su vista de los pequeños príncipes, encontrando con la mirada a su padre.

“¿Philza?”

Philza se quedó parado al final del pasillo, indudablemente siguiendo la familiar cadencia de las voces de sus hijos. Los observaba ahora, aún parados ante Technoblade como ovejas inocentes esperando su muerte. Pero los ojos de Philza no mostraban miedo. En cambio, cuando observó de regreso a Technoblade, sólo sonrió, su cara se suavizó con un familiar alivio —la expresión de un hombre que, después de una larga y difícil guerra, finalmente ve paz en el horizonte—.

“Viejo amigo,” dijo Philza. “Es bueno verte de nuevo”.

Traidor, las voces clamaban, traidor traidor traidor traidor—

“¡Padre!” La voz de Wilbur los trajo de vuelta a la realidad; este era un castillo diferente, una época diferente. “¿Conoce a este extraño?”

“Bueno, obviamente Wilbur”. Tommy rodó los ojos. “Papá acaba de decir su nombre, ¿no? Technoblade. Ese es un nombre muy tonto”.

“¡Tommy!” Philza lo reprendió, sin un enojo real detrás de sus palabras. Se acercó más hacia ellos, sus pasos tranquilos y uniformes. El séquito de sirvientes que había estado persiguiendo a los dos chicos hicieron una reverencia por la deferencia hacia su líder, a pesar de no estar portando la corona. En realidad, parecía un viajero casi tanto como el mismo Technoblade —vestido con unos pantalones y una camisa igual de simples, perfectos para mezclarse, perfecto para un hombre en fuga—.

“Ha pasado un tiempo,” Philza dijo cuando los alcanzó, poniendo gentilmente una mano sobre la rubia cabellera de Tommy. El chico se arqueó hacia el toque como un girasol intentando alcanzar el sol. Technoblade no supo si el movimiento fue calculado o un mero acto de afecto. O, conociendo a Philza, ambos. “¿Cómo has estado?”

“¿Que cómo he estado?” dijo Techno incrédulo, sintiendo un familiar escalofrío en sus huesos. “Phil, yo—”

“De hecho,” Philza interrumpió, hincándose para mirar directo a los ojos a sus hijos. “Wilbur, lleva a tu hermano al jardín por un momento, por favor”.

Wilbur hizo un puchero, por primera vez viéndose como un niño de su edad “Pero tú dijiste—”

“Sé lo que prometí, y siempre cumplo mis promesas, ¿o no?” Philza revolvió el cabello de Wilbur y después el de Tommy. “Los alcanzaré en un momento, sólo necesito hablar de algo con Technoblade”.

Wilbur se quedó observando a su padre por un largo tiempo, intentando descifrar la verdad en sus palabras, después asintió. Tomó la mano de su hermano, llevándolo lejos. “Vamos, Tommy,” dijo. “Juguemos afuera”.

“Technoblade sigue siendo un nombre tonto,” murmuró Tommy mientras pasaban cerca de éste, seguidos por sus sirvientes.

Wilbur se encontró con la mirada de Techno, sólo por un momento, antes de que se fueran por el pasillo saliendo de su vista, dejando solos a Technoblade y al rey.

Technoblade se volteó hacia Philza, su viejo amigo, y se encontró con la sonrisa borrada de su cara.

Philza señaló el final del pasillo. “¿Caminamos?”

Technoblade sólo pudo asentir y seguir a Philza.

Estaban callados mientras caminaban. Technoblade recordaba días como este durante su tiempo juntos, días largos de silencio en compañía mientras ellos simplemente existían juntos. Pero era algo muy diferente esta vez. Había un borde. Techno pudo sentir como Philza lo estaba midiendo, contando sus armas secretas, calculando sus mejoras. En cambio, Techno trazó sus rutas de escape mientras Philza lo guiaba por los pasillos, luego por un amplio tramo de escaleras. No quería esperar violencia de Philza, pero tampoco había esperado ser abandonado.

Llegaron a un balcón que daba a un jardín, de donde indudablemente procedían la mayoría de las flores del interior. Alrededor de pilares de mármol crecían glicinias y hiedra; rosales, dientes de león y claveles florecían en masa al pie de elaboradas estatuas de piedra. En el centro del jardín había un sauce llorón, cuyas ramas proporcionaban sombra a los dos niños que se perseguían por la hierba. Su risa resonó a través del claro, llegando incluso a Techno y a su padre en lo alto del balcón.

Durante un tiempo, los dos se limitaron a observar a los dos príncipes. Wilbur era obviamente más rápido que Tommy, pero desaceleraba su paso lo suficiente para que su hermano pequeño se divirtiera persiguiéndole los talones.

"Son un problema". El tono suave de Philza desvió la atención de Techno de los príncipes. El rey estaba casi sonriendo, pero la dura mirada de sus ojos no desapareció. “Wilbur era más tranquilo, antes de que naciera Tommy. Un pequeño ratón de biblioteca, escondido en su habitación todo el día. Pero tengo la sensación de que no viniste para oír historias tontas como esa". Philza se volvió hacia Techno. "Así que adelante. Déjame escucharlo".

Techno no sabía lo que se suponía que debía decir. No sabía lo que se suponía que debía sentir. Durante años, había apartado a Philza de su mente, decidido a olvidar ese interludio de paz. Había dejado que los recuerdos se infectaran como heridas no tratadas, y ahora pensaba que prefería morir de la infección que reconocer en voz alta que era real, que el dolor estaba ahí.

“No tenía intención de visitarte,” Techno dijo eventualmente. “No sabía que este lugar era tuyo. Puedo irme si tú—”

“No”. Philza negó con su cabeza. “No te vayas. La verdad, esta reunión era inevitable. O, yo esperaba que lo fuera”.

“¿Cuánto tiempo has estado aquí?”

Philza lo pensó. “¿Cuánto tiempo lleva en pie el reino?”

“Phil, eso es—”

“Lo sé. Personas como nosotros no deberían estar en un solo lugar por mucho tiempo”. Philza suspiró, volteando hacia el horizonte. Apoyó sus brazos sobre las barandillas de hierro forjado y miró más allá del jardín, contemplando las pendientes de las montañas, el reino que se expande más y más, sin saber que su inmortal rey es lo único que se interpone entre ellos y la destrucción. “Encontré un pequeño pueblo mientras viajaba, convirtiéndolo en algo más. Me dije a mí mismo que me iría después de un año, después se convirtieron en dos años, tres años, una década. Me fui eventualmente, antes de que descubrieran por qué su alcalde no envejecía. Pero después descubrí, en el momento en el que me fui...” La expresión de Philza se volvió fría. “Ellos fueron aniquilados. Cuando regresé, todo y todas las personas habían sido quemadas sin dejar rastro. Eran sólo cenizas. Todo lo que construí… Había sobrevivientes, por supuesto y ellos culpaban a su líder por abandonarlos, por supuesto, como deberían. Así que me quedé. Lo reconstruí de nuevo, desde algo pequeño, de un pueblo diezmado hasta lo que ves ahora. Hasta donde sabe la gente, el liderazgo se ha pasado de un rey a otro que tiene un aspecto vagamente parecido, estoy seguro que los mayores tienen sus sospechas, pero ¿realmente es algo tan malo ser conocido?”

Techno no se había percatado, hasta que Philza se volteó a mirarlo, que estaba esperando una respuesta a su pregunta. Pero lo único que Techno pudo decir fue, “¿Es por esto que me abandonaste?”

“Techno—”

"Lo entiendo. Oíste que el lugar que amabas estaba en peligro, así que decidiste regresar, pero yo... es solo que... ¿por qué no me llevaste contigo?" Aquí estaba, al fin. Catarsis, o algo parecido a eso. "Los hubiera cazado contigo, Philza, a los que se atrevieron a hacerle eso a tu aldea. Te hubiera entregado tu venganza en bandeja de plata. Incluso te hubiera dado el mundo".

Philza no parecía arrepentido. Solo se veía cansado. "Pero no los cacé al final".

“¿Qué?”

“Las personas que quemaron mi pueblo. No los cacé, por mucho que quisiera. Ya se habían ido mucho tiempo antes de que yo llegara y en ese momento mi gente necesitaba un líder, no un cazador. Y no te traje porque—”

“Porque no sé cuándo quedarme”.

Se mantuvieron ahí, dejando que las palabras se asentaran en el silencio que se tensaba más y más como una cuerda alrededor del cuello de Technoblade.

Niégalo, quería gritarle, dime que me equivoco.

Philza no lo hizo.

“No necesito oír esto de ti”, Techno escupió. Un pozo de viejo dolor y enojo, alguna vez seco, comenzó a llenarse de nuevo. “¿Acaso tus hijos saben lo que eres realmente? ¿Quién eres? El ángel de la muerte, domesticado. Qué farsa”.

Philza se tensó. “No sabes nada de lo que estás diciendo”.

“Una vez te vi destrozar a un hombre con tus manos, ¿y ahora me estás hablando de liderazgo? ¿De compasión?”

“Nunca dije nada de compasión. Si hubiera renunciado totalmente a mis métodos, mi reino no sería lo que es hoy. Los perros domesticados siguen mordiendo”.

Philza dio un paso hacia él hasta quedar cara a cara. A pesar de las acusaciones que Techno le lanzó, aún después de su sangrienta historia, Techno nunca había visto realmente enojado a Philza. Pero tenía el presentimiento de que si seguía recorriendo este camino, terminaría conociendo el alcance total de la ira de su viejo amigo. Los ojos de Philza eran duros como el pedernal —a una chispa de incendiarlo todo—.

Technoblade desvió su mirada al jardín. Phil siguió su mirada hasta que ambos se encontraron observando a los niños jugando debajo, que habían detenido su juego para contemplar a su padre y al forastero.

No pudieron oír nada de lo que Phil o Techno dijeron, pero Wilbur se paró con su cabeza instintivamente ladeada, como si intentara voltear las palabras.

“¡Papá!” Tommy gritó. “¿Ya terminaste?”

“¡Ya casi!” Philza respondió. “Ahora voy con ustedes, ¿está bien?”

Tommy le dio un codazo a Wilbur y le dijo algo que provocó que Wilbur echara su cabeza hacia atrás carcajeándose. Después ambos se fueron, regresando a su melosa niñez. Cuando Techno se volteó de nuevo hacia Phil, la expresión del rey se había suavizado considerablemente. Techno podría vivir otros mil años y nunca entendería con qué facilidad Philza ocultaba su ira.

“No tenía la intención de… establecerme”, Philza dijo, más tranquilo ahora, como si le implorara a un niño detener su rabieta. Sus ojos seguían mirando a sus hijos a lo lejos. “Estaba feliz, por un tiempo, ver el reino crecer. Pero estos mortales y su corta, breve existencia… ellos te atraen, Technoblade. Solía pensar que ellos eran insectos atraídos por las llamas, condenados a quemarse por las cosas más intrascendentes. Hemos visto sus guerras, tú y yo. Combatimos en ellas. Nosotros sabemos las cosas que se hacen los unos a los otros”. Philza agarraba la barandilla como si fuera lo único que evitara que saliera volando. “Pero con los años también he descubierto lo que hacen por los otros. Sus vidas siempre serán un año, una semana, un día menos, sin embargo, eso no parece preocuparles demasiado. Viven de todas formas. Aman a pesar de todo. Perdona a un viejo dios que anhela un pedazo de todo eso para sí mismo”.

Recorrió una brisa del final de la mañana, llevando consigo la esencia de las flores y los restos de la angustia que Techno aún conservaba. La ira seguía presente, y el sentimiento de traición tan grande que probablemente nunca pueda superarse, sin embargo el cansancio había empezado a instalarse. Technoblade estaba acostumbrado a rápidos combates y largas cacerías, pero un altercado verbal era algo para lo que nunca había entrenado— mayormente porque no tenía interés en hablar con alguien que importara desde… desde siempre, de hecho.

Tal vez Philza ya estaba cansado también de su anterior vida. Siempre peleando, nunca a salvo. Y aunque Techno creyó que solo era cuestión de tiempo para que ese juego de paz terminara, pensó que quizá empezaba a entender por qué Philza aprovechó la oportunidad. Era un movimiento torpe y Techno se burlaría por el resto de sus inmortales vidas, pero no era la peor elección que alguien había hecho. Techno ha visto lo peor, esto era apenas una gota en el mar de las malas decisiones.

Aún así. Era estúpido. Solo un vistazo más a Philza para que Techno comprendiera que él seguramente también lo sabía.

“¿Son como tú?” Techno preguntó al final, sin saber qué respuesta estaba esperando. “¿Tus chicos?”

Philza suspiró. “No le desearía mi destino ni a mi peor enemigo, mucho menos a mis propios hijos”. Sus manos se tensaron sobre la barandilla. “Lo sacaron de su madre. Mortales. Bueno, en todos los sentidos. Le agradezco a cualquier dios que haya existido por eso. Pero a veces…”

“¿A veces?” Techno soltó cuando el silencio se extendió demasiado tiempo.

La mandíbula de Philza se tensó. “Es Wilbur. Habla acerca de unas voces…”

“¿Voces?”

Sus ojos se encontraron. Una conversación de hace muchas vidas se reprodujo en la mente de Techno— un momento de debilidad en un castillo no tan diferente a este, donde derramó sus secretos tan fácil como derramaba sangre. Las voces, Phil, demandan sangre. Se encontraba un mundo de agonía en la mirada de Philza, una carga que sólo entendería un padre que teme por su hijo.

“Estoy agradecido que no sea como yo”, dijo Philza. “Pero a veces temo que esté creciendo más y más como tú”.

El aire se atoró en la garganta de Techno. Resistió la urgencia de mirar de nuevo hacia el jardín, de buscar por el pasto al chico de la antigua mirada.

Las voces empezaron a cantar.

No estás solo, dijeron las voces, No estás solo, No estás solo, No estás solo—

“No” Techno dijo, poniendo sus manos en puños, apretando tan fuerte hasta conseguir clavarse las uñas, provocando que saliera sangre —su penitencia diaria—. “Pero sólo es un niño”.

Techno se detuvo. ¿De qué estaba hablando? ¿Qué importaba lo que fuera Wilbur? ¿Qué era este dolor repentino en su pecho, una herida mucho más profunda, una vieja aflicción? Él no conoce a ese niño. No debería importarle. No le importaba.

Pero Philza le sujetó la muñeca, como si supiera que Techno estaba a punto de huir, forzándolo a encontrarse con su torturada mirada.

“Es por eso que esperaba que vinieras. La verdad, estuve muy cerca de ir a buscarte yo mismo. No puedo hacer esto solo, Technoblade, por mucho que quiera. Eres el único—”

“Quieres mi ayuda” Techno dijo fríamente. “Mi ayuda, después de abandonarme. Después de criticar mis maneras y llamarme un monstruo”.

Philza se estremeció “Yo nunca te llamaría así, mi amigo”.

Amigo. La palabra que Techno verdaderamente entendió en los días de nieve y dulce té.

“No te debo nada” Techno dijo tranquilamente. “No le debo nada a— a ese niño”.

“Lo sé”.

“Además tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo”.

“Lo sé”.

“Después de todo lo que hiciste, ni siquiera debería estar escuchándote en este momento. Sólo debería irme”.

“Lo sé, Techno, ya lo sé”.

Después Philza hizo algo que Techno, ni en un millón de años, se hubiera esperado. Se arrodilló. Philza, una vez emperador, actual rey, el Ángel de la muerte, se inclinó frente a Techno, agarrando patéticamente su capa, sus cabellos dorados inclinados. Las voces eran un coro de disgusto y desprecio —oh, como el poderoso a caído— y cuando Philza volvió a hablar, su voz vaciló.

“Lo siento muchísimo por haberme ido. Pero te lo estoy pidiendo, te lo ruego, haz esto por mí. Por mi hijo. Por la amistad que alguna vez compartimos, Techno. Por favor. Por favor. No sé cuánto tiempo más nos darán los dioses”.

“¿Qué quieres que haga?” Techno demandó, su propia voz desgastada en los bordes. “¿Qué esperas de mí, Phil?”

Philza lo miró desde abajo, su cara completamente en agonía. “Quédate. Quédate y ayúdame, lo más que puedas. Juntos, tal vez hasta podemos ayudarte también”.

Las voces se detuvieron. Sólo por un momento. Sólo por un respiro, en lo que consideraban el peso de las palabras de Philza. Y, dioses, ese silencio —por muy breve, fugaz que fuera— fue la cosa más dulce que Techno había escuchado.

Podemos ayudarte. ¿Qué significaba eso exactamente? ¿Eso qué implicaba?

Techno no sabía y no le importaba. Él vino en busca de un reino de paz y lo encontró. Perdona a un viejo dios que anhela un pedazo de todo eso para sí mismo, Philza había dicho. ¿Y qué era esa paz sino el silencio? ¿Eso no era libertad al fin?

Así que cuando las voces empezaron a cantar de nuevo, un inmortal cazador le ofreció su mano a un inmortal rey. El sol subió más alto, hasta el corazón del cielo mientras Techno jalaba a Philza hasta estar de pie y se encontraban en el mismo lugar una vez más.

No tenía idea de lo que estaba haciendo. Pero realmente no había otra alternativa. Así que Techno se encontró con la mirada de su viejo amigo y dijo, “Está bien. Tú y yo, una vez más”.

Notes:

¡Hola! Antes de que continúes, me gustaría señalar que la representación de las voces en este fic no pretende en absoluto ser paralelo con los problemas mentales de la vida real. Me gustaría que todos tuvieran esto en cuenta. Sean respetuosos y amables. Gracias :)

-Es nuestra primera traducción, así que apreciamos comentarios y retroalimentación, esperamos que les guste :D