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Addiction

Summary:

Para Shōto, enamorarse de Izuku fue la experiencia más cercana que estuvo de sentirse completo. Limpio. Sin imperfección. Amarlo fue la cura tácita de sus adicciones y afecciones, de sentirse solo, miserable y de abandonarse en el asiento trasero del auto a componer rimas etílicas desvariando nicotina.

Sin embargo, Izuku se volvió adicto a lo que Shōto fue en el verano que lo conoció y de su romance desatado en tardes de sentimientos cálidos. Era demasiado torpe y sensible para querer comprender que el amor también podía ser doloroso al punto de romperse en silencio y reconstruirse en sentimientos nuevos.

Demasiado joven para enfrascarse con lo que había sido para él amar las adicciones de sus ilusiones marchitas. Y serán los puertos de San Petersburgo y los labios tibios de Shōto su alivio existencial de las adicciones que lo afrontaron por un corto periodo de su vida.

Notes:

Primera parte: Presagios de un romance en verano

Es inexorable cuando se destina a encontrarse, conocerse y enamorarse.

Chapter 1: Sobre los amores a primera vista o la chimenea andante que bebe mucho vodka

Chapter Text

Era el comienzo de las vacaciones a mediados de junio. Izuku recién cumplía diecisiete años y al fin regresaría a casa teniendo seis semanas de distancia para retornar al internado.

Su padre, que en apariencia no tenía nada de suyo, lo recogió a la entrada en esa camioneta que trajo de América. Se encorvó para rodearlo y estrecharlo entre los brazos gruesos y torneados haciendo que los huesos de su columna crujieran estrepitosos.

La avidez y efusividad del abrazo dejó a Izuku replicándose para sus adentros lo poco, por no decir nada, orgulloso del cuerpo esbelto que se carga y la nívea piel aterciopelada, casi rosácea cada que el sol golpea tenue sus carrillos y la punta redondeada de su nariz respingada.

La mera visión de sí mismo lo escandalizó de pronto que se dedicó a apretar los ojos y los llanos de sus labios sintiendo el barrullo fresco del aire entrando por la ventana bien abierta de su asiento, acariciando los rizos oscuros de su cabello antes que la cúspide del verano inicie en julio y cambie las camisas holgadas por los bañadores de las vacaciones del año pasado.

El viaje era largo. Su hogar se situaba alejada del bullicioso centro de Tokio, en el distrito privado de Masutafu sobre colinas amuralladas que abarcan acres de extensión. Al llegar, Inko los esperaba en el porche leyendo partituras de una sonata más que un día se convertiría en la hermosa melodía que haría eco en la antesala.

El claxon se escuchó estruendoso por todo el vecindario. Los cabellos que tocaban las hojas ondearon al igual que su vestido al echarse a correr al escucharlo dejando atrás los papeles en manos sin temor al viento. Las ansias removieron el ánimo de Izuku que no esperó hasta que su padre aparcara a la orilla de la acera y salió del auto en movimiento trastabillando y echándose a correr hasta sentirla en sus brazos. Estrechó su cuerpo y lloró en su hombro.

Había olvidado cómo era su calidez, su aroma y voz silenciosa Casi le dolió separarse de ella y limpió sus ojos empañados con el dorso de su mano y pasó a entrar a la residencia abrazado de sus padres mientras comentaba lo grandioso que vivió ese año, ellos lo escuchaban atentos.

Hablaron poco, los sentimientos los asaltaban a ratos riendo mucho o llorando. No todo había sido tan bueno pero eso es historia para otro cuento.

Seguido del atardecer vistió con lo primero que halló. Irían a cenar al club con la familia Chisaki. No tenía el ánimo de hacerlo; quería comer pizza, dormir y despertar de madrugada para seguir comiendo, pero se limitaba a recoger los rizos que caían en su frente con pasadores negros.

Algún día aprovecharía a cortarse el cabello.

Pasó de estar en su habitación al restaurant en una estancia pulida, aclimatarse al ambiente de adultos era incómodo, aburrido, humillante. Se preparó para enfrentarlo y mientras cenaban parecía atento a la conversación; escuchaba poco del tema y veía su plato sin mucho apetito.

─Como digo. Esa mujer usa a mi hija nada más para sacarme dinero y se ha unido con un profesor de secundaria. ¿Qué le puede ofrecer un don nadie como él a mi hermosa Eri? ─dice el patriarca de los Chisaki, un hombre de carácter prepotente y bien parecido.

Afonso Midoriya difiere. Chisaki es meticuloso y diligente, incluso así ha descuidado siempre a su familia, y hace un gesto de negación tratando de razonar lo irrazonable para Chisaki.

─Amor, tiempo y comprensión ─interrumpió su hijo Kai, tajante y sin expresión e ignora la mirada hostil del mayor─. No juegues y come ─dice para Izuku.

─No me gusta el pescado.

─Sí te gusta. Te aseguro que el pescado tiene proteínas equivalentes al atún. Si quieres ganar masa muscular debes comer sano ─Pasa el último rollito californiano al plato del menor─. Come.

Kai no es de ser amable, nunca, y niega rotundamente que con Izuku y Eri es la excepción.

Izuku lo hace, titubea pero la costumbre de obedecer a los mayores es de siempre. Kai es siete años mayor y se conocen hace siete años atrás, los suficientes para aceptar que Izuku es gay.

─Además ─comenta dirigiéndose en especial a su padre─, Eri siempre te ha tenido miedo. Prefiere mil veces al gato sucio de Shota que a ti.

Chisaki se levantó furibundo contiendo a darle una bofetada a su hijo ahí mismo y suspira retomando la compostura. En los labios de Kai figura un atisbo de sonrisa petulante que despierta el nerviosismo en Inko que se desborda en pantomimas queriendo eludir el silencio que rasga lo apacible que había ido la cena.

Es incómodo, piensa Izuku encogiéndose en el asiento. Ya lo previa venir con lo chocante que ambos Chisaki eran porque Kai odia a su padre pero guarda un respeto invaluable a su abuelo quien se prestó a enseñarle muchas cosas, a ser un buen hombre y persona, y amarse a sí mismo.

Y sigue divagando sobre Kai y Eri. Está feliz por Eri. Kai posiblemente la extraña.

Tan pronto es consciente de lo encorvado que estuvo mientras murmuraba corrige su postura, alinea los hombros y tensa los músculos bajo la camisa delgada. Barre de nuevo el salón con la mirada tropezando con los detalles y personas. Sus ojos saltaban con rapidez de un objeto a otro y fue así cuando lo vio a él en una esquina bebiendo mucho y fumando tanto con la punta del cigarrillo ardiendo y bailando entre sus dedos delgados, con la mirada puesta en la nada, o eso parecía, y el cabello peinado hacia un lado de dos colores desiguales.

Es... raro .

Claro que no lo pensó sino musito lo suficiente audible para que Kai dirigiese la mirada a donde ve─. ¿Te gusta? No seas cobarde y ve a hablarle.

Izuku de prisa negó tímidamente con un sonroso en sus carrillos. Comió otro bocado desviando la mirada del medio pelirrojo creyendo que sería imposible que se fije en él. Kai persistió a ver al medio pelirrojo que parecía una chimenea con largas cortinas de humo echadas al aire. Llamó al mozo pidiendo que llevasen una botella de lo que ha bebido el hombre de la esquina a nombre de Midoriya Izuku. Lo cargó a la cuenta de su padre que torneó los ojos, indiferente a la conversación corta. No pasó desapercibido con lo indiscreto que fue. Inko sonrió y Afonso siguió con la mirada al mozo que fue directo al bar.

Izuku enroscó como tuerca los brazos en su cabeza despeinándose un poco de tal bochorno que lo hizo pasar Kai al ser señalado por el mozo haciendo entrega de la botella de vodka, según escuchó de Chisaki, él no sabía diferenciar entre vodka o cualquier licor por lo que no le tomó tanta importancia.

El pelirrojo tendió una mirada fugaz que lo dejó sin aliento sofocándose con sus sentimientos. Hundió el rostro entre sus manos teniendo la idea infantil que si no veía nada, nadie lo vería a él. Pero Izuku es bonito y nunca pasa desapercibido ni para sus padres que acariciaban su espalda preguntándole si quería que se fueran.

Ellos saben que a Izuku le va a los hombres, y él prefiere no recordarlo por lo incómodo que fue conversar con su tío Yagi en San Francisco y tener a su esposo Dave haciendo de cenar.

En algún, y homófobo, momento creyeron fue la influencia de Yagi pero no recabarían en la razón del por qué su hijo era gay ya que según ellos, allá en América ser gay es extraordinario y en Japón es encontrar una aguja en un pajar.

Que ese chico lo fuera era una mísera posibilidad de un millón que lo descubrió al regreso del mozo entregándole una servilleta escrita en ella en kanji, algo desbaratada por los pliegues: «Gracias por el vodka; mañana estaré practicando Kyūdō. Espero verte para conocerte mejor, Midoriya. Firma: Shōto Todoroki».

Y para los cinco fue como si el nudo invisible en su garganta fuera desatado.