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El tictac del reloj lo iba a volver loco. Desde que se lanzó a realizar el rito que el rey Robert le había mostrado, Antonio no se sentía el mismo. A ratos la vista se le emborronaba y a veces veía destellos o sombras. Robert le había dicho que esperase fuera, que estar mirando a Francis mientras la magia surtía efecto no le ayudaría a mantener la calma. La verdad, estar en el pasillo tampoco ayudaba.
En absoluto.
A la mierda, iba a entrar. Le daba igual lo que Robert quisiera, ya le había dado lo suficiente. Ahora que su marca iba a desaparecer, no quedaría nadie que le hiciera sombra en el trono y aseguraría su posición en la silla. Cuando ya abría la puerta, el mundo se convirtió en un borrón de vértigo. Perdió pie y se preparó para una aparatosa caída que, al final, nunca llegó. Le recibieron unos brazos, un calor agradable y un olor a lavanda, acompañados por el estúpido tictac.
