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El verano de 2019 fue parecido a los precedentes. Viajaron al noroeste de España, a la Castilla y León de su abuela, y se reencontró con Francis. Se habían conocido a los diez, cuando sus padres lo arrastraron a casa de uno de sus tíos lejanos. Aunque tuvieron un inicio accidentado —y por "inicio accidentado" quería decir que habían llegado a pegarse—, después de un incidente se habían convertido en mejores amigos.
Cada uno vivía en la otra punta, pero cada año se reencontraban unos meses. Desde los dieciséis, Francis alquilaba una motillo, Antonio se ponía el casco y se montaba de paquete abrazando su cintura. Las horas a la sombra, en el campo, las tardes de piscina, las horas frente al ventilador, los helados en el porche de la casa de su abuela, frente a los campos de trigo…
También se iban las noches de fiesta y pillaban una cogorza que los llevaba a desternillarse sin control. Luego, cuando amanecía y se les había pasado la borrachera echados sobre el pasto, se montaban en la moto y protegido por el casco y se escondía del viento tras la espalda de Francis.
Aquel verano era igual que otro cualquiera.
Lo que habían cambiado eran sus sentimientos hacia Francis.
