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Aún no había podido olvidar la primera vez que lo encontró. Francis Bonnefoy, un simple ganadero de las montañas francesas, estaba reagrupando a su pequeño rebaño de ovejas, que se había extraviado ante el potente aullido de un lobo a no mucha distancia. El sol estaba cayendo y aunque había tenido tiempo de volver a casa antes de que lo engullera la noche, fue derrotado al tener que desviarse para recoger a sus ovejas por las zonas de nieve alta.
El grosor de ésta le había mojado los pantalones hasta por encima de las rodillas y a pesar de llevar ropa de lana y abundantes capas, el frío de la noche empezaba a calarle. Las orejas, la nariz y las mejillas habían enrojecido a causa de las bajas temperaturas. Al fin encontró a la última, la azuzó para que corriera hacia el resto y escuchó una voz. Alguien cantaba en una lengua que no conocía, con un tono de voz celestial. Sabía que debía marcharse, pero el canto corría por las lomas de la montaña con tanta claridad que incluso cuando dio diez pasos en dirección contraria aún podía escucharla a la perfección. Se detuvo y miró hacia la cima de la montaña.
Un poco de curiosidad tampoco hacía daño.
Pasó entre un grupo de árboles y encontró un saliente al que encaramarse. Arriba había un claro cubierto de nieve casi virgen. Había unas pequeñas pisadas, pero lo superficiales que eran. Entonces, bajo la luz de la luna, vio al hombre más bello que había visto nunca. Su perfecta piel de porcelana, sus ojos claros, su cabello oscuro y sus elegantes ropajes. Parecía un noble. El corazón brincó en su pecho y se quedó escuchando su melodía. La perfección con la que afinaba le tenía hipnotizado. No le parecía natural. Entonces fue cuando vio los afilados colmillos brillando mientras alcanzaba una de las notas más altas. Un depredador. Un vampiro.
El descubrimiento lo llevó a correr. Intentó olvidarle, pero cada vez que la luna se alzaba en el firmamento, de cuarto creciente, Francis se encontraba tarareando la misteriosa canción de aquel vampiro. Así que el segundo aniversario de ese fortuito encuentro, Francis dejó a las ovejas a salvo tras su cerca y se aventuró a las montañas. El hombre estaba allí, en la misma roca, cantando la misma canción que ahora Francis podía vocalizar con torpeza. Parecería una persona normal de no ser por sus colmillos y por esa belleza tan perfecta.
No podía moverse, se había quedado clavado en el sitio.
La canción terminó y el vampiro, con calculada premeditación, entornó el rostro hacia donde Francis se escondía y le sonrió con lo que le pareció ternura. Tendió una mano en su dirección y su voz, como siempre, resonó en el claro.
— ¿Por qué no te sientas conmigo? La luna está preciosa, podríamos charlar.
Francis no respondió, siguió escudado tras el árbol.
— Sabes que puedo escuchar el latido de tu corazón desde aquí, ¿verdad?
