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La cabeza le zumbaba y su vista aún seguía siendo una masa borrosa en la que le costaba diferenciar unas formas de otra. Unas manos robustas aunque gentiles se apoyaron en sus hombros y le empujaron contra la tierra.
— ¿Está bien? —inquirió una voz juvenil.
— Dejadle espacio y estará bien.
A esa la reconocía: era la de Germania, como el sonido del hielo arrastrándose sobre la nieve. Notó su mano sobre su hombro de nuevo.
— No me he marcado un farol, ¿verdad?
— Aún no lo tengo claro. Me has pegado fuerte.
— Me exigiste que no me contuviera.
— Una cosa es no contenerse y otra muy distinta la saña.
El contacto fugaz de unos labios contra los suyos le despertó. Roma abrió los ojos y encontró a la otra nación taciturna y con un delicado sonrojo. La emoción iluminó los ojos del gran imperio.
— ¿M-me has…?
— Cállate. Te advierto: soy capaz de no volver a repetirlo en la vida.
— Me callo. Me callo.
