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— Oh, no. Es terrible. ¡Oh, cielos!
En su sofá, Crowley levantó la cabeza del cojín en el que había descansado y centró sus ojos viperinos en Azirafel. No dejaba de murmurar frases por el estilo. En ningún momento se dirigió a él. Cansado de sus sonidos inconexos, le pegó una patada a la mesa de té, que vibró y lo sacó de su bucle.
— ¿Por qué has hecho eso? —le preguntó el ángel con una mano sobre el pecho.
— No dejabas de lamentarte sin final y me estabas molestando. ¿Se puede saber qué te pasa?
— ¿Recuerdas la Sophora Toromiro, esa bella flor amarilla? Pone en el periódico que la han declarado extinta en su país. Es terrible. Una flor tan bonita, desaparecida de la Tierra. Debería haber cultivado una para preservarla.
Crowley mantuvo la cara de indiferencia y se dejó caer sobre su lugar de descanso. No sería él quien le dijera que, quizás, la culpa de su desaparición recaía en los hombros de ambos. Por una parte en los de Azirafel, puesto que era su flor favorita y por otra en los suyos, porque era lo suficientemente idiota como para ir hasta la dichosa Isla de Pascua a buscarle una. Lo que no hacía por ver una sonrisa en esa cara de bobalicón...
