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Enciéndeme

Summary:

—Te diré mi verdadero nombre, si me dejas besarte.

Hace un tiempo Bakugo dejó de intentar hallarle lógica al comportamiento de Kirishima. A la semana que el pacto se había desvanecido, pero no él, Bakugo decidió que no le importaban tanto las razones siempre y cuando pudiera sacarle provecho al presente. Pero por más errático y anómalo que sea Kirishima, ofrecer su verdadero nombre es insólito. Es exponer su cuello a la espada de Bakugo, escogerlo como verdugo y confiar en que no le lastimará.

Notes:

Esto es como un intento jalogüinesco de kiribaku. Y decir intento es ser muy generosa jaja. Hace mucho que no publicaba nada, cosas de la vida. A ver si el tiempo me deja agarrar otra vez un buen ritmo.

Y sí, en todos mis AUs, Ochako y Bakugo son compas. Ninguno entiende cómo llegaron a eso pero lo son.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El cabello de Kirishima es rojo cuando la luz lo alcanza; si es del sol se vuelve un color vibrante, casi irreal. Durante las noches es negro, y cuando Bakugo lo toca se siente como fuego que no quema, que solo abraza las yemas de sus dedos y deja un rastro cálido.

—No es que sea necesario—le dice orbitando sobre su hombro, mirando hacia la ventana. Bakugo se truena los dedos, luego el cuello.

—Pocas cosas son necesarias.

—Está oscuro—susurra, tocando con una uña afilada el vidrio. Afuera el sol aún no se ha ocultado y todo está pintado a colores naranjas de otoño, pero Kirishima ve mucho más allá, lo que los humanos no tienen permitido ver, y ahí donde reside su mirada no hay luz—. Déjame ir contigo.

Es redundante, porque Bakugo no pensó en algún momento prohibirle ir, pero para la raza de Kirishima es imperativo marcar los límites y los permisos. No es un buen augurio que quiera acompañarle, pero Bakugo ya pasó el punto donde la incertidumbre del futuro le carcome la cabeza.

—De acuerdo—traga saliva, y Kirishima deja de mirar por la ventana y clava sus ojos en él. Avanza hasta meterse en su espacio personal, como ninguna persona se atreve a hacerlo, y se queda quieto sin mediar palabra, esperando permiso. Bakugo asiente con la cabeza y solo entonces es que una mano de uñas largas —garras, son garras, escucha en su mente— se enrosca en su cuello.

Bakugo está seguro de que no importa la cantidad de veces, nunca dejará de asombrarlo y asustarle la sensación de Kirishima fundiéndose con su piel, el cómo su todo se mete entre sus músculos, acaricia sus tendones y se vuelve un calor permeable en sus costillas. A veces es como el éxtasis —mejor, incluso—, y en otras es algo desgarrador, como si debajo de su piel hubiera miles de gusanos que le devoraran la carne. No importa exactamente el qué, siempre le deja con la respiración entrecortada y un peso ajeno en su nuca. Si pudiera clasificarlo como una caricia, sería la más mortal y mejor de todas.

Toma sus llaves y su navaja, guardándose ambas en el bolsillo delantero de su pantalón. Vuelve a tronarse el cuello, aunque esta ocasión es consciente de la satisfacción que no es suya, del temblor que se asienta en el fondo de su vientre. Apaga las luces antes de salir, atento a no tocarse la garganta, a no hacer nada que dé indicios de algo anormal. Es imposible que realmente alguien lo note, lo sabe, pero cada que lleva a Kirishima con él no puede evitar hacerlo. Es como una comezón que no ha iniciado, pero es crónica y por ello sabe que en uno u otro momento le va a asaltar.

En el metro, dos estaciones antes de llegar a su destino, descubre a alguien mirándole. Pasan por un túnel que apaga la luz y vuelve la cabina un tubo con eco; el otro tipo sigue mirándolo. Siente a Kirishima moverse hasta su quijada, como una lengua de fuego repasar su barbilla, pero desde dentro y Bakugo se acomoda mejor contra la pared, apretando con fuerza la navaja en su bolsillo.

El tipo no se baja en la parada de Bakugo, sin embargo siente sus ojos perseguirle hasta donde el espacio se lo permite. Es molesto y le pone en un estado paranoico. Kirishima se enrolla en su torso y Bakugo se concentra en respirar profundo y contar los escalones para salir de la estación. No es el momento, le dice un calor cerca de su ombligo. Todo está bien.

Si es honesto, fue decepcionante que tener a alguien dentro de su cabeza no sea como en las películas; si pudiera escuchar los pensamientos de Kirishima sería mucho más fácil. Interpretar sensaciones y sentimientos es un martirio para Bakugo, sobre todo cuando suelen ser emociones peculiares —por no decir, inhumanas.

Llega a la casa y abre la puerta trasera con la llave que le robó al soplón. Los focos no están encendidos y hay velas distribuidas por aquí y por allá. Alguien está susurrando —no logra descifrar la conversación— y al fondo una sombra tiembla con el danzar particular de una llama y una corriente de aire. Bakugo saca la navaja del bolsillo y con un movimiento de su pulgar saca la hoja.

Respira profundo y siente a Kirishima envolverle el pecho.

Enciéndeme—dice en una exhalación. Al fondo, la sombra vuelve a bailar y alguien se detiene a medio susurro.

 


 

—No es… no es normal. Es bastante-

—Ya sé.

—Solo estamos preocupados, Bakugo—le explica Uraraka, su voz suave, sin tonos acusatorios—. Debes admitir que a como lo cuentan, suena a una pésima idea.

—No tienes por qué preocuparte, no es algo que te incumba.

—Sí, pero-

—Estoy bien, estoy vivo, que es más de lo que muchos pueden decir.

Uraraka frunce la boca y se mira las manos que sujetan su café ya tibio. Se ha dejado crecer el cabello, el flequillo ahora le llega más a los ojos y dificulta descifrar exactamente dónde está puesta su atención.

—Aún.

—¿Aún qué?

—Aún estás vivo—levanta su rostro y menea su cara para quitarse el cabello de en medio—, pero ¿hasta cuándo?

Bakugo se queda callado, molesto con ella y consigo mismo. Uraraka es más soportable que el estúpido de Deku, pero no por mucho. Y lo más complicado es tirarle mierda porque hace un tiempo aprendió a defenderse de él y escarbar hasta encontrarle el punto débil.

—Todos morimos, tarde o temprano.

—No puedes molestarte porque me preocupe—retoma—. Es imposible negar que es… poco ortodoxo.

—No tienes que fingir ser amable, Cachetes.

—Está bien pinche raro, Bakugo—suelta fastidiada—. ¿Quién rayos usa una invocación así?

—Vete a la mierda—le da un trago a su agua, y sabe que Uraraka sabe que en realidad no está molesto—. No hice un pacto, no uno duradero.

—¿Entonces…?

—Decidió quedarse, no sé—se humedece los labios con la lengua, pensando—. El día que debía irse no lo hizo y- No sé. Sigue ahí.

—Tsuyu me dijo que te vio con una marca en la nuca—se señala al cuello—. Esa clase de marca.

—Qué metiche.

—¿Es cierto?

Uraraka parece estar conteniendo la respiración, implorando con la mirada —quizá sin darse cuenta, quizá justamente sabiendo cómo luce— que Bakugo le diga que no, que es mentira, que jamás dejaría usar su cuerpo como refugio para una invocación. Si fuera alguien más, esta conversación se hubiera terminado hace mucho; si fuera alguien más Bakugo se ahorraría todo no contestando, o diciendo lo que le conviene. Pero nunca le ha gustado ser deshonesto con Uraraka y es cansado empezar a estas alturas.

Así que ladea la cabeza y sin romper el contacto visual le pregunta:

—¿Quieres que te mienta?

Como si hubiese sido un golpe y no una pregunta, Uraraka jala aire sorprendida. Nota lágrimas comenzar a formársele en el filo de sus ojos, pero aguerrida como pocos se lo reconocen, ella no las deja caer.

—Bakugo—se lamenta con un gesto de dolor en su rostro, cual puñal retorciéndose en sus entrañas—. ¿Cómo pudiste ser tan estúpido? ¡Dios!

—No seas dramática.

—¿Dramát-? ¿Te estás escuchando? Bakugo, darle espacio a algo como eso, dentro de ti, es peligrosísimo.

—Ya sé.

—No, no sabes—niega con la cabeza—. Tokoyami es un caso especial, no puedes compararte con él.

—No es como con Tokoyami. No es que esté siempre… ahí. Dentro—carraspea—. Y ya es suficiente. No eres mi mamá-

—Claro que no, si tu mamá se enterara ella te sacaba los ojos-

—Y yo decido lo que me da la gana hacer. Si no te agrada, puedes irte a la mierda.

Uraraka vuelve a fruncir la boca y después de gritar para adentro —Bakugo sabe reconocerlo, sus cejas comienzan a moverse de forma graciosa— deja caer su frente contra la mesa en un golpe que hace temblar los vasos. Bakugo rueda los ojos, pero espera paciente a que termine con su crisis, como suele suceder en ese tipo de situaciones.

—¡Okay! —anuncia levantando de pronto su cara, una marca rojiza en el medio de su frente — Está bien, eres un idiota y tienes tendencias suicidas, esto no debería sorprenderme. Solo —respira hondo y sujeta el aire un momento, para luego exhalar lentamente—, solo quiero que mantengas comunicación, ¿sí? Quiero que me cuentes qué rayos pasa, me preocupo por ti. Si esta situación fuera inversa, tu no te tomarías las cosas tan a la ligera.  ¿Puedes hacer eso por mí?

No está seguro en qué momento esta pseudo-amistad con ella se formó, pero justo ahora se arrepiente un poco. A diferencia de los demás —las pocas personas que Bakugo considera amigos, aunque jamás se atrevería a decirlo en voz alta—, Uraraka es la única loca que no se amedrenta y que sigue avanzando cuando Bakugo la empuja. Ella y Deku, pero Dios y el Diablo lo libren de clasificar a ese bicho como su amigo. Tan siquiera la chica tiene el sentido —y valentía— de pelarle los dientes cuando Bakugo le muestra las garras. Así pues, con un gruñido asiente, porque está seguro de que si fuera ella en su situación, él no tendría la cortesía que Uraraka está mostrándole.

—Una última pregunta-

—No.

—¿Por qué? —se reclina en su silla, ignorando su exigencia— ¿Por qué lo dejaste entrar? ¿Cómo te convenció de hacerlo?

De todas las preguntas de esa tarde, esa es por mucho la más molesta de responder.

—Kirishima…—mira hacia la calle y se encoge de hombros—, es especial.

 


 

En la casa ya no hay oscuridad, pues el fuego hace resplandecer todas las paredes, rincones y los cadáveres en el suelo. Bakugo limpia la navaja en la orilla de su camisa y luego la guarda, dejándola caer dentro del bolsillo, sintiendo el golpe al tocar el fondo.

Kirishima yace entre las llamas, sus garras extendidas y su rostro desfigurado en líneas rectas y angulares; un aspecto aún más inhumano. Él y Bakugo son los únicos que siguen de pie.

—Tenemos que irnos—le dice tosiendo entre cada palabra. Kirishima se lame los dientes para quitarse la sangre y asiente.

—Arriba hay un armario—le informa y a diferencia de Bakugo su voz se escucha fuerte y clara, como si viniera de todas direcciones.

Comienza a caminar hacia él y para cuando se detiene —a tan solo una palma de distancia— su rostro ha recobrado su naturaleza casi-humana, y sus garras han vuelto a su tamaño normal.

—Apúrate—le urge, siendo consciente del fuego extendiéndose.

Kirishima se ríe y vuelve a enroscar su mano en su nuca, aunque ahora también se acerca para besarle la mejilla y exhalar sobre su piel. Bakugo jadea y levanta las manos en un intento de tocarle. Sin embargo, entre sus dedos siente las líneas difuminarse hasta que no hay nada ahí; luego tiene a Kirishima en su sangre, detrás de sus ojos ronroneando como una pantera.

Ahora ya no le teme al fuego, no con Kirishima palpitando debajo de su piel. Las llamas se abren paso cuando lo escuchan acercarse, pero lo siguen por dónde camina, como un perro a su dueño. En la recámara principal —o lo que supone fue la recámara principal— hay un ropero de madera que ya no tiene los cajones, pero las puertas siguen intactas. Se detiene enfrente de él y coloca ambas palmas en la madera, esperando para percibir la línea de encantamiento. Cuando la halla —delgada y maltratada, aunque presente— imprime en la superficie el hechizo transportador. Kirishima viaja hasta sus dedos, intentando acariciar los trazos de la magia.

El fuego que le acompañó hasta la habitación ha comenzado a escurrirse por los muros y el techo, serpientes de azafrán creando patrones que nadie más sabe leer.

Ad domum—murmura casi besando la madera. Es fácil notar el momento exacto en que el interior del ropero cambia y rota con el espacio-tiempo. Abre las puertas y se mete, cerrando detrás de sí y quedando a oscuras pese al fuego incandescente del cuarto.

Cruza sus brazos sobre su pecho —como los vampiros en las caricaturas—, y seguro de que está de frente a la entrada del armario, echa su cabeza hacia atrás hasta saberse cayendo. Abre los ojos en el suelo de su recámara, las puertas de su propio clóset abiertas y uno de sus pies enganchado en el filo de un cajón mal cerrado.

Ve una mano frente a su cara, luego la sonrisa de Kirishima.

—¿Estás bien?

Bakugo la toma y se deja levantar.

—Sí.

—Tienes que dormir—mira hacia la cama, y el reloj a un lado de ésta que marca las 11:45 de la noche.

Debería bañarse primero, pero está muy cansado y duda poder mantenerse de pie en la regadera. Así que tomando el consejo se saca los tenis con los pies y camina a tientas por su dormitorio, los focos aún apagados.  Mientras avanza va quitándose la ropa: primero la camisa apestosa a humo, luego los pantalones y al final los calcetines. Levanta las cobijas y se acuesta de frente a la ventana, implorando que sus sábanas no queden impregnadas del hedor a incendio.  

Al saberse solo en la cama gruñe cansado.

—¿Siempre vas a ser así? —pregunta al aire y por unos momentos no obtiene respuesta.

—¿Así cómo?

Fastidiado, Bakugo suspira.

—Ven aquí de una vez.

Kirishima vuelve a aparecer en su campo de visión —o más bien su silueta, que es oscura y de la cual solo pueden distinguirse sus ojos carmín, que refulgen como hierro en la fragua. Se acuesta en la cama frente a él y se acerca hasta tocar sus pies. Cuando roza el empeine de Bakugo con la planta de su pie sonríe y entre tanta oscuridad solo se disciernen los puntos rojos de su mirada y los dientes, grandes y afilados, en su boca. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de su especie, la sonrisa de él no es aterradora, es incluso reconfortante.

—Kirishim-

—Te quiero contar un secreto—le interrumpe, susurrando.

Bakugo parpadea y después de unos segundos asiente, ligeramente consternado. Siente un dedo —garra— repasar su pómulo, luego el perfil de su nariz y al final el contorno de sus labios. Es puro capricho, porque Kirishima ya le ha sentido cada centímetro de su piel, conoce cada vado y curva de su cuerpo —de dentro hacia afuera—, y aun así decide acariciarle de nuevo, por puro gusto.

—Mi nombre.

—Kirishima—pero este niega con la cabeza, o es lo que Bakugo adivina por el sonido contra la almohada.

—Te diré mi verdadero nombre, si me dejas besarte.

Se crea un silencio cargado de tensión. Hace un tiempo Bakugo dejó de intentar hallarle lógica al comportamiento de Kirishima. A la semana que el pacto se había desvanecido, pero no él, Bakugo decidió que no le importaban tanto las razones siempre y cuando pudiera sacarle provecho al presente. Pero incluso, por más errático y anómalo que sea Kirishima, ofrecer su verdadero nombre es insólito. Es exponer su cuello a la espada de Bakugo, escogerlo como verdugo y confiar en que no le lastimará.

Es un símbolo de confianza que no sabe cómo se ganó, y que le retuerce las tripas de nervios, le estruja el corazón y le hace respirar profundamente.

—De acuerdo—se relame los labios, secos y con sabor a humo—, ven y dime tu nombre.

Kirishima hace un sonido parecido a un gemido, pero más animal, y se mueve.

Bakugo primero siente sus dedos rozarle la quijada y el cuello, después la nariz de Kirishima contra su mejilla, un beso muy suavecito cerca de su boca. Luego segundos de anticipación hasta que hay labios cálidos contra los suyos.

Es como volver a estar en medio del incendio, o de frente a la boca de un volcán a punto de hacer erupción. Es emocionante y le quita el aliento, pegándose a Kirishima, tomándolo de los hombros para mantenerse a flote, asegurándose de no caer hasta el fondo. Un brazo se escabulle por su cintura y lo aprieta hacia delante, una lengua tocando tímidamente sus labios, pidiendo permiso. Bakugo gime y enreda sus dedos en el cabello de fuego negro, el que no quema y es suave.

Pronto se sabe en su espalda, Kirishima siendo su escudo contra todo lo demás. Sus dientes, afilados y puntiagudos, toman con reverendo cuidado sus labios, mordiendo suavemente, aunque Bakugo en ese momento se sienta con ansias de violencia. Manos cálidas —siempre cálidas, todo Kirishima es candor— van descubriendo su abdomen, trayendo a la vida cada pedazo de piel que tocan. Sin romper el beso Bakugo gime, y levanta sus caderas del colchón, buscando fricción en su entrepierna. Kirishima deja caer su peso, inmovilizándolo y teniéndolo a su merced, otorgando caricias que no son suficientes y que están volviendo loco a Bakugo.

Cuando se digna en romper el beso —está seguro de que ahora su recámara está en llamas, no hay otra explicación para lo seco y caliente del aire— Bakugo está jadeando contra su cuello, hundiéndole los dientes sin miedo a romper la piel o probar sangre. Uñas largas —garras— le rascan tiernamente la cabeza y siente los labios de Kirishima hacer un recorrido desde su clavícula hasta su oreja.

Eijiro—le susurra al oído, apretándolo contra el colchón, no dejando un solo espacio entre sus cuerpos.

—Eijiro—repite Bakugo y siente la tensión en el otro, esperando. El beso le ha dejado la cabeza embotada, flotando en un lugar lejos de su cama, y muy apenas logra entender la situación presente, el peso en sus siguientes palabras—. ¿Quieres besarme?

Kirishima esconde su cara en su cuello y gime con voz de demonio.

—Siempre—le contesta, incapaz de negarse a hacerlo.

Eijiro—pronuncia contra el cabello oscuro, sintiéndose cálido en todo el cuerpo—, bésame si eso es lo que quieres.

Bakugo lo siente despegarse, aún todo está muy oscuro, pero puede percibir su silueta y sus ojos de bestia brillando.

—Quiero ser tuyo—le confiesa.  

Levanta una mano hasta tocar la cara de Kirishima, adivinando la forma de su boca con las yemas de su dedo índice y anular.

—Está bien—dice, llevando los dedos hasta su quijada—. Eijiro, sé mío.

—Sí—un suspiro—, siempre Katsuki.

En la oscuridad encuentra su cuello y reposa sus manos ahí.

—Ven y dime tu nombre otra vez.

 

Notes:

En otras noticias: tengo instagram. Ahí posteo fragmentos de fics, dibujos feos, headcanons y sneak peaks de futuros fics. Por si me quieren seguir, ahí ta.

 

Y como nota final, sí, aún estoy trabajando en el kiribaku de raperos, pero oh dios, va a terminar larguísimo. Creo que apenas llevo como 1/4 de la trama y van 16 K palabras. I hate myself. Pero bueno, algo a esperar en el futuro.

 

Gracias por leer:)